miércoles, 3 de marzo de 2021



«Empezamos el grupo Letraheridos sin ninguna ambición,
sólo cuatro amigos para hablar de libros y obligarnos a escribir
». 


Hace unos días nuestros amigos Letraheridos sacaron su revista número 15, un monográfico especial para celebrar el próximo día de la mujer.

Dentro de ella se pueden leer las recomendaciones lectoras de los libros que recomiendan las personas del grupo, de distinta temática y con gran variedad de autoras y autores.

Como no, nuestros amigos, además de leer mucho, también se animan a escribir y lanzan sus palabras a través de las páginas de la revista.

Las reseñas no faltan, al ser un monográfico sobre la mujer, los libros recomendados son todos de autoras.

Los evéntridos, de buen seguro una palabra de invención letraherida, se alegra en mostrarnos los eventos culturales que ha suscitado las alegrías de los componentes durante dos meses, pues la revista es bimensual.

Finalmente, unas estadísticas muestran, aunque no esclarecen, pues las estadísticas solo informan y no dan respuesta a los interrogante, qué tendencia lectora siguen los letraheridos en cuanto a autoras o autores.

La revista se puede leer de manera gratuita en PDF y se puede descargar en línea en letraheridos.es.

Saludos, estimados.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 7 de febrero de 2021

«Sin mi café de la mañana, soy sólo como una pieza dorada y seca de carnero».

La pared norte de la biblioteca Universitaria de Trystonia no se veía, estaba forrada en estanterías con libros que se extendían hasta lo alto del techo, sobre el tesoro de lignina escaleras alargadas e inclinadas, con ruedas en la base, se sujetaban ligeramente a las guías de los últimos estantes. Ignatson miraba indeciso al último de los estantes sin decidirse a subir hasta lo alto. Agarraba la escalera por su riel lateral, la zarandeaba con ligereza de izquierda a derecha, como asegurándose que no se fuera a salir de la guía superior, la soltaba y volvía a mirar a lo alto.

En la esquina contraria, escondido tras un armario repleto de libros, un joven con tupé espiaba a Ignatson: «¿Subes o no?». El profesor Strambotikus, ajeno a la investigación de sus propias acciones, continuaba comprobando la estabilidad de la escalera. Una bibliotecaria pasó por el lado del hombre, le saludó e intercambio unas palabras con él. «Por fin», pero para disgusto del muchacho, después del breve intercambio de palabras, la mujer se despidió y continuó su camino dirección de la planta baja. «Joder». Ignatson Strambotikus rodeó la escalera hasta situarse bajo ella, de manera que tras su espalda quedaban los libros y delante de él la parte posterior de la escalera, en esa especie de tipi india miró hacia arriba, examinando el herraje que mantenía a la guía superior en su sitio, miró fugazmente de un lado a otro, inspeccionando con agudeza la sala. Zeno se quedó inmóvil y contuvo la respiración. El profesor, ante la falsa creencia que se encontraba solo y ajeno a su atento espía, de improviso zarandeó violentamente la escalera de arriba a abajo, hasta que un leve crujido descolocó el herraje de la guía superior. «Coño, ¿qué hace?». El profesor volvió a su lugar de origen enfrente de la escalera, la intentó mover de nuevo, pero las ruedas del herraje superior se habían salido de la guía y el zarandeo de un lado para otro no surtió el mismo efecto como en la vez anterior. Pasaron los minutos, Ignatson continuaba enfrente de la escalera y de vez en cuando la asía para intentar mover, el crujido se repetía y paraba, miraba al techo, al lugar donde el herraje que él mismo había descolocado se había salido de la guía. «¿A qué juega?». Después de unos minutos, la misma bibliotecaria volvió cargada con unos libros e Ignatson la abordó. La mujer miró al techo, depositó los libros que llevaba sobre una mesa de estudio cercana y asió por los laterales la escalera. Al intentarlo un crujido, más fuerte que los anteriores, reverberó por la sala. La mujer se dirigió a Ignatson, este asentía y señalaba con un dedo hacía la última estantería, se siguió un intercambio de frases que, por desgracia Zeno no llegaba a escuchar, y después de algunas frases más la bibliotecaria, con gesto un poco cansado, asintió y se marchó con los libros. Ignatson no se movía de delante de la escalera. Zeno no dejaba de espiarle sin atreverse a mover, aunque ya llevaba un rato meándose. Unos cuantos minutos más tarde, la bibliotecaria reapareció con la técnica de mantenimiento, una mujer corpulenta con mono de trabajo azul, la mujer ni se dirigió al profesor, examinó la escalera con mirada de cirujano y se situó, como momento antes había hecho Ignatson, bajo el ángulo que formaba la escalera con las estanterías, de nuevo lanzó una mirada a lo alto, gruñó, se resituó una vez más delante de la escalera y desde esa posición empujó el artilugio hacía la pared como si fuera una saco de boxeo, por un momento se escuchó un crujido satisfactorio, no como el tono de los anteriores que transmitían rotura. La técnica se palmeó las manos y con un único movimiento de cabeza se despidió del profesor y de la bibliotecaria. La bibliotecaria iba a hablar, pero Ignatson la atajó y volvió a señalar con la mano a la última fila, zarandeó en un gesto histriónico la escalera y se cruzó de brazos. La mujer se encogió de hombros, intercambió unas palabras, él negó con la cabeza y continuó en su postura, con las manos cruzadas delante del pecho y mirando a través de su máscara hacia el techo. Finalmente, la bibliotecaria se acercó a la escalera y empezó a subir los travesaños, cuando llegó a la última estantería cogió cuatro libros y, con ellos en las manos, bajó hasta el suelo. Se los entregó a Ignatson que acercó el lomo a la cara y debió comprobar los códigos inscritos en el tejuelo, pues por la inclinación de la cara y la dirección de la tela donde se suponía estaban los ojos no se dirigían al centro del lomo, sino abajo, a la esquina donde la pegatina identificativa informaba del sistema de clasificación bibliotecario. Así, con los volúmenes en su poder, se despidió de la bibliotecaria que marchó presta como si hubiera hablado con el mismo diablo; por su parte, Ignatson se marchó en dirección contraria hacia el único lugar al que se iba escaleras arriba: a la cafetería de la terraza. Y Zeno marchó tras él.

Zeno llegó con un estudiado retardo respecto a los andares de su objeto de espionaje. Letreros en letras rojas y fondo blanco escritos únicamente en neerlandés anunciaban el lugar donde se encontraban, Universiteitsbibliotheek, es decir, biblioteca universitaria, en concreto la terraza de la misma donde se encontraba además una esplendida cafetería que usaba toda la planta, con grandes ventanales e incluso un aprovechable espacio al aire libre para los días donde el clima acompañase al estudio exterior. Él traspasó el umbral y observó el intenso azul del cielo tras las nubes blancas, inmensas, espaciadas, tanto que dejaban suficiente hueco entre ellas para permitir el paso del sol, una claridad impetuosa que calentaba la piel y la sensación de calidez se veía aumentada al no encontrarse en el aire ningún viento molesto. Todas las mesas se encontraban ocupadas por grupos de estudiantes, aunque Ignatson había conseguido agenciarse una pequeña de color naranja, la más alejada de la puerta, un lugar esquinado y cercano a la barandilla, quizá demasiado para alguien como él y por eso el profesor había separado dos palmos la mesa de la baranda protectora. Zeno inclinó la cabeza y miró abajo, no había mucha altura hasta la calle, pero dedujo que para alguien que tenía miedo a subirse a una escalera la distancia debía ser considerable, aunque la biblioteca solo fuera un edificio de tres plantas. Abajo, un suelo empedrado, como un mar calmo, acogía un centenar de bicicletas ancladas como bajíos reposando en puerto, alzando la vista y si superaba el picudo edificio universitario erigido enfrente de la biblioteca, contenedor de aulas y despachos, el despejado día permitía ver la línea del horizonte, la playa y el mar, el verdadero, pues las bicicletas reposaban quietas en su improvisado mar de suelo empedrado en la calle.

Zeno examinó el entorno antes de dar los pasos finales hacia su objetivo. El lugar que ocupaba Ignatson, la mesa más alejada de la terraza, se encontraba en un punto de difícil acceso, pues alrededor de ella no se podían sentar grupos de estudiantes, como sí ocurría en el resto de mesas, donde se apretujaban sillas con hasta cuatro o seis estudiantes apiñados en torno a las escuálidas superficies de colores, pero la mesa de Ignatson no permitía esa agrupación, pues se encontraba encajonada en una esquina, dificultada por un aparato extractor de aire, o un artilugio similar, y en dicha estrechez apenas cabía la mesa y una silla; un lugar, por otro lado, perfecto para una persona solitaria, pero no daba lugar a que otro se sentara; sin embargo, pronto encontró la solución, había un zócalo de hierro sobresaliente en la pared, debía ser un peldaño colocado estratégicamente por el arquitecto para que los técnicos de mantenimiento se subieran sin problemas al aparato de aire y lo pudieran arreglar, la superficie no era muy grande, pero él no ocupaba mucho y ahí podría sentarse un momento y, de ese modo, recostarse al lado del profe. Sí, el plan estaba listo. Zeno se alisó el inexistente pelo lateral, inspiró profundamente, ancló la vista hacia el objetivo, alias El profesor Ignatson Strambotikus y, con pasos decididos, fue hasta él.

—Buenos días. —Una vez anunciado con el saludo, Zeno se sentó al lado de Ignatson en el escuálido peldaño sobresaliente de la pared.

Ignatson levantó la vista de la mesa, ojeaba un libro codificado como XI 3.9, una línea vertical y un 43, de tanto observar a su presa había adquirido el mismo hábito, pero si desviaba la vista del tejuelo podía leerse en el lomo, Gandhara Sculpture Volume I, un volumen que contenía en la portada esculturas de la india clásica. El profesor no respondió, aunque Zeno supo que lo miraba a través de la máscara de pigmento blanco oscuro, pues la telilla alrededor de los ojos, más fina que el resto, traslucía el movimiento ocular y, tras ella, se intuían unos ojos atentos.

—Buenos días, señor Strambotikus. —Insistió mostrando una gran sonrisa.

—¿Le conozco? —Cerró el libro, lo apartó a un lado y prestó su atención al intruso.

—Sí, soy alumno suyo.

—¡Ah! —masculló Ignatson.

—De Gualtra.

—Eso es obvio. Es la única asignatura que imparto aquí.

Zeno calló un momento antes de continuar.

—Sí, claro, menuda obviedad, ¿verdad? —Pausó un instante la conversación y sonrió—. Quería decirle que me encanta su clase y que es un inmenso honor para mí formar parte de ella.

—Está bien.

Ignatson calló y se le quedó mirando fijamente. Forzó una sonrisa, más histriónica que las anteriores y, por tercera vez, se alisó de nuevo el pelo raspado en los laterales, además de rascarse la oreja.

—Habrá que estudiar mucho para aprobar una asignatura tan complicada. No tiene uno la suerte de estudiar una nueva lengua todos los días.

—Así es.

Las telegráficas respuestas del profesor incrementaban sus gestos nerviosos, así Zeno reacomodó la espalda y levantó un poco el coxis de la estructura, pues empezaba a dormírsele esa zona ante la forzada postura.

—Seguro que usted conoce muchos trucos y atajos para poder aprobar mejor la asignatura.

—El único atajo es el estudio.

—Por supuesto, seguro que sí, estudiar, estudiar y más estudiar. ¿Sabe? Tiene usted toda la razón. Hincar los codos. Justamente aquí los holandeses tienen una expresión para decir justamente eso, pero no la recuerdo, en fin, que quería comentarle que tengo un primo que estudió con usted en la Universidad de Bellaterra en un intercambio de estudiantes extranjeros, como hacemos aquí. Seguro que se acuerda de él, somos muy parecidos, ¿sabe?, casi gemelos nos dice la gente, como dos gotas de agua.

—¿A sí?

—Claro. Se llama Quinn Papadakis. Segurísimo que se acuerda de él.

—Recuerdo al señor Papadakis.

Ante el reconocimiento del familiar, la floreciente sonrisa en el rostro de Zeno desterraba el nerviosismo previo y, envalentonado por la confirmación, acercó su mano al interior de la chaqueta, con exactitud al bolsillo donde tenía un sobre con dos mil euros.

—¡Eso es estupendo, señor Strambotikus! Mi primo me habló maravillas de usted, me dijo lo atento que era, lo buen profesor que era, siempre dispuesto a ayudar a los alumnos con problemas de estudio. ¿Sabe a dónde quiero ir a parar? —Le guiñó un ojo, pero la mueca no tuvo respuesta alguna por parte del interlocutor que respondió escuetamente:

—Creo que sí.

—¿Me puede pasar ese libro?

Zeno señaló al libro con portada de esculturas indias e Ignatson lo levantó y se lo entregó. Zeno tragó saliva. Abrió el volumen y, entrecerrando las piernas, lo dejó sin sujetarlo con ninguna mano encima de las rodillas y el cuádriceps. La mano izquierda agarró el mismo lado de la chaqueta y lo extendió como si fuera una vela hinchada al viento, tapando así la línea de visión de cualquier mirada maliciosa hacia el sobre que estaba extrayendo del bolsillo interior, sobre que depositó seguidamente entre medio de las páginas del libro y con la mano derecha libre lo cerró, soltó la chaqueta, agarró el libro y, con una sonrisa, se lo devolvió; sin embargo, Ignatson no mostró ningún gesto de querer coger el libro. Ante el imprevisto, lo depositó sobre la mesa lo más cerca posible al profesor.

—No… ¿No lo coge?

—Claro que lo cogeré.

Pero las palabras contradecían la nulidad en los ademanes fijos y estáticos del profesor, que lo escrutaba con la pose clavada en él.

—¿Hará conmigo lo mismo que hizo con mi primo? Necesito una confirmación clara de que nos estamos entendiendo: ¿Sabe?

—Por supuesto que sé, pero hay tres condiciones.

—¿Tres condiciones?

—Recoja el libro, por favor.

La expresión de Zeno se turbó, negó con la cabeza, no de manera premeditada, sino en un gesto automático, y de la misma manera apretó la lengua contra el interior del labio inferior, la fuerza de la inercia hizo que la sinhueso saliera disparada y se produjo un inesperado chasquido, guardó la lengua y se rascó la barbilla en un claro gesto frustrado. Tras el alarde de nervios recogió el libro con el sobre dentro.

—¿Qué tres condiciones?

El profesor se giró, inclinó el torso y rebuscó en su mochila negra, que estaba en el suelo en el lado opuesto a donde se encontraba Zeno. De ella extrajo dos cartulinas rectangulares tan pequeñas como la palma de una mano, una de fondo blanco y la otra color crema, y le entregó ambas. Zeno las aceptó.

—Primera. No entregará ningún sobre. Hará una entrega de lo acordado a la cuenta bancaria que figura en el papel blanco.

Zeno asintió y el profesor continuó.

—Segunda. No hará ningún ingreso hasta que me entregue traducida al inglés, al castellano y al esperanto, la frase escrita en Guáltra que hay en el papel de color crema.

La curiosidad ante la segunda condición le sedujo y observó de reojo el galimatías de glifos y caracteres que se apiñaban escritos con bolígrafo en apenas cuatro líneas sobre color crema. Zeno bamboleaba la cabeza en un movimiento aquiescente e inconsciente, paseando la vista de la cartulina blanca a la cartulina crema. Pero…

—¿Y la tercera condición?

—Tercera. Ni se le ocurra en próximas conversaciones usar la muletilla ¿sabe?. Sea concreto en su lenguaje.

 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 1 de febrero de 2021

«A las personas que gustan de buenas historias de misterio… el Manuscrito Voynich de la decimoquinta o decimosexta centuria les fascinará».


Una estudiante entró en el aula cargada con una docena de libros y una carpeta apretados contra el pecho. Desde su posición veía en contrapicado las pelambres y las calvas de algunos compañeros de espaldas a ella, asentían, tomaban notas o charlaban entre ellos mientras prestaban atención a las explicaciones del profesor, un hombre con una máscara blanca en el rostro al final del anfiteatro universitario, una gradería con capacidad para cien estudiantes, que apenas contenía una docena. Acompañó con espalda y culo la puerta, la singular proeza malabarista permitió cerrarla evitando cualquier ruido al cerrarse, después dirigió la vista a la última fila del anfiteatro y detectó la parte trasera de una cabeza conocida, un inconfundible tupé, y se acercó hasta el alumno que estaba allí sentado. ¿Hace mucho que empezó?, tras la queda interrogación y sin esperar respuesta repartió la carga de volúmenes por encima de la alargada mesa, desparramándolos delante de ella. Se sentó en la bancada ni muy junta ni muy separada del compañero que tenía la mirada perdida en el techo. El asiento, junto con la mesa, formaba un conjunto compacto y alargado anclado al suelo que ocupaba la casi totalidad del ancho del aula, únicamente a los lados se extendían dos pasillos laterales con escalones que separaban la gradería de las paredes, en el interior de la grada una docena de filas idénticas con idénticas mesas acogía a algunos alumnos. Los accesos laterales conducían a través de sus pequeños escalones hasta la fosa del anfiteatro donde pizarra y mesa acogían al profesor. ¡Eh, Zeno! Estiró la mano y zarandeó al chico en el hombro. ¿Que si empezó hace mucho? Él dejó de mirar al techo y se giró hacia ella. No, pesada, que acaba de empezar. Tras la respuesta, asintió, soltó aire con lentitud y desperezó el cuerpo dejándolo deslizar un poco por debajo de la mesa. Con el rostro más relajado se metió la mano en medio del pelo afro, la mano negra contrastaba con el intenso rubio del cabello, y volvió a la carga de preguntas. ¿Y Mei? ¿No ha venido? Observó el corte de pelo de Zeno, rasurado por los lados y con un prominente tupé, también vio el particular arqueo de las pobladas cejas del muchacho y como este, por toda respuesta, se encogía de hombros. En ese momento, la puerta del aula volvió a abrirse y otra estudiante, en idénticos movimientos que su predecesora, pasos silenciosos, acompañamiento de puerta aunque sin malabarismos, se sentó al lado de ella. ¡Aamo, Zeno!, exclamó la recién llegada invocando entre susurros los apodos de sus amigos como si en vez de encontrarse en un aula universitaria se encontraran en el acto litúrgico de una catedral. Joder, Mei, menos mal que has venido. Traje los libros por ti, dijo Aamo señalando los libros encima de la mesa. Lo sé, lo sé, glacias, contestó en voz baja, sin apenas abrir la boca tras la última palabra y recogió los libros y los guardó en el interior de su mochila. ¿Qué te pasa? Hablas raro. Nada, nada… ¡Estás muy rara! ¿Se puede saber por qué llegas tan tarde? Zeno la interrumpió. ¡Que desfachatez, pero si tú también acabas de llegar! Tú calladito que hablamos de cosas de chicas, ¿de acuerdo? Zeno arqueó de nuevo las cejas, se giró dándole la espalda a ambas y se fijó en el deambular del profesor, un hombre con una máscara en el rostro que escribía símbolos y caracteres de una lengua desconocida en la pizarra porque, más que una pizarra, se asemejaba a un muro de palabras o más bien a un muro repleto de grafitis desconocidos para los que solo el propio autor discerniría el significado. Yo…, arrancó Mei. ¿Qué? ¡Habla! Mei separó los labios y con el dedo se señaló al corrector bucal que tenía en los dientes. ¡Me da velgüenza! ¡Me cuesta plonuncial!, dijo bajando la cara. Al oír las palabras de su compañera, Zeno se giró e intentó mirar a la boca de Mei, pero no lo consiguió debido al ángulo del rostro de la muchacha que apuntaba hacia el suelo. Al fin hablas como una verdadera china, Zeno sonrió malicioso. Vete a tomal viento, le contestó ella sin levantar la cara. ¡Pero Mei, con ese acento inglés tan bonito y perfecto que tenías! ¿Sabes que te digo? Que mejor así, que aquí preferimos a una asiática estereotipada que no pronuncie bien las erres. Imagínatelo, no darías buena imagen a los clichés, ja, ja, ja. Aamo, sentada en medio de los dos, le propinó un codazo en las costillas. ¡Ay!, que bruta. ¡Que te calles! Las chicas estamos hablando. Pero en el inflamado crescendo de la conversación habían alcanzado un volumen más alto de lo oportuno.

—Los de la última fila bajen el volumen de su parloteo. —De repente, el profesor, que había dejado de escribir en la pizarra, les señaló con la tiza—. Les invito a abandonar el aula si no quieren prestar atención, si no tienen respeto por la asignatura al menos sí tengan respeto por el resto de compañeros que desean tomar apuntes y aprender.

Dicha la amonestación, el profesor se recolocó la máscara, se giró y volvió a la retahíla de símbolos y caracteres, grafías que mezclaban glifos hindúes, egipcios y latinos entremezclados con otros indescifrables.

Menudo farsante el tío este y encima nos da lecciones. ¿Si no querías aprender Guáltrapa por qué te apuntaste? Pues yo la encuentlo intelesante. Por favor, ¿es que no lo veis? Mirad la pizarra. Ambas inclinaron la vista y miraron metros más abajo los trazos de los símbolos escritos en tiza. ¿Habéis mirado bien? ¿Qué sentido tiene ese conjunto de símbolos? La primera fila es egipcio mezclado con hindú, la segunda línea es un popurrí de latín y castellano antiguo. La tercera fila… Vete a saber que habrá inventado en la tercera. Eso es polque los guáltlapa elan un pueblo nómada y tomalon plestado vocabulalio de otlas cultulas. Zeno miró el rostro de Mei que, por fin, había alzado la barbilla y podía observarle los labios. ¿Sí? ¿Y dónde está escrito eso? ¿En qué artículo?, el rostro de Zeno enrojeció. Hay estudios que lo confilman. ¿Estudios? Los cuatro libros que publicó él mismo y su camarilla de colegas frikis. No me extraña que la decana lo quiera echar. ¿Entonces ahora eres amiguito de la Dupré? ¿Y tú no? Claro que no. La mirada de Zeno se ancló con malicia sobre Aamo que lo estudiaba con precisión y después pasó rápidamente la mirada a Mei que lo miraba con inquietud. ¿Las negritas no sois amigas entre vosotras? ¡Hey, bro, black power y todo eso!, Zeno levantó los dedos en estilo rapero y le lanzó una sonrisa burlesca, la cara de Aamo representaba justo lo opuesto del rostro de su compañero, un revoltijo de odio y contención, pero ella se revolvió. No todos somos hijos de un ricachón. Las palabras habían girado las máscaras de la comedia, el rostro de Zeno se transmutó en la máscara de la tristeza y el de Aamo en el de la sonrisa del loco. No peléis, pol favol. ¡Bah! Eres muy buena, Mei, es un auténtico lul. Tras el insulto en neerlandés, Mei puso la mano sobre el hombro derecho de su compañera, el tacto y el pacífico gesto tuvo su efecto y Aamo relajó de improviso el rostro y, como en un baile de espejos, Zeno también. Venga, no quería joderte, no nos peleemos por tonterías. ¡Qué te den!, a pesar de la calmada compostura Aamo no pudo reprimir un último coletazo de rabia. Zeno se mordisqueó los labios de un lado para otro, pasó la mano por el tupé, como si se lo quisiera alisar. ¿Bandera de la paz? Y le tendió la mano. Aamo gruñó. Si me perdonas os cuento lo que me contó un primo mío de Barce… ¡Bah!, lo interrumpió Aamo, tú tienes primos en todo el mundo. Es sobre el profe, el señor Strambotikus. ¿Qué le pasa?, preguntó correctamente Mei. Eso, ¡qué le pasa! Si os calláis os cuento lo que me dijo mi primo. ¡Puuufff! ¡Sí, pol favol! Ambas compañeras mostraban un interés particular, Mei abría los ojos y asentía con delicadez, Aamo seguía mostrando una impostada careta de enfado, pero ambas modificaron la postura y, cada una su modo, inclinó el cuerpo un poco hacia delante, para escuchar con atención lo que les quería contar entre susurros. Pues mi primo se apuntó a Guáltrapa y vio desde un principio que sería un peñazo de asignatura, así que cogió una tarde, se fue hasta el Strambotikus y, ¿sabéis que le dijo? Pues le dijo, le doy dos mil euros si me aprueba. Zeno jugó con el silencio, como cuando quería hacerse el interesante, y se acarició el tupé y… ¡Bueno y qué! ¿Qué le respondió el profe? Eso, ¿qué le lespondió? Pues le dijo, le dijo que sí. ¡Ostia¡ ¡Gé! A que sí, que fuerte, ¿verdad?. ¿Y le pagó y aprobó? Pues sí. Joder que cabrón, pues con la pasta que tú tienes. Eso es, y le guiñó un ojo a Aamo mientras replicaba un nuevo gesto rapero, pero en esta ocasión más amable, mientras, Mei zarandeaba la cabeza de un lado a otro.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 24 de enero de 2021


«... sistema en el que la dirección de los vientos cambia estacionalmente, soplando en una dirección en verano que resulta ser la opuesta en invierno...»


El pulgar apretaba la esquina de la primera página de un dossier de portada plastificada, el legajo jurídico, con el título Contrato de Trabajo emitido por la Universidad de Trystonia, reposaba sobre la mesa. Ignatson mecía la esquina y la página se abombaba, a su lado derecho un armario ocupaba el espacio hasta el techo y pegado a él una cama deshecha con un libro encima de ella. Al lado de la cama, una puerta con la palabra Exit impresa en un fluorescente rectangular encima del marco auguraba la puerta de salida, o de entrada a la habitación, según se entendiese y se mirara; siguiendo el contorno de este viaje de trescientos sesenta grados, otra puerta entreabierta dejaba ver el lavabo y, en esa misma pared, un funcional mueble hacía las veces de cocina, con dos fogones, un horno y una alargada pica, encima un armarito flotante con puertas y un microondas empotrado en él. De nuevo con Ignatson, sobre el escritorio y a la siniestra de él un libro vuelto del revés, lápices dispersos, el mentado dossier, folios en blanco, notas garabateadas a mano, un portátil quedaba a la diestra, apagado y con la tapa bajada, varios USB de distintos colores y tamaños, y, por fin, el medio del caótico conjunto temporal lo coronaba una lamparilla de lente cóncava y cristal verde con dos bombillas picudas que reposaban inactivas, al igual que su hermano tecnológico. La claridad del exterior apenas le sobrepasaba, dejando la mitad del cuarto apenas iluminado. En el exterior, el enajenado mar, a pesar de encontrarse tapado con nubes oscuras, reflejaba los últimos destellos anaranjados del sol que se escondía tras la línea del horizonte. Ignatson se separó del rostro su atrezo facial, la sempiterna máscara blanco-oscura, y con la yema de los dedos se rascó un grano que le había salido en el mentón. Por suerte, la tela más fina alrededor de los ojos le permitía leer la primera página del contrato firmado meses atrás, aunque el descenso lumínico y la traslúcida cortina ocular le apremiaban a encender alguna fuente de claridad auxiliar.

«
La universidad de Trystonia, en el día 7 de…, comparece representada por su afiliado el Dr. Fridtjof Wagen, de aquí en adelante el EMPLEADOR… y, por otra parte, Ignatson Strambótikus con D.N.I. …, de aquí en adelante el EMPLEADO DOCENTE, con cédula de ciudadanía… 

SEGUNDA. OBJETO: De acuerdo al primer apartado expuesto, el EMPLEADOR… el desarrollo de tareas docentes… en calidad de: DOCENTE NO TITULAR INVITADO.

SEXTA. OBLIGACIONES DEL EMPLEADO DOCENTE: se obliga a laborar en jornadas de trabajo de tiempo parcial… y según recoge…

SÉPTIMA. PLAZO: el presente contrato tiene una duración de 365 días, curso académico completo, incluyendo vacaciones y actividades extraescolares incluidas en los dos semestres… 

DÉCIMA TERCERA. TERMINACIÓN: este contrato finalizará cuando el EMPLEADO DOCENTE concluya la ejecución de todas las tareas convenidas a lo estipulado en la cláusula sexta de este contrato…
».
 
Las nubes se tornaron más compactas y negras. ¡Qué fascinante la ambivalencia de los cúmulos! Ora blancos, ora grises, ora oscuros o también negros. Y la lluvia cayó sin avisar, el mar se embraveció como envidioso de los cielos, el viento por su parte mecía furioso las copas de los árboles, sin embargo, por más rabia que mostrara la naturaleza, el efecto hipnótico de las gotas de lluvia golpeando contra el cristal resultaba catártico, pero, a diferencia de la calma de Port Zelandè, la nueva estampa visual le recordaba a la india, al monzón, a aquel día. Apartó a un lado el dossier de léxico jurídico y plantificó en su lugar un libro que, aunque más corto en altura y anchura, presentaba un grosor sin lugar a duda mayor. Apartó los lápices desperdigados en la mesa y los adecentó en un cubilete circular de rejas, el libro lo agarró con la mano izquierda y, con esa misma mano, lo giró sobre sí mismo. A medida que la zurda le daba la vuelta ninguna palabra aparecía en el espacio de la contraportada, ni en el lomo ni tampoco en la gastada portada con rajas verticales, horizontales y en zigzag que denotaban un intenso uso del volumen. Desanudó una fina tira elástica que ataba el conjunto. La primera página en el interior tenía la palabra Diary escrita a mano con un intervalo de fechas separadas con un guion que no se dio tiempo ni a repasar, y con la mano derecha apretó con el pulgar las páginas y estas se sucedieron a gran velocidad, cada página se convertía en un día, el pulgar, convertido en la palanca de una paródica máquina del tiempo, pasaba los días con velocidad y los convertía en meses, los meses en años, el feroz aleteo de la celulosa devolvía borrones de palabras y de un tempus fugit que, aunque no volvería, permanecería escrito hasta el fin último de aquel mundo-libro. Y la oscuridad sobrevino en el cuarto. Afuera no quedaba rastro del sol ni de su claridad, la tormenta atacaba con nocturnidad al pueblo, a la universidad, a la playa y al mar. Ignatson, en un acto reflejo, con la mano izquierda, sin apartar la mirada del volumen y sin soltar con la derecha el libro, encendió la lamparilla y la luz inundó su habitación-casa, tras la ventana, en un centenar de otras habitaciones-casa ocupadas por estudiantes, se repetía el mismo suceso y pequeños puntos brillantes brillaban en la noche. ¡Y algunos dicen que los monzones solo se producen en la India y en el sudeste asiático!
El pulgar separó su contacto de las páginas y la maquina del tiempo se ancló en un momento concreto que, transmutado por la alquimia literaria, reconvertía el tiempo pretérito en una página de celulosa. Las palabras se encontraban escritas en una letra pequeñísima, el inicio del conjunto se encabezaba con una fecha, una latitud y una lista de nombres y apellidos, debajo de los datos de rigor las palabras se apretaban las unas contra las otras, aprovechando márgenes e inclinándose en los bordes, incluso aprovechando los múltiples tachones sobre algunas palabras para escribir sobre ellos. Fijó la vista en una de ellas, Barsaat Ka Mousam, una polisémica palabra Urdú que tanto podía significar monzón como viento como tormenta como una decena más de sustantivos y adjetivos, y en ella y tras ella se encontraba toda una historia. Volvió el rostro y se fijó en el libro que reposaba sobre la cama, un pesado volumen, más gastado y más antiguo que el propio diario que sostenía entre las manos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 17 de enero de 2021


«El aire que vemos en las pinturas de los viejos maestros nunca es el aire que nosotros respiramos».

Cabría aclarar muchas cosas antes del inicio del siguiente capítulo, ¿por qué Ignatson Strambotikus estaba sentado delante del escritorio de la decana?, ¿por qué esta lo miraba con ceño enfurruñado y puños cerrados como aguantando una presión interna que desbordaba estallar?, ¿por qué razón llevaba máscara el señor Strambotikus?, ¿por qué la decana, una mujer negra, pelo cano, vestido azul Ralph Lauren, de pico cruzado, cinturón y mangas cortas, no le soportaba? Se deberían dar muchas explicaciones a estos respectos, pero al hacerlo, también se perdería la magia de la narración, por lo que sería mejor, aunque no lo más óptimo, que la propia historia continuara según los acontecimientos y cada cuál descubriera por sí mismo sus verdades a las preguntas.

—Pierde el tiempo sí piensa que aquí impartiremos sandeces —El sillón de la decana se asemejaba al trono de un antiguo rey, el poder basado en la fuerza física había transmutado con el paso del tiempo a la fuerza del intelecto, y, al menos, en aquella universidad los hombres se habían batido en retirada ante la reina decana que sentada sobre su trona imperial encorvaba el torso hacia delante y entrelazaba las manos con rigidez encima del escritorio como si al separarlas pudiera detonar un artefacto nuclear.

Ignatson mecía su silla adelante y atrás, pero su tronco, a diferencia del de la decana, se encontraba recto y la cabeza, aunque bamboleada por el movimiento, seguía con rectitud al resto del cuerpo. En uno de los vaivenes se introdujo con delicadeza, como si su dedo índice fuera un pincel y su cuerpo un cuadro, la falange con lentitud entre el borde de la máscara y la barbilla, y encorvando el dedo como una ganzúa se rascó la punta del mentón.

—El señor Wagen se equivoca. Maldita sea la hora de las becas internacionales. Pues bien, a mí me dan igual.

La vista de Ignatson: suelo, moqueta, azul, quizá ¿sisal o felpa? Escritorio, rojizo, posiblemente caoba plastificada, armazón y patas de polietileno gris.

—Y no piense que es una cuestión de dinero. No se confunda, señor.

Encima del escritorio una placa alargada de madera con cuatro chapas incrustando un latón de simulado oro y serigrafiado en él siglas y un apellido: S. M. Dupré. A la izquierda cuadrado ventanal, doble acristalamiento, y tras la transparente protección los condominios de la reina, edificios del campus y tejados de casas de estudiantes, el cielo, la línea del horizonte y el mar azul eléctrico. Tras la decana y su trona, la pared pintada en miel y en ella tres cuadros colgados, un mueble cajonera alargado con dos posibles estantes tras sus puertas cerradas, a la derecha una librería con puerta acristalada y libros.

—Señor Strambotikus tiene los días, que digo los días, tiene las horas contadas aquí. No voy a permitir que en Trystonia se nos tome el pelo.

Dos cuadros, a lápiz, bosquejos de retratos de la decana. El cuadro, imponentes medidas, marco estilo barroco, dorado. Motivo: paisaje urbano. Inundado de techos picudos y casas de ladrillo rojo, una iglesia al fondo, edificios amurallados, en uno un reloj circular, no de sol, mecánico, un puente de piedra atraviesa el río, el agua de la ensenada refleja los edificios y sobre sus aguas atracan varios barcos, más cerca del espectador dos mujeres en la orilla ataviadas con faldones y cofia. La vista de Delft. Es un Vermeer.

—Firme la solicitud de renuncia —Sin desentrelazar las manos la decana deslizó tres hojas de papel reciclado gris, estaban grapadas, y con la punta de los meñiques las acercó hacia su interlocutor. El tono grisáceo de las páginas se fundía en una molesta lectura con la endeble impresión de varios párrafos numerados y solo al pie una rúbrica en tinta negra ensalzada por la tilde en Dupré y el sello rojo de Trystonia resaltaban sobre el fondo gris de las hojas. De las manos de la decana, todavía entrelazadas como un mazo, sobresalían los meñiques espigados y estos se posaron sobre una cuantía de cuatro cifras sobre la novena cláusula— y lea detenidamente la retribución más que adecuada a este cese injustificado.

Los estantes de la librería contenían un arcoíris de lomos, letras de distintas familias, tamaños, en un pulcro orden alfabético de autor: La vejez y el segundo Sexo, Beauv; Crimen y Castigo, Dosto; Las habitaciones de atrás, Frank; Psicopatología de la vida cotidiana, Freud; El maravilloso viaje de Nils Holgersson, Lager; La mano izquierda de la oscuridad, LeGui; Therese Desqueyroux, Mauri; La montaña mágica, Mann; Sobre el color y la armonía, Ausde…

—¿Me está escuchando señor Strambotikus?
—Falta blanco en su despacho.
—¿Cómo dice? —Por primera vez la decana desentrelazó las manos y ninguna bomba nuclear explotó.
—Blanco. El color. No tiene ningún objeto blanco en el despacho.
—El blanco no es un color.
—¿Y el negro?
—Pero… que más da. Firme aquí —Y le acercó una pluma estilográfica que él ni miró.
—Mi máscara —Ignatson se tocó la tela que le cubría la cara—. Es Blanco Oscuro.
—Ni el blanco ni el negro son colores.
—En Guáltrapa sí.
—No entremos en cuestiones religiosas…
La interrumpió.
—Lingüísticas.
Ella bufó y dijo:
—Me da igual. ¿Hace el favor de firmar o no?
—¿Y las nubes del Vermeer? ¿De qué color son? —señaló al cuadro tras ella. La decana no se giró.
—Son grises.
—No, son blancas. Grises son las hojas de estos papeles —Y con el pulgar de la mano derecha, como si las hojas del documento legal le quemaran, las deslizó por encima del escritorio de vuelta a la decana.
—¿Cómo se atreve?


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 10 de enero de 2021

«"¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?", y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron...»

En 2004, Ignatson Strambotikus se alojaba en Port Zelandè, un complejo turístico de cabañas en los Países Bajos. El día nuboso auguraba lluvia, pero salió a pasear de todos modos. De camino por las calles adoquinadas se encontró con un improvisado mercado de libro viejo, una decena de tenderetes, arcones de madera con ruedas, pasamanos y carpas triangulares a modo de techados imitaban a pequeña escala el Portobello Road británico o el Mercado de San Antonio español. Se fijó en el puesto que tenía delante, donde se desparramaban portadas llamativas de títulos rimbombantes y en medio de ellas un libro de color rosa pugnaba por destacar. Lo agarró y se lo acercó en demasía al rostro, no veía nada sin sus gafas, la librera al otro lado de la parada lanzó una mirada de extranjero-pesado-que-mira-mucho-y-no-compra, mientras, ajeno a ella, Ignatson ojeaba la portada en la que un gato caía. La ilustración reproducía la caída del felino en una secuencia dinámica en tres actos: a) cayendo de espaldas, b) girando sobre sí mismo y c) finalmente cayendo de pie. El título, Salva al gato, chirriaba un tanto con la imagen, pues el gato parecía apañárselas bien solito sin salvamento alguno. Al darle la vuelta y leer la sinopsis descubrió el que sería su primer libro sobre guionizaje de películas. El precio marcado a lápiz y en florines en la primera página aludía a un pasado monetario no muy lejano, pero nada acorde con la realidad; así, en esa ucronía temporal, llevó a modo de interrogante el dedo al precio marcado en la antigua moneda y la librera respondió levantando tres falanges. Ignatson movió la cabeza con aquiescencia, se sacó tres euros del monedero y los puso en la mano extendida de la mujer que acogió las monedas con una sonrisa forzada que intentaba borrar la otrora mirada de extranjero-pesado por una de extranjero-que-mira-mucho-y-que-finalmente-compra. Ignatson se puso la adquisición debajo de la axila y volvió a su cabaña. Un auténtico chollo los mercados de libro viejo. Encendió una lamparita y sentado en el escritorio —justo a tiempo, pues empezaba a llover— delante del inmenso ventanal en el que se deslizaban las gotas, leyó el manual con avidez, tomó notas de los entresijos de la industria de Hollywood y caviló sobre apuntes futuros para las clases en su taller de escritura.

La anécdota de Port Zelandè fue diluyéndose con el paso del tiempo hasta la mudanza de 2017, año en el que se mudó a Trystonia donde impartiría clases en la universidad de Idioma Guáltrapa. La universidad le cedía, sin coste alguno para él, una casa remodelada estilo Plymouth años veinte, una suerte, pues la mudanza la costeaba él y los quinientos kilómetros hasta Trystonia le habían salido por una cantidad bastante elevada. Los transportistas, sudorosos y con prisas, se afanaban en coger una caja, cruzar el jardín, traspasar el porche y amontonarla junto a otras, con más desconcierto que orden, en el comedor. En una de las idas y venidas, una caja reventó debido a la presión y un aluvión de libros se desparramó por el suelo. Los trabajadores se quedaron parados, pero Ignatson aireó la mano restándole importancia. Ya los recogeré yo más tarde, anunció. Los hombres no discutieron la orden, se dieron aún más prisa y en media hora cerraban el portón del camión, se despedían cordialmente y regresaban camino de vuelta al lejano hogar. Ignatson acercó una silla al mar de letras y se sentó encorvado sobre la orilla literaria, las manos pescaban los libros que un instante después apilaba en columnas organizadas por temática: estudios literarios, historia, psicología, filosofía, hermenéutica… hasta que apareció un antiguo libro de tapa rosa con un gato e inmediatamente las vacaciones en la cabaña de Port Zelandè se avivaron. Aparcó la libresca tarea de apilar y recuperó una postura más cómoda en la silla. Abrió el Salva el gato en la primera hoja marcada, pues tenía antaño la manía de doblar la esquina superior de los libros para recordar de esa manera pasajes especiales. El autor estadounidense ponía de ejemplo la primera secuencia de una película de Al Pacino para plasmar la importancia de la presentación del héroe en un guion cinematográfico, aunque aseguraba que el efecto resultaba de igual importancia en las novelas; la película de Al Pacino que tantos años después Ignatson aún no había visto no le evocaba ningún recuerdo especial, además, el tono escogido por el autor le disgustaba, un tanto pedante y con información de la que en gran parte disentía. ¡El viejo concepto del monomito y sus derivados que tan bien funcionaba en Hollywood! Eran temas que habían tratado con anterioridad Vogler y Campbell, en sus respectivos libros El viaje del escritor y El héroe de las mil caras. El redescubrimiento de un libro primerizo no siempre resulta halagüeño y las lecturas que Ignatson arrastraba no ayudaban en su magnanimidad para con el gato. En sus cavilaciones tampoco entendía por qué razón había escogido el autor, a modo de ejemplo para Salva el gato, la escena de la película de Al Pacino. ¿No hubiera sido mejor escoger a un joven Christopher Reeve, encarnando a Superman, sobrevolando el aire y acercándose con lentitud hasta las copas de un árbol donde rescataba a un gato blanco ante la atenta mirada de su sorprendida y balbuceante dueña adolescente? Ignatson avanzó más páginas buscando las dobleces en las esquinas de las páginas que su antiguo yo había marcado como puntos de interés. Leyó el método de los pasos, pufff, en desacuerdo, el llamado a la aventura, pufff y pufff, y a medida que pasaba páginas soltaba más y más bufidos. Cerró el libro y miró la caída del gato en tres actos, a) espalda, b) giro y c) aterrizaje. Sobre la tapa le dio un par de palmadas como si lo hiciera en la espalda de un viejo amigo al que le perdonara una ofensa y puso el libro encima de una de las pilas de portadas negras y letras rimbombantes, y sin más demora continuó la labor de pescador literario: separar, ordenar y apilar. Había mucho trabajo por delante, era jueves y empezaba las clases el lunes. Tenía que preparar el Reto Bradbury para sus alumnos.

#RetoBradbury #RBSemana01 #Letraheridos

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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