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domingo, 12 de octubre de 2025



Un decálogo de relatos unidos por una pulsión metaliteraria-biográfica. Es lo primero que deduje al acabar de leer esta antología. La visión referencial anclada en dos ejes que pivotan sobre un mismo tema: el punto de vista del que escribe o el punto de vista del personaje descrito. El leitmotiv: el personaje. ¿Pues no es un autor, visto desde la óptica lectora y sin una biografía bien detallada, un calco risible de los personajes que construye? 

Es cierto, no todos los relatos de este libro orbitan en torno a autores, la mitad se sustentan en personajes literarios. Lo curioso de su lectura —de gran agrado de lector letraherido— será averiguar si la memoria del personaje es cómo se recuerda o si Héctor, en esta devenir ficcional, los ha respetado o transmutado o, incluso, ha encontrado un tercer estado híbrido. El propio autor me desmentiría,

 

«No me centro en la autoficción, evado lo biográfico, soy más bien un escritor escapista».
Héctor Daniel Olivera Campos.


Lo bueno de una antología tan variada como esta, es que a cada lector le acaba gustando un relato distinto al de su compañero de lectura. Para mí, el mejor fue el relato donde aparece Sir Arthur Conan Doyle y en él se establece una disociación entre los dos personajes. ¿Dos? Claro, el verdadero Doyle de la vida real (con su biografía y su información contrastada en notas de prensa) vs el Doyle de ficción (el que hemos caricaturizado e imaginado miles de veces). En este relato, como si de un juego de espejos demoníaco se tratara, Héctor contrasta al creador del personaje más lógico de la historia, Sherlock Holmes, al Doyle creyente en hadas y espiritismo. ¿Cómo se puede explicar ese sin sentido, lógica o fantasía, en una misma persona si no es armando un personaje literario visto desde fuera?

 

«No es un libro metaliterario, aunque sí lo sea en lo tangencial», apuntó Amelia de Querol.


Contraviniendo tanto a presentadora como a autor, daré mi opinión en base a que la recepción lectora de toda obra es particular a cada individuo. La función autorial y biográfica sí forman parte de lo metaliterario; ojo, es mi creencia, como quien cree en Dios o en los extraterrestres o que la literatura puede cambiar el mundo. Para mí, reinventar a la persona del mundo real (autor) o al personaje de un libro, es darle una nueva voz desde otra percepción, es explicar la literatura desde los márgenes, lo autorial, como estudian los nuevo historicistas la literatura. El autor cumple con la misma premisa que sus creaciones literarias, pues no deja de ser un personaje inserto de manera indirecta en la trama (tenemos su mirada de la vida, del mundo, y el nuevo autor que escribe sobre el primigenio lo transmuta para decir algo nuevo sobre ello).

Lo tangencial y lo biográfico convergen y quedan inscritos, como un sello de goma metaliterario, aunque sea un sello muy invisible para la mayoría de ojos, en el acto narrativo. Ya lo dije, soy creyente de lo metaliterario, para mí no se puede separar al fabulador de lo fabulado y, si un tercero, discurre sobre lo primero no es acaso metaficción, pues como decía Nancy Huston, somos la especie fabuladora, pero esto no nada malo, todo lo contrario, todos formamos parte de la literatura y Héctor Daniel Olivera también.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 7 de julio de 2024

«A través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta».
El túnel (Ernesto Sábato)


En ocasiones, si se evocan ciertas palabras, estas forman una madeja que, por extraña combinación, ovillan pequeños mundos. En mi caso, la madeja que llegó hasta mis manos poseía el nombre de
El túnel (1948), obra tejida por el argentino Ernesto Sábato. Una madeja interesante, sobre todo a medida que se avanza en la narración y los personajes secundarios aparecen ante el lector y le susurran relaciones extrañas e intrigantes. La imaginación (al menos la mía lo es hasta el grado del ofrecimiento) cree ver extraños paralelismos con la realidad. En mi caso, no puedo evitarlo, es una constancia, y El túnel de Sábato no sería la excepción. Explicaré mejor a dónde quiero ir a parar con mi tesis, pero antes pondré en orden ciertas palabras, que a partir de ahora nombraré etiquetas, para ejemplificar mejor mi extrañamiento ante la ¿caótica? o ¿extraordinaria? (cójase el interrogante que mejor se adecúe según cada uno) sucesión de hilos aleatorios: anciano, ciego, esnob, estatus, mujer, esposa, María.

Existe una alta probabilidad de que a cualquier persona cercana a la literatura esas seis etiquetas le hayan remitido de forma instantánea y sin ninguna dificultad a un ámbito real de la escritura, etiquetas que, de nuevo, sitúo en la palestra: anciano, ciego, esposa y María. ¿Son acaso un enredo sobre Jorge Luis Borges y María Kodama? Es de dominio público que Sábato y Borges no se llevaban bien, pero sería posible que Sábato hubiera escrito una obra solo para ridiculizar en los límites a Borges, y me refiero a ridiculizarlo lejos del tema principal del existencialismo, del que otras muchas tesis describen y nombran a El extranjero (1942) de Camus como referente, o alejado del análisis psicológico del personaje principal, Juan Pablo Castel, asesino machista; me refiero a los márgenes de la obra, a esos lugares desconocidos, extraños e incluso absurdos.

La ceguera de Borges se manifiesta de modo explícito desde 1955 hasta su fallecimiento en 1986, Ginebra (suiza), pero si se ahonda en lo biográfico, encontramos trazas de la temida desaparición visual durante el inicio de la escritura de El sur (1938), diez años antes de que Sábato armara su obra, donde ya Borges presentía la fatal negrura y donde, según escriben algunos, Borges narraba sus relatos para que, tal Homero, otros le transcribieran.

El personaje ciego de El túnel, Allende, el marido ciego de María, delata sin preámbulos el distanciamiento, al menos sexual, con su esposa.

—No me llamo Iribarne y no me diga señor. Soy Allende, marido de María.
Acostumbrado a valorizar y quizá a interpretar los silencios, añadió inmediatamente:
—María usa siempre su apellido de soltera.

Si se lee a Bioy Casares, y se le quiere creer, Borges era asexuado, y si se ahonda más todavía y se quiere creer a otros testimonios, se encuentra a la mucama personal (doncella/criada) de Borges durante casi 40 años, Fanny Uveda, que afirmó: «el señor murió virgen». Quizá hablar del sexo de un Dios Homérico sea llevar las creencias a límites cercanos a la religión y hacer que el mar retroceda y que el agua se convierta en vino. En todo caso, la referencia, alarmantemente cercana, alude al anciano marido, al esposo ciego, impotente al ver a su esposa danzando libre por la vida y sin más atadura que la prebenda matrimonial.

A vuelta con lo narrativo, tras la entrega a Juan Pablo de una carta íntima escrita por María. Allende, el marido ciego, añade…

—Así es María —dijo, como pensando para sí—. Muchos confunden sus impulsos con urgencias. María hace, efectivamente, con rapidez, cosas que no cambian la situación. ¿Cómo le explicaré?
Miró abstraído hacia el suelo, como buscando una explicación más clara. Al rato, dijo:
—Como alguien que estuviera parado en un desierto y de pronto cambiase de lugar con gran rapidez. ¿Comprende? La velocidad no importa, siempre se está en el mismo paisaje. Fumó y pensó un instante más, como si yo no estuviera. Luego agregó:
—Aunque no sé si es esto, exactamente. No tengo mucha habilidad para las metáforas.

Y mucho más adelante, una confesión de María, ante la insistencia de Castel y sus incipientes celos, descubren una relación Allende-María más cercana a lo maternal que a lo sexual:

 —[…]Vos has dicho mil veces que hay muchas cosas que no admiten explicación y ahora me decís que explique algo tan complejo. Te he dicho mil veces que Allende es un gran compañero mío, que lo quiero como a un hermano, que lo cuido, que tengo una gran ternura por él, una gran admiración por la serenidad de su espíritu, que me parece muy superior a mí en todo sentido, que a su lado me siento un ser mezquino y culpable. ¿Cómo podes imaginar, pues, que no lo quiera?

Todo ello, por no olvidarme de mencionar, muy de pasada, a los amigos de María, un círculo social de clase alta, un tanto esnob y trasnochado de la vida, quizá otro claro guiño al círculo vital del Borges real. ¡Quién sabe!, son tantos guiños que uno acaba desquiciado con tanta mioquimia.

¿Es El túnel una obra en el que el inconsciente de Sábato le juega una mala pasada, una simple casualidad que según la ley receptiva de Robert Jauss cada lector lee lo que quiere leer o es una plena consciencia maledicente que ataca al rival escritor?

En cualquier caso: «And ne forhtedon na».




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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 28 de abril de 2024




La conocí en La ridícula idea de no volver a verte y después en Historias de mujeres, dos obras muy diferentes, pero igual de intrigantes. La autora me causó una gran alegría, pues, además de ser una autora popular, su prosa era todavía mejor. Su nombre, Rosa montero, y su libro poseía una relación indirecta con una búsqueda anclada en mí desde hacía tiempo: encontrar un libro de ciencia ficción de habla hispana. Había decidido alejarme un tiempo de la ciencia ficción anglosajona y buscaba un escritor o escritora oriundos en lengua castellana. ¿Era pedir mucho? Pues no. Rosa Montero nos regaló este Lágrimas en la lluvia que venía con pack de regalo. ¿Por qué? Porque la autora se adentró en el mundo de Philip K. Dick y su inquietante ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y lo amplió, creando un personaje redondo y un mundo afín a sus inquietudes. No era el original, cierto, era mejor, al menos para mí sí lo era. Dick poseía ese estado de gracia como generador de ideas, pero no era igual de brillante en sus ejecuciones. Así, no resultaba extraño encontrar a sus fans polarizados por sus obras, incluso algunos no le perdonaban la tiranía de las tramas con giros inesperados y prescindibles, puesto que, de hecho, sus mejores novelas eran aquellas en las que el autor apenas daba importancia a la trama. Así, de vueltas con la obra, ¿Sueñan los androides…, una buena idea, una mala ejecución, se vio pronto superada por su versión fílmica, Blade Runner, que la lanzó al estrellato de la scifi. Montero hábilmente recogió ese vasto y rico mundo de replicantes, humanos sintéticos apenas diferenciables de los verdaderos humanos, con una vida falsa construida a base de recuerdos virtuales implantados, y fue más allá. Recreó el mundo de Dick, los Estados Unidos de la Tierra (EUT), e insertó a los replicantes en su tejido social, más integrados, pero igual de inadaptados, pues cualquier mundo, real o ficticio, posee parias; y después nos regaló pinceladas de otros conceptos de la ciencia ficción, otros mundos, algunos humanos y otros extraterrestres, y como una excelente jugadora de póker mezcló la baraja con todas las cartas y jugó a ver qué carta saldrá. ¿Contienen metaliteratura las lágrimas de un replicante? En este caso mucha. Esas memorias falsas insertadas en la mente de los replicantes resultaban un hábil trasunto utilizado por la escritora para hablar del acto creativo, de cómo un escritor se inserta, con plena consciencia o plena inconsciencia, en la manipulación de los recuerdos de sus personajes; ¿y si un día un personaje descubriera que toda su vida, su familia, amigos y pasado… fueran falsos?, ¿cómo se reinventaría?, ¿podría superar tamaño bache? Siguiendo ese hilo, así se sentía la protagonista de esta obra, Bruna Husky, que para mayor inri, poseía los títulos de replicante, detective y mujer; y una vida sintética y limitada —recordemos— por diseño de fábrica a vivir tan solo 10 años. Por si sus pesares fueran pocos se los repetía con cansino y acertado leitmotiv: cuatro años, tres meses, … No harían falta más explicaciones, si todavía no se leyó la obra. Las situaciones y conflictos recreados por Montero eran los propios de su época, siglo xx-xxi, pero reconvertidos en un futuro Dickiniano y un mundo fácilmente reconocible para los cinéfilos de Blade Runner. Montero tradujo la homofobia por tecnofobia, la pobreza simplemente no la tradujo, pues la pobreza resultaba igual en todos los tiempos, aunque sí cambió sus circunstancias, la lucha entre potencias la elevó del suelo a los cielos y al cosmos, y las miserias humanas, avaricia, miedo y odio, las dejó inmutables. Las buenas novelas de anticipación han jugado (y juegan) con todas esas particularidades y han injertado problemas sociales en sus tramas para hablar de lo mismo, de la contemporaneidad, de la sociedad y de las cosas que creemos que deberían ser mejores y que cuestan tanto de cambiar. Lágrimas en la lluvia fue más bien un guiño a la película, cierto, pero resultó un guiño acertado, aunque no desembocó únicamente en un pastiche de elementos Dickinianos y fílmicos, uno tras otro, pues si se fue fan de la novela o de la película no se quedará defraudado por esta obra y después de que se lea se podrán entender las modificaciones que insertó Montero, los giros en la obra original que harán soltar lágrimas de felicidad, de histeria o de extrañeza que quizá no el lector no se espere… o tal ves sí. El futuro era replicante, el futuro era mujer, pero, sobre todo, el futuro estaba en la lluvia y, como siempre, en el presente.

 

SI NO ERES S. BONAVIDA PONCE

ABANDONA ESTAS PÁGINAS

ARCHIVERO CENTRAL S777

EUT 2077, TORRE, 12, ABRIL, 2177

 

 


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 18 de febrero de 2024




Así se pierde la guerra del tiempo

Amal El-Mohtar (Canadá, Escritora)

Max Gladstone (EUA, Escritor)

Los hilos y las hebras de esta historia se entrecruzan con maestría, pero ¿a qué origen pertenecen?, ¿es orgánico o es inorgánico?, ¿son acaso brácteas rojizas de un arthurium o filamentos gris acero de una placa madre? Rojo o Azul, Azul o Rojo. Límites en el espectro de colores que sitúan la frontera y el marco para dos personajes rivales en estos viajes intemporales, pues intemporales son —me atrevo a afirmar—, pues el tiempo exterior solo es la excusa para hablar del viaje interior, el viaje de un personaje al interior del otro, un viaje donde el tiempo no cobra importancia, únicamente el sentimiento. La temporalidad y sus derivados son la excusa para hablar de lo íntimo: múltiples multiversos versus la única realidad de las protagonistas, distopías versus ucronías, no ficción versus ficción. Y, cómo única argamasa, ese tiempo interior que fluye con lentitud. ¿Es una historia de amistad? Quizá lo sea, y quizá, probablemente, de algo más, pero aventurarse en esa cuestión sería adentrarse demasiado en lo desconocido. Es más simple que eso, es una maravilla de historia, no por los viajes temporales (el pretexto), un simple marco de referencia ciencia-ficcional tan válido como la naturaleza, el realismo o la intriga; es maravillosa por esa prosa exquisita que ambos autores plantan, destilan y tratan con una mirada polivalente tanto para verla con un hálito tecnológico como con un hálito biológico-naturalista. Lo que se encuentra en Así se pierde la guerra del tiempo es una pérdida que, por otro lado, resulta una evidente ganancia para el lector. Para resolver la paradoja, que no es temporal, la solución es sencilla: se debe leer. Así, ¡deseo que quien lo inicie tenga un fabuloso viaje lector por estos hilos y estas hebras!

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 7 de enero de 2024




La empecé a leer a destiempo. Es malo ser un trasnochador del éxito ajeno, es como enterarse del gol de River cuatro horas después. El libro te gusta, seguro, si te gustan las historias cortas, pero, ay, si te gustan las historias largas. Quizá te pase como a mí, que en las primeras cinco crónicas me reí, en las siguientes cinco empecé a divagar y, al llegar al ecuador, empecé a hastiarme, a cansarme de improperios, de improperios argentinos (¡de los que conozco y de los que desconozco!), de la repetición, del hartazgo, de la rabia, de la frustración, del odio, de la herida, del dolor, del dedo en la herida, del dolor del dedo en la herida, de la colera, de la rabia, de la frustración, del dedo, de la retahíla incansable de sustantivos… y del viaje lector. 
Como conclusión: toma sopa en verano, no te fíes de los relatos de ficción y gracias por descubrirme a Lorrie Moore.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 31 de diciembre de 2023




Cuando despertó, la carretera todavía estaba allí.

Un regusto a Monterroso deja el mundo postapocalíptico creado por Cormac McCarthy.

El padre, el entorno, los animales, son el dinosaurio en vías de extinción.

Para mayor parecido, me encuentro las frases, en su traducción al castellano, de confluencia Monterrosiana:

«Cuando volvió, el chico seguía durmiendo».
«Cuando despertó el hombre estaba enfermo».
«Cuando todos hayamos desaparecido entonces al menos no quedará nadie aquí salvo la Muerte».

Bueno, cierto es que la última frase está extraída con fórceps literarios y que cualquier parecido con la concisión y la brevedad son pura pareidolia, pero ¿es simple casualidad o McCarthy aporta una visión revolucionaria Monterrosística postapocalíptica?

Al margen del dinosaurio, y de la brevedad, el debate sobre si esta novela es o no ciencia ficción resbala ante la prosa del fin del mundo tan escueta y bien cincelada que se gasta McCarthy.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

sábado, 21 de octubre de 2023



«Había también las voces románticas convencidas de que existía un lugar escondido y apartado que el modelador llamaba hogar; probablemente un pequeño pueblo de pescadores en alguna isla remota donde el tiempo se movía con las mareas…»
J. Casri


Versión reseña Modelador en PDF.



Al igual que sucedió con la novela Ulises de James Joyce, acunada de contrabando de librería en librería, leyéndose impúdicamente por el comportamiento soez y extraño de algunos capítulos, que despertó a las Furias y a las Famas por igual, El modelador, obra experimental, vive una situación similar. J. Casri, fiel piloto de su embarcación, pilota junto a Daniel y sus compañeros en este interesante periplo literario: ¿conseguirá Daniel encontrar al modelador de la historia? Es la única cuestión que importa, pero la luz del faro que brilla en el horizonte queda pronto cubierta por auroras boreales y neblinas espectrales que distorsionan en múltiples haces el verdadero camino. No se debe engañar el lector acercado hasta esta obra y debe recordar las palabras grabadas en el dintel de la puerta infernal antes de que Dante se adentrara en él: abandonad…. Una obra demoníaca, en la forma, un purgatorio, en la ejecución, y una bendición, en el mensaje, pues cada lector sentirá distintos influjos en sus sentimientos al acabarla, quizá de igual modo que sufrió el personaje literario Dante que, habiendo vuelto a la tierra, no supo recordar ni descifrar lo que había aprendido en el cielo. El modelador supone un viaje iniciático y abarca tantos y tan variados temas que esta reseña es un mero escolio en un manuscrito perdido de la grecia ática. El modelador traspasa la littera (la palabra escrita) y se funde con la fisicidad del artefacto literario, siendo en la práctica, casi imposible, en este siglo de avances, tecnología y libros electrónicos, exportar la obra a un formato electrónico sin que el medio altere el producto original, un desgarro similar al que sufren los necesarios y traidores traductores. En el interior de sus páginas hallamos rectángulos, líneas y flechas que interrumpen la lectura y, como un viaje por universos paralelos, esas formas geométricas contenedoras de palabras exploran diferentes capas de la realidad y nos conducen, tal obra clásica y universal (¡si acaso ello existe!), por tramas detectivescas, ensayísticas, biográficas, históricas, costumbristas…; ningún género escapa a la aguda mirada de J. Casri que con argumentos implacables azota a nuestros yoes lectores y perfila una particular mirada sobre la realidad, esa realidad que creemos tan firme y segura bajos nuestras pies y que, con esforzado esmero, resquebraja con minuciosidad exasperante*1 hasta enfrentarnos a nuestros tabúes, aquellos que, en nuestra cotidianidad, nos impiden cuestionarnos acerca de la verdad. En un viaje a Roma, creí ver a El modelador de la historia en medio de la bóveda de la capilla sixtina, entre medio de esos dedos que nunca llegan a tocarse, un espacio entre lo mundano y lo divino, desde entonces creo en él, en ese espacio intangible, creo en El modelador de la historia.

*1 Si habéis leído todas las notas a pie de página y habéis abandonado toda esperanza, volvedlo a leer.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia




domingo, 16 de abril de 2023



«Recurrí a los libros, al ejemplo de papá, lector incansable, que había pasado la vida entre la biblioteca de su cuarto, la del colindante o la del comedor, abriendo una puerta y otra y dirigiéndose a los libros, siempre solícitos en los estantes, consultando, interpelando, contrastando información, fechas o datos».
Montse González de Diego

Memorias ensayísticas escritas desde tres percepciones: espacial, temporal y emocional. Así encara la autora sus vivencias por este constructo memorístico cimentado en tres pilares y, desde ellos, con tan variada argamasa, erige su bello y particular edificio. Los pilares sostienen el espacio de la obra, evoca tiempos que no volverán, y adorna cada piso, cuatro en total, con prosa esmerada y elegante, de igual modo que realizó en su anterior obra, La tercera sala; finalmente, como es propio en los papeles privados, alicata muros con impresiones y reflexiones propias, interpelando a los tiempos modernos, en el deambular por las estancias nos retrotrae a esa lucha obrera y social y olvidada por mediación de su padre y rescata ilusiones infantiles de Campillo, el pueblo burgalés de su niñez, de la mano de su madre y su tía. En una de las habitaciones de esta morada, nos acuna con una nana de melodioso pentagrama de espacios, tiempos y afectos.
La reciente premio Nobel, Annie Ernaux, respondió así en una entrevista: «Solo con vivir no me resulta suficiente. Hace falta que escriba esos instantes». Recoge la misma premisa Montse González de Diego en su obra. No es suficiente con vivir, hay que escribir.

En este cianotipo de su vida, desgrana con el mortero la escritura y la amplifica con literatura, pues en la certeza de que la memoria es engañosa convierte a esta en una aliada, en un elemento valioso, para dejar huella de la verdadera realidad de la vida, en las emociones comunes a cada uno de los lectores. De la obra erigida nos queda la esencia de lo vivido y Montse, con plena consciencia de la importancia de su propiedad, prepondera en Vienes una mirada lúcida sobre la niñez, la adolescencia y la adultez y las mezcla, en estudiada proporción, con las épocas y las convenciones.

Tras la construcción de su edificio, abre los postigos de las ventanas para que sus preocupaciones personales se aireen con vientos humanizados y universales, guía a los lectores, más allá de géneros, roles y estereotipos. Por el jardín, a los pies de la casa, un divagar literario y calmo aflora. En cambio, el entorno donde erige la casa se sitúa en las periferias de una sociedad cada vez más agresiva, fugaz y líquida. Esa contraposición de espacios, tiempos y sentimientos se desmenuzan en la visita, vemos las distintas salas, habitaciones y espacios como distintas piezas de un puzle, en sus distintos atributos culturales, sociales y artísticos, desde el tamaño, pueblo versus ciudad, desde el utilitario, rural versus urbano, culturales, centro versus periferias, literarios, autoras versus autores, acercando a la biografías y a la memorias colectivas recuerdos de una sociedad vistos desde la óptica de una mujer.

Es en estos tiempos donde, quiero creer, la perspectiva femenina alcanza un mayor grado de protagonismo por la conciencia adquirida en el pasar de los años y Montse, portadora de ecos, de antiguas edificaciones como la erigida por Christine de Pizan en su Ciudad de las damas, divisa desde la vastedad de sus dominios y, con ojos de escritora, la tierra de esta sociedad en que le ha tocado vivir. 

Las puertas de esta casa quedan abiertas, pasen y lean, bienvenida la persona que desee entrar en ella, pues será afortunada de habitar un edificio tan bien construido.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 15 de enero de 2023



«…volvían a la mente de la sargento una y otra vez, "te he criticado por ser una puta policía", recordó entonces al inspector Javert cuando advirtió que la sociedad mantiene irremisiblemente fuera de sí dos clases de personas:
los que la atacan y los que la guardan».
Rosa María Reis León


Nada más iniciar la reseña de este libro debo parafrasear a la célebre escritora Patricia Highsmith: «Creo que la pasión por la justicia pública es bastante aburrida y artificial». Esta sentencia desvela parte de la crítica implícita en la obra de Rosa Reis hacia la policía, el sistema judicial y el mundo editorial.

Qué hacemos es una novela detectivesca ubicada en los barrios altos de la cosmopolita, gótica y literaria ciudad de Barcelona. El escenario no podría ser mejor y tampoco casual, pues la tríada social, urbanística y cultural, permite a la novela adentrarse en los barrios de gente adinerada y descubrir sus oscuras intrigas.

Es en ese entorno donde los personajes, la sargento Roa y el caporal Chouzas, investigan un asesinato. La mujer y el hombre aunan la trama detectivesca con sus desvaríos personales y literarios. Y quizá sea esta última palabra la que, a priori, chirría en este entorno noir: ¿Literatura en una novela policíaca? Así es, pues con gran acierto Rosa Reis introduce ese atípico tropo en un género que no suele tratar el tema, pues no solo de crímenes vive Qué hacemos y entre sus páginas encontramos grandes referencias a Sylvia Plath, Alejandra Pizarnick y Tove Ditlevsen, sin olvidar a sus homónimos masculinos como Thomas Mann, Fiódor Dostoyevski o Gabriel García Márquez.

Lejos de resaltar lo literario, es en esa enumeración de autores reconocidos donde se vislumbran los múltiples juegos de espejos de la novela, que confronta el machismo de nuestra sociedad y lo desgaja en sus variados aspectos: el literario, ¿por qué hay más autores que autoras?; el criminal ¿los hombres cometen más crímenes que las mujeres?; el sexual, ¿hay equiparación salarial entre hombres y mujeres?; el económico, ¿se persiguen menos los crímenes de ricos y poderosos que los de los pobres?

Planteadas las cuestiones, en este páramo cruel y oscuro que supone la novela negra, Qué hacemos con el tiempo que nos queda se adentra en los machismos y sus múltiples caras, se abre paso incidiendo con un estilo cuidado en su ejecución, una trama elaborada, un gran bagaje literario y un final que no dejará indiferente.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 1 de enero de 2023



«Antes de poner la tapa contempla con orgullo su creación.
Dos años de trabajo duro, solitario, culminados con éxito.
La primera máquina del tiempo que funciona
».


Cuentos reducidos a la mínima expresión. Un abecedario de experiencias vitales abreviado en la quintaesencia de lo que debe ser una ristra de narraciones cortas. No en vano Juan Pablo Fuentes, excelente orador, cuentista, dramaturgo y lector empedernido, nos muestra en esta amalgama de invenciones, autoficciones y clásicos un bien ejecutado refrán: «lo bueno, si breve, dos veces bueno», aforismo puesto de moda por un escritor amante de la concisión, Baltasar Gracián, que en tono socarrón también aseveraría en contra de sus críticos: «Y aun lo malo, si poco, no tan malo».

En el debut de Abecedé, la presentadora de la obra, Neus Arqués, comprendió y citó el leitmotiv implícito en el libro: la lucha de los diferentes personajes contra sus heridas. Una trayectoria literaria que los afortunados también pudimos leer en su primer libro, un libro-casa, Palomitas, donde la pequeñez del formato y los escritos no resultaba casual.

En otros aspectos, Abecedé muestra el gran contraste entre la brevedad de sus textos versus la amplitud de sus temas: sexualidad desbordante e hiriente no apta para lectores mojigatos, ¡bebe, bebé!; incestos clásicos de corte griego; maridajes frustrados entre mindfulness y psicopatías de un demente, ¡oohhmm!; el imperio de los sentidos, entre óperas, bibliotecas y demás lugares de depravación cultural; dicotomías extrañas entre, ¿ciencia o ciencia ficción?… 

Y ¿por qué extenderse más allá en esta lista cuando lo mejor es leerlos? No se quede nadie con las ganas y degústenlos. Y si quieren saber más acerca de Juan Pablo Fuentes y poseen gustos literarios, tienen suerte, pueden encontrarlo en su inmensa faceta bloguera, en www.liblit.com, su blog, donde Juan Pablo, en esta ocasión, nada breve, nos regala más de 2000 reseñas.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 10 de marzo de 2021


«La trama no es sino las huellas que quedan en la nieve
cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles
». 



Un gran escritor R. B., no solo del género de ciencia ficción que en estos días parece resurgir de la tumba en la que muchos intelectuales querían enterrarlo, un escritor que ensalza lo genuino de lo escrito por encima de lo mercantil o de la temática, una persona que maximiza la ciencia ficción como la via que hace pensar, pero no porque el género en sí mismo invite a ello (que lo hace), sino por ser el medio que él escogió para expresarse, tan válido como cualquier otro. 

Mi admiración hacia Bradbury surge de su inmensa humildad ante sus logros, pues inicialmente se sentía pequeño ante ellos, pensaba en su escritura como algo mercantil, pero fue justamente su honestidad, voy a escribir sobre lo que me gusta, lo que lo apartó de dicha senda del mercantilismo o includo, de cosas peores, el no escribir.
En este libro, el autor camina entre el ensayo, los artículos periodísticos y la poesía, y se lee en su interior esa falta de divinidad, ese alejamiento de la pedantería propia de las personas que creen saber mucho y, al leerlos, dicen poco. Me inclino a pensar que todos debemos aprender de Bradbury, de esa carencia de pedestales que no tocan.

Además, Bradbury aboga por el uso no cultista del lenguaje, una prosa sencilla, muy parecido a lo que postulaba Walt Whitman, puede albergar grandes ideas y mejores sentimientos, que mejor que recuperar sus propias palabras:

«He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wolfe […] He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese […] he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo […] Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas». 

¡Bello! Bradbury nos regala también, al final del libro, unas cuantas poesías de su cuño, pues como bien indica, lee poesía todos los días. No será casualidad que los poetas sean magníficos escritores e, incluso, como escribió Ursula K. Le Guin, algunos gobiernos a los que más temen son a los poetas, pues cuando los demás callan, los poetas escriben.

Adentrándonos en términos de técnica, Bradbury expresa lo esencial, escribir desde los cinco sentidos, conservar la escritura centrando la conciencia en la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. 

Él lo expresa de manera contundente.

«Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos». 

Más adelante compara sus lecturas, sus vivencias literarias, alude a Herman Melville y a su Moby Dick, sobre todo porque la reescribió para un guion cinematográfico, y también nombra a Julio Verne y sus Veinte mil leguas de viaje submarino y al Capitán Nemo, y compara ambos líderes, como si el mando y las profundidades abisales volvieran, con tanta masa de agua, locos a los hombres. 

Anota otro dato interesante, al igual que Stephen King en su Mientras Escribo, las palabras diarias que lo convertirían en escritor. Entre mil y dos mil palabras al día, en esto un tanto más humilde que el maestro del terror que se inclinaba a la fijación por las dos mil, pero, y en todo caso, insistiendo en la única importancia que reside en dicho nexo, la asiduidad, lo único importante.

Otras palabras que me llamaron poderosamente la atención fueron su concepción inicial sobre su novela, posiblemente la más aclamada, Fahrenheit 451, ya inscrita en el canon de la ciencia ficción y un clásico incluso fuera de él; estas fueron:

«Yo no lo sabía, pero estaba escribiendo una novela literalmente barata. En la primavera de 1950, escribir y terminar el primer borrador de El bombero, que más tarde sería Fahrenheit 451, me costó nueve dólares y ochenta centavos, en monedas de diez». 

Él pensaba que era una novela comercial, un pastiche sin ningún orden ni concierto y, que al final, resultó una obra maestra; también me sorprendió descubrir a mí ese hecho íntimo del autor, pues al pensar en los grandes escritores los endioso como seres de algún panteón mitológico y los imagino sin dudas y conocedores de todos los entresijos de los universos que crean y los imagino infalibles; cuando la verdad es que poseen dudas, muchas, incluso los mejores como Bradbury. De lo que no cabe duda, al menos Bradbury así lo afirma, es que se debe ser honesto al escribir, hablar de los temas propios, lo que te conmueve, lo que te hace levantarte cada día. Lo que amas y lo que odias. Sobre eso es lo que deberías escribir.

Como dato anecdótico, también descubrí que Bradbury, al igual que Goethe, escribía sus novelas en un chorro de pasión creativa, del tirón. Y disfruté, como solo se puede uno encandilar con un plato de tan exquisito gusto, la definición, un tanto mitológica, que daba sobre la ciencia ficción:

«La ciencia ficción es un intento de resolver problemas mientras se finge mirar para otro lado. […] este proceso literario es como el enfrentamiento de Perseo con la Medusa. […]. Así la ciencia ficción simula futuros a fin de curar perros enfermos en los caminos de hoy. El tropo lo es todo. La metáfora es remedio». 

Nos habla de la importancia de concretar, otro hito en literatura, y para ello se vale de sus conocimientos de poesía. La poesía es imagen, la imagen es metáfora, y, parafraseándole, si un escribiente encuentra la metáfora adecuada, eso se convierte en la imagen justa, y, al ponerla en escena, servirá por cuatro páginas de diálogo. Maravillosa manera de expresar la idea de concreción.

Aboga también, a diferencia de otros literatos más proclives al no mestizaje de artes, a visualizar películas, pues en la ficción audiovisual el escritor puede aprender las técnicas que predisponen al espectador-lector a la configuración de las escenas, la mirada de la cámara vs la mirada de la imaginación no distan tanto la una de la otra, o, al menos, esa es la interpretación que hago yo de sus palabras.

Finalmente, no son lecciones para autores noveles, ni para diletantes de la escritura, más bien es una reflexión que lanza en alto para quien la quiera recoger. La clave de una buena novela es el trabajo, la segunda la relajación y, por encima de ellas, relajarse y no pensar, sobre todo, No Pensar. De aquí viene la anécdota del título de Zen en el arte de escribir, es decir, tómate un respiro, no te critiques antes de empezar y, simplemente, escribe. 

Para ello se impone la carga de las mil o dos mil palabras diarias, que ya comenté, y la deducción que, tiempo más tarde, llevaría a crear el reto Bradbury.

«Mil o dos mil palabras por día durante los próximos veinte años. Al principio podría apuntar a un cuento por semana, cincuenta y dos cuentos al año, durante cinco años. Antes de sentirse cómodo en este medio tendrá que escribir y dejar de lado o quemar mucho material. Bien podría empezar ahora mismo y hacer el trabajo necesario. Porque yo creo que finalmente la cantidad redunda en calidad». 

En el fondo, él no animaba a nadie a escribir, pero, de nuevo, leyendo entre líneas y entre palabras, esa cantidad redunda en calidad, y ese número mágico (a las personas nos encantan la medida de los números) cincuenta y dos, supuso el inicio de un reto que, a día de hoy, sigue en pie y que muchos lo realizamos con cariño, con trabajo, con esfuerzo y, sobre todo, con ese No Pensar en el que tanto insistía nuestro maestro de la ciencia ficción.

Para acabar me despido con una cita maravillosa, una de las tantas, que encontré en el interior de Zen el arte de escribir.

«Recuerden: la trama no es sino las huellas que quedan en la nieve cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles. La trama se descubre después de los hechos, no antes. No puede preceder a la acción. Es el diagrama que queda cuando la acción se ha agotado. La trama no debería ser nada más. 
El deseo humano suelto, a la carrera, que alcanza una meta. No puede ser mecánica. Solo puede ser dinámica».

Así que, recordemos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

jueves, 5 de noviembre de 2020


«Era más de media noche, antiguas historias cuentan, cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra, los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan»

Un relato corto de José de Espronceda, escrito allá en 1840, con un personaje atípico para la época, pues Don Félix de Montemar, el protagonista, no nos sale con ser un caballero surgido tal novela de caballerías; no, es un canalla, un crápula, un truhan, un mujeriego…

Sus malas virtudes no poseen parangón. Un texto arriesgado para Espronceda, pues, en la época, los lectores no estaban habituados a este tipo de personajes acanallados.

Espronceda prepara un maridaje con sus gustos hacia otros personajes atípicos coetáneos del suyo, como son el Don Juan Tenorio, el Fausto de Goethe o Sardanápalo de Lord Byron; en algún caso manifiesta el parecido abiertamente.

«Segundo don Juan Tenorio, alma fiera e insolente, irreligioso y valiente, altanero y reñidor: Siempre el insulto en los ojos, en los labios la ironía, nada teme y toda fía de su espada y su valor».

El texto lóbrego, decadente y también fantasmal, recuerda al estilo gótico de terror del siglo XIX. Iglesias de picos afilados, sombras espectrales que cruzan la calle, castillos de altos muros donde acechan los soldados, el viento y el entorno, siempre de noche, siempre oscuro… 

«El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella, silbaba lúgubre el viento, y allá en el aire, cual negras fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias, y del gótico castillo las altísimas almenas, donde canta o reza acaso temeroso el centinela».

Don Félix mata al amor, mata al juego, mata al acero; y, por matar, hasta a La Muerte intenta cortejar. ¿Conseguirá salir vivo de ese juego?
Rescatado de los iniciales versos:

«Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd…».

En las primeras palabras, se anticipa un posible final ciertamente nefasto.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 21 de octubre de 2020



«El fin del mundo requería tiempo para producirse, y el tiempo, pensó Susannah, se aplicaba en la labor con la parsimoniosa habilidad de un maestro torturador, capaz de matar rápido o despacio pero siempre con un dolor atroz»

El poder de la brevedad en un relato ganador del premio Locus 2018 y finalista, en el mismo año, del premio Hugo.

No es para menos, en menos de 10 000 palabras, Nagata destila las esencias vitales de la humanidad tales como supervivencia, anhelos, tecnología, desastres planetarios y extraplanetarios… y nos los arroja a la cara.

«Somos una especie brillante […] .Valientes, creativos, generosos… pero solo como individuos. En grandes números, fracasamos siempre».
La autora, residente en Hawái, presumiblemente ha vivido en más de una ocasión la fuerza devastadora de la naturaleza y ha aprovechado esa proximidad a los huracanes para relatarnos en un tono epopéyico el relato de una especie humana cercana al fin de su colapso como civilización.

Había una vez, un obelisco…

«Había empezado a considerarlo su propio monumento, y a verse a sí mismo como un Ozymandias cuya obra estaba condenada a olvidarse […]».
Pero la historia no va de un gran todo, de una enorme y compleja sociedad, pues no hay espacio físico para desarrollarla. Nagata nos embarca en un proyecto pequeño, la construcción de un obelisco, un recordatorio de una especie próxima a su fenecimiento… ¿o tal vez no?

Y es esa duda la que se erige altiva tal obelisco, pues si hay algo de especial en la especie humana es, sin lugar a duda, esa capacidad inasible llamada esperanza. 



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 30 de septiembre de 2020



«Dar con el momento histórico en el que el ábaco alcanzó la Razón es igual de difícil que dar con el momento en el que el mono se transformó en hombre»


Stanislaw Lem, filósofo y escritor de ciencia ficción, bien hubiera añadido a sus cualidades ser compositor, pues escribe sus libros como melodías, de una belleza, musicalidad y profundidad que ninguna partitura habría de envidiar. Une las palabras tal notas, acordes y arpegios, en virtuosos alardes de composición que bien podrían escucharse sus obras como piezas musicales.

«[…] la Evolución es un jugador imperfectamente ordenado; porque no solo comete errores, sino que no se limita a ninguna táctica de preferencia a la hora de competir con la Naturaleza: apuesta por todos los campos posibles, de todas las formas posibles».

Ciñéndonos al libro actual, Golem XIV es una moderna epopeya escrita en prosa donde el agudo escritor nos desvela a una Inteligencia Artificial, Golem XIV, que supera a sus creadores. No es casualidad que el título, Golem, aluda al famoso ser de arcilla famoso en la mitología judía, pero es este Golem un ser distinto a ese, no nacido del barro, sino del silicio y el plástico.

«El ser humano no es capaz de formular todos los conocimientos que debe a sus experiencias personales […] nos consideraba “inteligencias aprisionadas por la corporeidad”».

Golem XIV es la decimocuarta versión de una máquina creada por el MIT con dinero del servicio de defensa de Estados Unidos. La premisa no es nueva, pero sí las ideas que pululan en torno a la vasta inteligencia de la máquina que, por mano de Lem, nos deslumbra con su sabiduría y su ecléctica visión de la humanidad. Nada se le escapa al GOLEM. Nada se le escapa a Lem.

«Vuelvo a la historia de la humanidad como historia de ilusiones efímeras».

Es Golem XIV, en mi humilde opinión, un libro complicado de leer, pues lejos de Solaris, Lem no nos presenta en este libro una novela fácil de digerir, es un ensayo filosófico sobre la propia visión de Stanislaw Lem sobre la humanidad, el conocimiento y el homocentrismo, una crítica, una advertencia y una profecía sobre el futuro y lo que obtengamos de él cuando construyamos una máquina pensante con la capacidad de cálculo del GOLEM.

«[…] la dificultad no solo reside en el hecho de que no conseguiréis subir a mi montaña, sino también en que yo, entero, no podré bajar hacia vosotros porque, al descender, pierdo por el camino lo que se suponía que tenía que entregaros».

¿De qué nos habla Lem en este libro? De la vida, de la humanidad, de la inteligencia, de la evolución, de la búsqueda, de términos inasibles y, por tanto, inalcanzables en sus cotas más elevadas, pero sobre todo nos habla de ese placer humano al sentir vanagloria ante nuestros logros, y el GOLEM nos rebaja, la vanagloria de ser una mota de polvo en el inmenso universo.

«La primera obligación de la Inteligencia es la desconfianza hacia sí misma».

No somos nada, sería el resumen que lanza la máquina pensante, un corolario del propio Lem quién necesitó crear al Golem XIV para no irritarnos en exceso con sus elucubraciones ni dañar nuestro frágil ego humano.

«Cogito ego Golem Lem».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 23 de septiembre de 2020



«Los primeros árboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y los perales que había en el jardín de la casa en que crecí»


Memorias, ensayo y algo de estudios literarios; son algunos de los temas que nos trae la editorial Impedimenta. Su autor, John Fowles, nos regala esta delicia de libro, en él reflexiona lo que significa la naturaleza, la sociedad y, de paso, nos los explica con ejemplos de su cotidianidad a lo largo del devenir en su vida.

A Fowles y su familia les tocó vivir la Segunda Guerra Mundial; antes de que tan terrible acontecimiento ocurriera, su padre poseía en el patio trasero de su casa manzanos y perales, en ese pequeño jardín ubicado en un barrio de los suburbios de Londres su progenitor cultivaba árboles que ganaban premios por la calidad de sus frutos y del cuidado que les profesaba. John Fowles deja claro que su padre, a su manera, amaba a los árboles, pero mientras que para el padre sus afectos se traducían en atenciones mercantilistas u objeto de prestigio, para John era diferente…

«No es que no comparta el apego que mi padre sentía por sus fértiles objetos de devoción […]. Pero debo confesar que mi interés real se centra en la composición que forman los árboles en su conjunto […], ese coral verde que descubro en los bosques reside el auténtico significado de la experiencia […]. Creo que incluso podría hablar de la verdad».

Para John Fowles adentrarse en una arboleda reviste cierto misticismo, frase que entrechoca con los conocimientos científicos, pues la ciencia tiende a una excesiva pormenorización de los elementos estudiados, sin pararse a la contemplación, como el propio John Fowles deja escrito.

«Ponerles nombres a las plantas siempre implica categorizarlas y, por tanto, proceder a su recogida en un intento de poseerlas. […] sucede que esos nombres y los objetos a los que se vinculan pasan a estar obsoletos muy pronto […] Todo esto constituye el triste legado de la ciencia victoriana, tan obsesionada por la maquinaria y la taxonomía».

En el libro, El árbol, Fowles nos explica su vida de manera que profundiza en su intimidad y pensamientos, acercándonos de esa manera más aún a sus objetos de deseo; según avanza la lectura nos habla de muchas leyendas en torno a los bosques, de curiosidades acerca de los árboles y cita y comenta a otros autores de ficción como es el caso de Raymond Chandler en el que capta una similitud en la urbanidad vs la naturaleza. Raymond, según Fowles, traslada la maldad intrínseca de una naturaleza sin Dios a la arquitectura urbana creando en el proceso a un detective privado que, puesto sobre la jungla de asfalto, debe sobrevivir a la malvada ciudad como el hombre prehistórico debía sobrevivir al malvado bosque. Sin lugar a duda una excelente similitud que amplía con una explicación histórica.

«En el siglo XVII, […] el bosque era claramente el símbolo del mal. […] De esta forma, la Iglesia podía lamentarse de las ansias con que el público había aceptado las leyendas salvajes relacionadas con el adulterio, la magia, el misterio […] la maldad intrínseca de una naturaleza sin Dios».

Extenderme más en este libro sería una delicia, pero las resexpósibros nacieron con afán de ser útiles y breves, y ya conocemos el dicho: «lo bueno si breve, dos veces bueno».

Os invito a la lectura de este fascinante libro, cercano a cualquier lector que sienta cariño hacia nuestros congéneres planetarios: los árboles. Seres que comparten espacio con nosotros en el planeta Tierra y a los que no siempre tratamos tan bien como debiéramos.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 9 de septiembre de 2020

«Seguramente habían calumniado a Joseph K., pues, sin que nada malo hubiera hecho, fue detenido una mañana».

Esta obra, El proceso, es la historia de una venganza, graciosa, personal y transcendente de Franz Kafka contra el mundo del derecho; y es por ser, él mismo, parte de ese mundo —se doctoró en derecho en la universidad de Praga en 1906— que somete con sorna y debate la justicia de los hombres al arbitrio de nosotros los lectores. 

Algunas de sus primeras sentencias son clarificadoras, tales como la siguiente:

«La falsa creencia en la seguridad del estado que se preocupa por sus ciudadanos».

De suerte que esta absurdidad, propia de un genio, Kafka, que en sus últimos días, muriéndose, entregó los manuscritos de sus obras a su íntimo amigo y consejero literario, Max Brod, y le conminó que, a su muerte, los quemara. Sería porque ¿pocos lo leían en vida? Quién sabe. En todo caso, su fiel amigo, desatendió esa última petición, y aunque la promesa de amistad fuera traicionada, ello nos ha permitido disfrutar de la escritura de Kafka, un portento no reconocido en vida, pero valorado mucho después. 

«No hay armas contra esta justicia; es obligado confesar. En la primera ocasión, confiese».

Al anterior anecdotario anterior aporto la pregunta que cualquier lector se hace y que también comentamos mucho en el grupo de lectura Letraheridos del que soy asiduo, quizá esa súplica final de Kafka no fuera, después de todo, más que una mascarada, una personificación del teatro del absurdo llamado vida, una solicitud interpretada hasta el final donde, ni el propio Kafka, confiaba en que su amigo cumpliera lo dispuesto. En todo caso, y gracias a esa lealtad en contra de él mismo, tenemos su obra en nuestros días.

«No puedo decir, tampoco, que esté usted acusado: o, más bien, ignoro si lo está. Que está usted detenido es exacto, y no sé nada más».

El Proceso es una burla al sistema judicial. De entrada, Josep K. —el protagonista— nunca llega a leer ni oír la acusación contra él; esta no se pronuncia, no cobra forma en ninguna carta, manuscrito, libelo o pliegue jurídico y ni tan siquiera uno solo de los personajes que aparecen, y aparecen muchos, menciona tan siquiera de pasada en qué consistirá su sufrimiento legal.

«
Josep K.—¿Cómo se entiende que vaya al Banco, puesto que estoy detenido?
Inspector—Usted no me ha comprendido bien. Está detenido, sí, pero eso no impide que cumpla con sus obligaciones. Nadie le prohibirá llevar su vida normal.
»

Así, el tiempo novelístico pasa de palabra en palabra en la inopia del motivo acusador; y ni siquiera al propio afectado parece importarle el porqué de su asunto con la justicia, sino más bien el cómo. No le importa —al lector sí— el origen del crimen, sino como subsanarlo, es esta contraposición, la avidez del lector vs la absolución del personaje, querer saber más vs la pragmática resolución favorable, lo que enfrenta en toda la obra la curiosidad lectora y la habilidad de Kafka por no querer decir.

«¡Hay tantas sutilezas en las que la justicia se pierde! Llega a descubrir un crimen allí donde nunca lo hubo».

Y Joseph K., simplemente nombrado K. la mayoría de veces, es un personaje guiado por una hábil mano, un personaje que recorre los vericuetos de ese circo creado por los hombres llamado Justicia y que tan bien recrea para burla y escarnio el autor.

«[…] el proceso seguía su curso y que allí arriba, en el granero, los funcionarios de la justicia quedaban pendientes de los archivos de este proceso […]».

Resulta gracioso, al menos lo resulta en los primeros capítulo, como Kafka reduce al ridículo los espacios físicos donde se erigen los templos del derecho, pues los palacios de justicia se encuentran en los lugares más mundanos y ridículos: habitaciones en edificios de cinco plantas, graneros, puertas ocultas tras camas, almacenes, etc.

«[…] la escalera de madera no aclaraba nada. K. advirtió que cerca de la subida había un cartelito y corrió a verlo. Estaba escrito con mano torpe. La inscripción decía: «Escalera de los archivos judiciales». Así pues, los archivos de la justicia se encontraban en aquel hórreo […]».

No son menos ridículos los personajes que vigilan el paso a los edificios, y así, de todas guisas e índoles, nos dibuja a atípicos guardianes: lavanderas, jueces, pintores, policías, inspectores, chiquillas (algunas jorobadas), extranjeros italianos, abates. Podrá darse cuenta el elector de la transgresión del autor al nombrar a personal no cualificado como parte del entramado jurídico, rebajando de esa manera la importancia de la justicia, la bufonada que supone para él, y para el común de los hombres, enfrentarse a la burrocracia justiciera. Pero es que, como Kafka persigue y explicita en un momento de la justicia: «todos somos parte de la justicia», es decir, y esta es una elucubración mía, todos somos parte de la bufonada.

«Es muy posible que ninguno de nosotros sea de corazón duro, inclusive estaríamos dispuestos a brindar un favor a quien lo necesitara; pero, en calidad de empleados de la justicia, aparentamos a menudo que somos de mal corazón y que no queremos ayudar a nadie».

No puedo negarlo, me he reído, sobre todo en los primeros capítulos, pero no se deje engañar el astuto lector por estas palabras; la narración se extiende, va más allá y poco a poco, hasta sus últimos capítulos, aunque sin perder ese tono caricaturesco-kafkiano, ahonda en la seria reflexión, acabando en un último capítulo triste, oscuro y esclarecedor de lo que, tal vez, quería transmitirnos Kafka.

«[…] asimismo es posible comprender algo y engañarse a un tiempo acerca de lo mismo».

Es El proceso una obra por la que merece echarse una risas y, por qué no, también unos lloros, pues quién esté libre de multas que pague la primera de ellas.


*nota*: Kafka es aquiescente.
«aprobaba con movimientos de cabeza cuanto iba diciendo el abogado, punto por punto, dirigiendo una que otra mirada a su sobrino como para dar ánimos a su aquiescencia».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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