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sábado, 19 de diciembre de 2020





Este día, 19 de diciembre de 2020, cumplimos nuestro décimo aniversario. 

Nos hace mucha ilusión celebrar con vosotros un año más.

Pues a pesar de los malos momentos, de las tristezas y de las despedidas, vale la pena vivir, celebrar y atesorar cada uno de nuestros días en este amado planeta al que llamamos Tierra.

Para los amantes de los retos, os dejamos un pequeño cuestionario festivo. ^_^

Abrazos, estimados. 

😊🍰🎉🎉🎆


*Ilustración de Facundo Diblasi. Gracias, Facundo.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia






sábado, 14 de noviembre de 2020





En esta ocasión, un cumpleblog de unos estimados amigos blogueros —de los que pasaremos a hablar en breve— nos invita a escribir una breve reflexión sobre el tiempo.

¿Qué es el tiempo?
Los humanos no lo saben, pueden medirlo, usarlo en una manera abstracta, en fórmulas, en juegos, en frases hechas, ¡cuánto tiempo queda!, ¡qué poco tiempo hay!, incluso notarlo en sus carnes; sin embargo, no consiguen dominarlo, sintetizarlo, asirlo, comprenderlo en todas sus formas, geometrías y perspectivas, porque de hacerlo, el tiempo, ya no tendría ningún secreto para ellos y, al fin, serían inmortales…

Nuestro amigos Búhos cumplen 5 años en su blog y esto merece ser celebrado.

Hace un tiempo, nos pusimos en contacto con ellos para enviarles un libro de nuestra cosecha aquiescente, pues los búhos son grandes lectores, aceptan libros y los reseñan. El libro, como comentábamos, llegó a buen puerto y fue reseñado por ellos.

Pero ¿qué libro es ese? Y ¿dónde está ese blog de Búhas y Búhos?

Pueden descubrir más sobre nuestros amigos búhos al seguir estos enlaces.

¡Ululantes saludos, amigos!


5º cumpleblog Búho.

Hace unos años... (2017)

Smoking Dead





Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 21 de junio de 2020

«No me gustan las casas con duendes. Son cien veces peores que los difuntos»


Nils no escuchaba a Utla, narraba en voz alta una historia que hacía tiempo quería contar.
—Y el duende me quitó el hechizó, recuperé mi tamaño y volví a casa con mis padres. Durante mucho tiempo no volví a hablar con los animales. Entonces pasaron unos años y me hice mayor. Unos amigos del pueblo me hablaron de este sitio, Falkenberg, mucho trabajo, mucha pesca y bien pagado. Me vine con los amigos, pero al poco de llegar me sucedió de nuevo una cosa prodigiosa. Los peces me hablaban, ¿os lo podeís creer? En todo el año que sobrevolé Suecia, en todo ese año, os juro que ni una sola vez hablé con un pez. Os prometo que mantuve animadas conversaciones con vacas, lechuzas, nutrias, águilas, patos, gansos, vacas, caballos, osos, incluso con aquella pobre zorra que murió, pero jamás, jamás, jamás, hablé con pez alguno. ¿Por qué durante todo ese año que fui convertido en un pulgarcito no hablé ni una sola vez con los peces y ahora sí? Ni en una ocasión me dieron los animales acuáticos signo alguno de hablar como los animales terrestres. ¿Acaso las truchas que atrapaba y devoraba la nutria pedían socorro? No. Ni tampoco los salmones, si incluso comí pescado crudo en varias ocasiones. Claro que no hablaban.
»¿Por qué os cuento todo esto? Al llegar aquí aprendí rápidamente el oficio de pescador. Un oficio honrado, sano, bien pagado. ¿Qué de malo hay en ello? Hay muchos salmones en el Ätran. Un río próspero y que da de comer a las gentes de Falkenberg y de tierras adentro. Estaba bien visto por patronos, pescadores y comerciantes, y entonces, pluf, de nuevo, en una noche, se me apareció otro duende… ¡hics! —El rubor se intensificó en las mejillas de Nils y un bufido airoso le deformó los labios al pronunciar la palabra duende, su pupila dilatada se fijó en la cara de ella. ¡Cómo Utla no tiene ojos le debe ser más sencillo mirarme a mí!—. ¡Otro duende! ¿Os lo podéis creer? ¿Dos malditos duendes en una vida? ¿Se puede saber que tienen contra mí esos seres del averno? ¿No pagué ya con creces mis malas acciones? ¿Por qué me tenía que hechizar de nuevo?
Nils bajó la cabeza, apoyó la frente contra el borde de la jarra y quedó inmóvil. El tiempo pasaba y ella le dirigió una mirada preocupada a Utla.
—¿Lo has vuelto a ver?
—No —balbució el muchacho sin levantar el rostro.
—¿Y por qué te molesta hablar con los peces? En esta ocasión careces de sufrimiento, ¿acaso estás encogido en un pulgarcito cualquiera? o ¿eres esclavo a viajar en contra tu voluntad? 
Sacudido como un resorte automático levantó el rostro de la jarra, la marca del reborde se le había marcado en la piel y un semicírculo rojizo le hendía en la frente.
—¿Que por qué me molesta, enanito? ¿Serías capaz de matar a un ser que te implora vivir? Y sobre ello el nuevo duende me sermoneó, acerca de lo malo que era matando a los seres del río. ¿Malvado por pescar? Y me dijo: «te concederé un don». Ja. ¿Os lo creéis? ¡Lo llamó don! Antes de concederme su don de hablar con los peces, me narró una extensa historia que se me repetiría noche tras noche, una leyenda que mora en mis pesadillas y que no me deja dormir. No aguanto más. Me duele tanto escucharla. Que se vayan al infierno todos los duendes y el demonio que los engendró. Solo quiero vivir tranquilo.
Su exaltación aumentaba a medida que el alcohol se le disipaba.
—¿Qué historia te contó? —preguntó Utla.
Nils miró a la faz grisácea que le interpelaba:
—¿Para que queréis saberla?
—Te queremos ayudar, pero necesitamos saber más, quizá la historia sea una pista…
Nils mumuró tres veces una frase, el trío de murmullos no los repitió igual, sino que cada repetición suponía una variación de la anterior, ella escuchó: la leyenda de la dama garante, la leyenda de la doncella del río Ätran, la leyenda de la dama del castillo…¡Qué chico tan extraño! El balbuceo del muchacho la ponía nerviosa y desvió su mirada para no encontrarse con la de él; en ese deambular centró su atención en el resto de personas del lugar, algunos pescadores miraban a su mesa y reían disimuladamente entre ellos, la pareja de la mesa de al lado hacía rato se había marchado y apenas quedaban tertulianos en el local. ¿Qué hacía ella allí? Todo por seguir su propia voz, internarse en un oscuro sótano y tocar un libro. ¡No debo seguir más mi voz! La voz de Nils, más serena, la sacó de sus cavilaciones. El rubor había disminuido en el rostro del muchacho y el balbuceo había desaparecido. Quién ahora hablaba no era el achispado borrachín de hacía un momento, incluso el timbre de su voz había variado. Ella miró a Utla, pero este o no estaba inquieto o le importaba bien poco el cambio en el muchacho. Siguió sentada, atenta al monólogo que tendría que soportar.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 14 de junio de 2020

«Cuando te duela mirar atrás y tengas miedo de mirar adelante, mira a tu lado y allí estará tu mejor amigo».

Capítulo VI. Sine die: leyenda de Falkenberg

—Por el amor de… —El muchacho zarandeó la jarra y parte de la cerveza se derramó en la mesa, adentrándose por sus surcos y creando minúsculos ríos espumosos. De seguido tartamudeó—. ¿Quiénes… qué sois?
La mirada de Nils se clavó en los recién llegados, primero elevó el mentón reparando en la altura de ella, después, forzosamente recompuso su cuello y, cambiando el ángulo, bajó la cabeza e hipnotizado por lo extraño del rostro vacío se quedó mirando con fijeza a Utla como si hubiera visto al lobo Fenrir, al gigante Ymir o a la diosa de los muertos Hel.
—¡nos reconoce! —aludió ella contenta de que alguien viera su auténtica forma.
Utla se sentó delante del muchacho.
—Nils, venimos a ayudarte. Somos amigos de Okka y Martín.
Al escuchar los nombres de sus antiguos amigos, los patos silvestres, el temor en sus ojos se desvaneció y paseó una mirada calma en las figuras de sus interlocutores, ella tan alta, y en él tan pequeño, balanceó la jarra en la mano e hizo un gesto brusco señalándoles las sillas que quedaban libres. 
Ella gruñó, ¡qué falta de caballerosidad!, pero antes de sentarse se percató en que la chica del sombrero de paja blanco, sentada en la mesa de las mujeres, los miraba de soslayo. ¿Qué miraba esa con tanto detenimiento? ¿Acaso también los reconocía? No daba muestras de sorpresa. Utla la apremió a que tomara asiento estirando de su pantalón.
Al sentarse miró al muchacho. Nils no estaba igual que en sus visiones, el pelo dorado no brillaba tanto y la mirada vacía, triste y soñolienta los miraba sin afecto, era una mirada desenfocada que les traspasaba más allá de sus formas corpóreas, una mirada que se clavaba en algún lugar perdido más arriba de sus cabezas.
—¿Quieres contarnos lo que te aflige? —preguntó Utla.
En la expresión del muchacho había una mezcla de gozo y sorpresa. El rubor etílico se le marcaba en las mejillas y, aunque no balbuceaba, el timbre de voz sonó dubitativo. Mientras, ella espiaba a la chica del sombrero blanco. ¿Por qué nos sigue mirando?
—¿Cómo está Okka? —preguntó Nils.
—Falleció.
¿Por qué le respondía de forma tan brusca? En ocasiones la franqueza de Utla le molestaba, ¿por qué tenía que ser tan cortante en sus respuestas? ¿Tan molestamente escueto?
Nils agachó la cabeza y Utla añadió:
—Martín está bien. Ahora es el líder de la bandada.
—Martín… —balbució Nils con un nudo en la garganta.
—¡Nils, cuéntanos tu problema! —insistió Utla.
—Sí, claro… —A duras penas contuvo un eructo—. Maldita sea, aquí todos se ríen de mí. ¿Sabéis por qué? Porque hablo con los animales. Y no es la primera vez, no. Hace años, cuando vívia en la granja de mis padres, trataba mal a los animales, les tiraba bolas de barro, los zarandeaba, los azuzaba con varas de madera. Un día no quise ir a la iglesia con mis padres y apareció un duende en casa. ¿Sabéis que hizo? Me embrujó y me volví pequeño, un pulgarcito por arte de birlibirloque y, después de eso, me pasé un año entero con una bandada de patos silvestres volando por toooda Suecia. ¡Hics! —En esta ocasión la mano llegó tarde a los labios y el estallido gorgojeante escapó de su boca—. ¡Perdón! Claro que me merecía un castigo, pero ¿un año? Da igual, el caso es que pasó el tiempo y el duende que me hechizó no quería quitarme el hechizo, aunque yo me portara bien y la buena de Okka le solicitara muchas veces que me perdonara. ¡Pobre Okka! La llegué a querer tanto…
—Nils… —Lo detuvo Utla—. ¿Por qué vuelves a hablar con los animales?
Las prisas de Utla la incomodaban, ¿no se daba cuenta de que el muchacho quería hablar? Que manía con interrumpir a la gente; por otro lado, no le quitaba los ojos a la muchacha del sombrerito, quien tampoco apartaba los suyos de su mesa.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 31 de mayo de 2020


«Para ser creativo hay que pisar con fuerza las incertidumbres»


No les fue difícil encontrar la taberna. La única calle empedrada de la ciudad serpenteaba siguiendo el trazado del río y, en ella, se encontraban la mayoría de establecimientos abiertos al público. El local, levantado del suelo con puntales de madera, poseía un saliente cartel negro con la palabra «Krog» impresa en letras blancas y tres peldaños de madera salvaban la distancia entre el suelo y la puerta del local. A pesar de su imposibilidad en leer las grafías supo, con ese don innato de comprender sin saber leer, que aquel debía ser el local que con tanto afán buscaba su compañero.

—Estupendo. —Se animó Utla—. Vamos adentro.

Un resorte impulsó al pequeño ser a acelerar el paso, ella se encogió de hombros y le siguió sin esfuerzo, pues una zancada suya equivalía a dos de él. Al entrar vieron algunos corrillos de personas sentadas alrededor de mesas de madera: nada más entrar seis pescadores con petos húmedos y botas altas les dirigieron una mirada hosca pero no dijeron nada, el chico no se encontraba entre ellos; al sortearlos se encontraron con un quinteto de trabajadores vestidos con monos de fábrica y botas manchadas de barro, el chico seguía sin aparecer; en una mesa con libros, cuatro mujeres sentadas, escuchaban con atención como una de ellas leía en voz alta las noticias del Falkenbergs Tidning, un periódico local, y de reojo una de las muchachas les miraba con sonrisa vergonzosa, la curiosa llevaba un pequeño sombrerito de paja blanca y desvió la mirada al fondo del local. Por fortuna, al seguir el mirar de la muchacha descubrió, al fondo del local, la apartada forma solitaria de un muchacho y, con disimulo, sacudió el hombro de Utla en la dirección, el hombrecito asintió: sortearon a un trío de caballeros vestidos con trajes caros que echaban una partida de naipes; solo les separaba del muchacho una mesa con una pareja, un hombre y una mujer, ambos tenían las manos engarzadas el uno en el otro, ella vestía una destacable pamela de plumas y él una gruesa bufanda y un sombrero negro, mantenían una íntima conversación sobre libros, ajenos al mundo; superados los contertulios, en el rincón más apartado y en el que apenas llegaba la luz del exterior, un muchacho taciturno y solitario agarraba con descuido una jarra de cerveza, mentón erguido y mirada perdida al techo, como si en los travesaños de madera encontrara placer, libertad o tranquilidad.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 24 de mayo de 2020


«Un libro es un espejo que pasea por una gran avenida»

—Esposa, ¿recuerdas dónde viste por última vez a Nils?

Al escuchar la chanza enarcó las cejas y le respondió:

—¡que graciosito! ¿qué es todo esto? ¿por qué no se asustan al vernos? ¿acaso nos encuentran normales?

Por toda respuesta Utla levantó la mano y señaló al escaparate de la sastrería, de tanto caminar se encontraban enfrente del establecimiento. En su interior se exhibía un variado muestrario de ropajes: faldas, pamelas, mantillas, botines, vestidos con rayas, otros de estilo marinero, sombreritos de paja, algunas cintas de diversos colores y un paraguas abierto en una esquina. Un espejo de pie, alargado y abombado en la punta, encarado hacia la calle, les devolvía su reflejo: un hombre alto, con bombín, chaqueta marrón y bastón, al lado de una mujer más menuda que él, con una falda larga y una blusa blanca estampada con flores.
Alzó la mano izquierda y la mujer del reflejo reprodujo el mismo gesto, sacó la lengua y la dama del espejo copió al acto la misma acción. No podía ser.

—¿somos nosotros?
—Sí, así deben vernos aquí.

Se entretuvo gozosa observando la sinuosa forma que le hacía el vestido a lo largo de ese otro cuerpo que se suponía era ella, observando las diferencias en el vestir, observando los replicantes gestos en la otra: una mujer más bajita, que, a pesar de la diferencia de altura, sí conservaba su misma palidez en la piel; no solo en la dermis había diferencias, la otra tenía el pelo oscuro, largo y recogido en un moño; vestía una blusa, en la que ya se había fijado en un principio, que, además de las flores estampadas en un color apagado, se coronaba con volantes en los hombros; la separación entre blusa y falda se escondía tras un fajín negro ceñido a la cintura que le remarcaba las caderas, un efecto precioso que debía reconocer…

—¿Vamos a por Nils? ¿Dónde estaba?

Ufff, que fastidioso el hombrecillo, por una vez que disfrutaba.

—no sé, parecía una taberna.
—Busquémosla.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 10 de mayo de 2020


«Las ideas están exentas de impuestos»


—¿Qué les trae hasta la villa? —El más alto de los dos hombres continuó con las preguntas mientras el compañero transcribía las respuestas en una libreta rectangular de hojas rugosas y aspecto acartonado.
—Negocios.
—¿De que tipo?
—Pesca.

El escribiente también repetía las respuestas en una hoja suelta, igual de acartonada que los folios de la libreta.

—¿Situación civil?
—Casados. Ella es mi mujer.

¿Su mujer? La risa no le surgió porque se encontraba muy nerviosa. Por otro lado, las preguntas del hombre vestido de negro surgían mecánicas, no se encontraba ni alterado ni sorprendido y, ni él ni su compañero, daban muestras de sorpresa. El hombre que no hablaba, pero que sí escribía, dejó por fin su tarea,  y empapó un tampón de madera en una cajetilla con tinta roja que llevaba en la mano. Con el tampón en la mano lo estampó al vuelo en la hoja y un sello redondo con la figura de un águila rojiza de perfil rubricó el papel. Estiró la mano en una acción igual de mecánica que llevaba efectuando por cada persona en la cola, y, sin girarse, en una coreografía burocrática síncrona, su compañero agarró la hoja y se la presentó al hombre y a la mujer.

—Una corona por persona. Si quiere entrar artículos de exportación debe solicitar la correspondiente licencia en el ayuntamiento. Este papel le exime, a usted y a su esposa, de nuevos pagos aduaneros. Muéstrelo a los funcionarios cada vez que se le requiera en el puente. Vayan con Dios.

Utla se quitó el sombrero y ella pudo apreciar desde la altura que los separaba la inmensa calva, pero los interlocutores no miraban abajo, sino más arriba, como si el sombrero no se encontrará por debajo de sus miradas y el cuerpo de Utla se extendiera unos centímetros más arriba de su ser. Su compañero esposo, despreocupado, giró el sombrero e introdujo la mano derecha en su interior. Aquel gesto fue lo único que levantó una mueca de sorpresa en ambos hombres, sorpresa que desapareció cuando les entregó dos monedas con el perfil en relieve de un hombre barbudo y con letras escritas en el reborde, «Oscar II […]», letras que no pudo leer debido al rápido intercambio: moneda por papel.

El puente quedaba atrás y una calle ancha, la única adoquinada en la población, se extendía ante ellos. Deambulaban con paso calmo por la calle, sobrepasaron el granero de forma cónica situado a la izquierda del puente, este se erigía cerca de un edificio blanco de apariencia robusta. Continuaron el camino y se acercaron hasta a un par de tiendas que se alojaban en los bajos de un edificio: una sombrerería, un zapatería, un colmado, una sastrería. Al final de la calle reconoció en la construcción de techo empinado, coronada por una aguja gigante, la iglesia, la misma que había visto bajando por el caminito de las afueras. Las campanas tañeron, la reverberación del sonido grave la atravesó y las madres con niños agarrados de la mano se afanaron al escuchar el repiqueteo. Alguno de los pequeños, igual que su homónimo en el puente, se les quedó mirando embelesado, pero el rápido trasiego de las madres, estirando de sus hijos en dirección a la escuela, no les daba el tiempo a los infantes para ensimismarse ante la extraña pareja. ¿Nadie reparaba en ellos?
Utla la sacó de su observador mutismo.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 3 de mayo de 2020

«Todos somos niños al principio (Alla är vi barn i början)»


Un tráfico considerable congestionaba el puente de piedra repleto de carros, caballos y hombres. Al verse envuelta entre otras personas cayó que, hasta ese momento, no había pensado en su indumentaria, ni en la mucho más extraña apariencia de Utla. Sus divagaciones se aceleraron cuando, siguiendo a Utla en su segura marcha, se pusieron a esperar tras una mujer y un niño que esperaban tras una larga cola. La retahíla de personas estaba presidida por dos hombres vestidos con chaqueta negra, camisa blanca y unos corbatines finos y alargados. El más alto de ellos alzaba la mano y, con ese gesto, detenía a todo aquel que quisiera cruzar el puente, inmediatamente lanzaba una pregunta y la mayoría de personas mostraba un papel acartonado. El más alto lo examinaba con atención y entonces permitía atravesar a quién se lo había enseñado. Aunque el proceso era rápido, mostrar el papel, revisarlo y aprobarlo, la espera la carcomía. ¿Qué pensarían de su acompañante sin rostro?, ¿y de ella? Ni siquiera había reparado en ello mientras bajaban tan alegres por el camino. La mujer enfrente de ellos avanzó cuando los que estaban delante, y los que a su vez estaban delante de los que estaban delante, avanzaron. De esa manera, uno por uno, los eslabones de la cadena humana dieron en un unísono desorden un par de pasos y la cola avanzó. La mujer tiraba con fuerza del niño cogido de su mano que, enjugascado en imaginarios juegos no paraba quieto, la mujer bufó y enseñó con desdén el papel a los dos hombres mientras con la mano sacudía al niño que la desquiciaba.

—Hijo, estate quieto, que me vas a volver loca.

El pequeño, zarandeado como un muñeco y sumado al propio movimiento de su juego, volteó involuntariamente el cuerpo ante el brusco exceso de la madre y, en ese instante, al encontrarse cara a cara con la extraña pareja extendió los ojos de manera desorbitada y abrió la boca. La estaba mirando fijamente a los ojos y, fugaz, pasó a mirar a Utla quedándose en este estado boquiabierto. Ella intuyó que el pequeño levantaría la mano y la señalaría con su dedo índice minúsculo, pero la madre se giró, los miró, a ella y Utla, sin apenas fijarse en ellos, y le endiñó un sonoro capirotazo en la coronilla a su pequeño antes de conminarle a andar.

—¡No molestes a estos señores y tira adelante! ¡Será posible que con nada te me enbobas! Venga. Venga. Que llegas tarde a la escuela.

El niño se enderezó y prosiguió el camino, arrastrado con ímpetu por su progenitora, pero de vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás, mirándola fijamente a los ojos y pasando la mirada de ella a Utla sin cerrar la boca.
Aunque la atenazaba la mirada del pequeño, una nueva amenaza se cernía sobre ellos, les tocaba el turno y, de los dos hombres, el más alto, les preguntó:

—Nombre y apellidos.

Un helor, anclado en el vientre, subió poco a poco hasta acogotarle la nuca, ¿esa sí que era buena?, ¿apellidos? Si ni siquiera sabía su nombre. Miró a Utla con una mirada preocupada, su bajito acompañante giró el cuello, encarando el rostro ausente de todo vestigio facial en su dirección y lo abombó, en ese habitual gesto suyo, como si simulara una sonrisa. Al instante encaró el rostro hacia a los hombres. Para extrañeza de ella los miraban a ambos del modo más normal, como si él no fuera un enanito sin cara y ella no fuera vestida de manera tan diferente al resto de mujeres que cruzaban por el puente. De hecho, solo el niño que se alejaba con su madre había mostrado estupor. Al mirar a su alrededor y examinar a los adultos que transitaban por allí, se fijó que ninguno de ellos dirigía miradas extrañas hacia ellos. Estaban preocupados en sus quehaceres y los situados detrás de ella, en la cola, tampoco mostraban aspavientos como sí mostró el pequeño.

—Slubtap Smvbübpson y Asa Assarson —respondió Utla.

Al oír la invención se quedó quieta y muda como una estatua. ¿Qué les pasaba a aquellos dos? ¿Es que no veían que el enanito no tenía rostro? Tragó saliva y desvió la mirada y, para evitar ningún rubor, enfocó su atención en una palabra: Asa. El nombre le gustó. Sería bonito tener un nombre como aquel.

—¿Es la primera vez que visitan Falkenberg?
—Sí.


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lunes, 20 de abril de 2020

«No, es de veras un intacto candor el que reina sobre las dos caras
fronteras»

De nuevo, sintió el halo de claridad blanca alrededor de ella.

—sí, había una luz blanca que rodeaba al libro. no olí nada, pero sí escuchaba... mi propia voz, ¿qué extraño, no?
—Mmm... ¿Color Blanco? Entonces parece poco grave. Una primera toma de contacto, quizá.
—¿qué es ese lugar?
—¿Allí abajo?
—sí.
—Yo la llamo, La Biblioteca, pero recibe muchos nombres.

Utla calló, volvió a coger una espiga y desensanchó el rostro, como si formara con aquel gesto una sonrisa.

—pues fue muy raro, también escuché risas, pero antes, si te digo la verdad...
—Sí, cuéntame, por favor, por raro que te parezca, yo lo creeré todo.
—yo... quería irme, al principio quería salir de la casa, pero todo era blanco fuera de la habitación, yo... no sabía cómo salir, pero leí una hoja al azar de aquel libro que me dejaste, no recuerdo el nombre.
—¿El Imaginarius?
—sí, ese, y me puse a pensar como quería que fuera la casa y abrí la puerta de la habitación y allí estaba todo como yo quería, mucho espacio, salones grandes, luz, comida, un baño, por fin. ji, ji, ji —Se sonrojó—. me da vergüenza hablar de ciertas cosas, ¿tú no sientes vergüenza por nada? —Utla no respondió—. bueno, que me lío yo sola, y todo esto para decir que tenía ganas de escapar. sí, sí, sé que me has tratado bien, me cuidaste, me curaste, me diste de comer, me dejaste libros para que no me aburriera, para que aprendiera, pero no me gustaba estar allí. me sentía atrapada y, después de asearme y comer un poquito, me fui a la planta baja, sabía que había una puerta que conducía afuera, pero cuando estuve delante de ella, con el picaporte a tocar de mi mano, sentí que tenía que ir al ropero, ¿sabes a que me refiero? ese ropero que está al lado de la puerta. ¿tú lo usas?
—Sí, conozco el ropero, pero desconocía que se podía bajar hasta la biblioteca por él.
—¿lo ves? —Pero, ¿no era absurda aquella expresión dirigida a alguien que no tenía ojos? Sonaba ridícula, pensó en ello y se sonrojó aún más—. perdón, quiero decir... ¿es normal que no conozcas tu casa y yo sí?
—Estás confundida, yo solo habito en ella. Nadie es su propietario y sería pretencioso querer conocer todos sus secretos; y te diré más, estimada, algo que aprendí hace tiempo: al interior de la casa solo se puede entrar si la propia casa te lo permite o si un morador te permite entrar.
—ya... —Aunque la articulación de su locución, ya, sonó como si no hubiera comprendido bien la respuesta—. una casa con, ¿personalidad?
—Se podría decir así.
—¡y eso que llamas la biblioteca! allí abajo escuché risas, y se parecían a mi voz. ¿era yo misma?, ¿y la oscuridad de allí bajo?, ¿qué son esas salas tan distintas entre ellas y que almacenan?, ¿son libros?… y el brillo, cuando toqué el libro, plufff, y aquí los dos, bueno, ji, ji, ji, o los tres, si es verdad que tu hermano también está. ¿nutla esta aquí?
—Estimada, son muchas tus preguntas y muy variadas. Deberías seleccionar solo una y a partir de ella te respondería lo mejor que supiera.

Claro, aquello era lógico, pero tenía tantas preguntas, ¿por cuál se decantaría primero? Pero la elección no llegó a término, caminando, caminando, caminando por el caminito habían llegado hasta el puente que les permitiría entrar en la población.




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domingo, 5 de abril de 2020

«La fe tiende un puente desde este mundo al otro»

Zigzaguearon por un camino bajante, tierra allanada por el continuo trasiego de otras personas, hasta la falda de la colina. La cubierta anaranjada de los tejados, una iglesia de picudo techo, unos vagones sobrepasaban el río por un puente en forma de tergo y sumado al traqueteo de la comitiva ferroviaria le acompañaba más humo negro surgido desde la locomotora que encabezaba el convoy, y, para finalizar la postal, un viejo molino de estilo holandés erigido más lejos que las casas, el puente, la iglesia, el granero y la locomotora.

Utla caminaba con tranquilidad, zarandeando las manos despreocupadas, agarrando espigas salientes a lo largo del camino, las acariciaba con la palma y, al poco, se las llevaba a la mejilla para frotárselas contra la dermis. Es difícil poner nombre a una zona facial en un ser sin rostro, por ello, decir que se las frotaba en la mejilla sería una elucubración que, pensó, sería lo más acertado. La aparente calma de su anfitrión la enervaba, ¿no me va a explicar nada? Utla seguía con sus pasos cortos y tranquilos, con vaivenes de manos que acompañaban con dulzura el recogimiento de las hebras y su posterior frote en la cara. Los apacibles movimientos del pequeño ser contrastaban con la ira que creía en el interior de ella, un creciente fuego avivado por una pequeña chispa, la chispa de un tono molesto, estúpido y apremiante, «me preocupa más Nils», ¿y yo?, ¿te preocupo yo? Ni se había molestado en informarla de absolutamente nada, así que le quedaban dos opciones: ¿estallaba o respiraba profundamente y le acosaba a preguntas? Respiró profundamente, arqueó las cejas y, con una mirada clavada en el techo del sombrero blanco de Utla, debido a la notable diferencia de alturas, le dijo:

—a ver, a ver. antes de ayudar a ese nils explícame un par de cositas. ¿qué me pasó al tocar el libro?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué he soñado o qué he visto o lo que sea que me ha pasado?, ¿qué es todo esto?

Utla dejó caer la espiga que sostenía en la mano, la forma oblonga del rostro se le contrajo, como si el deleite hubiera finalizado, y respondió:

—Claro, estimada. Alguna explicación debo darte. Todo empezó cuando tocaste tu primer libro.

—¿el objeto rectangular que brillaba?

—El mismo. Un libro. Uno de tantos. Te estaba llamando.

Recordó la mimética voz idéntica a la suya, escurriéndose desde el sótano y atrapándola en el vestíbulo, alojando los particulares fonemas en su espacio vestibular, deteniendo el tiempo, atrapándola y seduciéndola en un canto de sirena.

—¿por qué me llamaba?

—¡Quién sabe! Necesitaría ayuda, te querría enseñar algo o simplemente querría conversar, ¡quién sabe!... Son tantos los seres que se sienten atraídos por los libros y desconocen el porqué, aunque son muchos menos los que poseen tal vinculación con ellos hasta el punto de escuchar su llamada. ¿Con qué intención te atrajo? Lo desconozco. Quizá averigüemos más cosas preguntando: ¿podías pensar con claridad mientras te acercabas a él?, ¿viste o sentiste algún color u olor en particular?, ¿escuchabas sonidos o música?, ¿danzaban luces a tu alrededor?, ¿sentías tu tacto melancólico u oprimido por alguna presencia?, ¿olías a hierba recién cortada o quizá un sabor a rosas se apoderó de tu paladar, o, mejor aún, sentiste una empatía superior?

[...]


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 22 de marzo de 2020

«El talento se forma en la soledad; el carácter, en medio del torbellino del mundo»
Capítulo V. Exlibris.

La tierra tembló y las puntas de los tallos en la hierba se alzaron hacia el cielo succionados por un fortísimo remolino aéreo que emitía destellos blancogrisáceos en todas direcciones. Dos formas semihumanas danzaban dentro de él, un ser bajito y una mujer alta de pelo blanco. Para cuando el pequeño Maelstrom se desvaneció Utla y su acompañante estaban uno enfrente del otro cogidos de las manos.
—¡que... que... mareo! —Soltó las manos de Utla y cayó de rodillas al suelo.
—Tranquila. Tómate tu tiempo. Es normal sentirse mal después de una succión cronotópica.
Con una parte de sus sentidos atrofiados por el vaivén antinatural y con una sensación de vértigo anclada en estómago, garganta y cabeza, lo que realmente le produjo mareo fue escuchar, por vez primera, la voz de su anfitrión. Surgía en un tono dulce, similar a la del ser vestido de negro, su hermano, pero aunque en gravedad sonaban parecidas, la de Utla poseía un timbre más cálido.
—¿hablas?
—Aquí sí.
La redondez de la amorfa cara se estiró hacia los lados, como si, a pesar de no tener boca, le dirijiese una gran sonria. Demasiadas emociones, parpadeó, Utla le tendió la mano y, agarrándole la palma, se dejó ayudar. De nuevo en pie miró en derredor. Se encontraban en una pequeña colina y a lo lejos divisó una ciudad, con fábricas, casas, un granero de forma cónica, un puerto con embarcaciones, algunas a vapor y pequeños edificios extendidos por la ribera del río. Un alargado y enorme puente de piedra cruzaba de lado a lado la caudalosa corriente. El humo negro de las chimeneas empobrecía el paisaje y ennegrecía la visión del entorno.
—¡que lugar más feo!
—Si es un lugar precioso.
Volvió a revisar el lugar, casitas bajas con techos piramidales, la azulosa agua brillaba cuando las nubes permitían a los rayos solares restañar sobre ella, la desembocadura del río moría en la inmensidad del mar, el entorno parecía propio de un cuento de hadas pero por más empeño en observar la belleza, que su anfitrión aseguraba, las columnas de humo negro surgiendo de las fábricas la apartaban de todo pensamiento de beldad.
—¿dónde estamos?
—¿Qué libro cogiste en la biblioteca?

¿La biblioteca? ¡Había buscado un picaporte pero no lo encontró! Se había arrastrado hasta el fondo de un ropero y se había deslizado por unas escaleras en forma de caracol hasta un limbo oscuro, repleto de libros y candiles. ¿El libro? Sí, en su mente, como si las palabras de Utla fueran un resorte mágico, aparecieron imágenes de las ideas que le evocaban aquellos caracteres indescifrables. Un chico joven, travieso y un tanto perverso con los animales. Empequeñecido por las artes mágicas de un duende. Nils, Nils Holgersson se llamaba. Había gansos, muchos, y a lomo de ellos en un proceso migratorio sinfín cruzaban suecia, de sur a norte y de norte a sur, igual que lo hicieran los antiguos colonos que poblaron aquella tierra, pero llegados a este punto existía una complicada mezcla de visiones arremolinadas en su mente, los colonos no formaban parte de Nils, ni de los gansos, ¿por qué vió además imágenes del hermano de Utla, un gallo negro y una chica joven? 

—me confundo.
—Céntrate en el chico.

¿Cómo sabía Utla que estaba pensando en un chico? Tampoco tuvo mucho tiempo de pensar en esa frase, nuevas visiones, tan claras que parecía tenerlas delante, pasaron fugaces por su pensamiento. 
Nils se despedía del ganso. Pasaron un par de años. Nils, con un cuerpo más recio, propio de un adulto, abrazaba a un hombre y una mujer mayores que él, besos en las mejillas, palmadas afectuosas, algunas lágrimas. ¿Eran sus padres? Nils partía de una casa humilde con un cobertizo repleto de animales y marchaba con un grupo de jóvenes a través de las carreteras, apenas pertrechaban pequeños hatillos al hombro y, después de una penosa marcha durante días, llegaron a una ciudad colindante a un río, con fábricas repletas de chimeneas y de ellas un humo negro ascendía hasta el cielo, y, reposando al margen del río, pequeños barcos pesqueros. Pagaron peaje en un puente de piedra que atravesaba el caudaloso río, entraron en la ciudad y, el chico, se puso a trabajar como pescador pero un caudal de agua inundó su visión. Un gallo negro, picotazos y un tesoro. Muchas lágrimas. El hermano de Utla, vestido con su atuendo negro, se sentaba en un banco de madera. Se encontraban en el interior de una taberna, ¿qué hacía él al lado del chico?, le hablaba y, de nuevo, más palmadas. Después la imagen se emborronaba, y el ser vestido de negro se había esfumado, la escena era la misma pero sin él. Nils seguía en la misma posición, estirado medio cuerpo encima de la mesa, con una jarra de cerveza en la mano y los ojos, acuosos, mirando al vacío.

—tu hermano está aquí —Dudó—. por cierto, no me has dicho como se llama.
—Me preocupa más Nils.
—¿por qué no quieres decirme cómo se llama tu hermano?
El pequeño ser zarandeó de un lado para otro la cabeza, la respuesta costó de llegar, como si tuviera algún impedimento en pronunciar el nombre, aunque finalmente respondió:
—Nutla.
—¡oh! utla y nutla, ni que fuérais gemelos o algo así.
—Algo así, pero dime, por favor, ¿dónde está Nils?
—lo vi en una taberna. estaba con nutla. aunque después no.
—¿Mi hermano estaba con él?
—no lo sé. la imagen era bastante... confusa.
—Estimada, debemos averiguar que le ocurre a Nils.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.


domingo, 15 de marzo de 2020

«[...] alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; [...]»


1

Siguiendo las risas avanzaba en medio de la negritud, por suerte, en la pared, talladas en hendiduras semicirculares, reposaban candiles. Cogió uno y continuó con sus pasos.



Una estancia delante de ella contenía cinco hileras de librerías dispuestas en paralelo, sin contar las dos laterales que forraban las paredes, y dentro de ellas miles de libros.



Caminó, caminó y caminó, las estancias se unían unas con otras por mediación de un pequeño túnel, y cada una formaba una forma geométrica distinta a la anterior.



Alzó la cabeza, las risas surgían de un volumen que brillaba con una inmensa luz blanca.

2

Subido a una gran escalera, Utla se encontraba delante de una inmensa librería repleta de volúmenes, entre sus manos reposaba un pesado volumen al cuál le quitaba el polvo con un plumero.


Cruzó las manos delante del pecho, «Espera, espera», y, con mimo, depositó el pesado en el hueco de dónde había salido.




A oscuras, avanzaba con pasos cortos, giró en una esquina, sorteó una hilera de cinco estanterías paralelas con dos adicionales pegadas a las paredes.

«Lo sabéis, me acerco a ella».


De la siguiente sala, de un libro, emanaba una brillante luz grisácea.
3

El ser vestido de negro examinaba un pesado libro entre sus manos.
—¡Maldita, boba! ¿Cuánto tardará? —Estaba sentado en una silla desvencijada, en medio de una habitación destartalada.



El libro empezó a emitir un haz de luz, al principio triangular, después cuadrado, rectangular, hexagonal, así variando en forma y colores.
—¡Bien, bobita, estás cerca!


Encima de la mesa, el pesado libro tembló y una página empezó a emitir luz. Una extraña luminosidad, casi imposible de describir su fulgor.



Se recolocó el sombrero y, con cuidado, abrió el volumen por la página que emitía un intensa luz negra.




«Tú no encuentras los libros,
son ellos los que te encuentran a ti». 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 9 de marzo de 2020

«Un armario, escaparate (en Venezuela y Cuba​), clóset (en Hispanoamérica​), ropero, placar o placard (en Río de la Plata​), es un mueble cerrado por medio de puertas, en cuya distribución interior puede haber estantes, colgadores para perchas y cajones, ideado para guardar cosas».

No había entendido aquella página, una página abierta al azar, una página finalizada con numerología extraña: emes, equis e íes. No sentía fuerza en las piernas y, envuelta en su dormidera, y con cierta reticencia a acercarse a la blancor, deambulaba manteniendo las distancias con la pesada puerta que ocultaba tras ella el vacío. Le daba miedo acercarse a ella, pero si el pequeño ser venía de allí, es que, forzosamente, algo debía haber al otro lado que sustentara sus pasos, ¿por qué no podía ella ver ese algo?, ¿qué significaba el libro que tenía entre sus manos?, ¿era alguna clase de pista para salir de allí? En sus prisas por leerlo no había siquiera leído el título. Era un pesado volumen y al intentar cerrarlo para ojear la portada, el dedo pulgar se le trabó en una página, en la que leyó lo siguiente en el primer párrafo.

«[...] Nunca le parecieron sus cantos tan bellos como en aquella hermosa noche; hasta el mismo ambiente se hallaba lleno de armonías que recogían el eco de sus canciones.
Cuando terminaron, se abrió de modo rápido la puerta de la casa y alguien, con paso rápido, marchó hacia ella. [...]»
El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia.


De igual modo que acontecían las palabras tan bellamente escritas, y recién leídas por ella, la puerta de la habitación se abrió, pero, a diferencia de la narración, lo hizo de forma lenta, sin ningún ruido ni melodía. Dejó el pesado volumen otra vez sobre la silla y avanzó sin miedo hasta la... ¿Blancor? Ya no existía la inmensa nada, en vez de ello, una amplia sala con un alargado ventanal mostraba el lejano paisaje del lado opuesto de la casa. No había montañas en esa zona, un verde prado era la antesala de un valle y un río, presumiblemente el mismo del otro lado, se introducía serpentenado por el valle, abriéndose paso entre trigales, árboles, caminos y hierba. Miró al techo, las mismas vigas de su estancia soportaban la parte superior. A mano derecha había un pequeño vestíbulo donde unas escaleras bajaban a otra planta y, más allá, una enorme puerta cuadrada que, intuía, no podía abrirse, al menos por el momento. Había más habitaciones al fondo, a la izquierda, o al menos así lo intuyó por una puertecilla alejada, y supo que, en el pasadizo entremedio de esas habitaciones, había una escalera, anclada en el techo que se abría dando un brinco y estirando del cordel que sujetaba la punta de la escalera, y supo también que, tras ese acto gimnástico, se escondía la buhardilla, pero le dio miedo pensar en ese lugar, oscuro, negro, tétrico y decidió tomar las escaleras hacia abajo. En la planta baja se encontró con un vestíbulo de idéntico tamaño y proporción que el del piso de arriba. A la derecha había una sala, sin puertas cerradas en la que entraba muchísima luz por dos ventanales igual de rectangulares y grandiosos que el de la estancia de arriba. Las paredes se encontraban rodeadas por una librería inmensa que llegaba desde el suelo hasta el techo. Miles de libros de distinto grosor, color, forma y relieve se repartían por los estantes. Una escalera, con rieles y ruedas móviles, permitía llegar a las estanterías superiores; unos sofás pequeños, con mesitas adosadas a los lados, se encontraban en medio de la sala; y una alfombra tapizada en forma de flor coronaba el centro desde el suelo. El olor dulzón de los libros, un sabor avainillado que surgía de la cantidad de lignina atesorada entre los volúmenes, se le clavó en la nariz. La tripa le rugió. Tenía hambre, y, no supo cómo, se encontró atravesando un comedor muy espacioso, con una mesa circular y ocho sillas, para acabar en la cocina de estantes colgados del techo, con una alargada mesita pegada a la pared y utensilios repartidos por la encimera en forma de ele: cuchillos, cucharas, cucharones, tenedores y un sinfín de aparejos más. La comida, por desgracia, no se encontraba allí, salió de la cocina, atravesó el comedor y, como si llevara toda la vida viviendo en la casa, cruzó el comedor hasta llegar a una pequeña alacena donde unos estantes contenían comida envasada, tarros de semillas, conservas, algo de pan. ¡Imposible resistirse! Rompió una punta de la barra que sobresalía de un cesto y se lo llevó a la boca. La tripa le rugió satisfecha. De nuevo, desplazándose como si no fueran sus piernas la que la llevaran de un lado para otro, dio un extraño giro al comedor y se encontró en un baño doble separado por una mampara opacada, en la primera zona había una bañera alargada, de cerámica blanca con grifos dorados y un armarito colocado en la esquina, una puertecita daba a la siguiente zona, allí estaba el lavabo, que tanto ansiaba. No más cuñas.

[...] Una vez aliviado su cuerpo, y necesitaba mucho alivio, salió al comedor, la luz del mediodía entraba por otro gran ventanal, ¡sin lugar a duda aquella era la casa de los grandes ventanales!, y la claridad se repartía como un torrente por todas las estancias. Sin pararse a contemplar el bello cuadro que formaba la conjunción iluminada por la claridad solar: mesa y ocho sillas; giró a mano derecha y se encaminó a un vestíbulo. El vestíbulo. Si atravesaba la puerta se encontraría libre, solo debía girar el picaporte. Eso era, girar el picaporte. ¿Y ese guardarropa en la entrada con un doble fondo que contenía unas escaleras que conducían a...?, ¿a dónde conducían esas escaleras? La puerta, la puerta, la puerta. Debía girar el picaporte e irse, pero entró en el guardarropa donde la primera prenda con la que se topó de bruces fue una pequeña chaqueta blanca, debía ser una de repuesto de su anfitrión. ¿Dónde había quedado el picaporte? También pendía de otra percha el mullido abrigo que le había regalado el ser vestido de negro, junto a más prendas de abrigo y algunos zapatos rojos. Apartó con las manos las ropas allí colgadas, tanteó con las yemas la esquina de madera situada al fondo, encontró el anclaje, un pequeño tirador escondido y la pared del fondo se deslizó. El paso era estrecho, bastante frío y húmedo, y de las escaleras circulares adentrándose en la tierra surgía una risa con una voz muy parecida a la suya, ¿parecida?, ¿solo parecida?, ¡era idéntica a su timbre!, misma entonación, cadencia y forma, incluso en la minúscula pronunciación, «ji, ji, ji», «ji, ji, ji». Las carcajadas emitían una felicidad difícil de esquivar, ¿era ella? Le fue imposible no seguir lo que creía su propia voz y, a pesar del frío, algo de miedo y de la humedad, bajó por la escalera de caracol.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 16 de febrero de 2020


«En las tinieblas la imaginación trabaja más activamente que en plena luz»


[...] A pesar de encontrarse más reestablecida, la convalecencia lleva a cualquier enfermo a extender el período de reposo un tiempo más allá de la propia sanación, y es en ese estadio de poscuración donde el convaleciente lleva un cansancio asociado, un adormilamiento que debilita mente y cuerpo, y necesita dormir. Fue ese estado el que la llevó a la cama, no tenía frío y por eso no se tapó. Quizá, en esa duermevela, creyó que la puerta se abría poco a poco y una mano gris, desprovista de los cinco dedos habituales, depositaba sin hacer ruido un pesado volumen en una de las sillas de la entrada. Quizá solo fue el inicio de un sueño, se levantó, envuelta en su dormidera, y cogió el libro de la silla...

Capítulo IV. Imaginarius.


«Una página en blanco.
O un fondo negro.
O la más pura nada.
Son tres ejemplos y valdrían cualquier número indistinto de ellos para clarificar lo que antecede al principio creador de todo ser viviente, sintiente, empático o inteligente. Cada cuál asimila en un orden propio de colores, olores, sonidos o hasta roces en la piel u olores, el anticipo de esa catarata de palabras, ideas, conceptos, formas, geometrías, numerología, plástica o expresiones vocales lo que anteceden a la vulgata imaginativa.
Para entender ello debe aplicarse el siguiente axioma: «Logos, Somnus y Mors». Logos, el único, moldea la realidad; le antecede Somnus, la pluralidad planificadora; le sucede Mors, la nada oscura. Tres vértices repartidos sobre una banda de Moebius en los que debe transitar el ser en el intento de diseñar, construir y aceptar la realidad hasta su fin, que no es tal. Se debe caminar por el lado infinito de la banda para abandonar el mundo de la vacuidad, en el que ya no imperará el desasosiego, ni el dolor físico, mental, espiritual u onírico. [...]
La plasmación de esos principios, con todas sus connotaciones cognitivas, se plasma en el mundo con un nombre: imaginarius, un espacio dimensionalmente trascendental, definido como un objeto o lugar más grande por dentro que por fuera. Se encuentran múltiples referencias a dicho concepto en el imaginario: el hatillo mágico de cierto abuelito que extraía de él objetos más grandes que el propio fardo, una nave temporal propiedad de un señor del tiempo con forma de cabina telefónica o, y este es el objeto más notorio por su bajo coste y facilidad de difusión, un objeto creado por una especie (nonata) llamado libro; este último, muy extendido, con tamaños, ancho, alto y profundidad de lomo variables, distintos ejemplares en colores y texturas, incluso los materiales variaban; una creación que, a pesar de su aparente inocencia, entraña una peligrosidad máxima, pues condensa en su interior la palabra, una invención que agrupa la peligrosa palabra en frases, líneas, párrafos y capítulos, su vastedad sobrepasa su propia limitación física alcanzando el vasto mundo de las ideas, se expande más allá de las fronteras de fantasía e, incluso, supera las limitaciones del reino del último suspiro. Es, en esos objetos, donde queda el poder tan sumamente condensado, donde se alumbra la razón suprema del ser, en ellos se aúnan los tres conceptos prescritos anteriormente.
En esa peligrosa creación, el libro, se entremezclan los tres principios: la creación que, más temprano que tarde, finaliza con la inevitable aniquilación; pero, donde se podría pensar en la finitud, aparece el particular uróboro y la negritud despierta para, cansada una vez más de su propio vacío, volver a soñar».

(I)-MMXX-I-III 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 3 de febrero de 2020

«Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: el primero te aísla y el segundo te ayuda a escapar»

Ella daba vueltas alrededor de la cama, miraba el suelo y en ocasiones dirigía fugaces miradas a la lejanía situada detrás de la ventana. Las marismas ya no le parecían tan bonitas, ni las montañas, ni el río, ni las rocas flotantes. Utla tardó un par de horas en aparecer, pero finalmente lo hizo y, en medio de su nerviosismo, la puerta se abrió con lentitud, una mano gris se apoyó en el marco y otra abrió el pomo de la pesada puerta. Nada más entrar el pequeño ser en la habitación se le abalanzó encima. La considerable diferencia de altura entre ambos, ella superaba los dos metros y él apenas llegaba al metro y medio, sobresaltó a Utla que retrocedió.
—¿de dónde vienes?, ¿qué hay más allí?, ¿cómo sobrevives a esa blancura? —Con el dedo índice señalaba a la puerta mientras con la otra mano trazaba círculos sobre la cabeza del interpelado.
Por toda respuesta, Utla se llevó la mano derecha a la barbilla y, con la alargada falange en forma de ce, se tocó el mentón; en un gesto rápido llevó la misma mano al esternón uniendo la punta de ambos dedos y, desde esa posición del torso, estiró la mano hacia su interlocutora mientras separaba los dedos.
«¿Cómo?». «Blanco».
—no te hagas el tonto. detrás de esa puerta no hay nada. solo blanco, la nada, no sé cómo salir de aquí, ¿qué sitio es este?
El atosigamiento al que le sometía su interlocutora lo paró golpeando las palmas de las manos en posición horizontal, un par de veces.
«Calma». «Calma».
A pesar de las palabras ella no relajó la cara de frustración, cejas arqueadas, labios enfurruñados y miraba de soslayo la puerta mientras atosigaba al pequeño ser. Utla cruzó las manos a la altura del pecho con los pulgares levantados y se golpeó varias veces el pecho.
«Espera, espera, espera».
Zafándose de ella, cosa que no le fue fácil, pues la perturbación de su invitada era mayúscula, se dirigió a la puerta. Repitió los signos de «calma, calma» y se escabulló. De nuevo volvía a encontrarse sola en aquella habitación que, más que su dormitorio, se había convertido en su celda.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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