Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 16 de abril de 2017

Amigomí

«Llovía a mares, mientras rememoraba las palabras de "Música para camaleones" de Truman Capote, un fragmento de uno de sus cuentos compartido por Angela Eastwood en Facebook. Quizá ese cliché, llovía a mares, invocó en mi psique, a través de la Fuente, este antiguo relato de Madre-Muerte. Y al final, que cada uno, crea lo que desee creer».
Prólogo de S. Bonavida Ponce



Amigomí. —Le chillé desde cabina—. Aferra la vela.
El viento oceánico ondulaba salvajemente su pelo. La inexistente respuesta siempre iba devuelta con una gran sonrisa en el rostro. Amigomí era feliz conmigo en aquella pequeña embarcación.

Durante años habíamos navegado por innumerables rincones del planeta a bordo de nuestro fiel yate. El «Dorian Gatsby». El nombre fue elegido entre ambos según las inclinaciones literarias de cada uno. Con este curioso nombre, el bueno de «Dorian Gatsby» atravesó el cristalino mar de Java, el peligroso índico, e incluso bordeó la tierra de fuego. Aunque su mayor hazaña se realizó cuando penetró en el gélido Mar de Baffin. Una hazaña recogida por muchos periódicos de Groenlandia, pero ignorada por el resto del mundo. Era sin duda el mar el lugar donde un hombre podía olvidar sus desgracias terrenales. En el líquido elemento podíamos comportarnos de manera distinta a como lo haríamos en tierra. Recuerdo una leyenda maorí acerca del océano. Estos llamaban Madre-Muerte al mar, pues contaban que tan pronto daba la vida como la quitaba. Además, fue en su útero acuoso donde surgió la existencia, pero también decían los maoríes que volvíamos a su útero cuando todo se apagaba a nuestro alrededor. La verdad es que me encantaban todas aquellas viejas historias. Disfrutaba enormemente de ellas cuando atracábamos en las playas y nos agasajaban con frutas. Y en ocasiones, en las noches en calma, nos las narraban acompañadas del crepitar de los leños y la buena comida.

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En las noches, a bordo de nuestro querido «Dorian Gatsby», me había percatado que las estrellas brillaban más en medio de la vastedad del océano. Algunos científicos afirmaban que era debido a la falta de contaminación lumínica, pero yo poseía mi propia teoría. Era como si el agua salada fuera un gran espejo cósmico que permitiera brillar con mayor majestuosidad a aquellos minúsculos soles. Las noches en calma nos invitaban a tumbarnos en las improvisadas hamacas. Aprovechábamos el descanso para charlar hasta medianoche, pausadamente, sin prisas, mientras éramos acariciados por la suave brisa.

Amigomí, ¿algún día me contarás el porqué de este apodo? Nunca he sabido tu verdadero nombre.
—Correcto —Respondía así muchas frases. Sobre todo, aquellas que no quería responder.

Y esa era una antigua pregunta que yo repetía a ritmo constante en aquellas calmadas noches en alta mar. Más tarde, cuando nuestros bostezos invocaban al antiguo dios griego del sueño, nos dormíamos plácidamente arrullados por Madre-Muerte.

Al despuntar el sol en el horizonte recogíamos las hamacas y volvíamos a nuestra caótica rutina. Aunque quizá no era tan caótica, pues a pesar de que nunca realizábamos las mismas tareas en el mismo orden, un estadista ajeno, podría haber extraído ordenados patrones de comportamiento. Dentro de aquella amalgama de labores, la que más nos gustaba era pescar. Más que una diversión, el simple placer de procurarnos nuestro propio alimento, se había convertido en un ritual de vida. En un mantra marinero. Pues por suerte, la venta de mi antigua casa me había proporcionado dinero suficiente para no preocuparnos por ciertas labores. Sin embargo, seguíamos la costumbre de ganarnos algún dinero extra para no estirar más de lo necesario de aquellos imprescindibles ahorros. En ocasiones dábamos clases de buceo en los puertos que no hacía falta carnet especializado. Amigomí poseía una capacidad increíble para aguantar la respiración, y eso impresionaba sobre manera a los atolondrados turistas. En otras ocasiones, según la zona donde nos encontráramos, ofrecíamos paseos por la costa a un precio conveniente a turistas adinerados. Eran trabajos rápidos y bien pagados. Turistas ricos con ganas de pasar un rato agradable y ver un poco de mundo.

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Todo marchaba bien hasta el veintiuno de junio. Recuerdo como comenzó aquel fatídico día. Por la mañana, la radio prevenía de pequeñas tormentas moderadas en la zona de Puerto Rico. Por suerte nos encontrábamos en el puerto de Montserrat y nos alejábamos de la tormenta en dirección a Dominica. Era aquella una travesía atolondrada, por culpa de una historia truculenta que no quiero explicar aquí. El hecho es que debíamos atravesar Guadalupe por la zona de Sant Louis para entregar un paquete en la pequeña isla que daba nombre al santo. Amigomí puso una pata de gallo en cabina justo delante del timón. Mi superstición la había abandonado hace años en tierra, sin embargo, Amigomí era un ser especialmente sensible a ciertas zonas y eventos. Yo no creía en aquellas viejas supercherías locales y él, sin embargo, estaba temeroso, aunque no demostrara nada en su exterior y siguiera mostrando su sempiterna sonrisa en el rostro. ¿Cómo podía yo, un hombre de otro tiempo, de otro lugar, con otros estudios, creer en todo aquello? Aunque, recordándolo a tiempo pasado, quizás... solo quizá, si en aquel momento hubiera virado ciento ochenta grados y encaminado la embarcación a puerto seguro, me habría ahorrado mucho pesar.

Salimos tarde del puerto de Sant Luis. Teníamos que entregar el paquete en Marie-Galante, una taberna local que tardamos tiempo en encontrar debido al mutismo generalizado de la mayoría de habitantes de la isla. Finalmente, unas monedas entregadas a unos niños nos consiguieron la información deseada. En el local nos esperaba un mulato fortachón que en todo momento nos miró desafiante. Tanto peor para él. Entregamos el paquete y por fin, después de tantos nervios, el nudo en mi estómago se deshizo. Ya podíamos volver sin demora a la isla de Montserrat. Lamentablemente aquella búsqueda hizo que la noche nos engullera a los tres en el mar: a Amigomí, a «Dorian Gatsby» y a mí. Una extraña tríada adentrándose en la periferia del triángulo maldito. La lluvia no tardó en convertirse en una fuerte llovizna y la fuerte llovizna en un vendaval de considerables proporciones.

—Entra a cabina —Le chillé preocupado cuando lo veía andar por cubierta asegurando la vela.
—Sí —Me contestó. Menos mal que no dijo «Correcto», eso quería decir que obedecería. Y así fue, entró rápido en cabina.

Amigomí se estremeció como un perro para intentar extraerse el agua que se le había adosado al cuerpo como una mala amante. Con el rabillo del ojo, observé qué con su cabeza, negaba algo en silencio.
—¿Pasa algo? —le pregunté.
—Correcto. Toma.
Y me puso la pata de gallo en el bolsillo del pantalón. Tenía mucha confianza con Amigomí, pero detestaba el contacto físico con cualquier hombre. Estaba a punto de chillarle que se olvidara de aquellas tonterías cuando de repente un fuerte destello inundó la cabina.

—¡El faro de Montserrat! ¡Al fin! —chillé entusiasmado.
Amigomí seguía negando con la cabeza. Entonces me percaté de un segundo destello. «¿Dos focos?» Y para disipar cualquier duda apareció un tercero. Aquello no era ningún faro, y de ser una embarcación debía poseer unas dimensiones considerables. Las luces estaban separadas entre sí más de veinte metros. Era algo muy grande. Me estremecí, si no cambiábamos de rumbo al instante nos estrellaríamos contra aquello sin remisión. Giré el timón y le di potencia al motor de estribor. Las luces no se movieron ni un ápice de su posición. ¡Era imposible! La brújula marcaba la translación correcta, con el giro dado las luces deberían haber quedado a mi izquierda, completamente alejadas, sin embargo, continuaban allí, como si no hubiera hecho nada. Volví a girar desesperado, pero ninguna acción servía de nada. Era como estar atrapado en un bucle infinito. Las luces continuaban acercándose cada vez más. Y a pesar de la poca distancia que nos separaba, seguía sin poder ver la embarcación contra la que íbamos a chocar. Me giré y observé el rostro congelado de Amigomí mirando adelante. Hipnotizado por las luces como si del canto de unas sirenas se tratase. Entonces un gran destello nos iluminó. Invadió toda la cabina. Por un instante de tiempo indefinido, sentí el frio del mar, la calidez de la brisa marina en agosto, el arrullo de las noches en calma, y la sensación de paz que solo el océano puede proporcionar a un hombre. La cegadora luz no solo se había adueñado de la embarcación, sino de todo mi ser. La cabina, Amigomí, el timón, el GPS, la brújula... Ya no existían. Tampoco los colores, ni el tiempo, ni el espacio, tan solo el blanco a mi alrededor.

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Desperté con una tremenda resaca, como si hubiera bebido litros de alcohol. Miré a mi alrededor. Era de día. El sol estaba alto. Miré mi reloj, pero las agujas estaban congeladas marcando la 01:23. Por la posición debía ser mediodía. Tenía la boca pastosa y el estómago me rugió. Entonces me percaté que a lo lejos se divisaba el puerto de Montserrat. El bueno de «Dorian Gatsby», posiblemente a la deriva durante toda la noche, había conseguido traerme a puerto. Entonces observé fugazmente a mí alrededor. Un hormigueo desagradable hizo erizarme el vello de la nuca.

—¿Amigomí? —Bajé al pequeño camarote. Allí no estaba. Mi corazón comenzó a acelerarse—. ¿Amigomí? —insistí chillando. Pero él no contestó.

Rápidamente me dirigí a cabina. Encendí la radio e intenté ponerme en contacto con puerto, pero la radio funcionaba de un modo extraño. Únicamente emitía una antigua melodía de Frank Sinatra. «You’ll never walk alone». Lo sé porque aquella canción me gustaba. Intenté apagar la radio, pero ya no hubo forma de acallar aquella canción. Ni siquiera cambiando de dial. Sinatra se colaba imparable por mis odios. Y mientras tanto, los motores no encendían. Así que icé la vela y puse rumbo a puerto. Cuando quedaban menos de un centenar de metros la melodía cesó de golpe y la radio volvió a funcionar con normalidad. La voz del locutor acostumbrado rellenó la estrechez de la cabina. Pedí ayuda a las autoridades portuarias, por suerte en aquella zona la respuesta de auxilio era excelente. Salieron inmediatamente dos lanchas guardacostas. Insistí en acompañarles. Me lo permitieron, pero fue inútil. Alargaron las labores de búsqueda una semana. Amigomí, o lo que quedara de él, no daba señales. Ningún cadáver apareció encontrado por casualidad en ninguna orilla. Ni siquiera su ropa. Ni una triste zapatilla.

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Ahora, a pesar de los años que han pasado, todavía recuerdo su cara. El dibujo de su sonrisa cómplice mientras arriaba la vela, o las pinceladas alegres que se dibujaban en su sonrisa mientras charlábamos en aquellas plácidas noches. Incluso me resulta gracioso recordar la palabra que repetía con tanta asiduidad: Correcto. Guardo con celo aquella pata de gallo que puso el fatídico día delante del timón. Quizá las supersticiones si tengan algo de fundamento, o quizá tan solo sea una cuestión de suerte. Amigomí no solo se llevó el secreto de su nombre que llevaba tan bien guardado, también se llevó nuestra amistad con él y mi deseo por Madre-Muerte. Vendí a «Dorian Gatsby». Ya no podía continuar con él. Con el dinero compré una pequeña casita a los pies de la playa. Y me quedé en la isla de Montserrat esperando durante largo tiempo a que mi viejo amigo volviera de aquel misterioso mar que le tenía preso.

Pero Amigomí, nunca regresó.

93% imaginación.
7% realidad.
Pero es ese 7% lo que realmente importa.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


4 comentarios :

  1. Muy bueno. El destino de Amigomí es un misterio que el lector agradece.
    Saludos.

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    1. ¡Quién sabe a donde fue a parar! ^^
      Tormenta, ovnis, dimensión paralela?
      Un abrazo bruto escritor. ^^

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  2. ¡Muy bueno el relato! Me ha encantado. Amígomi me ha traído recuerdos del indio Quequec de Moby Dick.
    Saludos!
    Borgo.

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    1. Estimado Mr. Borgo.
      Siempre tan acertado... hace unos meses comencé a leer Moby Dick (la tengo aparcada porque se me hacía cuesta arriba).
      Pero es curioso que comentes lo del indio Quequec... me gustó mucho el personaje. Quizá tenga algo de quequec amigomí. ^^
      Un abrazo inmenso Miquel.

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