domingo, 20 de junio de 2021




«Patrón: aquella serie de variables constantes, identificables dentro de un conjunto mayor de datos. Estos elementos se repiten de una manera predecible».


Se creía más listo que el algoritmo y por ese motivo detestaba entrar en el interior del esquema informático, lo que los nerdies, cómo él mismo, denominaban en su terminología: patronaje de datos. Es decir, esa teoría predictiva que estudia el comportamiento de cualquier individuo biológico —aplicable tanto a las cucarachas como al evolucionado ser humano— una rama de la ingeniería informática que, abstraidos los patrones ajenos e internos del propio ser, acaba conociendo mejor a los estudiados que ellos mismos. Los comportamientos generalistas de la especie se desmenuzan en agrupaciones de atributos compartimentados según secuencias lógicas, de comportamiento, procedurales, biológicas, entre otras; y los desmenuzables filtros se cuelan por una pirámide invertida hasta llegar a porciones pequeñas, minúsculas, que llegan a predecir, con una exactitud que aterraría a nuestros abuelos, el siguiente acto o necesidad del ser biológico estudiado…

«Te voy a joder». El recurrente pensamiento del nerdie exultaba seguridad.

Sonaba en el Youtube la última canción de Meghan Trainor, Dead Future Husband, y en la lista derecha de videoclips recomendados (¡et voilà!) el algoritmo actuaba: Ed Sheeran, Charlie Puth, Olivia Rodrigo, Jessi J.; y toda la sarta de comparsas de mismo género musical que se mostraban tal retahíla extraída del patrón apegado al usuario sobre sus últimas búsquedas, sus comportamientos, sus amistades, su edad y sus largos etcéteras cuantificados en registros, tablas y bases de datos en la nube.

Si algo era el nerdie, desde luego, era persistente. Búsqueda: China Mo Hoo k-Pop. La lista de vídeos mostró un listado, del otro extremo del mundo, música japonesa, era un primer paso. La lista de la derecha todavía mostraba a cantantes de la anterior hornada, Meghan, Sheeran y Puth, y apenas se colaba alguna que otra banda de k-Pop.

«Tómate tu tiempo, mamón».

Y se lo tomó, tras una semana, el algoritmo, siempre el algoritmo, mostró a 8-eight, 2Am, 1TYM, y la lista derecha de recomendaciones mostró bandas k-Pop que ya conocía.

«Hora de cambiar».

Y así, una semana tras otra, se esforzó en cambiar el hábito, y era un cambio sincero, su predisposición a que le gustaran los ritmos africanos, el soul, los cuencos tibetanos, la música de relajación, el country norteamericano, el jazz, la clásica, el rap, el reguetón; desescalando a géneros, por llamarlos de alguna manera, más variopintos, mezclas imposibles entre rap-heavy, clásica-rock, jazz-reguetón, cada semana un nuevo salto, la variedad del mundo no paraba de sorprenderle y de importunar al algoritmo que no acertaba en sus gustos, en sus intereses, tan cambiantes, tan caóticos.

La lista de recomendaciones de la derecha no se ajustaba, cada semana mostraba temas y géneros de la anterior semana, canciones que no quería escuchar, ritmos desfasados en el tempo autoimpuesto en su lucha contra la máquina.

«Llegas tarde, mamón». Y lanzaba un aullido —no era una metáfora— mezclado con una risa autocomplaciente cuando lo pensaba, como si el esfuerzo tardío e infructífero de los algoritmos fuera una gloriosa victoria del intelecto humano sobre la máquina.

A la semana siguiente, una novedad en la sempiterna lista de la derecha le sorprendió, Mute Band Song, unos mudos que interpretaban temas de Mozart con botellas de vidrio, aquello resultaba extraño pero agradable. A los pocos días, Bandee Bandar Rote Hain, monos del zoo de Siam, sonidos guturales de animales cautivos armonizados con un laúd y un arpa tailandeses, una delicia auditiva; y en la lista, debajo de la banda de los mudos y de la banda de los monos, un nuevo grupo musical en símbolos indescifrables de algún país asiático, por suerte traducido entre paréntesis salvadores como Tankō Pengin, sonidos y música desde una mina de carbón en activo con graznidos de pingüinos árticos con guitarra eléctrica de fondo, fascinante, ese tema lo escuchó tres veces, ¡eso sí era buena música, eso sí le resultaba gratificante!, pero, chasqueó los dedos y se quedó mirando la pantalla de su ordenador…

«Mierda».

No fue algo brusco, pero a partir de ese día, el nerdie dejó de escuchar música, a pesar de las tentadoras recomendaciones que semanalmente le enviaba el algoritmo por correo electrónico con nuevos grupos musicales que hubieran encantado a un excéntrico como él —¿poseen los bytes sentido de venganza?—.

 

 Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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