Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 3 de febrero de 2020

Contigüüüm. Capítulo III. Décimo

«Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: el primero te aísla y el segundo te ayuda a escapar»

Ella daba vueltas alrededor de la cama, miraba el suelo y en ocasiones dirigía fugaces miradas a la lejanía situada detrás de la ventana. Las marismas ya no le parecían tan bonitas, ni las montañas, ni el río, ni las rocas flotantes. Utla tardó un par de horas en aparecer, pero finalmente lo hizo y, en medio de su nerviosismo, la puerta se abrió con lentitud, una mano gris se apoyó en el marco y otra abrió el pomo de la pesada puerta. Nada más entrar el pequeño ser en la habitación se le abalanzó encima. La considerable diferencia de altura entre ambos, ella superaba los dos metros y él apenas llegaba al metro y medio, sobresaltó a Utla que retrocedió.
—¿de dónde vienes?, ¿qué hay más allí?, ¿cómo sobrevives a esa blancura? —Con el dedo índice señalaba a la puerta mientras con la otra mano trazaba círculos sobre la cabeza del interpelado.
Por toda respuesta, Utla se llevó la mano derecha a la barbilla y, con la alargada falange en forma de ce, se tocó el mentón; en un gesto rápido llevó la misma mano al esternón uniendo la punta de ambos dedos y, desde esa posición del torso, estiró la mano hacia su interlocutora mientras separaba los dedos.
«¿Cómo?». «Blanco».
—no te hagas el tonto. detrás de esa puerta no hay nada. solo blanco, la nada, no sé cómo salir de aquí, ¿qué sitio es este?
El atosigamiento al que le sometía su interlocutora lo paró golpeando las palmas de las manos en posición horizontal, un par de veces.
«Calma». «Calma».
A pesar de las palabras ella no relajó la cara de frustración, cejas arqueadas, labios enfurruñados y miraba de soslayo la puerta mientras atosigaba al pequeño ser. Utla cruzó las manos a la altura del pecho con los pulgares levantados y se golpeó varias veces el pecho.
«Espera, espera, espera».
Zafándose de ella, cosa que no le fue fácil, pues la perturbación de su invitada era mayúscula, se dirigió a la puerta. Repitió los signos de «calma, calma» y se escabulló. De nuevo volvía a encontrarse sola en aquella habitación que, más que su dormitorio, se había convertido en su celda.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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