Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 21 de agosto de 2016

Historias de ascensor. Gente ultracuqui



«El altruismo es la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo».



Para variar no me encuentro en mi habitual ida al trabajo. Hoy es un día festivo y he agarrado el ascensor más tarde de lo habitual. No hay apenas gente esperando. Estoy delante de él esperando que suba. ¿A dónde iré hoy?

—Pero qué tonto —chilla una gritona.

—Sí, no lo soporto —continua una aterciopelada voz de mujer, con esa clase de gravedad fingida de la gente bien, una tonalidad de falsa elegancia. No os voy a engañar, su voz me cae francamente mal nada más escucharla. Me eluden y se posicionan las primeras delante de mí, como si yo no existiera.

—Buenas tardes —digo, pero ni me contestan, debo ser alguna clase de parásito invisible de la galaxia andrómeda.

Al entrar me estaciono en una esquina, y extraigo mi móvil, desde allí observo a las dos mujeres, van bien vestidas, con ropa elegante, algo extraño de encontrar en este barrio. Reconozco que mi presencia casi siempre pasa desapercibida en la mayoría de mis ascensos y descensos en ascensor, pero no es tan normal después de haber dado las buenas tardes. «¿Será esta situación más material para mis historias de ascensor?».

Así, continuo atento al tonti-drama ajeno.

—¿Importaba tanto la reunión? —continua la gritona—. ¿No nos puede reunir mañana a primera hora? Nos hemos tenido que quedar hasta las 6. ¡Qué fastidio!

—Será afán de protagonismo. Hacer patente una victoria.

—Ya. No es nice.

—No, no es nice, y además será una victoria pírrica. Como todas las suyas. Lo que no soporto es el humor de perros que ha tenido esta semana. Normalmente no es así.

—¿No lo sabes? Se murió un amigo suyo de una sobredosis.

—¡Oh my gosh! Con razón ese humor. Pero, ¿sobredosis?

—Eso es lo que dijo.

—Ais, que vulgar, ¿sobredosis? Al menos podría tener el buen gusto de no dar tantas explicaciones. Pero en fin querida —en ese momento tose, y hasta su tos me parece fingida—, cambiando de tema, ¿cómo va la boda de tu amiga?

—¡Oh! Genial, comprará un vestido en Cuchi Nostrum y se casaran en el Ampordà.

—¿Os gusta la elección del lugar?

—Nos ultra encanta. Será wonderful. Una boda pequeñita, no más de doscientas personas, y todo será muy cuqui. Lástima del organista, no encuentran uno. El de la iglesia tiene la mano enyesada. Se la rompió hace una semana, ¿qué mala suerte, verdad?

Entonces recuerdo a mi profesor de piano, quien también era maestro de órgano. Le encantaba tocar aquel monstruoso instrumento con varias octavas para cada mano y una octava extra para los pedales. Recuerdo que no cobraba nada, interpretaba las piezas gratis en el órgano de la iglesia del barrio, y lo hacía por el simple gozo de tocar para gente humilde. Era buena persona.

—Y no sabe que hacer —continua la gritona—, es tan difícil encontrar a un organista.

Sigo pensando en mi profesor de piano. Seguro que estaría encantado de tocar el órgano, y más si se tratara de una boda.

La puerta del ascensor se abre. La gritona y la de voz afectada salen, no me han dado ni las buenas tardes.

—Qué difícil es encontrar un organista —es lo último que escucho mientras se alejan las dos mujeres ultracuquis.

Un pensamiento acude a mí: «En ocasiones es más difícil encontrar buenas personas...».

Me alejo por el andén.

«... y yo tampoco lo soy».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


3 comentarios :

  1. Bueno, alguien que les toque el "órgano" van a encontrar seguro esas dos.

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  2. No entendi muy bien el relato, a pesar de que lo lei varias veces. volvere a leerlo mas tarde. Tus relatos del ascensor me encantan ya sabes un abrazo.

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