domingo, 20 de junio de 2021




«Patrón: aquella serie de variables constantes, identificables dentro de un conjunto mayor de datos. Estos elementos se repiten de una manera predecible».


Se creía más listo que el algoritmo y por ese motivo detestaba entrar en el interior del esquema informático, lo que los nerdies, cómo él mismo, denominaban en su terminología: patronaje de datos. Es decir, esa teoría predictiva que estudia el comportamiento de cualquier individuo biológico —aplicable tanto a las cucarachas como al evolucionado ser humano— una rama de la ingeniería informática que, abstraidos los patrones ajenos e internos del propio ser, acaba conociendo mejor a los estudiados que ellos mismos. Los comportamientos generalistas de la especie se desmenuzan en agrupaciones de atributos compartimentados según secuencias lógicas, de comportamiento, procedurales, biológicas, entre otras; y los desmenuzables filtros se cuelan por una pirámide invertida hasta llegar a porciones pequeñas, minúsculas, que llegan a predecir, con una exactitud que aterraría a nuestros abuelos, el siguiente acto o necesidad del ser biológico estudiado…

«Te voy a joder». El recurrente pensamiento del nerdie exultaba seguridad.

Sonaba en el Youtube la última canción de Meghan Trainor, Dead Future Husband, y en la lista derecha de videoclips recomendados (¡et voilà!) el algoritmo actuaba: Ed Sheeran, Charlie Puth, Olivia Rodrigo, Jessi J.; y toda la sarta de comparsas de mismo género musical que se mostraban tal retahíla extraída del patrón apegado al usuario sobre sus últimas búsquedas, sus comportamientos, sus amistades, su edad y sus largos etcéteras cuantificados en registros, tablas y bases de datos en la nube.

Si algo era el nerdie, desde luego, era persistente. Búsqueda: China Mo Hoo k-Pop. La lista de vídeos mostró un listado, del otro extremo del mundo, música japonesa, era un primer paso. La lista de la derecha todavía mostraba a cantantes de la anterior hornada, Meghan, Sheeran y Puth, y apenas se colaba alguna que otra banda de k-Pop.

«Tómate tu tiempo, mamón».

Y se lo tomó, tras una semana, el algoritmo, siempre el algoritmo, mostró a 8-eight, 2Am, 1TYM, y la lista derecha de recomendaciones mostró bandas k-Pop que ya conocía.

«Hora de cambiar».

Y así, una semana tras otra, se esforzó en cambiar el hábito, y era un cambio sincero, su predisposición a que le gustaran los ritmos africanos, el soul, los cuencos tibetanos, la música de relajación, el country norteamericano, el jazz, la clásica, el rap, el reguetón; desescalando a géneros, por llamarlos de alguna manera, más variopintos, mezclas imposibles entre rap-heavy, clásica-rock, jazz-reguetón, cada semana un nuevo salto, la variedad del mundo no paraba de sorprenderle y de importunar al algoritmo que no acertaba en sus gustos, en sus intereses, tan cambiantes, tan caóticos.

La lista de recomendaciones de la derecha no se ajustaba, cada semana mostraba temas y géneros de la anterior semana, canciones que no quería escuchar, ritmos desfasados en el tempo autoimpuesto en su lucha contra la máquina.

«Llegas tarde, mamón». Y lanzaba un aullido —no era una metáfora— mezclado con una risa autocomplaciente cuando lo pensaba, como si el esfuerzo tardío e infructífero de los algoritmos fuera una gloriosa victoria del intelecto humano sobre la máquina.

A la semana siguiente, una novedad en la sempiterna lista de la derecha le sorprendió, Mute Band Song, unos mudos que interpretaban temas de Mozart con botellas de vidrio, aquello resultaba extraño pero agradable. A los pocos días, Bandee Bandar Rote Hain, monos del zoo de Siam, sonidos guturales de animales cautivos armonizados con un laúd y un arpa tailandeses, una delicia auditiva; y en la lista, debajo de la banda de los mudos y de la banda de los monos, un nuevo grupo musical en símbolos indescifrables de algún país asiático, por suerte traducido entre paréntesis salvadores como Tankō Pengin, sonidos y música desde una mina de carbón en activo con graznidos de pingüinos árticos con guitarra eléctrica de fondo, fascinante, ese tema lo escuchó tres veces, ¡eso sí era buena música, eso sí le resultaba gratificante!, pero, chasqueó los dedos y se quedó mirando la pantalla de su ordenador…

«Mierda».

No fue algo brusco, pero a partir de ese día, el nerdie dejó de escuchar música, a pesar de las tentadoras recomendaciones que semanalmente le enviaba el algoritmo por correo electrónico con nuevos grupos musicales que hubieran encantado a un excéntrico como él —¿poseen los bytes sentido de venganza?—.

 

 Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 2 de mayo de 2021


«Revolviendo algunos papeles en su cartera, se levantó al verme»


Desde una perspectiva elevada, mi cámara de durmiente examinaba una aparente montaña de papeles desperdigados por el suelo, aunque a primera vista pudiera parecer que el caos había erigido aquella pila: hojas de periódicos, novelas, revistas, manuales de instrucciones; en una segunda visión, apreciaba como se extendían paralelos y apegados a una vieja pared de ladrillos sin revocar. De hecho, a medida que el tiempo onírico avanzaba, mi conocimiento sobre el espacio y sus contenidos también crecía y, de repente, con esa clarividencia que solo en los sueños se posee, una lucidez omnisciente me invadió y supe más del improvisado iglú de papeles: era mi hogar.

Se accedía por un agujero trasero, alejado de la calle donde me encontraba. El hueco de entrada quedaba tapado entre un tomo desvencijado de una obra inmortal —que apenas nadie lee a día de hoy— y la pared. La entrada secreta perfecta. El interior estaba oscuro y, con claridad, entendí que no podía hacer un fuego allí dentro para leer, ni siquiera para ver, y, aunque me hice la pregunta, tampoco supe por qué no disponía de una linterna. En todo caso, si se pasaba el tiempo suficiente en el habitáculo, los papeles dejaban traspasar la claridad exterior y los ojos se acostumbraban a la penumbra interior. Desde luego no podía ponerme de pie en el reducido espacio, pues apenas podía entrar reptando. En el suelo había un saco de dormir, unos cojines, bolígrafos, libretas y un portátil, las únicas comodidades que necesitaba.

Un hombre y una mujer rondaban mi casa. La policía papelaria o algún título similar para nombrar a la pareja. Estaba prohibido construirse casas con papeles y ellos se encargaban de comprobar que no hubiera ningún ilegal (como yo) erigiendo habitáculos de tal índole. No podía pasar el día entero allí por lo que, para pasar desapercibido, salía de casa bien temprano, vestido con corbata, chaqueta y unos buenos pantalones negros. En mi parcela de mundo onírico si vestías con la corrección esperada no resultabas sospechoso a ojos de la policía papelaria ni del común de los habitantes.

Para salir de mi casa, reptaba por el suelo hasta llegar al desvencijado libro-puerta, salía vestido con mis galas, me sacudía con las palmas de mis manos el polvo que hubiera podido quedar en mi traje y, puesta de nuevo la improvisada puerta que ocultaba la entrada, giré la calle y saludé al hombre y la mujer que caminaban expectantes por la zona con las manos a la espalda y con mirada aguda.

—Buenos días.

No decían nada, pero devolvían el saludo con un asentimiento de cabeza, sin quitar la vista de los papeles, pues su atento examen requería de toda su concentración (o al menos eso pensaba). Mi interior andaba revuelto con antagónicos sentimientos, preocupación y tranquilidad, pues en aquel vertedero de celulosa con tantísimos papeles desperdigados por doquier, ¿quién pensaría que junto a aquella pared, donde los churretes de cemento se advertían entre ladrillo y ladrillo, pudiera haber un hogar de una persona como yo?

Durante el tiempo diurno deambulé por la ciudad. Me hubiera gustado poder transcribir qué maravillas vi en ese deambular, pero Morfeo no quiso mostrarme nada del paisaje urbano que, a modo de excusa, me ocultaba entre su muchedumbre y sus altos edificios. Los supuse altos porque, no sé por qué, imagino las ciudades desconocidas con rascacielos como si me encontrara de nuevo en Manhattan.
El interminable día pasó y, agotado, volví a mi hogar de papel para descansar. Los ladrillos de la pared se encontraban destrozados como si una inmensa bola de demolición hubiera arrasado con ellos, los papeles habían hundido el techo de mi casa y se encontraban destrozados y esparcidos por la tierra. La entrada ya no existía y el desvencijado tomo inmortal de la entrada a mi casa se encontraba rajado y, de igual modo que el resto de elementos de celulosa que componían mi hogar, desperdigado por el suelo, imposible de unir, de reparar, rajadas las páginas como si un escuadrón de la policía papelaria se hubiera ensañado con él.

Con esa sensación de vacío inexplicable que dejan los sueños, desperté.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 4 de abril de 2021


«Por debajo de la memoria y la experiencia,
por debajo de la imaginación y la invención,
por debajo de las palabras hay ritmos
».


El sueño se alargó bastante rato más y durante ese deambular dudé si el tiempo onírico transcurría de manera más acelerada que el tiempo consciente*, tal y como comentaba DiCaprio a Elliot Page —entonces Ellen Page— en la película Origen (Inception).

*(tempus lucidus según algunos manuales de oniricología).

En el interior de la bruma somnolienta, los días pasaron y me hallé de nuevo entre las paredes del aula donde la profesora Le Guin presidía el improvisado claustro preuniversitario y aludía a la importancia de la obra de Miller, Otro Giro de Tuerca, sobre todo la enorme repercusión que tuvo en otras obras, incluso en una película… y se quedó callada mirando el fondo de la clase, a la puerta doble por donde entrabamos y salíamos del aula, escapándosele el título de la cinta que no acudía a su memoria.

Deduje que se refería a la cinta de Amenábar y con Nicole Kidman de protagonista, pero la película que recordé en mi inmersión onírica —estoy en los años cincuenta—, todavía no se había estrenado en esa época, en la fantasía no soy consciente, lo seré al despertar, menudas mezclas temporales se gastan las fabulaciones de los sueños.

Y como nadie más en el aula parecía saber la repuesta o ni un alma se atrevía a responder, por vergüenza o por pereza, alcé la mano y Úrsula, con un esperpéntico gesto de mano, me dio la voz.

Los otros, de Amenábar —respondí ufano.

—Eso es, señor, buena respuesta.

Que bien me sentí al recibir el elogio de Úrsula y un pensamiento se recreó en mí. ¡Úrsula sabe que existo! Menuda estupidez el ansia de reconocimiento, ni siquiera llegó a pronunciar mi nombre porque con toda seguridad desconocía la mayoría de nombres de sus alumnos, pero para mí, en aquel momento que dictó, «buena respuesta», me supuso ser el centro de la mirada de una persona de culto que para mi ego suponía el mayor de los logros. Tamaña alegría se vio empañada por la disquisición posterior. ¡Qué poca cosa somos!

Por suerte el sueño continuó y me llevó de nuevo al flequillo moreno de mi compañera que, sin comparación alguna, era lo mejor de esta fantasía onírica, pues ni literatura ni escritora de culto ni estudios preuniversitarios eclipsaban mi deseo por ella. Al fin, mis insistentes cuchicheos habían logrado el primer efecto: una cita. Paseábamos agarrados de la mano por el arcén de una avenida transitada por antiguos Thunderbird con capota, algún Corvette descapotable y un Buick, ¿por qué acudían estos extraños nombres a mi sueño? ¿De dónde extraía marcas de coche de los cincuenta y de un país lejano? La respuesta más sencilla se podía transcribir en dos palabras: Ni idea.

De lo que sí era plenamente consciente era el calor de su mano apretando la mía y la firmeza de los dedos entrelazados. Nuestro paseo nos llevaba por debajo de robles que atenuaban la luz de las farolas, y el tiempo se deslizaba con nosotros y para nosotros, y de la mañana pasamos a la tarde sin apenas una notoria transición y sin importarnos el extraño hecho. A pocos metros de nosotros, una pareja, un marinero, traje oscuro y gorra blanca inclinó el cuerpo sobre una muchacha vestida de enfermera —la imagen versaba sobre esa famosa fotografía que conmemora el final de la segunda guerra mundial—; una instantánea de época que la maquinaria propagandística norteamericana se ha encargado de colectivizar en los inconscientes colectivos a base de mazazos publicitarios. La escena resultaba del todo impropia en la acera de la avenida, no había celebración ni festejos, se acercaba la noche, pero la pareja causó su debido impacto y me giré hacia mi compañera que también los observaba e inclinó levemente los hombros interrogándome con el gesto, ¿qué hacía?, ¿aprobaba o desaprobaba?, ¿interrogaba, negaba, suplicaba o qué? ¡Vaya!, pensé (no sé si se puede pensar dentro de un sueño, pues ¿no es pensamiento puro el mundo onírico?) La única deducción lógica es: debe ser ahora o nunca; y con suavidad la arrastré hasta una pared cercana, no quería torcerle el espinazo como el marinero a la enfermera, y con atenta dulzura la besé en los labios, y tras el primer contacto sonrió. La sensación, antes de despertar, fue similar a la de aquel escritor archiconocido —se me escapa el nombre igual que a Úrsula la película— que escribió que la literatura resultaba fabulosa, pero ni toda la literatura del mundo sería importante si por la noche no tuviera a su mujer al lado.

Y, creo, pues mis recuerdos son traicioneros, desperté.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

martes, 30 de marzo de 2021

«Podríamos cantar mejores canciones que esas».


Esta fábula onírica la tuve unas noches atrás, la madrugada del día 22 de marzo, y aunque el día es lo de menos no lo son las interesantes lecturas que llevé a cabo durante esa semana. Otro giro de tuerca de Henry Miller y Conversaciones sobre la escritura de Úrsula K. Le Guin, este último un libro sobre reflexiones, acerca de la escritura, donde David Naimon transcribía los pensamientos de la fallecida escritora; en él, la autora, recomendaba el clásico de Miller por el tratamiento ejemplar de lo que en técnica narrativa se denomina la tercera persona limitada, ¡y menudo dominio, doy fe de ello!, un libro, el de Miller, que resulta aún mejor cuando exprimes su jugo acudiendo a una posterior explicación tras su lectura. Por supuesto, con tamaños hechiceros, Miller y Le Guin, y con la no menospreciable ayuda de Morfeo, caí bajo la influencia de las palabras, de las imágenes y de las ideas de la semana que, además, se aderezaron con una película vista en compañía de Montse la misma tarde del citado día que me traía muy gratos recuerdos, me refiero a Educando a Rita que, en una fugaz sinopsis, un Michael Caine, profesor de literatura, un tanto alcoholizado, debe encargarse de dar clases a una mujer adulta, representada por Julie Walters, mujer que ha descubierto tardíamente la fascinación por los libros. ¡Qué grandes recuerdos traer a mi memoria la versión de Educando a Rita interpretada en teatro por antiguos compañeros de trabajo! Pero debo centrarme en el sueño, si no este párrafo introductorio, que a priori debía ser minúsculo, cobraría mayor importancia de lo que una mera introducción requiere…
Abatido y zarandeado por Morfeo, que es donde me encontraba yo, mis ensoñaciones me transportarían a algún edificio docente entre Oregón y Pensilvania:

Me encontraba en un aula bastante amplia, de techos altos y abovedados, cristaleras alargadas, pero sin motivos religiosos aunque el espacio se pudiera prestar a tal interpretación. Chavales jóvenes como yo —he rejuvenecido al menos veinte años— poblaban el aula de aspecto universitario que, por las vestimentas y el mobiliario, sillas y destartalada pizarra, situé en la época de los años cincuenta del siglo XX, y, con esa seguridad que se tiene en los sueños, puse nacionalidad al sitio físico donde me encontraba: Norteamérica, el mejor país del mundo, o eso dicen algunos. Las alumnas y los alumnos se sentaban en sillas con respaldo y apoyabrazos laterales a modo de pequeña mesa para escribir. Nos apiñábamos en el aula un centenar, repartidos equitativamente entre hombres y mujeres, todos de raza blanca, sí, un sueño falto de diversidad. A mi lado estaba ella (Montse). Falda larga por debajo de la rodilla, como marcaba el decoro de la época y, más arriba, el hipnótico flequillo moreno cayéndole hasta las cejas antesala de la exuberante melena larga cayéndole por la espalada, pelo tan sedoso, envuelto en primavera y en promesas futuras, como me fascina en el sueño, como me fascina fuera de él. Mi juventud onírica me volvía exultante, olía a ese sol de primavera que se colaba por la vidrieras y las fragancias de colores se mezclaban con los perfumes de los jóvenes de época.
Entonces me percaté de un detalle curioso, y ciertamente importante y que hasta ese momento me había pasado desapercibido, la profesora que presidía el aula era ni más ni menos que Úrsula K. Le Guin, ¡toma!, pero ya sea porque me he acostumbrado en el mundo real a verla únicamente fotografiada en blanco y negro, su rostro se difuminaba en grises, a pesar de la visión Technicolor del entorno. Úrsula caminaba por los improvisados pasillos formados por las filas y columnas del tapiz de sillas y alumnos, azuzando el oído atenta al menor ruido, vigilándonos con su atenta mirada, y entonces caí en la cuenta de que debíamos estar en alguna clase de prueba, pues en mi mesa había un folio, con preguntas a las que no les prestaba la menor atención, pues, en medio del silencio, le cuchicheaba palabras a mi compañera, del flequillo arrebatador, que, sentada a mi lado, escuchaba con reparo las palabras bonitas que le dedicaba, y, aunque sonreía avergonzada, me chistaba con el dedo índice llevado a la boca, intentando obligarme, con gesto y sonido, a una ley del silencio que por mi parte no pensaba acatar. Seguía en mi perfeccionamiento del cuchicheo, con nuevas palabras, cuando Úrsula se giró, me miró, detectando el aleteo de mis palabras en la quietud de su silenciosa aula y, al poco, inquiriéndome con mirada y voz, puestas ambas fijas en mí:

—¿Señor, está usted copiando?

Enderecé la espalda, desvié la vista del flequillo de mi compañera, pasé la vista ágilmente a los ojos de la profesora y respondí a la pregunta:

—Le puedo asegurar que con esta belleza a mi lado hago de todo menos copiar.

Las risas de los alumnos inundó la otrora silenciosa aula, rompiendo la improvisada algarabía el marginal silencio. Deduje, puesto que no poseía la clarividencia mental de saber que pensaba la profesora, que su mirada me escrutaba en una mezcla de enfado, ego del profesor herido, y empática por el halago dicho a la compañera, como sintiendo Úrsula esa punzada de la juventud, de los sentimientos desbocados, percatándose en esa fugaz visión del rubor de mi compañera, avergonzada y contenta, que miraba al suelo con una sonrisa muy prometedora, pero los ojos de la profesora seguían clavado en mí y, ante tanto examen, vacilé, vacilé ante la gran Úrsula K. Le Guin —¿quizá por un instante supe que ella era Úrsula K. Le Guin y no una mera profesora?—, y la vacilación me pudo y pensé que quizá me había sopasado en las palabras, y entonces fui yo el que sintió el rubor en las mejillas y atemperé, un tanto acobardado, el ánimo inicial de mis anteriores palabras.

—Disculpe, no volverá a pasar.

Y ella, Ursula, que miraba a mi compañera Montse, pasó del recreo en su rostro y flequillo, como si la estudiara para crear un personaje con ella, giró la vista sobre mí y le dio vuelta a los los ánimos, sonrió socarrona, como quién conoce un buen chiste de antemano y se ríe al saber el impacto que creará en sus espectadores.

—Usted sabrá lo se hace.

¿Qué insinuaba con ello? ¿Por qué lo decía? ¿Por quién lo decía? ¿Y porqué sonreía mientras alejaba la vista de mi compañera? El resto de la clase dejó de reír y Úrsula volvió a su escrutinio de profesora.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 10 de marzo de 2021


«La trama no es sino las huellas que quedan en la nieve
cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles
». 



Un gran escritor R. B., no solo del género de ciencia ficción que en estos días parece resurgir de la tumba en la que muchos intelectuales querían enterrarlo, un escritor que ensalza lo genuino de lo escrito por encima de lo mercantil o de la temática, una persona que maximiza la ciencia ficción como la via que hace pensar, pero no porque el género en sí mismo invite a ello (que lo hace), sino por ser el medio que él escogió para expresarse, tan válido como cualquier otro. 

Mi admiración hacia Bradbury surge de su inmensa humildad ante sus logros, pues inicialmente se sentía pequeño ante ellos, pensaba en su escritura como algo mercantil, pero fue justamente su honestidad, voy a escribir sobre lo que me gusta, lo que lo apartó de dicha senda del mercantilismo o includo, de cosas peores, el no escribir.
En este libro, el autor camina entre el ensayo, los artículos periodísticos y la poesía, y se lee en su interior esa falta de divinidad, ese alejamiento de la pedantería propia de las personas que creen saber mucho y, al leerlos, dicen poco. Me inclino a pensar que todos debemos aprender de Bradbury, de esa carencia de pedestales que no tocan.

Además, Bradbury aboga por el uso no cultista del lenguaje, una prosa sencilla, muy parecido a lo que postulaba Walt Whitman, puede albergar grandes ideas y mejores sentimientos, que mejor que recuperar sus propias palabras:

«He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wolfe […] He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese […] he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo […] Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas». 

¡Bello! Bradbury nos regala también, al final del libro, unas cuantas poesías de su cuño, pues como bien indica, lee poesía todos los días. No será casualidad que los poetas sean magníficos escritores e, incluso, como escribió Ursula K. Le Guin, algunos gobiernos a los que más temen son a los poetas, pues cuando los demás callan, los poetas escriben.

Adentrándonos en términos de técnica, Bradbury expresa lo esencial, escribir desde los cinco sentidos, conservar la escritura centrando la conciencia en la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. 

Él lo expresa de manera contundente.

«Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos». 

Más adelante compara sus lecturas, sus vivencias literarias, alude a Herman Melville y a su Moby Dick, sobre todo porque la reescribió para un guion cinematográfico, y también nombra a Julio Verne y sus Veinte mil leguas de viaje submarino y al Capitán Nemo, y compara ambos líderes, como si el mando y las profundidades abisales volvieran, con tanta masa de agua, locos a los hombres. 

Anota otro dato interesante, al igual que Stephen King en su Mientras Escribo, las palabras diarias que lo convertirían en escritor. Entre mil y dos mil palabras al día, en esto un tanto más humilde que el maestro del terror que se inclinaba a la fijación por las dos mil, pero, y en todo caso, insistiendo en la única importancia que reside en dicho nexo, la asiduidad, lo único importante.

Otras palabras que me llamaron poderosamente la atención fueron su concepción inicial sobre su novela, posiblemente la más aclamada, Fahrenheit 451, ya inscrita en el canon de la ciencia ficción y un clásico incluso fuera de él; estas fueron:

«Yo no lo sabía, pero estaba escribiendo una novela literalmente barata. En la primavera de 1950, escribir y terminar el primer borrador de El bombero, que más tarde sería Fahrenheit 451, me costó nueve dólares y ochenta centavos, en monedas de diez». 

Él pensaba que era una novela comercial, un pastiche sin ningún orden ni concierto y, que al final, resultó una obra maestra; también me sorprendió descubrir a mí ese hecho íntimo del autor, pues al pensar en los grandes escritores los endioso como seres de algún panteón mitológico y los imagino sin dudas y conocedores de todos los entresijos de los universos que crean y los imagino infalibles; cuando la verdad es que poseen dudas, muchas, incluso los mejores como Bradbury. De lo que no cabe duda, al menos Bradbury así lo afirma, es que se debe ser honesto al escribir, hablar de los temas propios, lo que te conmueve, lo que te hace levantarte cada día. Lo que amas y lo que odias. Sobre eso es lo que deberías escribir.

Como dato anecdótico, también descubrí que Bradbury, al igual que Goethe, escribía sus novelas en un chorro de pasión creativa, del tirón. Y disfruté, como solo se puede uno encandilar con un plato de tan exquisito gusto, la definición, un tanto mitológica, que daba sobre la ciencia ficción:

«La ciencia ficción es un intento de resolver problemas mientras se finge mirar para otro lado. […] este proceso literario es como el enfrentamiento de Perseo con la Medusa. […]. Así la ciencia ficción simula futuros a fin de curar perros enfermos en los caminos de hoy. El tropo lo es todo. La metáfora es remedio». 

Nos habla de la importancia de concretar, otro hito en literatura, y para ello se vale de sus conocimientos de poesía. La poesía es imagen, la imagen es metáfora, y, parafraseándole, si un escribiente encuentra la metáfora adecuada, eso se convierte en la imagen justa, y, al ponerla en escena, servirá por cuatro páginas de diálogo. Maravillosa manera de expresar la idea de concreción.

Aboga también, a diferencia de otros literatos más proclives al no mestizaje de artes, a visualizar películas, pues en la ficción audiovisual el escritor puede aprender las técnicas que predisponen al espectador-lector a la configuración de las escenas, la mirada de la cámara vs la mirada de la imaginación no distan tanto la una de la otra, o, al menos, esa es la interpretación que hago yo de sus palabras.

Finalmente, no son lecciones para autores noveles, ni para diletantes de la escritura, más bien es una reflexión que lanza en alto para quien la quiera recoger. La clave de una buena novela es el trabajo, la segunda la relajación y, por encima de ellas, relajarse y no pensar, sobre todo, No Pensar. De aquí viene la anécdota del título de Zen en el arte de escribir, es decir, tómate un respiro, no te critiques antes de empezar y, simplemente, escribe. 

Para ello se impone la carga de las mil o dos mil palabras diarias, que ya comenté, y la deducción que, tiempo más tarde, llevaría a crear el reto Bradbury.

«Mil o dos mil palabras por día durante los próximos veinte años. Al principio podría apuntar a un cuento por semana, cincuenta y dos cuentos al año, durante cinco años. Antes de sentirse cómodo en este medio tendrá que escribir y dejar de lado o quemar mucho material. Bien podría empezar ahora mismo y hacer el trabajo necesario. Porque yo creo que finalmente la cantidad redunda en calidad». 

En el fondo, él no animaba a nadie a escribir, pero, de nuevo, leyendo entre líneas y entre palabras, esa cantidad redunda en calidad, y ese número mágico (a las personas nos encantan la medida de los números) cincuenta y dos, supuso el inicio de un reto que, a día de hoy, sigue en pie y que muchos lo realizamos con cariño, con trabajo, con esfuerzo y, sobre todo, con ese No Pensar en el que tanto insistía nuestro maestro de la ciencia ficción.

Para acabar me despido con una cita maravillosa, una de las tantas, que encontré en el interior de Zen el arte de escribir.

«Recuerden: la trama no es sino las huellas que quedan en la nieve cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles. La trama se descubre después de los hechos, no antes. No puede preceder a la acción. Es el diagrama que queda cuando la acción se ha agotado. La trama no debería ser nada más. 
El deseo humano suelto, a la carrera, que alcanza una meta. No puede ser mecánica. Solo puede ser dinámica».

Así que, recordemos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

miércoles, 3 de marzo de 2021



«Empezamos el grupo Letraheridos sin ninguna ambición,
sólo cuatro amigos para hablar de libros y obligarnos a escribir
». 


Hace unos días nuestros amigos Letraheridos sacaron su revista número 15, un monográfico especial para celebrar el próximo día de la mujer.

Dentro de ella se pueden leer las recomendaciones lectoras de los libros que recomiendan las personas del grupo, de distinta temática y con gran variedad de autoras y autores.

Como no, nuestros amigos, además de leer mucho, también se animan a escribir y lanzan sus palabras a través de las páginas de la revista.

Las reseñas no faltan, al ser un monográfico sobre la mujer, los libros recomendados son todos de autoras.

Los evéntridos, de buen seguro una palabra de invención letraherida, se alegra en mostrarnos los eventos culturales que ha suscitado las alegrías de los componentes durante dos meses, pues la revista es bimensual.

Finalmente, unas estadísticas muestran, aunque no esclarecen, pues las estadísticas solo informan y no dan respuesta a los interrogante, qué tendencia lectora siguen los letraheridos en cuanto a autoras o autores.

La revista se puede leer de manera gratuita en PDF y se puede descargar en línea en letraheridos.es.

Saludos, estimados.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 7 de febrero de 2021

«Sin mi café de la mañana, soy sólo como una pieza dorada y seca de carnero».

La pared norte de la biblioteca Universitaria de Trystonia no se veía, estaba forrada en estanterías con libros que se extendían hasta lo alto del techo, sobre el tesoro de lignina escaleras alargadas e inclinadas, con ruedas en la base, se sujetaban ligeramente a las guías de los últimos estantes. Ignatson miraba indeciso al último de los estantes sin decidirse a subir hasta lo alto. Agarraba la escalera por su riel lateral, la zarandeaba con ligereza de izquierda a derecha, como asegurándose que no se fuera a salir de la guía superior, la soltaba y volvía a mirar a lo alto.

En la esquina contraria, escondido tras un armario repleto de libros, un joven con tupé espiaba a Ignatson: «¿Subes o no?». El profesor Strambotikus, ajeno a la investigación de sus propias acciones, continuaba comprobando la estabilidad de la escalera. Una bibliotecaria pasó por el lado del hombre, le saludó e intercambio unas palabras con él. «Por fin», pero para disgusto del muchacho, después del breve intercambio de palabras, la mujer se despidió y continuó su camino dirección de la planta baja. «Joder». Ignatson Strambotikus rodeó la escalera hasta situarse bajo ella, de manera que tras su espalda quedaban los libros y delante de él la parte posterior de la escalera, en esa especie de tipi india miró hacia arriba, examinando el herraje que mantenía a la guía superior en su sitio, miró fugazmente de un lado a otro, inspeccionando con agudeza la sala. Zeno se quedó inmóvil y contuvo la respiración. El profesor, ante la falsa creencia que se encontraba solo y ajeno a su atento espía, de improviso zarandeó violentamente la escalera de arriba a abajo, hasta que un leve crujido descolocó el herraje de la guía superior. «Coño, ¿qué hace?». El profesor volvió a su lugar de origen enfrente de la escalera, la intentó mover de nuevo, pero las ruedas del herraje superior se habían salido de la guía y el zarandeo de un lado para otro no surtió el mismo efecto como en la vez anterior. Pasaron los minutos, Ignatson continuaba enfrente de la escalera y de vez en cuando la asía para intentar mover, el crujido se repetía y paraba, miraba al techo, al lugar donde el herraje que él mismo había descolocado se había salido de la guía. «¿A qué juega?». Después de unos minutos, la misma bibliotecaria volvió cargada con unos libros e Ignatson la abordó. La mujer miró al techo, depositó los libros que llevaba sobre una mesa de estudio cercana y asió por los laterales la escalera. Al intentarlo un crujido, más fuerte que los anteriores, reverberó por la sala. La mujer se dirigió a Ignatson, este asentía y señalaba con un dedo hacía la última estantería, se siguió un intercambio de frases que, por desgracia Zeno no llegaba a escuchar, y después de algunas frases más la bibliotecaria, con gesto un poco cansado, asintió y se marchó con los libros. Ignatson no se movía de delante de la escalera. Zeno no dejaba de espiarle sin atreverse a mover, aunque ya llevaba un rato meándose. Unos cuantos minutos más tarde, la bibliotecaria reapareció con la técnica de mantenimiento, una mujer corpulenta con mono de trabajo azul, la mujer ni se dirigió al profesor, examinó la escalera con mirada de cirujano y se situó, como momento antes había hecho Ignatson, bajo el ángulo que formaba la escalera con las estanterías, de nuevo lanzó una mirada a lo alto, gruñó, se resituó una vez más delante de la escalera y desde esa posición empujó el artilugio hacía la pared como si fuera una saco de boxeo, por un momento se escuchó un crujido satisfactorio, no como el tono de los anteriores que transmitían rotura. La técnica se palmeó las manos y con un único movimiento de cabeza se despidió del profesor y de la bibliotecaria. La bibliotecaria iba a hablar, pero Ignatson la atajó y volvió a señalar con la mano a la última fila, zarandeó en un gesto histriónico la escalera y se cruzó de brazos. La mujer se encogió de hombros, intercambió unas palabras, él negó con la cabeza y continuó en su postura, con las manos cruzadas delante del pecho y mirando a través de su máscara hacia el techo. Finalmente, la bibliotecaria se acercó a la escalera y empezó a subir los travesaños, cuando llegó a la última estantería cogió cuatro libros y, con ellos en las manos, bajó hasta el suelo. Se los entregó a Ignatson que acercó el lomo a la cara y debió comprobar los códigos inscritos en el tejuelo, pues por la inclinación de la cara y la dirección de la tela donde se suponía estaban los ojos no se dirigían al centro del lomo, sino abajo, a la esquina donde la pegatina identificativa informaba del sistema de clasificación bibliotecario. Así, con los volúmenes en su poder, se despidió de la bibliotecaria que marchó presta como si hubiera hablado con el mismo diablo; por su parte, Ignatson se marchó en dirección contraria hacia el único lugar al que se iba escaleras arriba: a la cafetería de la terraza. Y Zeno marchó tras él.

Zeno llegó con un estudiado retardo respecto a los andares de su objeto de espionaje. Letreros en letras rojas y fondo blanco escritos únicamente en neerlandés anunciaban el lugar donde se encontraban, Universiteitsbibliotheek, es decir, biblioteca universitaria, en concreto la terraza de la misma donde se encontraba además una esplendida cafetería que usaba toda la planta, con grandes ventanales e incluso un aprovechable espacio al aire libre para los días donde el clima acompañase al estudio exterior. Él traspasó el umbral y observó el intenso azul del cielo tras las nubes blancas, inmensas, espaciadas, tanto que dejaban suficiente hueco entre ellas para permitir el paso del sol, una claridad impetuosa que calentaba la piel y la sensación de calidez se veía aumentada al no encontrarse en el aire ningún viento molesto. Todas las mesas se encontraban ocupadas por grupos de estudiantes, aunque Ignatson había conseguido agenciarse una pequeña de color naranja, la más alejada de la puerta, un lugar esquinado y cercano a la barandilla, quizá demasiado para alguien como él y por eso el profesor había separado dos palmos la mesa de la baranda protectora. Zeno inclinó la cabeza y miró abajo, no había mucha altura hasta la calle, pero dedujo que para alguien que tenía miedo a subirse a una escalera la distancia debía ser considerable, aunque la biblioteca solo fuera un edificio de tres plantas. Abajo, un suelo empedrado, como un mar calmo, acogía un centenar de bicicletas ancladas como bajíos reposando en puerto, alzando la vista y si superaba el picudo edificio universitario erigido enfrente de la biblioteca, contenedor de aulas y despachos, el despejado día permitía ver la línea del horizonte, la playa y el mar, el verdadero, pues las bicicletas reposaban quietas en su improvisado mar de suelo empedrado en la calle.

Zeno examinó el entorno antes de dar los pasos finales hacia su objetivo. El lugar que ocupaba Ignatson, la mesa más alejada de la terraza, se encontraba en un punto de difícil acceso, pues alrededor de ella no se podían sentar grupos de estudiantes, como sí ocurría en el resto de mesas, donde se apretujaban sillas con hasta cuatro o seis estudiantes apiñados en torno a las escuálidas superficies de colores, pero la mesa de Ignatson no permitía esa agrupación, pues se encontraba encajonada en una esquina, dificultada por un aparato extractor de aire, o un artilugio similar, y en dicha estrechez apenas cabía la mesa y una silla; un lugar, por otro lado, perfecto para una persona solitaria, pero no daba lugar a que otro se sentara; sin embargo, pronto encontró la solución, había un zócalo de hierro sobresaliente en la pared, debía ser un peldaño colocado estratégicamente por el arquitecto para que los técnicos de mantenimiento se subieran sin problemas al aparato de aire y lo pudieran arreglar, la superficie no era muy grande, pero él no ocupaba mucho y ahí podría sentarse un momento y, de ese modo, recostarse al lado del profe. Sí, el plan estaba listo. Zeno se alisó el inexistente pelo lateral, inspiró profundamente, ancló la vista hacia el objetivo, alias El profesor Ignatson Strambotikus y, con pasos decididos, fue hasta él.

—Buenos días. —Una vez anunciado con el saludo, Zeno se sentó al lado de Ignatson en el escuálido peldaño sobresaliente de la pared.

Ignatson levantó la vista de la mesa, ojeaba un libro codificado como XI 3.9, una línea vertical y un 43, de tanto observar a su presa había adquirido el mismo hábito, pero si desviaba la vista del tejuelo podía leerse en el lomo, Gandhara Sculpture Volume I, un volumen que contenía en la portada esculturas de la india clásica. El profesor no respondió, aunque Zeno supo que lo miraba a través de la máscara de pigmento blanco oscuro, pues la telilla alrededor de los ojos, más fina que el resto, traslucía el movimiento ocular y, tras ella, se intuían unos ojos atentos.

—Buenos días, señor Strambotikus. —Insistió mostrando una gran sonrisa.

—¿Le conozco? —Cerró el libro, lo apartó a un lado y prestó su atención al intruso.

—Sí, soy alumno suyo.

—¡Ah! —masculló Ignatson.

—De Gualtra.

—Eso es obvio. Es la única asignatura que imparto aquí.

Zeno calló un momento antes de continuar.

—Sí, claro, menuda obviedad, ¿verdad? —Pausó un instante la conversación y sonrió—. Quería decirle que me encanta su clase y que es un inmenso honor para mí formar parte de ella.

—Está bien.

Ignatson calló y se le quedó mirando fijamente. Forzó una sonrisa, más histriónica que las anteriores y, por tercera vez, se alisó de nuevo el pelo raspado en los laterales, además de rascarse la oreja.

—Habrá que estudiar mucho para aprobar una asignatura tan complicada. No tiene uno la suerte de estudiar una nueva lengua todos los días.

—Así es.

Las telegráficas respuestas del profesor incrementaban sus gestos nerviosos, así Zeno reacomodó la espalda y levantó un poco el coxis de la estructura, pues empezaba a dormírsele esa zona ante la forzada postura.

—Seguro que usted conoce muchos trucos y atajos para poder aprobar mejor la asignatura.

—El único atajo es el estudio.

—Por supuesto, seguro que sí, estudiar, estudiar y más estudiar. ¿Sabe? Tiene usted toda la razón. Hincar los codos. Justamente aquí los holandeses tienen una expresión para decir justamente eso, pero no la recuerdo, en fin, que quería comentarle que tengo un primo que estudió con usted en la Universidad de Bellaterra en un intercambio de estudiantes extranjeros, como hacemos aquí. Seguro que se acuerda de él, somos muy parecidos, ¿sabe?, casi gemelos nos dice la gente, como dos gotas de agua.

—¿A sí?

—Claro. Se llama Quinn Papadakis. Segurísimo que se acuerda de él.

—Recuerdo al señor Papadakis.

Ante el reconocimiento del familiar, la floreciente sonrisa en el rostro de Zeno desterraba el nerviosismo previo y, envalentonado por la confirmación, acercó su mano al interior de la chaqueta, con exactitud al bolsillo donde tenía un sobre con dos mil euros.

—¡Eso es estupendo, señor Strambotikus! Mi primo me habló maravillas de usted, me dijo lo atento que era, lo buen profesor que era, siempre dispuesto a ayudar a los alumnos con problemas de estudio. ¿Sabe a dónde quiero ir a parar? —Le guiñó un ojo, pero la mueca no tuvo respuesta alguna por parte del interlocutor que respondió escuetamente:

—Creo que sí.

—¿Me puede pasar ese libro?

Zeno señaló al libro con portada de esculturas indias e Ignatson lo levantó y se lo entregó. Zeno tragó saliva. Abrió el volumen y, entrecerrando las piernas, lo dejó sin sujetarlo con ninguna mano encima de las rodillas y el cuádriceps. La mano izquierda agarró el mismo lado de la chaqueta y lo extendió como si fuera una vela hinchada al viento, tapando así la línea de visión de cualquier mirada maliciosa hacia el sobre que estaba extrayendo del bolsillo interior, sobre que depositó seguidamente entre medio de las páginas del libro y con la mano derecha libre lo cerró, soltó la chaqueta, agarró el libro y, con una sonrisa, se lo devolvió; sin embargo, Ignatson no mostró ningún gesto de querer coger el libro. Ante el imprevisto, lo depositó sobre la mesa lo más cerca posible al profesor.

—No… ¿No lo coge?

—Claro que lo cogeré.

Pero las palabras contradecían la nulidad en los ademanes fijos y estáticos del profesor, que lo escrutaba con la pose clavada en él.

—¿Hará conmigo lo mismo que hizo con mi primo? Necesito una confirmación clara de que nos estamos entendiendo: ¿Sabe?

—Por supuesto que sé, pero hay tres condiciones.

—¿Tres condiciones?

—Recoja el libro, por favor.

La expresión de Zeno se turbó, negó con la cabeza, no de manera premeditada, sino en un gesto automático, y de la misma manera apretó la lengua contra el interior del labio inferior, la fuerza de la inercia hizo que la sinhueso saliera disparada y se produjo un inesperado chasquido, guardó la lengua y se rascó la barbilla en un claro gesto frustrado. Tras el alarde de nervios recogió el libro con el sobre dentro.

—¿Qué tres condiciones?

El profesor se giró, inclinó el torso y rebuscó en su mochila negra, que estaba en el suelo en el lado opuesto a donde se encontraba Zeno. De ella extrajo dos cartulinas rectangulares tan pequeñas como la palma de una mano, una de fondo blanco y la otra color crema, y le entregó ambas. Zeno las aceptó.

—Primera. No entregará ningún sobre. Hará una entrega de lo acordado a la cuenta bancaria que figura en el papel blanco.

Zeno asintió y el profesor continuó.

—Segunda. No hará ningún ingreso hasta que me entregue traducida al inglés, al castellano y al esperanto, la frase escrita en Guáltra que hay en el papel de color crema.

La curiosidad ante la segunda condición le sedujo y observó de reojo el galimatías de glifos y caracteres que se apiñaban escritos con bolígrafo en apenas cuatro líneas sobre color crema. Zeno bamboleaba la cabeza en un movimiento aquiescente e inconsciente, paseando la vista de la cartulina blanca a la cartulina crema. Pero…

—¿Y la tercera condición?

—Tercera. Ni se le ocurra en próximas conversaciones usar la muletilla ¿sabe?. Sea concreto en su lenguaje.

 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 1 de febrero de 2021

«A las personas que gustan de buenas historias de misterio… el Manuscrito Voynich de la decimoquinta o decimosexta centuria les fascinará».


Una estudiante entró en el aula cargada con una docena de libros y una carpeta apretados contra el pecho. Desde su posición veía en contrapicado las pelambres y las calvas de algunos compañeros de espaldas a ella, asentían, tomaban notas o charlaban entre ellos mientras prestaban atención a las explicaciones del profesor, un hombre con una máscara blanca en el rostro al final del anfiteatro universitario, una gradería con capacidad para cien estudiantes, que apenas contenía una docena. Acompañó con espalda y culo la puerta, la singular proeza malabarista permitió cerrarla evitando cualquier ruido al cerrarse, después dirigió la vista a la última fila del anfiteatro y detectó la parte trasera de una cabeza conocida, un inconfundible tupé, y se acercó hasta el alumno que estaba allí sentado. ¿Hace mucho que empezó?, tras la queda interrogación y sin esperar respuesta repartió la carga de volúmenes por encima de la alargada mesa, desparramándolos delante de ella. Se sentó en la bancada ni muy junta ni muy separada del compañero que tenía la mirada perdida en el techo. El asiento, junto con la mesa, formaba un conjunto compacto y alargado anclado al suelo que ocupaba la casi totalidad del ancho del aula, únicamente a los lados se extendían dos pasillos laterales con escalones que separaban la gradería de las paredes, en el interior de la grada una docena de filas idénticas con idénticas mesas acogía a algunos alumnos. Los accesos laterales conducían a través de sus pequeños escalones hasta la fosa del anfiteatro donde pizarra y mesa acogían al profesor. ¡Eh, Zeno! Estiró la mano y zarandeó al chico en el hombro. ¿Que si empezó hace mucho? Él dejó de mirar al techo y se giró hacia ella. No, pesada, que acaba de empezar. Tras la respuesta, asintió, soltó aire con lentitud y desperezó el cuerpo dejándolo deslizar un poco por debajo de la mesa. Con el rostro más relajado se metió la mano en medio del pelo afro, la mano negra contrastaba con el intenso rubio del cabello, y volvió a la carga de preguntas. ¿Y Mei? ¿No ha venido? Observó el corte de pelo de Zeno, rasurado por los lados y con un prominente tupé, también vio el particular arqueo de las pobladas cejas del muchacho y como este, por toda respuesta, se encogía de hombros. En ese momento, la puerta del aula volvió a abrirse y otra estudiante, en idénticos movimientos que su predecesora, pasos silenciosos, acompañamiento de puerta aunque sin malabarismos, se sentó al lado de ella. ¡Aamo, Zeno!, exclamó la recién llegada invocando entre susurros los apodos de sus amigos como si en vez de encontrarse en un aula universitaria se encontraran en el acto litúrgico de una catedral. Joder, Mei, menos mal que has venido. Traje los libros por ti, dijo Aamo señalando los libros encima de la mesa. Lo sé, lo sé, glacias, contestó en voz baja, sin apenas abrir la boca tras la última palabra y recogió los libros y los guardó en el interior de su mochila. ¿Qué te pasa? Hablas raro. Nada, nada… ¡Estás muy rara! ¿Se puede saber por qué llegas tan tarde? Zeno la interrumpió. ¡Que desfachatez, pero si tú también acabas de llegar! Tú calladito que hablamos de cosas de chicas, ¿de acuerdo? Zeno arqueó de nuevo las cejas, se giró dándole la espalda a ambas y se fijó en el deambular del profesor, un hombre con una máscara en el rostro que escribía símbolos y caracteres de una lengua desconocida en la pizarra porque, más que una pizarra, se asemejaba a un muro de palabras o más bien a un muro repleto de grafitis desconocidos para los que solo el propio autor discerniría el significado. Yo…, arrancó Mei. ¿Qué? ¡Habla! Mei separó los labios y con el dedo se señaló al corrector bucal que tenía en los dientes. ¡Me da velgüenza! ¡Me cuesta plonuncial!, dijo bajando la cara. Al oír las palabras de su compañera, Zeno se giró e intentó mirar a la boca de Mei, pero no lo consiguió debido al ángulo del rostro de la muchacha que apuntaba hacia el suelo. Al fin hablas como una verdadera china, Zeno sonrió malicioso. Vete a tomal viento, le contestó ella sin levantar la cara. ¡Pero Mei, con ese acento inglés tan bonito y perfecto que tenías! ¿Sabes que te digo? Que mejor así, que aquí preferimos a una asiática estereotipada que no pronuncie bien las erres. Imagínatelo, no darías buena imagen a los clichés, ja, ja, ja. Aamo, sentada en medio de los dos, le propinó un codazo en las costillas. ¡Ay!, que bruta. ¡Que te calles! Las chicas estamos hablando. Pero en el inflamado crescendo de la conversación habían alcanzado un volumen más alto de lo oportuno.

—Los de la última fila bajen el volumen de su parloteo. —De repente, el profesor, que había dejado de escribir en la pizarra, les señaló con la tiza—. Les invito a abandonar el aula si no quieren prestar atención, si no tienen respeto por la asignatura al menos sí tengan respeto por el resto de compañeros que desean tomar apuntes y aprender.

Dicha la amonestación, el profesor se recolocó la máscara, se giró y volvió a la retahíla de símbolos y caracteres, grafías que mezclaban glifos hindúes, egipcios y latinos entremezclados con otros indescifrables.

Menudo farsante el tío este y encima nos da lecciones. ¿Si no querías aprender Guáltrapa por qué te apuntaste? Pues yo la encuentlo intelesante. Por favor, ¿es que no lo veis? Mirad la pizarra. Ambas inclinaron la vista y miraron metros más abajo los trazos de los símbolos escritos en tiza. ¿Habéis mirado bien? ¿Qué sentido tiene ese conjunto de símbolos? La primera fila es egipcio mezclado con hindú, la segunda línea es un popurrí de latín y castellano antiguo. La tercera fila… Vete a saber que habrá inventado en la tercera. Eso es polque los guáltlapa elan un pueblo nómada y tomalon plestado vocabulalio de otlas cultulas. Zeno miró el rostro de Mei que, por fin, había alzado la barbilla y podía observarle los labios. ¿Sí? ¿Y dónde está escrito eso? ¿En qué artículo?, el rostro de Zeno enrojeció. Hay estudios que lo confilman. ¿Estudios? Los cuatro libros que publicó él mismo y su camarilla de colegas frikis. No me extraña que la decana lo quiera echar. ¿Entonces ahora eres amiguito de la Dupré? ¿Y tú no? Claro que no. La mirada de Zeno se ancló con malicia sobre Aamo que lo estudiaba con precisión y después pasó rápidamente la mirada a Mei que lo miraba con inquietud. ¿Las negritas no sois amigas entre vosotras? ¡Hey, bro, black power y todo eso!, Zeno levantó los dedos en estilo rapero y le lanzó una sonrisa burlesca, la cara de Aamo representaba justo lo opuesto del rostro de su compañero, un revoltijo de odio y contención, pero ella se revolvió. No todos somos hijos de un ricachón. Las palabras habían girado las máscaras de la comedia, el rostro de Zeno se transmutó en la máscara de la tristeza y el de Aamo en el de la sonrisa del loco. No peléis, pol favol. ¡Bah! Eres muy buena, Mei, es un auténtico lul. Tras el insulto en neerlandés, Mei puso la mano sobre el hombro derecho de su compañera, el tacto y el pacífico gesto tuvo su efecto y Aamo relajó de improviso el rostro y, como en un baile de espejos, Zeno también. Venga, no quería joderte, no nos peleemos por tonterías. ¡Qué te den!, a pesar de la calmada compostura Aamo no pudo reprimir un último coletazo de rabia. Zeno se mordisqueó los labios de un lado para otro, pasó la mano por el tupé, como si se lo quisiera alisar. ¿Bandera de la paz? Y le tendió la mano. Aamo gruñó. Si me perdonas os cuento lo que me contó un primo mío de Barce… ¡Bah!, lo interrumpió Aamo, tú tienes primos en todo el mundo. Es sobre el profe, el señor Strambotikus. ¿Qué le pasa?, preguntó correctamente Mei. Eso, ¡qué le pasa! Si os calláis os cuento lo que me dijo mi primo. ¡Puuufff! ¡Sí, pol favol! Ambas compañeras mostraban un interés particular, Mei abría los ojos y asentía con delicadez, Aamo seguía mostrando una impostada careta de enfado, pero ambas modificaron la postura y, cada una su modo, inclinó el cuerpo un poco hacia delante, para escuchar con atención lo que les quería contar entre susurros. Pues mi primo se apuntó a Guáltrapa y vio desde un principio que sería un peñazo de asignatura, así que cogió una tarde, se fue hasta el Strambotikus y, ¿sabéis que le dijo? Pues le dijo, le doy dos mil euros si me aprueba. Zeno jugó con el silencio, como cuando quería hacerse el interesante, y se acarició el tupé y… ¡Bueno y qué! ¿Qué le respondió el profe? Eso, ¿qué le lespondió? Pues le dijo, le dijo que sí. ¡Ostia¡ ¡Gé! A que sí, que fuerte, ¿verdad?. ¿Y le pagó y aprobó? Pues sí. Joder que cabrón, pues con la pasta que tú tienes. Eso es, y le guiñó un ojo a Aamo mientras replicaba un nuevo gesto rapero, pero en esta ocasión más amable, mientras, Mei zarandeaba la cabeza de un lado a otro.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 24 de enero de 2021


«... sistema en el que la dirección de los vientos cambia estacionalmente, soplando en una dirección en verano que resulta ser la opuesta en invierno...»


El pulgar apretaba la esquina de la primera página de un dossier de portada plastificada, el legajo jurídico, con el título Contrato de Trabajo emitido por la Universidad de Trystonia, reposaba sobre la mesa. Ignatson mecía la esquina y la página se abombaba, a su lado derecho un armario ocupaba el espacio hasta el techo y pegado a él una cama deshecha con un libro encima de ella. Al lado de la cama, una puerta con la palabra Exit impresa en un fluorescente rectangular encima del marco auguraba la puerta de salida, o de entrada a la habitación, según se entendiese y se mirara; siguiendo el contorno de este viaje de trescientos sesenta grados, otra puerta entreabierta dejaba ver el lavabo y, en esa misma pared, un funcional mueble hacía las veces de cocina, con dos fogones, un horno y una alargada pica, encima un armarito flotante con puertas y un microondas empotrado en él. De nuevo con Ignatson, sobre el escritorio y a la siniestra de él un libro vuelto del revés, lápices dispersos, el mentado dossier, folios en blanco, notas garabateadas a mano, un portátil quedaba a la diestra, apagado y con la tapa bajada, varios USB de distintos colores y tamaños, y, por fin, el medio del caótico conjunto temporal lo coronaba una lamparilla de lente cóncava y cristal verde con dos bombillas picudas que reposaban inactivas, al igual que su hermano tecnológico. La claridad del exterior apenas le sobrepasaba, dejando la mitad del cuarto apenas iluminado. En el exterior, el enajenado mar, a pesar de encontrarse tapado con nubes oscuras, reflejaba los últimos destellos anaranjados del sol que se escondía tras la línea del horizonte. Ignatson se separó del rostro su atrezo facial, la sempiterna máscara blanco-oscura, y con la yema de los dedos se rascó un grano que le había salido en el mentón. Por suerte, la tela más fina alrededor de los ojos le permitía leer la primera página del contrato firmado meses atrás, aunque el descenso lumínico y la traslúcida cortina ocular le apremiaban a encender alguna fuente de claridad auxiliar.

«
La universidad de Trystonia, en el día 7 de…, comparece representada por su afiliado el Dr. Fridtjof Wagen, de aquí en adelante el EMPLEADOR… y, por otra parte, Ignatson Strambótikus con D.N.I. …, de aquí en adelante el EMPLEADO DOCENTE, con cédula de ciudadanía… 

SEGUNDA. OBJETO: De acuerdo al primer apartado expuesto, el EMPLEADOR… el desarrollo de tareas docentes… en calidad de: DOCENTE NO TITULAR INVITADO.

SEXTA. OBLIGACIONES DEL EMPLEADO DOCENTE: se obliga a laborar en jornadas de trabajo de tiempo parcial… y según recoge…

SÉPTIMA. PLAZO: el presente contrato tiene una duración de 365 días, curso académico completo, incluyendo vacaciones y actividades extraescolares incluidas en los dos semestres… 

DÉCIMA TERCERA. TERMINACIÓN: este contrato finalizará cuando el EMPLEADO DOCENTE concluya la ejecución de todas las tareas convenidas a lo estipulado en la cláusula sexta de este contrato…
».
 
Las nubes se tornaron más compactas y negras. ¡Qué fascinante la ambivalencia de los cúmulos! Ora blancos, ora grises, ora oscuros o también negros. Y la lluvia cayó sin avisar, el mar se embraveció como envidioso de los cielos, el viento por su parte mecía furioso las copas de los árboles, sin embargo, por más rabia que mostrara la naturaleza, el efecto hipnótico de las gotas de lluvia golpeando contra el cristal resultaba catártico, pero, a diferencia de la calma de Port Zelandè, la nueva estampa visual le recordaba a la india, al monzón, a aquel día. Apartó a un lado el dossier de léxico jurídico y plantificó en su lugar un libro que, aunque más corto en altura y anchura, presentaba un grosor sin lugar a duda mayor. Apartó los lápices desperdigados en la mesa y los adecentó en un cubilete circular de rejas, el libro lo agarró con la mano izquierda y, con esa misma mano, lo giró sobre sí mismo. A medida que la zurda le daba la vuelta ninguna palabra aparecía en el espacio de la contraportada, ni en el lomo ni tampoco en la gastada portada con rajas verticales, horizontales y en zigzag que denotaban un intenso uso del volumen. Desanudó una fina tira elástica que ataba el conjunto. La primera página en el interior tenía la palabra Diary escrita a mano con un intervalo de fechas separadas con un guion que no se dio tiempo ni a repasar, y con la mano derecha apretó con el pulgar las páginas y estas se sucedieron a gran velocidad, cada página se convertía en un día, el pulgar, convertido en la palanca de una paródica máquina del tiempo, pasaba los días con velocidad y los convertía en meses, los meses en años, el feroz aleteo de la celulosa devolvía borrones de palabras y de un tempus fugit que, aunque no volvería, permanecería escrito hasta el fin último de aquel mundo-libro. Y la oscuridad sobrevino en el cuarto. Afuera no quedaba rastro del sol ni de su claridad, la tormenta atacaba con nocturnidad al pueblo, a la universidad, a la playa y al mar. Ignatson, en un acto reflejo, con la mano izquierda, sin apartar la mirada del volumen y sin soltar con la derecha el libro, encendió la lamparilla y la luz inundó su habitación-casa, tras la ventana, en un centenar de otras habitaciones-casa ocupadas por estudiantes, se repetía el mismo suceso y pequeños puntos brillantes brillaban en la noche. ¡Y algunos dicen que los monzones solo se producen en la India y en el sudeste asiático!
El pulgar separó su contacto de las páginas y la maquina del tiempo se ancló en un momento concreto que, transmutado por la alquimia literaria, reconvertía el tiempo pretérito en una página de celulosa. Las palabras se encontraban escritas en una letra pequeñísima, el inicio del conjunto se encabezaba con una fecha, una latitud y una lista de nombres y apellidos, debajo de los datos de rigor las palabras se apretaban las unas contra las otras, aprovechando márgenes e inclinándose en los bordes, incluso aprovechando los múltiples tachones sobre algunas palabras para escribir sobre ellos. Fijó la vista en una de ellas, Barsaat Ka Mousam, una polisémica palabra Urdú que tanto podía significar monzón como viento como tormenta como una decena más de sustantivos y adjetivos, y en ella y tras ella se encontraba toda una historia. Volvió el rostro y se fijó en el libro que reposaba sobre la cama, un pesado volumen, más gastado y más antiguo que el propio diario que sostenía entre las manos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 17 de enero de 2021


«El aire que vemos en las pinturas de los viejos maestros nunca es el aire que nosotros respiramos».

Cabría aclarar muchas cosas antes del inicio del siguiente capítulo, ¿por qué Ignatson Strambotikus estaba sentado delante del escritorio de la decana?, ¿por qué esta lo miraba con ceño enfurruñado y puños cerrados como aguantando una presión interna que desbordaba estallar?, ¿por qué razón llevaba máscara el señor Strambotikus?, ¿por qué la decana, una mujer negra, pelo cano, vestido azul Ralph Lauren, de pico cruzado, cinturón y mangas cortas, no le soportaba? Se deberían dar muchas explicaciones a estos respectos, pero al hacerlo, también se perdería la magia de la narración, por lo que sería mejor, aunque no lo más óptimo, que la propia historia continuara según los acontecimientos y cada cuál descubriera por sí mismo sus verdades a las preguntas.

—Pierde el tiempo sí piensa que aquí impartiremos sandeces —El sillón de la decana se asemejaba al trono de un antiguo rey, el poder basado en la fuerza física había transmutado con el paso del tiempo a la fuerza del intelecto, y, al menos, en aquella universidad los hombres se habían batido en retirada ante la reina decana que sentada sobre su trona imperial encorvaba el torso hacia delante y entrelazaba las manos con rigidez encima del escritorio como si al separarlas pudiera detonar un artefacto nuclear.

Ignatson mecía su silla adelante y atrás, pero su tronco, a diferencia del de la decana, se encontraba recto y la cabeza, aunque bamboleada por el movimiento, seguía con rectitud al resto del cuerpo. En uno de los vaivenes se introdujo con delicadeza, como si su dedo índice fuera un pincel y su cuerpo un cuadro, la falange con lentitud entre el borde de la máscara y la barbilla, y encorvando el dedo como una ganzúa se rascó la punta del mentón.

—El señor Wagen se equivoca. Maldita sea la hora de las becas internacionales. Pues bien, a mí me dan igual.

La vista de Ignatson: suelo, moqueta, azul, quizá ¿sisal o felpa? Escritorio, rojizo, posiblemente caoba plastificada, armazón y patas de polietileno gris.

—Y no piense que es una cuestión de dinero. No se confunda, señor.

Encima del escritorio una placa alargada de madera con cuatro chapas incrustando un latón de simulado oro y serigrafiado en él siglas y un apellido: S. M. Dupré. A la izquierda cuadrado ventanal, doble acristalamiento, y tras la transparente protección los condominios de la reina, edificios del campus y tejados de casas de estudiantes, el cielo, la línea del horizonte y el mar azul eléctrico. Tras la decana y su trona, la pared pintada en miel y en ella tres cuadros colgados, un mueble cajonera alargado con dos posibles estantes tras sus puertas cerradas, a la derecha una librería con puerta acristalada y libros.

—Señor Strambotikus tiene los días, que digo los días, tiene las horas contadas aquí. No voy a permitir que en Trystonia se nos tome el pelo.

Dos cuadros, a lápiz, bosquejos de retratos de la decana. El cuadro, imponentes medidas, marco estilo barroco, dorado. Motivo: paisaje urbano. Inundado de techos picudos y casas de ladrillo rojo, una iglesia al fondo, edificios amurallados, en uno un reloj circular, no de sol, mecánico, un puente de piedra atraviesa el río, el agua de la ensenada refleja los edificios y sobre sus aguas atracan varios barcos, más cerca del espectador dos mujeres en la orilla ataviadas con faldones y cofia. La vista de Delft. Es un Vermeer.

—Firme la solicitud de renuncia —Sin desentrelazar las manos la decana deslizó tres hojas de papel reciclado gris, estaban grapadas, y con la punta de los meñiques las acercó hacia su interlocutor. El tono grisáceo de las páginas se fundía en una molesta lectura con la endeble impresión de varios párrafos numerados y solo al pie una rúbrica en tinta negra ensalzada por la tilde en Dupré y el sello rojo de Trystonia resaltaban sobre el fondo gris de las hojas. De las manos de la decana, todavía entrelazadas como un mazo, sobresalían los meñiques espigados y estos se posaron sobre una cuantía de cuatro cifras sobre la novena cláusula— y lea detenidamente la retribución más que adecuada a este cese injustificado.

Los estantes de la librería contenían un arcoíris de lomos, letras de distintas familias, tamaños, en un pulcro orden alfabético de autor: La vejez y el segundo Sexo, Beauv; Crimen y Castigo, Dosto; Las habitaciones de atrás, Frank; Psicopatología de la vida cotidiana, Freud; El maravilloso viaje de Nils Holgersson, Lager; La mano izquierda de la oscuridad, LeGui; Therese Desqueyroux, Mauri; La montaña mágica, Mann; Sobre el color y la armonía, Ausde…

—¿Me está escuchando señor Strambotikus?
—Falta blanco en su despacho.
—¿Cómo dice? —Por primera vez la decana desentrelazó las manos y ninguna bomba nuclear explotó.
—Blanco. El color. No tiene ningún objeto blanco en el despacho.
—El blanco no es un color.
—¿Y el negro?
—Pero… que más da. Firme aquí —Y le acercó una pluma estilográfica que él ni miró.
—Mi máscara —Ignatson se tocó la tela que le cubría la cara—. Es Blanco Oscuro.
—Ni el blanco ni el negro son colores.
—En Guáltrapa sí.
—No entremos en cuestiones religiosas…
La interrumpió.
—Lingüísticas.
Ella bufó y dijo:
—Me da igual. ¿Hace el favor de firmar o no?
—¿Y las nubes del Vermeer? ¿De qué color son? —señaló al cuadro tras ella. La decana no se giró.
—Son grises.
—No, son blancas. Grises son las hojas de estos papeles —Y con el pulgar de la mano derecha, como si las hojas del documento legal le quemaran, las deslizó por encima del escritorio de vuelta a la decana.
—¿Cómo se atreve?


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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