domingo, 30 de septiembre de 2018

«Escuchad el maravilloso sonido de la vida que fluye a nuestro alrededor. Las agudas notas emitidas por el corazón, imperceptibles para la mayoría, se esconden entre pliegues de baja frecuencia: alegría y tristeza»

Habíase un lugar:

Muchos animales juzgaban a Púer por su caparazón de afiladas espinas, espinas tan grandes que la mayoría de animales del bosque se asustaban nada más intuir el resplandor de la luz contra la punta de aquellos aguijones. La creencia más común, en el imaginario colectivo difundido entre la comunidad bosquelística, consistía en imaginar un ataque desenfrenado proveniente de Púer al cruzarse en su camino; así, con tan infundado pensamiento, cuanto animal que intuía aquellos brillos en la lejanía de los árboles, caminos o riachuelos, daba media vuelta para no cruzarse con él y evitar el pinchazo fatal que le depararía el erizo.
Resulta paradójico pensar que, aquel armazón que portaba a cuestas y que tanto le protegía de los malvados depredadores, fuera su peor enemigo en la obtención de amigos.
Solo había un animal en todo el bosque que se acercaba a él. Pertenecía a la especie humana, tenía doce años y se llamaba Polabra.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 23 de septiembre de 2018


«El deseo nos hace tomar su propia violencia como un signo de eternidad»


Desesperación contenida es mantenerse erguido mientras el reino que has defendido durante tantos años, cae bajo tus pies.

¡El rey ha muerto, larga vida al rey!

No hay lágrimas en sus ojos, esa es la auténtica flema de un monarca que observa impávido la devastación absoluta de su antiguo poder.

¡El rey ha muerto, larga vida al rey!

La reina, su reina, yace muerta sobre el lecho blanco y la última carga desesperada de la caballería, choca contra la infantería enemiga.

¡El rey ha muerto, larga vida al rey!

No tiene castillos donde esconderse y los obispos le abandonaron largo tiempo atrás. El rey se tambalea, cae herido de muerte en el entarimado de mármol blanco y negra obsidiana.

¡El rey!

Gary Kaspárov concede el duelo.
Deep Blue analiza la partida con fría tranquilidad.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 16 de septiembre de 2018

«Cuando el búho canta,
o llueve
o escampa»

—No he de mirar atrás. No he de mirar atrás.
Susurraba María en una angustiosa repetición. Su camisón blanco le entorpecía el paso de sus pequeñas piernas, apenas avanzaba, y aquel ruido seco, constante, en la espalda, un arrastrar de garras y plumas contra el entarimado suelo de madera, le erizaba el vello detrás de la nuca.
María inspiró y mantuvo suspendido el aire en sus pulmones durante un momento, el ruido a su espalda también se detuvo. Reanudó los pasos confiada camino del dormitorio, pero una tabla crujió a su espalda, quizá fruto de sus propios pasos, o ¿eran los pasos del Búho Loco?



Una sombra oscura, con alas, la perseguía desde aquel día que visitó, con su amigo Anthony, el pequeño bosque de Creek Hill. Fue el día que mataron un gorrión a pedradas.  Solo había sido un juego, la piedra de ella apenas le rozó el ala a la pequeña ave, la de Anthony se estrelló contra el pico y los ojos.



Mamá no la creía cuando le hablaba de la sombra larga, oscura, con alas deformes que la perseguía por la casa desde aquel día. Papá hacía ver que sí la creía, pero María sabía que no. Con su abuela no sabía que pensar, hasta que una noche se presentó en su cuarto y le contó una historia de un demonio de la naturaleza.
«No eches la mirada atrás» decía la historia que le contaba su abuela. «La sombra del Búho Loco te mata si la miras fijamente» y ella le creía. Al finalizar el viejo relato, le depositó un beso en la frente y una rama fresca de muérdago bajo la almohada.



La abuela falleció hará seis días, tiempo en el que la rama de muérdago se marchitó con lentitud. ¿Quién le daría ahora muérdago para protegerse?


Con las palmas en los ojos avanzaba a tientas por el pasillo. Avanzaba con el vello erizado, con el corazón dando enormes golpes contra su pecho, ¿cuán lejos estaba de su habitación? Avanzaba rápido, a ciegas, sin poder levantar las manos del rostro por miedo a ver aquella desangelada sombra; las piernas le fallaron, equivocó el paso y cayó por las escaleras que la conducían a la planta baja; rodó, se golpeó la cabeza contra los escalones, y la cabeza, ladeada de una forma antinatural, observaba hacia arriba; mientras, el blancor del techo se desvanecía de su visión poco a poco, envuelto en una sombra oscura que la reclamaba con un ulular funesto...


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lunes, 10 de septiembre de 2018

«Con el tiempo, sabrán lo que es perder. Sentir desesperadamente que están obrando bien. Y, aun así, fallar. Pueden temerle. Huir. Pero el destino es inevitable»

La disciplina científica, conocida como aritmética, se encarga del estudio de los números y de las operaciones que se hacen con ella.

1695. Inglaterra. Hogar de John Wallis:

Con los ojos aún medio cerrados, John deambulaba por el pasillo que unía su dormitorio con el lavabo. Hasta el mejor criptógrafo del parlamento británico necesita, recién levantado, echar la meada matutina.
Horas antes, su criada había recogido un regalo para él. Se trataba de un nuevo espejo circular, de esos tan de moda en las casas burguesas, que, molesta, no sabía dónde colocarlo. Contrariada por el hecho de no poder devolver el regalo, se le ocurrió anclarlo, en el lugar más remoto de la casa: el lavabo. En la pequeña estancia ya se encontraba otro espejo, casi idéntico, un doppelgänger del que sostenía ella entre las manos, se dirigió a la pared contraria, en la cuál había un gancho y lo dejó anclado delante del otro. Como la mujer iba muy ajetreada, no observó la maravillosa sucesión de imágenes que reproducían ambos espejos circulares puestos enfrente uno del otro.
Cuando el señor Wallis acudió al lavabo, no del todo despierto, alzó el cuello y vio, su propia espalda, reflejada en una vorágine inacabable de reflejos. Su primera reacción fue echarse para atrás, movimiento que emularon al unísono sus múltiples copias en el interior de los cristales. 
Recuperado de la impresión inicial, acercó el rostro al espejo circular que tenía delante, sin dejar de mirar de soslayo, los reflejos del que tenía a la espalda.
—¡OOH! ¿No se acaban nunca los reflejos?

...En la mente de John Wallis...

La mente de un criptógrafo, matemático y filólogo no es un lugar tranquilo. La electricidad transmitida por las neuronas marcha a una velocidad tan vertiginosa que cualquier cerebro normal acabaría reproduciendo el molesto fenómeno conocido como jaqueca.
—Nunca se acaban. No es finito.
La mente de John Wallis entró en un soliloquio sin fin, un bucle del que no parecía poder salir; mientras, algunas figuras y formas matemáticas, pululaban por los resquicios de las lejanas sinapsis.
¡Eureka! Espetó el genio ante su propia brillantez. Pero, ¿fue antes la idea, la palabra o la grafía? John no lo sabría jamás, pues su paralelismo cerebral, le permitía pensar en varios temas a la vez.
—Prefijo latino que indica lo contrario de... «in». Inacabado no es acabado. Inusual no es usual. ¿Lo contrario de finito? ¿Infinito?
A la par, una larga e interminable demostración matemática, como una larga hilera de vagones, viajaba paralela al término.
Y, en esa carrera, entre filología y aritmética, se sumó un nuevo actor, una nueva y reluciente grafía matemática.
El símbolo del infinito
Un ocho tumbado

John Wallis, gracias al reflejo de dos espejos, conseguía erradicar el oscurantismo científico que, durante 1600 años, había imperado por culpa de las palabras de Aristóteles sobre el infinito. (Cita).
«El número no puede ser infinito, ya que éste, así como todo lo que tiene número, puede contarse, y, si puede contarse, no es infinito». (Aristóteles, Cuaderno Phys III, nº5).


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domingo, 2 de septiembre de 2018




Entrada 1.
Las mejores vacaciones que disfruté sucedieron el mismo año que acontecieron tres graves hechos en mi vida: me despidieron del trabajo, mi mujer me abandonó y mi padre murió.

Entrada 2.
Las personas se afanan en decir que es la infancia y la adolescencia donde guardamos los mejores recuerdos: paseos en bicicleta, caminatas por la playa, cariño incondicional de los abuelos, amores imposibles de verano...
Ese no fue mi caso, mi padre, desde bien pequeño, anotaba en una libreta todos los gastos que yo le suponía. Escuela, manutención, ropa...
Cuando tuve dieciséis años me llamó a la mesa, acudí y me expuso la cuantía que le debía. Estuve trabajando para él hasta la edad de veintiocho.
Cuando cumplí la edad de treinta y tres, un tórrido día de verano, mi progenitor fallecía de un ataque al corazón.

Entrada 3.
La que se supone debería haber sido la madre de mis hijos me abandonó por un puertorriqueño que había conocido en una sala de baile.
En agosto de aquel mismo año que cumplía treinta y tres, y, quizá, debido al influjo de la calor, que altera algunas mentes susceptibles a las altas temperaturas, mi mujer decidió fugarse con su amante. Yo poseía un extracto bancario con el pago de un hotel a nombre de mi mujer, así, con lo que supuse una prueba, acudí hasta la policía para denunciarla por abandono familiar.
Los agentes me llamaron una semana después, habían encontrado a mi esposa, con un hombre, en el fondo de un acantilado cercano a la playa. Se dirigían en coche desde el hotel hasta la carretera y los frenos les fallaron. Se despeñaron y murieron. Me alegré mucho.

Entrada 4.
Ya han pasado diez años desde mi afortunado verano. 
En los viejos garajes se almacenan tantos trastos viejos, juguetes rotos de pasados alternativos que pudieron ser y, que en la mayoría de ocasiones, no fueron.
No es mi caso, la mayoría de mis juguetes sirvieron para algo, no obstante, a pesar de su anterior utilidad, debo deshacerme de ellos.
Encontré la vieja botella de Etiglencol, que parecía querer ocultarse entre cajas y viejas mantas. El Etiglencol es una sustancia para deportistas, aumenta el ritmo cardiaco, aunque mal  administrada puede causar muerte por infarto de miocardio y es difícilmente detectable en análisis forenses.
En la esquina contraria, más alejada de la botella, encontré el extracto bancario del pago del hotel donde se alojó mi exmujer con su amante, al lado unas pinzas pequeñas, de esas que utilizan los mecánicos para reparar el cableado de conducción, dirección y frenada.

También encontré una antigua nómina y la carta de despido. Debo aclarar que la muerte del jefe de recursos humanos, quien opuso tanta resistencia a firmarme el finiquito, al caer por una escalera y partirse el cuello, fue una azarosa situación. Lo sustituyeron por una persona más joven y sin reticencias a firmarme los emolumentos que me  correspondían. Este último hecho sí puedo achacárselo por completo a la diosa fortuna, que aquel año me brindó, con este regalo, el verano más afortunado de mi vida.


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