domingo, 6 de marzo de 2022




Participo, una vez más, en la Revista Letraheridas/Letraheridos, una singular revista que alterna de nombre en cada publicación, ora Letraheridas ora Letraheridos, una publicación bimensual que aparece a finales de cada mes par (Febrero-Abril-Junio-Agosto-Octubre-Diciembre).

En el primer artículo, ¿Por que sí se debe leer el Ulises?, me debato con mi adversario, Sergey Bello Morte, sobre sí leer o no el Ulises de James Joyce.

En un artículo, al final, Todo está en internet, reflexionó sobre la veracidad de los datos encontrados en la red e incluyo enlaces de algunas herramientas (la mayoría gratuitas) que pone la RAE a nuestra disposición para consultar dudas lingüísticas, tales como ortografía, gramática y dudas en expresiones y fórmulas fijas.

Además, nuestro amigo Ignatius incluye una nueva Tira comiteraria, El libro más peligroso, que a los seguidores de Joyce y Woolf quizá les haga gracia (o no). El chiste, por supuesto, Ignatius nos lo deberá explicar en más detalle. O;->

Además, finalizó el II Concurso Letraheridos y el jurado emitió su fallo. En esta ocasión fui el encargado de la plica. En la revista hay una breve estadística y el título y seudónimo de ganador y accésit, así como de algunos relatos con mención de honor.

La revista se puede leer gratuitamente en digital desde el siguiente enlace:

Saludos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 20 de febrero de 2022




La contundente palabra Nada la escogió Carmen Laforet, escritora barcelonesa, para intitular su primera novela. La obra quedó finalista en el primer premio Nadal de 1945 convirtiéndose de paso en la escritora más joven en ganarlo, tenía veinticuatro años.

La biografía de Carmen Laforet escrita por Anna Caballé e Israel Rolón-Barada recoge cómo Laforet cursó estudios universitarios en la Universidad de Barcelona y allí se hizo amiga de Linka Babecka, una joven de éxito, y con toda posibilidad la inspiración para el personaje de Ena amiga de Andrea, la protagonista.

Realidad y ficción se funden en la tira comiteraria para mostrarnos de qué manera los espejos de la existencia y de la ficción sirven para narrar situaciones y explicar a través de muchas capas la condición humana. En Nada, la autora habla —entre otros muchos temas— sobre la dificultosa relación de amistad entre Ena-Andrea y el vacío, casi inevitable, en esa etapa adolescente.

En la tira, en un ejercicio de humor casi metaliterario, más allá de la gracieta, observamos desavenencias entre hermanos, NUTLA-UTLA, y nos topamos con una broma soberbia de uno a otro. La tira aprovecha esa gran novela que es Nada para ahondar, una vez más, en la quintaesencia de nuestra condición humana, es decir, las relaciones interpersonales.

Esta tira apareció en la Revista Letraheridas y Letraheridos en diciembre de 2021.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 6 de febrero de 2022



Woolf vs Joyce o dos maneras de entender la literatura. NUTLA se convierte por espacio de tres tiras comiterarias en Leonard Wolf, esposo de Feli, alias Virginia Woolf. La tradición inglesa, implacable con la mujer, arrebata a la originaria Adeline Virginia Stephen de su apellido y le confiere el de su marido. Recreada para la posteridad con su definitiva onomástica se nos presenta a unos de los pesos literarios de occidente, Virginia Woolf, que junto a su marido instalan en su casa una editorial, Hogarth Press, con imprenta incluida. 

T. S. Elliot elogió la novela de Joyce comparándola a Guerra y Paz de Tolstoi; mientras Woolf, en su diario personal, dejó escrito que la novela del irlandés le gustó hasta la página 200, más allá solo le causó desconcierto, aburrimiento, irritación y, finalmente, desilusión. En su diario personal, Woolf deja escrito sobre el Ulises de Joyce: «Me parece un libro analfabeto y poco riguroso; el libro de un obrero autodidacta y todos sabemos lo angustiosos que son, lo egoístas, insistentes, crudos, llamativos y, en última instancia, nauseabundos...»*. 

No es que Joyce tuviera menos estudios que Woolf. El irlandés acude al University College de Dublín, pues su condición de hombre se lo permite; todo lo contrario que a Woolf, las mujeres tienen prohibido cursar asignaturas universitarias, aunque no por ello la educación de Woolf se resiente, gracias a su entorno familiar privilegiado recibe clases particulares inalcanzables para otros. Woolf nunca publicaría la obra de Joyce. El padre de Joyce funde la fortuna familiar y James se ve forzado a exiliarse con su familia y encontrar lugares cada vez más económicos donde alojarse. 

Aún unidos por el vínculo literario, el talento y el sacrificio, no es de extrañar que los egos y sus visiones antagónicas colisionaran: textos intelectuales, con personajes femeninos de clase alta y críticos con el hombre vs textos experimentales, con personajes masculinos y críticos con la sociedad. No es de extrañar una casualidad imposible de evitar, Woolf y Joyce nacerían y morirían el mismo año, en 1882 y 1941. Dos genios destinados a no entenderse.


*Diario de Virginia Woolf: «An illiterate, underbre d book, it seems to me; the book of a self-taught working man, and we all know how distressing they are, how egotistic, insisten t, raw, striking, and ultimately nauseating».




Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 16 de enero de 2022




Nuestras amigas y amigos Letraheridos celebran su segundo concurso literario.

1º premio...: 100€.
Accésit.........: 50€.

Todavía hay tiempo de enviar relatos. 
Podéis leer las bases aquí.

Abrazos, estimadas y estimados. 🤗🤠


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

jueves, 21 de octubre de 2021



… tras un largo parón.

Miro la última entrada y leo 20 de junio.

No hay excusas, ¿por qué un día un bloguero que lleva diez años escribiendo cada semana en su blog se detiene?

Quizá es que en la vida hay escollos invisibles, escollos que ni uno mismo ve, escollos subconscientes o inconscientes —si queremos hacer caso al psicoanálisis—, escollos temporales, escollos de página en blanco (este me da risa, sobre todo después de haber usado la imagen de un agujero negro como imagen destacada), aunque los escollos —creo que ya he usado la palabra suficiente—también se puedan llamar excusas, ajetreo o, simple y llanamente, pereza.

Para no ponerme más triste ni trascendente hablaré de los proyectos en los que sí ando metido de lleno, aunque solo sea para lavar mi imagen, un poquitín, ante mis amigos blogueros UTLA, NUTLA, FELI e Ignatius. Os he echado de menos.

Estoy acabando de escribir la biografía de un boxeador campeón de España. Llevo en el proyecto tres años y estoy próximo a finalizarla. En unos meses espero dar más noticias.

Mis queridos letraheridos, de los que no paro de recibir cariño y grandes esperanzas literarias, hemos estrenado la Revista Letraheridas número 19; así que, con cuatro años a las espaldas, podemos decir que la publicación se ha convertido en toda una veterana.




También, junto a los letraheridos, nos lanzamos al segundo año de concurso literario. II Concurso Letraheridos, en el que, en esta ocasión, seré el encargado oficial de la plica.




Y hasta aquí un pequeño resumen, espero volver y espero ser más asiduo, aunque únicamente sea como una declaración de intenciones.

Un abrazo y, como diría mi buen amigo UTLA, solo existe el amor.

Hasta pronto. 😊🤠


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 20 de junio de 2021




«Patrón: aquella serie de variables constantes, identificables dentro de un conjunto mayor de datos. Estos elementos se repiten de una manera predecible».


Se creía más listo que el algoritmo y por ese motivo detestaba entrar en el interior del esquema informático, lo que los nerdies, cómo él mismo, denominaban en su terminología: patronaje de datos. Es decir, esa teoría predictiva que estudia el comportamiento de cualquier individuo biológico —aplicable tanto a las cucarachas como al evolucionado ser humano— una rama de la ingeniería informática que, abstraidos los patrones ajenos e internos del propio ser, acaba conociendo mejor a los estudiados que ellos mismos. Los comportamientos generalistas de la especie se desmenuzan en agrupaciones de atributos compartimentados según secuencias lógicas, de comportamiento, procedurales, biológicas, entre otras; y los desmenuzables filtros se cuelan por una pirámide invertida hasta llegar a porciones pequeñas, minúsculas, que llegan a predecir, con una exactitud que aterraría a nuestros abuelos, el siguiente acto o necesidad del ser biológico estudiado…

«Te voy a joder». El recurrente pensamiento del nerdie exultaba seguridad.

Sonaba en el Youtube la última canción de Meghan Trainor, Dead Future Husband, y en la lista derecha de videoclips recomendados (¡et voilà!) el algoritmo actuaba: Ed Sheeran, Charlie Puth, Olivia Rodrigo, Jessi J.; y toda la sarta de comparsas de mismo género musical que se mostraban tal retahíla extraída del patrón apegado al usuario sobre sus últimas búsquedas, sus comportamientos, sus amistades, su edad y sus largos etcéteras cuantificados en registros, tablas y bases de datos en la nube.

Si algo era el nerdie, desde luego, era persistente. Búsqueda: China Mo Hoo k-Pop. La lista de vídeos mostró un listado, del otro extremo del mundo, música japonesa, era un primer paso. La lista de la derecha todavía mostraba a cantantes de la anterior hornada, Meghan, Sheeran y Puth, y apenas se colaba alguna que otra banda de k-Pop.

«Tómate tu tiempo, mamón».

Y se lo tomó, tras una semana, el algoritmo, siempre el algoritmo, mostró a 8-eight, 2Am, 1TYM, y la lista derecha de recomendaciones mostró bandas k-Pop que ya conocía.

«Hora de cambiar».

Y así, una semana tras otra, se esforzó en cambiar el hábito, y era un cambio sincero, su predisposición a que le gustaran los ritmos africanos, el soul, los cuencos tibetanos, la música de relajación, el country norteamericano, el jazz, la clásica, el rap, el reguetón; desescalando a géneros, por llamarlos de alguna manera, más variopintos, mezclas imposibles entre rap-heavy, clásica-rock, jazz-reguetón, cada semana un nuevo salto, la variedad del mundo no paraba de sorprenderle y de importunar al algoritmo que no acertaba en sus gustos, en sus intereses, tan cambiantes, tan caóticos.

La lista de recomendaciones de la derecha no se ajustaba, cada semana mostraba temas y géneros de la anterior semana, canciones que no quería escuchar, ritmos desfasados en el tempo autoimpuesto en su lucha contra la máquina.

«Llegas tarde, mamón». Y lanzaba un aullido —no era una metáfora— mezclado con una risa autocomplaciente cuando lo pensaba, como si el esfuerzo tardío e infructífero de los algoritmos fuera una gloriosa victoria del intelecto humano sobre la máquina.

A la semana siguiente, una novedad en la sempiterna lista de la derecha le sorprendió, Mute Band Song, unos mudos que interpretaban temas de Mozart con botellas de vidrio, aquello resultaba extraño pero agradable. A los pocos días, Bandee Bandar Rote Hain, monos del zoo de Siam, sonidos guturales de animales cautivos armonizados con un laúd y un arpa tailandeses, una delicia auditiva; y en la lista, debajo de la banda de los mudos y de la banda de los monos, un nuevo grupo musical en símbolos indescifrables de algún país asiático, por suerte traducido entre paréntesis salvadores como Tankō Pengin, sonidos y música desde una mina de carbón en activo con graznidos de pingüinos árticos con guitarra eléctrica de fondo, fascinante, ese tema lo escuchó tres veces, ¡eso sí era buena música, eso sí le resultaba gratificante!, pero, chasqueó los dedos y se quedó mirando la pantalla de su ordenador…

«Mierda».

No fue algo brusco, pero a partir de ese día, el nerdie dejó de escuchar música, a pesar de las tentadoras recomendaciones que semanalmente le enviaba el algoritmo por correo electrónico con nuevos grupos musicales que hubieran encantado a un excéntrico como él —¿poseen los bytes sentido de venganza?—.

 

 Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 2 de mayo de 2021


«Revolviendo algunos papeles en su cartera, se levantó al verme»


Desde una perspectiva elevada, mi cámara de durmiente examinaba una aparente montaña de papeles desperdigados por el suelo, aunque a primera vista pudiera parecer que el caos había erigido aquella pila: hojas de periódicos, novelas, revistas, manuales de instrucciones; en una segunda visión, apreciaba como se extendían paralelos y apegados a una vieja pared de ladrillos sin revocar. De hecho, a medida que el tiempo onírico avanzaba, mi conocimiento sobre el espacio y sus contenidos también crecía y, de repente, con esa clarividencia que solo en los sueños se posee, una lucidez omnisciente me invadió y supe más del improvisado iglú de papeles: era mi hogar.

Se accedía por un agujero trasero, alejado de la calle donde me encontraba. El hueco de entrada quedaba tapado entre un tomo desvencijado de una obra inmortal —que apenas nadie lee a día de hoy— y la pared. La entrada secreta perfecta. El interior estaba oscuro y, con claridad, entendí que no podía hacer un fuego allí dentro para leer, ni siquiera para ver, y, aunque me hice la pregunta, tampoco supe por qué no disponía de una linterna. En todo caso, si se pasaba el tiempo suficiente en el habitáculo, los papeles dejaban traspasar la claridad exterior y los ojos se acostumbraban a la penumbra interior. Desde luego no podía ponerme de pie en el reducido espacio, pues apenas podía entrar reptando. En el suelo había un saco de dormir, unos cojines, bolígrafos, libretas y un portátil, las únicas comodidades que necesitaba.

Un hombre y una mujer rondaban mi casa. La policía papelaria o algún título similar para nombrar a la pareja. Estaba prohibido construirse casas con papeles y ellos se encargaban de comprobar que no hubiera ningún ilegal (como yo) erigiendo habitáculos de tal índole. No podía pasar el día entero allí por lo que, para pasar desapercibido, salía de casa bien temprano, vestido con corbata, chaqueta y unos buenos pantalones negros. En mi parcela de mundo onírico si vestías con la corrección esperada no resultabas sospechoso a ojos de la policía papelaria ni del común de los habitantes.

Para salir de mi casa, reptaba por el suelo hasta llegar al desvencijado libro-puerta, salía vestido con mis galas, me sacudía con las palmas de mis manos el polvo que hubiera podido quedar en mi traje y, puesta de nuevo la improvisada puerta que ocultaba la entrada, giré la calle y saludé al hombre y la mujer que caminaban expectantes por la zona con las manos a la espalda y con mirada aguda.

—Buenos días.

No decían nada, pero devolvían el saludo con un asentimiento de cabeza, sin quitar la vista de los papeles, pues su atento examen requería de toda su concentración (o al menos eso pensaba). Mi interior andaba revuelto con antagónicos sentimientos, preocupación y tranquilidad, pues en aquel vertedero de celulosa con tantísimos papeles desperdigados por doquier, ¿quién pensaría que junto a aquella pared, donde los churretes de cemento se advertían entre ladrillo y ladrillo, pudiera haber un hogar de una persona como yo?

Durante el tiempo diurno deambulé por la ciudad. Me hubiera gustado poder transcribir qué maravillas vi en ese deambular, pero Morfeo no quiso mostrarme nada del paisaje urbano que, a modo de excusa, me ocultaba entre su muchedumbre y sus altos edificios. Los supuse altos porque, no sé por qué, imagino las ciudades desconocidas con rascacielos como si me encontrara de nuevo en Manhattan.
El interminable día pasó y, agotado, volví a mi hogar de papel para descansar. Los ladrillos de la pared se encontraban destrozados como si una inmensa bola de demolición hubiera arrasado con ellos, los papeles habían hundido el techo de mi casa y se encontraban destrozados y esparcidos por la tierra. La entrada ya no existía y el desvencijado tomo inmortal de la entrada a mi casa se encontraba rajado y, de igual modo que el resto de elementos de celulosa que componían mi hogar, desperdigado por el suelo, imposible de unir, de reparar, rajadas las páginas como si un escuadrón de la policía papelaria se hubiera ensañado con él.

Con esa sensación de vacío inexplicable que dejan los sueños, desperté.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
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