domingo, 29 de enero de 2017

«En su alegría por la hechizada aquiescencia tácita de su oficial, Ahab no escuchó su fatídica invocación, ni la sorda risa que subía de la bodega»
Moby Dick (Herman Melville, 1851)

Conduzco por una zona montañosa. Al mirar por el retrovisor, observo a una chica y un chico. Adolescentes. Observan entusiasmados el paisaje de alta montaña por la ventanilla de nuestro vehículo. La serpenteante carretera nos lleva hasta la cima de la montaña y en su cúspide una bifurcación.

Carretera Local. Derecha.
Autopista nacional. Izquierda.

—¿Qué camino debemos tomar? —lanzo la pregunta al aire y por el retrovisor observo la cara de mis jóvenes acompañantes.

No los conozco. No sé quién son. Es decir, su presencia me resulta familiar, a mi yo del sueño le resulta normal tenerlos cerca, sin embargo, esa otra parte de mí, la consciente, no los conoce de nada. Ante mi pregunta, la chica y el chico se encogen de hombros, están tan desconcertados ante la elección como este improvisado conductor. En muchas ocasiones, en mis sueños, reconozco las caras de mis oníricos compañeros, consigo deducir la persona del mundo real que se muestra delante de mí; pero no en esta ocasión, si mis acompañantes me debieran resultar familiares, yo no lo sé.

Entonces observo a un hombre flotando a dos metros de altura de la carretera. Es extremadamente gordo, alguna clase de obesidad mórbida le atenaza. Sus brazos cuelgan flácidos y su barriga mórbida también, aletea en el aire sus brazos, como si fueran las alas de un pájaro. Realmente su ingravidez no me perturba, es como si ya supiera de su existencia. No obstante, ver volar a semejante masa de carne, me deja absorto en su contemplación.

—¡Un ballenato! —dice el chico, su voz muestra alegría.

En ese momento, dejamos pasar al ballenato delante nuestro. No nos observa. Con un aleteo constante de sus brazos pasa por encima nuestro sin fijarse en el vehículo. Su dirección le conduce al centro de la encrucijada y desaparece por el camino de la derecha. En ese momento, otro ballenato sube la cuesta. Es mujer, sus enormes pechos le cuelgan hasta casi rozar el suelo.

—Perdone. —Le grito desde el interior del vehículo—. ¿Qué camino debemos tomar para llegar a la ciudad?

La ballenata gira su rostro. Es tan redondo que me recuerda más a un cerdito que a un humano. Sus mofletes rosados se contraen y nos muestra una gran sonrisa.

—El camino de la derecha es más bonito, aunque el camino de la izquierda es más seguro.

Dichas las palabras, gira en dirección a la derecha. Piso con suavidad el acelerador y sigo por su camino. En ese momento me desdoblo corporalmente. Ahora observo la escena como si estuviera viéndola por los ojos de la ballenata. Se eleva unos diez metros. Tan poca separación y la perspectiva varía completamente. Sus senos acarician las copas de los árboles que sortea con gracilidad. Metros más abajo, nuestro vehículo, resigue en su dirección. Me da vértigo observar a través de sus ojos. A esa altura veo el fondo del valle. Un bonito lago se extiende hasta el horizonte. Me da miedo el abismo detrás de cada curva. La ballenata resigue con su vuelo el trazado serpenteante de la carretera. Su vista (mi vista) se dirige al fondo del valle, a lo lejos se vislumbra una planicie extensa y brillante. Es una antigua mina de sal. Ahora abandonada. En ese momento la visión aún me da más vértigo y realizo otro desdoblamiento al cuerpo del vehículo.

De algún modo sé que no hemos escogido bien la ruta. Esta carretera, aunque más bonita, resulta muy peligrosa. Sin embargo la ballenata no tiene miedo. Ella vuela alegre, ajena a estas curvas, ajena a la vieja mina de sal abandonada, ajena a todo. A pesar de ello, presiento que es un buen augurio. Eso no me impide conducir tenso. Me espera un largo viaje y entonces... despierto.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 22 de enero de 2017

«"Te daré mi hija en matrimonio", dijo el rey de Erin; Pero no la conseguirás, a menos que vayas y me traigas las noticias que quiero»
Leyenda céltica del Gruagach Gaire


—Papá, ¿de veras soy hijo tuyo?
Sir Thomas Treewood se gira y frunce el ceño.
—Es la misma pregunta con la que me acosas durante años.
Los labios del antiguo capitán de Dunstaffnage se contraen en un desagradable movimiento, casi como si fuera a escupir, y aunque no realiza tal gesto, su boca queda cruzada en un extraño gesto.
—Mamá no tenía los ojos azules —continúa su hijo—. Y tú tampoco los tienes.
Sir Thomas se mesa las sienes plateadas repletas de unas brillantes canas.
—Ya te lo dije. Un bisabuelo tuyo, procedente de Noruega, sí los tenía.
—¿Y este pelo blanco?
—Puffff... Verás hijo, te podría contar una historia muy larga e increíble, pero seguramente no me creerías. Pero ahora que ya has cumplido dieciocho años, quizás debas encargarte de la guardia del castillo de Dunstaffnage.
—¿Pasar tres noches en esa vieja ruina? Menuda tradición familiar más tonta.
—Te puede parecer absurda, pero la posesión nos proporciona un buen dinero... además, quizás en él puedas encontrar las respuestas que tanto ansías.


Thommy anda a paso ligero por «Jeadow Avenue». El olor a alquitrán aún permanece en el entorno y su memoria le asalta con recuerdos infantiles de la empedrada «Etive Road» a la cual se dirige. Esa vía también la asfaltaron el mes pasado con motivo del plan de reforma del ayuntamiento.
En su mochila lleva los pertrechos necesarios para pasar tres noches en el viejo castillo: fósforos, agua, latas de comida, cuchillo, velas, macuto polar, una libreta de notas y una buena botella de Whisky. Una mueca de desaliento cruza por su rostro al doblar la última casa de la avenida. A lo lejos se divisan las ruinas del castillo entre las nieblas del día escocés. Extrae la libreta y comienza a garabatear con un lápiz el perfil de la edificación...


—¿Quién anda ahí?
—Saludos, capitán de Dunstaffnage.
Una muchacha de su edad surge de entre las ruinas. Va vestida con ropajes extraños. Lleva puestos unos curiosos zapatos negros con agujeros en el empeine, una falda del mismo color le sube hasta la cintura y el conjunto finaliza con una camiseta de tirantes. La tela de la prenda es tan fina que resalta las protuberancias oscuras a la altura de los pechos.
—¿Qué haces aquí en medio de la noche?
—Soy Ell-Maid, el fantasma de Dunstaffnage. Y tengo frio.
—Ja, ja, ja —Thommy ríe escandalosamente. El trago a su botella, diez minutos antes, no le ayuda a mantener ninguna clase de compostura—. Claro, y yo soy la reina madre. En serio, ¿qué haces aquí?
La muchacha mira alrededor. Observa las paredes del viejo castillo, como quien observa un lugar antaño visitado.
—Si me deja apretarme con usted en el saco se lo puedo contar. Además, tengo mucho frío.
Thommy mira incrédulo en dirección a la figura delgada que tiene delante. Por un segundo se relame, no tanto en un acto lascivo, sino para remojarse la reseca piel de los labios faltos de aguardiente.
—Las muchachas de este pueblo sois muy raras. Anda, entra.
—Gracias, caballero.
La muchacha se introduce en el saco con lentitud. A esa distancia Thommy puede observar la blancura espectral en la piel de la chica. Esta se apretuja en el saco. Por suerte es grande y caben dos personas con holgura. Aun así, ella se arropa con desmedida confianza al lado de él. Recuesta su cabeza en el hombro de su compañero de saco y el movimiento lo acompaña acercando los pezones al codo del muchacho.
—Oye, no sé qué haces aquí, ni me importa —dice intranquilo Thommy quien resigue con interés la cara de su improvisada compañera de saco para terminar fijándose en los ojos, de un azul intenso—, pero... oye, ¿tienes los ojos del mismo color que yo?
—¿Nunca se ha preguntado por qué tiene los ojos azules y el pelo blanco?
—No —duda—. En todo caso eso son cosas mías.
—¿Nunca ha discutido con su padre acerca de su origen? ¿Ni sabe por qué ese pelo blanco le pica tantísimo en invierno?
Thommy tiembla por un momento.
—¿Cómo sabes tú todo eso? Sí esto es una broma de mi padre...
—Si haces el amor conmigo, mañana al despertar, sabrás muchas cosas de tu origen.
Thommy duda. Su codo roza unos pezones duros y suaves, como si tal cosa fuera posible. La idea seduce su mente. La borrachera ha disminuido, lo contrario que su erección, la cual va en aumento.


El sol le despierta. Mira a su lado pero no hay nadie. Se viste. Busca su cartera. Sigue intacta con todos los billetes dentro. Hace un repaso de los enseres. No falta nada. Los tres días han pasado, pero a Thommy le resulta extraño, pues en su mente es como si solo hubiera existido una noche. Recoge todos los pertrechos, se los coloca en la mochila y marcha del castillo. Se gira, y de su mochila extrae la libreta y el lápiz. Busca la última página en blanco, mientras con el rabillo del ojo observa el contorno de las ruinas. La fortificación está hoy preciosa por el bienvenido sol invernal. Entonces lo ve, un garabato que no es suyo, una extraña forma oblonga, está pintada con trazo inexperto, una palabra reside en el interior: Bellingshausen.


Y en la esquina de la misma página un símbolo extraño: Ø


Dedicado a Seigi Trejo,
gracias por tus palabras.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 15 de enero de 2017

tara
Del ár. hisp. ṭár[a]ḥ, 'acción de quitar, restar o apartar'
«3. f. Defecto físico o psíquico, por lo común importante y de carácter hereditario»
RAE

Ascendí por los escalones nevados observando la silueta al final de la escalera.

Nadie podía verla.

Únicamente yo.

Una sotana oscura, como la profundidad de aquel bosque, escondía detrás del porte recio unas afiladas uñas. El rostro en penumbras también escondía largos colmillos.

Y a pesar de lo aprendido, de todos los horrores conocidos...

Continué subiendo, azotado por aquella estúpida tara de nacimiento en mi interior...


¿Alguien sabe cuál era la tara de nacimiento?



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 8 de enero de 2017


«La escalera imposible es una ilusión óptica descrita por los matemáticos ingleses Lionel Penrose y su hijo Roger Penrose en un artículo publicado en 1958».



—Vamos a subir arriba. ¿Me presta diez dólares, don Camilo?
—Aquí tiene los dólares pero no me haga reír con su pleonasmo español don José.
—Camilo, por favor, sea más abierto de mente, en este espacio tetradimensional también se puede subir abajo.
—¿Qué me dice usted, don José? ¿Acaso quiere engañarme con sutilezas etimológicas?
—En absoluto, observe...

../..

—Vamos a subir arriba. ¿Me presta diez dólares, don Camilo?
—Aquí tiene los dólares, pero no me haga reír con su pleonasmo español ¿don? Espere, ¡esto ya lo había dicho antes! ¡Y también le había dado antes los dólares!
—No se enfade don Camilo, eso es porque mientras subimos arriba alteramos la percepción del espacio-tiempo. Con esta demostración va a sentir en sus propias carnes una aplicación real del espacio-tiempo-literario-curvo, que demuestra el subir arriba como si se tratase del eco de una onda, la lástima es que en cada iteración el efecto disminuye considerablemente. Los españoles, aunque parezcan tontos, y le juro, pueden esmerarse mucho en aparentarlo, descubrieron el espacio tetradimensional hace tiempo, por ello suben y bajan, arriba y abajo, completamente a su antojo por la telaraña de palabras. Espéreme tantito Camilo, otro ejemplo...
—No, maldito.

../..

—Vamos a subir arriba. ¿Me presta diez dólares, don Camilo?
—Aquí tiene los dólares, pero... ¡Huácala! Con esta explicación ya me lleva aventados treinta dólares. Esto comienza a ser predeciblemente mortal para mi bolsillo, mi buen amigo. Ya no quiero caer en esta trampa.
—Con eso quiere decirme, ¿qué está cayendo hacia arriba o hacia abajo?
—Caer es abajo... pero, devuélvame el dinero.
—No, nada de eso mi buen amigo. Si estamos subiendo abajo, quiere decir que caemos subiendo.
—Ni modo. ¡Devuélvame mis dólares, so tramposo!
—Pues subir arriba me lo enseñó mi esposa, que es española, y no vea que ingenio y genio gasta.

../..

—Vamos a subir arriba. ¿Me presta diez dólares, don Camilo?
—¡Ah, no! Ni modo... Me cansan sus trampas don José. ¡Deme mi dinero!
—¡Qué lástima! Pero... espere, justo por ahí viene mi señora esposa, que hermosa, que inteligente, que linda, pero... espere... ¿qué hace? ¿por qué corre tan rápido, don Camilo? No se vaya así, tan deprisa, que mi esposa le explicará el bajar abajo...


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 1 de enero de 2017


«Nuestra naturaleza 
es movernos,
no detenernos,
cada cambio es:
vida, luz, amor»
UTLA

Estimados aquiescentes,

En esta ocasión queremos traeros un regalo especial que nos hizo PSC, un ser aquiescente, repleto de sabiduría, bondad y amor.

PSC me regaló una estrella de la constelación Osa Mayor (Ursa major) en muestra de su afecto. ^_^

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Permitid a vuestra estrella brillar y mantened vuestra luz interior aún más luminosa.

Gracias PSC por este maravilloso regalo.


«Solo existe el amor»

Abrazos estimados.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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Libros de S. Bonavida Ponce

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