domingo, 30 de abril de 2017


«¿Conocen sus aquiescencias la historia del pobre monologuista convertido en soliloquista?»


Habíase un lugar, pues no sería digno de un cuento comenzar sin una condensada parábola de rigor...

Como iba diciéndoles, había un humano dedicado a frecuentar muchas tabernas e iglesias.

En este contexto he utilizado el ambiguo palabro humano, aunque debo realizar el necesario apunte para constatar que desconozco la identidad sexual de este ser: humano o humana. Pues la leyenda no me cuenta nada acerca de su sexo, y ya que ambos lugares, taberna e iglesia, son frecuentados en igual medida por hembras y machos de esa especie, difícilmente podría deducir su sexo a través de esta observación. A pesar de ello, y por discriminación del propio lenguaje, me referiré al monologuista como él.

Como decía, hallábase él platicando en una iglesia a pleno pulmón entre arenga y arenga del amargado prelado. Finalmente, el cura, cansado de tanto alboroto fonético le conminó a abandonar la iglesia.

El monologuista platicó, habló y se defendió de la única manera que conocía. Con su cháchara interminable, pero todo fue inútil, así que abandonó aquel lugar de oración para andar a la taberna. Prohibida la entrada a la casa de Dios, marchó prestó a la casa de los Hombres, la taberna. Refugio de seres atropellados como él.

En ella comenzó a despacharse a gusto con sermones, monsergas, poesías de bajo lustro, y solitarias pláticas con su vieja amiga la querida botella de vino. Y nuevamente, el dueño, cansado de escuchar tantas sílabas alcohólicas, le conmino, de igual forma que el homónimo prelado, a abandonar su local. Sorprendido y aún ebrio de su propia retórica no dijo nada en esta ocasión y marcho presto del antro.

De esta guisa, mancillada su cháchara religiosa en la casa de Dios y su palabrería alcohólica en la casa de los Hombres, marchó al monte. Era aquel un monte cercano, libre de cualquier clase de persona y animal. En su caminar halló una cueva. En ella encontró, para su alegría, a un viejo hombre con capa negra y que portaba un cayado de roble.

El monologuista aguantó una suma exagerada de tiempo en presentarse, pues tenía miedo de enfurecer al nuevo anfitrión. La cueva era a todas luces el hogar de aquel viejo, y no deseaba, además de la casa de Dios y de la de los Hombres, ser expulsado de la casa de la Naturaleza.

Sin embargo, el viejito sonrió enérgicamente y le animó a hablar. Tan sólo le impuso una condición: si continuaba hablando pasada la medianoche, se lo llevaría al infierno, a él y a su alma.

El monologuista tuvo una pregunta, y esta se encontraba más azuzada por la alta educación de la que hacía gala que no por el miedo.

«Pero, si a medianoche aún estuviera a medias de mi charla, ¿no detendríais de manera abrupta mi discurso? No quiero pecar de insultar la educación del diablo, de sobras conocida por todos, pero, ¿no sería lo más educado permitir acabar al interlocutor antes de acometer cualquier pacto previo?».

El viejito frunció el ceño, pero le contestó con la misma delicadeza y compresión educativa.

«¡Ea! Mientras sigas platicando, no te llevaré».

El diablo reía escondido entre los pliegues de su capa. En algún momento, aquel humano debería callar, y sería justo en ese instante en el que lo arrastraría hasta el rincón más profundo del averno.

Los ojos del monologuista se abrieron más que los de una lechuza del norte de platicolandia, una región vecina, donde comentaban que las lechuzas poseían los ojos más grandes del mundo.

Este comenzó a hablar y a hablar. El viejito de la capa negra comenzó a escucharle con ansía, escondiendo una risa burlona. El platicante objetó acerca de su despedida de la iglesia, de los malos modales del cura, del mal genio del tabernero. Después despotricó acerca de algunos convecinos suyos. Minetras, la medianoche se acercaba rápida. El telón de la luna dio pasó al sol que decaía rápidamente en el horizonte. El viejito de la capa negra se frotaba las manos. El paso del tiempo menguaría las fuerzas de aquel humano. Únicamente restaba esperar con tranquilidad a que las fuerzas del pobre ingenuo se descoyuntaran para acto seguido llevárselo bien agarrado allí donde tuviera que llevárselo.

Pasó un día entero. El monologuista hablaba acerca de cada uno de sus convecinos, y así estuvo una semana entera. Después, recordó toda su madurez, su niñez y su infancia. Eso duró un mes más. El viejito de la capa negra comenzaba a desesperar, y bufaba para aliviar su nefasta ansia. El orador le solicitó un poco de educación, pues no era adecuado que se le interrumpiera de aquella manera la charla, por no mencionar que era de mala educación bufar en alto.

El viejito sacó humo negro por las narices. Un vaho con olor a judías y azufre. El olor no molestó al charrante, quien continuó contando un sinfín de chismes.

Y comenzó con la narrativa edificativa de su pueblo natal, desde la mismísima creación de la villa, doscientos años atrás, hasta la elevación del lugar de culto, la taberna, y finalmente la construcción de la iglesia. Entonces vinieron a la mente sus progenitores, y continuó con la historia de su madre y de su padre, quienes habían tenido vidas muy azarosas, llenas de desventuras. Pero no sólo su lengua era prodigiosa, también su memoria, e incluso su imaginación.

A todo esto, había pasado cerca de un año. Curiosamente, el extraño pacto con el diablo le impedía morir, pues su alma ya pertenecía al infierno para siempre.

Pero claro, el señor del mal no podía llevarse a aquel ser al averno mientras este continuara hablando. Acción que parecía intención de continuar a perpetuidad, pues platicaba, platicaba y platicaba sin parar. Entonces carraspeó.

«¡Al fin, ahora está cansado!», pensó el diablo mientras la sonrisa volvía a su rostro.

Nada más lejos de la realidad, pues el monologuista tan sólo había comenzado a calentar la voz. Y continuó recordando algunas de las muchas cosas que le habían acontecido a sus abuelos, tatarabuelos y bisabuelos. Y aquellas que no sabía, se las inventaba. Además, al remontarse en el tiempo la bifurcación parental de antepasados crecía, con lo que requería más tiempo de explicaciones, invenciones y cháchara.

El viejito de la capa negra se levantó con porte indignado.

«¡Hasta aquí he llegado, pesado!».

Y con ambas manos agarró su cayado y huyó como alma que no lleva el diablo a un lugar donde pudiera ejercer mejor sus dotes oscuras. La incontinencia verbal de aquel ser le había salvado de irse al infierno, pero a cambio debería continuar su charla en solitario por toda la eternidad en aquella cueva. No es de extrañar que el sobrenombre de monologuista adquiriera con el tiempo el de soliloquista, pues allí quedó solo hablando. Y a pesar de que, con los años, algún incauto se acercó por aquellos cerros, el continuaba imparable su soliloquio sin prestar atención a nadie.

Ahora bien, si me permiten, recuerdo otra historia igual de aterradora, que sin el permiso de sus aquiescencias contaré, pues estoy seguro que de buen grado querrán escucharla. Pero discúlpenme, tomen asiento antes en esta humilde cueva, por favor. Y acompáñenme por toda la eternidad si así lo desean, y como les iba diciendo... bla, bla bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla...




soliloquio

Del lat. soliloquium.
1. m. Reflexión interior o en voz alta y a solas.

2. m. En una obra dramática u otra semejanteparlamento que hace un personaje aislado de los demás fingiendo que habla para  mismo.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


viernes, 28 de abril de 2017

«Los verdaderos amigos se tienen que enfadar de vez en cuando»



Estimados,

Nos presentamos en este vídeo: Feli, NUTLA y UTLA.

Los principales colaboradores de este canal.

También comentamos en este vídeo los días de distribución de audiorelatos y videorelatos. ^^

Abrazos. ^^



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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 24 de abril de 2017

«Es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto»

Estimados,

El audiorelato semanal: Zas, Lli y Tri.

Curiosos nombres para tres hermanas.

Abrazos. ^^


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 23 de abril de 2017


«Estoy cansado de este ser mediocre, sin porvenir y sin confianza, de este ser al que tengo forzosamente que llamar: "yo", puesto que no puedo separarme de él»

Carezco del proverbial talento de los genios. Mi arte se basa en repeticiones innecesarias, en divertidas correrías por el planeta de los sueños y poco más. Mis palabras no transmiten nada, pues nada hay especial en ellas.

Aprendo, muy a mi pesar, que no aporto nada a este mundo. La mayoría de los seres de mi especie no aportan ni una mísera huella a este camino llamado vida. ¿Por qué yo debería ser diferente a la inmensa mayoría de mis congéneres? Se me antoja una pesada carga saber que no dejo ni una mísera pisada... Me da asco pensar así, pero no puedo remediarlo. He pasado toda una vida sin dejar ni un recuerdo en un solo corazón. Una gota más perdida en el vasto oleaje cósmico.

Este escrito es otro apunte innecesario fruto de mi devastadora inexpresividad artística.

La mayoría de seres humanos, los más afortunados, nacen en la inopia de la mediocridad. Son afortunados. Me asusta pensar en la geometría de esta ecuación, en la linealidad constante de mi ineptitud, un concepto que tan solo puede asustar a alguien que persigue una meta de talento.

Pero soy mediocre. Por más que intento elevarme del suelo como los verdaderos genios, mi mente se achicharra al igual que las alas de Ícaro al acercarse al Sol.
Sin embargo, esta clase de conocimiento, casi místico, de la nulidad de mi intelecto me ha vuelto más razonable. Más mundano. Me he dado cuenta, más tarde que pronto como suele ser norma en las grandes revelaciones, que el mayor talento de un mediocre reside en otra palabra...

Obstinación.

Hace falta ser muy valiente para saberse mediocre y continuar.

Detrás de mi falta de carente genialidad se esconde la máxima de esta Oda:

«El único talento de un mediocre es la obstinación».

Desgraciadamente, la mediocridad no me hará libre...



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viernes, 21 de abril de 2017

«Michifuz es una deformación fonética de "Micifuf", el nombre del gato protagonista de "La gatomaquia", un relato en verso escrito por Lope de Vega en 1633»

Estimados,

Un nuevo videorelato. Los cuentos de UTLA: Michifuz.

Espero lo disfrutéis.

Abrazos. ^^
«Solo existe el amor»

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


martes, 18 de abril de 2017


«Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano»


Estimados,

Amigomí.

Un nuevo audiorelato, basado en la narración del domingo: un relato del océano, de la perdida 😥, de la muerte y de la vida. Pero por encima de todo de la amistad.

Abrazos.

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domingo, 16 de abril de 2017

«Llovía a mares, mientras rememoraba las palabras de "Música para camaleones" de Truman Capote, un fragmento de uno de sus cuentos compartido por Angela Eastwood en Facebook. Quizá ese cliché, llovía a mares, invocó en mi psique, a través de la Fuente, este antiguo relato de Madre-Muerte. Y al final, que cada uno, crea lo que desee creer».
Prólogo de S. Bonavida Ponce



Amigomí. —Le chillé desde cabina—. Aferra la vela.
El viento oceánico ondulaba salvajemente su pelo. La inexistente respuesta siempre iba devuelta con una gran sonrisa en el rostro. Amigomí era feliz conmigo en aquella pequeña embarcación.

Durante años habíamos navegado por innumerables rincones del planeta a bordo de nuestro fiel yate. El «Dorian Gatsby». El nombre fue elegido entre ambos según las inclinaciones literarias de cada uno. Con este curioso nombre, el bueno de «Dorian Gatsby» atravesó el cristalino mar de Java, el peligroso índico, e incluso bordeó la tierra de fuego. Aunque su mayor hazaña se realizó cuando penetró en el gélido Mar de Baffin. Una hazaña recogida por muchos periódicos de Groenlandia, pero ignorada por el resto del mundo. Era sin duda el mar el lugar donde un hombre podía olvidar sus desgracias terrenales. En el líquido elemento podíamos comportarnos de manera distinta a como lo haríamos en tierra. Recuerdo una leyenda maorí acerca del océano. Estos llamaban Madre-Muerte al mar, pues contaban que tan pronto daba la vida como la quitaba. Además, fue en su útero acuoso donde surgió la existencia, pero también decían los maoríes que volvíamos a su útero cuando todo se apagaba a nuestro alrededor. La verdad es que me encantaban todas aquellas viejas historias. Disfrutaba enormemente de ellas cuando atracábamos en las playas y nos agasajaban con frutas. Y en ocasiones, en las noches en calma, nos las narraban acompañadas del crepitar de los leños y la buena comida.

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En las noches, a bordo de nuestro querido «Dorian Gatsby», me había percatado que las estrellas brillaban más en medio de la vastedad del océano. Algunos científicos afirmaban que era debido a la falta de contaminación lumínica, pero yo poseía mi propia teoría. Era como si el agua salada fuera un gran espejo cósmico que permitiera brillar con mayor majestuosidad a aquellos minúsculos soles. Las noches en calma nos invitaban a tumbarnos en las improvisadas hamacas. Aprovechábamos el descanso para charlar hasta medianoche, pausadamente, sin prisas, mientras éramos acariciados por la suave brisa.

Amigomí, ¿algún día me contarás el porqué de este apodo? Nunca he sabido tu verdadero nombre.
—Correcto —Respondía así muchas frases. Sobre todo, aquellas que no quería responder.

Y esa era una antigua pregunta que yo repetía a ritmo constante en aquellas calmadas noches en alta mar. Más tarde, cuando nuestros bostezos invocaban al antiguo dios griego del sueño, nos dormíamos plácidamente arrullados por Madre-Muerte.

Al despuntar el sol en el horizonte recogíamos las hamacas y volvíamos a nuestra caótica rutina. Aunque quizá no era tan caótica, pues a pesar de que nunca realizábamos las mismas tareas en el mismo orden, un estadista ajeno, podría haber extraído ordenados patrones de comportamiento. Dentro de aquella amalgama de labores, la que más nos gustaba era pescar. Más que una diversión, el simple placer de procurarnos nuestro propio alimento, se había convertido en un ritual de vida. En un mantra marinero. Pues por suerte, la venta de mi antigua casa me había proporcionado dinero suficiente para no preocuparnos por ciertas labores. Sin embargo, seguíamos la costumbre de ganarnos algún dinero extra para no estirar más de lo necesario de aquellos imprescindibles ahorros. En ocasiones dábamos clases de buceo en los puertos que no hacía falta carnet especializado. Amigomí poseía una capacidad increíble para aguantar la respiración, y eso impresionaba sobre manera a los atolondrados turistas. En otras ocasiones, según la zona donde nos encontráramos, ofrecíamos paseos por la costa a un precio conveniente a turistas adinerados. Eran trabajos rápidos y bien pagados. Turistas ricos con ganas de pasar un rato agradable y ver un poco de mundo.

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Todo marchaba bien hasta el veintiuno de junio. Recuerdo como comenzó aquel fatídico día. Por la mañana, la radio prevenía de pequeñas tormentas moderadas en la zona de Puerto Rico. Por suerte nos encontrábamos en el puerto de Montserrat y nos alejábamos de la tormenta en dirección a Dominica. Era aquella una travesía atolondrada, por culpa de una historia truculenta que no quiero explicar aquí. El hecho es que debíamos atravesar Guadalupe por la zona de Sant Louis para entregar un paquete en la pequeña isla que daba nombre al santo. Amigomí puso una pata de gallo en cabina justo delante del timón. Mi superstición la había abandonado hace años en tierra, sin embargo, Amigomí era un ser especialmente sensible a ciertas zonas y eventos. Yo no creía en aquellas viejas supercherías locales y él, sin embargo, estaba temeroso, aunque no demostrara nada en su exterior y siguiera mostrando su sempiterna sonrisa en el rostro. ¿Cómo podía yo, un hombre de otro tiempo, de otro lugar, con otros estudios, creer en todo aquello? Aunque, recordándolo a tiempo pasado, quizás... solo quizá, si en aquel momento hubiera virado ciento ochenta grados y encaminado la embarcación a puerto seguro, me habría ahorrado mucho pesar.

Salimos tarde del puerto de Sant Luis. Teníamos que entregar el paquete en Marie-Galante, una taberna local que tardamos tiempo en encontrar debido al mutismo generalizado de la mayoría de habitantes de la isla. Finalmente, unas monedas entregadas a unos niños nos consiguieron la información deseada. En el local nos esperaba un mulato fortachón que en todo momento nos miró desafiante. Tanto peor para él. Entregamos el paquete y por fin, después de tantos nervios, el nudo en mi estómago se deshizo. Ya podíamos volver sin demora a la isla de Montserrat. Lamentablemente aquella búsqueda hizo que la noche nos engullera a los tres en el mar: a Amigomí, a «Dorian Gatsby» y a mí. Una extraña tríada adentrándose en la periferia del triángulo maldito. La lluvia no tardó en convertirse en una fuerte llovizna y la fuerte llovizna en un vendaval de considerables proporciones.

—Entra a cabina —Le chillé preocupado cuando lo veía andar por cubierta asegurando la vela.
—Sí —Me contestó. Menos mal que no dijo «Correcto», eso quería decir que obedecería. Y así fue, entró rápido en cabina.

Amigomí se estremeció como un perro para intentar extraerse el agua que se le había adosado al cuerpo como una mala amante. Con el rabillo del ojo, observé qué con su cabeza, negaba algo en silencio.
—¿Pasa algo? —le pregunté.
—Correcto. Toma.
Y me puso la pata de gallo en el bolsillo del pantalón. Tenía mucha confianza con Amigomí, pero detestaba el contacto físico con cualquier hombre. Estaba a punto de chillarle que se olvidara de aquellas tonterías cuando de repente un fuerte destello inundó la cabina.

—¡El faro de Montserrat! ¡Al fin! —chillé entusiasmado.
Amigomí seguía negando con la cabeza. Entonces me percaté de un segundo destello. «¿Dos focos?» Y para disipar cualquier duda apareció un tercero. Aquello no era ningún faro, y de ser una embarcación debía poseer unas dimensiones considerables. Las luces estaban separadas entre sí más de veinte metros. Era algo muy grande. Me estremecí, si no cambiábamos de rumbo al instante nos estrellaríamos contra aquello sin remisión. Giré el timón y le di potencia al motor de estribor. Las luces no se movieron ni un ápice de su posición. ¡Era imposible! La brújula marcaba la translación correcta, con el giro dado las luces deberían haber quedado a mi izquierda, completamente alejadas, sin embargo, continuaban allí, como si no hubiera hecho nada. Volví a girar desesperado, pero ninguna acción servía de nada. Era como estar atrapado en un bucle infinito. Las luces continuaban acercándose cada vez más. Y a pesar de la poca distancia que nos separaba, seguía sin poder ver la embarcación contra la que íbamos a chocar. Me giré y observé el rostro congelado de Amigomí mirando adelante. Hipnotizado por las luces como si del canto de unas sirenas se tratase. Entonces un gran destello nos iluminó. Invadió toda la cabina. Por un instante de tiempo indefinido, sentí el frio del mar, la calidez de la brisa marina en agosto, el arrullo de las noches en calma, y la sensación de paz que solo el océano puede proporcionar a un hombre. La cegadora luz no solo se había adueñado de la embarcación, sino de todo mi ser. La cabina, Amigomí, el timón, el GPS, la brújula... Ya no existían. Tampoco los colores, ni el tiempo, ni el espacio, tan solo el blanco a mi alrededor.

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Desperté con una tremenda resaca, como si hubiera bebido litros de alcohol. Miré a mi alrededor. Era de día. El sol estaba alto. Miré mi reloj, pero las agujas estaban congeladas marcando la 01:23. Por la posición debía ser mediodía. Tenía la boca pastosa y el estómago me rugió. Entonces me percaté que a lo lejos se divisaba el puerto de Montserrat. El bueno de «Dorian Gatsby», posiblemente a la deriva durante toda la noche, había conseguido traerme a puerto. Entonces observé fugazmente a mí alrededor. Un hormigueo desagradable hizo erizarme el vello de la nuca.

—¿Amigomí? —Bajé al pequeño camarote. Allí no estaba. Mi corazón comenzó a acelerarse—. ¿Amigomí? —insistí chillando. Pero él no contestó.

Rápidamente me dirigí a cabina. Encendí la radio e intenté ponerme en contacto con puerto, pero la radio funcionaba de un modo extraño. Únicamente emitía una antigua melodía de Frank Sinatra. «You’ll never walk alone». Lo sé porque aquella canción me gustaba. Intenté apagar la radio, pero ya no hubo forma de acallar aquella canción. Ni siquiera cambiando de dial. Sinatra se colaba imparable por mis odios. Y mientras tanto, los motores no encendían. Así que icé la vela y puse rumbo a puerto. Cuando quedaban menos de un centenar de metros la melodía cesó de golpe y la radio volvió a funcionar con normalidad. La voz del locutor acostumbrado rellenó la estrechez de la cabina. Pedí ayuda a las autoridades portuarias, por suerte en aquella zona la respuesta de auxilio era excelente. Salieron inmediatamente dos lanchas guardacostas. Insistí en acompañarles. Me lo permitieron, pero fue inútil. Alargaron las labores de búsqueda una semana. Amigomí, o lo que quedara de él, no daba señales. Ningún cadáver apareció encontrado por casualidad en ninguna orilla. Ni siquiera su ropa. Ni una triste zapatilla.

../..

Ahora, a pesar de los años que han pasado, todavía recuerdo su cara. El dibujo de su sonrisa cómplice mientras arriaba la vela, o las pinceladas alegres que se dibujaban en su sonrisa mientras charlábamos en aquellas plácidas noches. Incluso me resulta gracioso recordar la palabra que repetía con tanta asiduidad: Correcto. Guardo con celo aquella pata de gallo que puso el fatídico día delante del timón. Quizá las supersticiones si tengan algo de fundamento, o quizá tan solo sea una cuestión de suerte. Amigomí no solo se llevó el secreto de su nombre que llevaba tan bien guardado, también se llevó nuestra amistad con él y mi deseo por Madre-Muerte. Vendí a «Dorian Gatsby». Ya no podía continuar con él. Con el dinero compré una pequeña casita a los pies de la playa. Y me quedé en la isla de Montserrat esperando durante largo tiempo a que mi viejo amigo volviera de aquel misterioso mar que le tenía preso.

Pero Amigomí, nunca regresó.

93% imaginación.
7% realidad.
Pero es ese 7% lo que realmente importa.


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viernes, 14 de abril de 2017

«Un pueblo donde un ave mala escritura
volaba por sus campos literaros»

Estimados,

«Los cuentos de UTLA: Campos literaros».

Un nuevo cuento. En esta ocasión tenemos la suerte de contar con el arte de @Coiticoiti.

Coiticoiti Facebook

Abrazos. ^^

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lunes, 10 de abril de 2017


«La sombra no existe;
lo que tu llamas sombra
es la luz que no ves».


Un audiorelato negativo...

«El tiempo de las sombras».

«La negatividad os hará libres».


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domingo, 9 de abril de 2017


«¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

La eterna lucha contra las sombras era mi vida.

Recordé a Peter. Él también las veía. Más tarde se nos unió Vanesa. Una mujer hermosa, de mirada limpia y que poseía un poder muy útil. La clarividencia. Casi siempre sabía dónde aparecerían... Lástima que no las vio aparecer aquella noche a los pies de su cama.

Nos olían. Sabían dónde encontrarnos. Les llevaba tiempo, pero nos encontraban... Por eso, cuando dormíamos, siempre dejábamos una luz encendida. Sí, como los niños pequeños. Pero aquella noche, su bombilla se apagó... la desgarraron de pies a cabeza.

Peter lloró mucho. Creo que se había enamorado de ella, aunque nunca dijo nada al respecto. Entonces decidimos mudarnos a Tonhome, esa antigua ciudad repleta de fábricas situada al borde del mar. En esa gran urbe estaba el puerto más grande de la costa este, cientos de barcos salían de allí cada día. En los muelles conocimos a Walsh, era un personaje aún más extraño que nosotros, un escocés con acento mexicano. Otra vez de nuevo éramos una triada.

Una noche, mientras volvíamos de limpiar un barrio, las sombras nos emboscaron en un callejón. Peter y yo conseguimos huir. A día de hoy no recuerdo bien como pudimos salvarnos. Pero lo hicimos. El que no tuvo tanta suerte fue el bueno de Walsh. Las sombras se adentraron por la cuenca de sus ojos, le dejaron ciego, y continuaron bajando por la tráquea. Después lo implosionaron. ¡Adiós, estimado Walsh!

Después de la muerte de nuestro compañero, Peter y yo decidimos separarnos. Parecía que ambos estuviéramos malditos. Nuestro tercer compañero siempre acaba muriendo. Nos abrazamos en el muelle de Tonhome. Él agarró un barco en dirección a la vieja Europa, y yo continué subiendo cada día un poco más al norte. Durmiendo entre velas encendidas y una lámpara portátil. Las sombras acechaban siempre entre las sombras... ¡Maldito pleonasmo barato! Las odiaba.

Entonces en Tallulä, un pueblo fronterizo grande en extensión pero con poca población, conocí a Laurah. Una hermosa afroamericana de veinte años, a la cual yo le sacaba casi el doble de edad. Eso no impidió que nos hiciéramos amantes. Sin embargo, le faltaba calidez, su sexo era frío, pero despachaba con igual eficacia a nuestras enemigas. Realmente, como compañera de muerte, era lo único que le pedía. Que matara tantas como pudiera de aquellas horribles criaturas.

Conseguimos aguantar juntos un par de años. Fueron buenos tiempos, por el día hacíamos el amor y en la noche eliminábamos a las malditas sombras. Quizá para las personas normales un par de años puedan no parecer mucho tiempo, pero con nuestro nivel de ansiedad, a mí me parecía ser un vampiro, que había vivido miles de años. Comenzaba a cansarme.

Fue en ese tiempo que me di cuenta que las sombras se multiplicaban, y aunque habíamos encontrado a otros como nosotros, estábamos separados, dispersos. Éramos pequeños grupos erráticos, vagando con un mismo propósito, pero totalmente desunidos. Quizá no estaba hecho de la materia necesaria para ser un héroe... Así que abandoné a Laurah. No quería verla morir como a mis antiguos compañeros. Sí, lo sé. Cobarde y egoísta. ¿Quién no lo ha sido alguna vez?
Agarré un viejo carguero y me dirigí a Osaka. Recordé las palabras de una vieja tabernera que decía que en aquella ciudad japonesa existía un templo donde un monje podía curarme de mi visión. Las sombras solo mataban a aquellos que poseíamos el don de verlas. El resto de seres vivo eran su alimento. Les sorbían la energía por los poros. Consumiéndolos en secreto.

Mi visión era mi maldición.

En lo alto de la ciudad encontré el templo prometido, pero no había monjes. En su lugar me encontré a una guardesa. Una mujer nipona que se encargaba de limpiar el templo. Con educación exquisita me hizo entrar en su casa. Estaba situada detrás del templo. Apenas un chamizo con cuatro paredes. Me descalcé y me invitó a tomar té. Sentados en el suelo, sorbo tras sorbo, me miraba y no decía nada. Nunca se me daban bien las conversaciones. Al acabar el té, se acercó a mí, me rozó con el dedo índice en la mejilla y me susurró que me curaría de mí poder. Si he de ser sincero, me imaginaba que el sanador sería un japonés viejo, de espalda encorvada, y mirada huraña... En vez de ello encontré a Mariko. Una mujer pequeña, delgada, de ojos rasgados, hermosa.
La única pregunta que me realizó fue la siguiente: «¿Renuncias libremente a tu don?».
Asentí.
No me pidió dinero. Ni nada a cambio. Me hizo tumbar en el tatami y me cerró los ojos. Estirado en el suelo olí a incienso. A lo lejos escuché una campanita y un canto gutural.
«Ea ea ea ea ».
Después me dormí... Al despertar ya no estaba en la casa de Mariko. Aparecí en un callejón de la ciudad nipona.

Y por la noche deambulé por los callejones más oscuros. Buscaba en las esquinas donde se acumulaba la basura y los perros aullaban a la luna. Era en aquellos rincones mugrientos donde las sombras proliferaban. No conseguí ver a ninguna, aunque aún presentía pequeños detalles que me las anunciaban. Y de repente, me note más cansado. Ya no las veía, pero se estaban alimentando de mí...

../..

—¿Qué os diría a los jóvenes con mi don? No las persigáis. Abandonad la lucha. No se puede ganar a las sombras. Encontrar trabajos aburridos pero bien remunerados. Matrimonios exasperantes pero convenientes. Rodeaos de personas insípidas... Si hacéis esto perderéis el don. Las sombras no os atacarán. De lo contrario os reventarán por dentro. Y dejarán vuestro sucio cascarón vacío en un oscuro rincón. ¡Creedme cuando os digo que sé lo que hacen a los pobres ilusos repletos de lucha! Renunciad ahora. Escuchadme atentamente. ¡Renunciad!


«La negatividad os hará libres»


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viernes, 7 de abril de 2017

«El mar de odio 
me rodeaba 
con toda su malignidad...»


Estimados,

Nuevo vídeo de nuestro canal de youtube. En esta ocasión un relato de nuestro colaborador NUTLA.

«En un mar de odio»

Abrazos.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


martes, 4 de abril de 2017


«93% imaginación.
7% realidad.
Pero es ese 7% 
lo que realmente importa»


Estimados,

El relato del blog del domingo reconvertido en un audiorelato.

«Una escritora, la Fuente y este relato».

Esperamos convertir todas las narraciones escritas del blog en audiorelatos que podáis disfrutar.

Abrazos estimados. ^_^

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 2 de abril de 2017


«Cuando bebas agua, 
recuerda la fuente».



Aquella escritora poseía mucha imaginación. Escribía cada día dos cuentos cortos y aún le sobraba tiempo para avanzar con relatos tétricos e historias eróticas. Muchos se preguntaban dónde estaba el truco.

—¿Queréis que os lo cuente? Pues hay truco, que no os quepa duda.

«¿De veras?» Los que leían se quedaron perplejos.
«¿Hay trampa? ¿Acaso copia? Pero, ¿de dónde? ¿de quién?».

La escritora escribió a su lejana audiencia.

—Sí, hago trampas, no se puede imaginar tanto en tan poco tiempo, con una viveza tan rica de los acontecimientos, como si casi, casi, casi, los hubieras presenciado. Hay un atajo, pero no quiero quedarme ese conocimiento para mí sola. Deseo compartirlo.

Algunos se quedaron atónitos. Otros leían ansiosos intentando descubrir en las siguientes líneas cual sería la revelación que les supondría la adquisición de una nueva sabiduría.

—Es sencillo. Escucho las voces.

Muecas de ridículo ajeno. Risas nerviosas. Algunas incrédulas. La mayoría silenciosa no acaba de pronunciarse ante el último párrafo.

—No son voces del más allá, espíritus, ni cosas de esas. Tampoco tiene que ver con ninguna clase de trastorno. Son las voces que emite la Fuente. Ella es el centro de todo: pasado, presente y futuro. Por qué ninguno de esos tiempos existe, son ilusiones que crea nuestra psique. Nuestra mente es muy simple y solo es capaz de observar en un único sentido temporal. Sin embargo, ella une todos los tiempos, los teje por medio de narraciones, historias, cuentos, relatos, podéis llamarlos como queráis, es el tejido sobre el Todo y la Nada. Y después, a través de esos hilos, lanza historias por las miríadas de realidades. Algunos de esos ecos se convierten en palabras, y si prestáis atención, los podréis escuchar en historias distantes, aunque es más sencillo escucharlos a través de vuestros sueños. Pues cuando soñáis vivís las escenas. Estáis ahí. En otras ocasiones es por simple transferencia, cuando leéis un libro o disfrutáis de una película, también os llegan parte de esos ecos. Todo ha existido y Nada también, pues algo existe por un infinitesimal instante de tiempo, y después desaparece, ese tejido del Todo y la Nada nos envuelve, se desparrama desde la Fuente.

«¡Pero qué locura es esta, yo soy un lector inteligente, no quiero que me metan esta mierda en la cabeza!». Esa fue la primera frase dicha por el crítico con falta de visión que todos llevamos dentro. Y comenzó, con ella, a mellar aquel bonito discurso. Un grupo de detractores, más compasivo, abogó por alguna clase de trastorno mental: «Ella nunca había escrito así. ¡Le debe ocurrir algo! ¡Pobrecita!». La presunción de cordura se perdía en un mar de decepciones.

Pero la creadora continuó impasible a las críticas.

—Durante muchos eones recibió innumerables nombres: el centro, Todo, Dios, el Big Bang, el Alfa y el Omega, pero otro de sus muchos nombres es la Fuente. Una metáfora de lo que es. Un surtidor de vida. Yo la escucho y ella me trae las historias.

Entonces, los que la habían insultado momentos antes, tiraron el libro al suelo y lo tacharon de sus listas mentales de recomendaciones; el resto del enmudecido auditorio no sabía que pensar, muchos cerraron la página y no quisieron continuar leyendo. El miedo a lo desconocido, a lo diferente, detuvo el devenir de buenas historias. Los amables incrédulos sonrieron complacientes, pues a su escritora preferida, le podían perdonar esa y muchas otras excentricidades. Pero unos pocos si intentaron escuchar, y aunque seguían anclados a ese recalcitrante escepticismo científico, comenzaron a darse cuenta que ellos también poseían el don. Les llevó años, pero esa pequeña minoría acabó escuchando las historias... y se dieron cuenta, que todo era verdad y que todo era mentira. El Todo. La Nada. Y la Fuente.

... * * * * * * * * * * * ...

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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