sábado, 14 de noviembre de 2020





En esta ocasión, un cumpleblog de unos estimados amigos blogueros —de los que pasaremos a hablar en breve— nos invita a escribir una breve reflexión sobre el tiempo.

¿Qué es el tiempo?
Los humanos no lo saben, pueden medirlo, usarlo en una manera abstracta, en fórmulas, en juegos, en frases hechas, ¡cuánto tiempo queda!, ¡qué poco tiempo hay!, incluso notarlo en sus carnes; sin embargo, no consiguen dominarlo, sintetizarlo, asirlo, comprenderlo en todas sus formas, geometrías y perspectivas, porque de hacerlo, el tiempo, ya no tendría ningún secreto para ellos y, al fin, serían inmortales…

Nuestro amigos Búhos cumplen 5 años en su blog y esto merece ser celebrado.

Hace un tiempo, nos pusimos en contacto con ellos para enviarles un libro de nuestra cosecha aquiescente, pues los búhos son grandes lectores, aceptan libros y los reseñan. El libro, como comentábamos, llegó a buen puerto y fue reseñado por ellos.

Pero ¿qué libro es ese? Y ¿dónde está ese blog de Búhas y Búhos?

Pueden descubrir más sobre nuestros amigos búhos al seguir estos enlaces.

¡Ululantes saludos, amigos!


5º cumpleblog Búho.

Hace unos años... (2017)

Smoking Dead





Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

jueves, 5 de noviembre de 2020


«Era más de media noche, antiguas historias cuentan, cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra, los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan»

Un relato corto de José de Espronceda, escrito allá en 1840, con un personaje atípico para la época, pues Don Félix de Montemar, el protagonista, no nos sale con ser un caballero surgido tal novela de caballerías; no, es un canalla, un crápula, un truhan, un mujeriego…

Sus malas virtudes no poseen parangón. Un texto arriesgado para Espronceda, pues, en la época, los lectores no estaban habituados a este tipo de personajes acanallados.

Espronceda prepara un maridaje con sus gustos hacia otros personajes atípicos coetáneos del suyo, como son el Don Juan Tenorio, el Fausto de Goethe o Sardanápalo de Lord Byron; en algún caso manifiesta el parecido abiertamente.

«Segundo don Juan Tenorio, alma fiera e insolente, irreligioso y valiente, altanero y reñidor: Siempre el insulto en los ojos, en los labios la ironía, nada teme y toda fía de su espada y su valor».

El texto lóbrego, decadente y también fantasmal, recuerda al estilo gótico de terror del siglo XIX. Iglesias de picos afilados, sombras espectrales que cruzan la calle, castillos de altos muros donde acechan los soldados, el viento y el entorno, siempre de noche, siempre oscuro… 

«El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella, silbaba lúgubre el viento, y allá en el aire, cual negras fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias, y del gótico castillo las altísimas almenas, donde canta o reza acaso temeroso el centinela».

Don Félix mata al amor, mata al juego, mata al acero; y, por matar, hasta a La Muerte intenta cortejar. ¿Conseguirá salir vivo de ese juego?
Rescatado de los iniciales versos:

«Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd…».

En las primeras palabras, se anticipa un posible final ciertamente nefasto.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 1 de noviembre de 2020



«Ilustración regalo de Facundo Diblasi».

Facundo Diblasi es un ilustrador que conocimos hará algunos años. Durante este tiempo, a pesar de los altibajos que cualquier relación artística posee entre pares, mantuvimos el contacto.

En esta ocasión, un dibujo perdido y recuperado fruto de la casualidad, volvió a nosotros. Facundo revisaba las carpetas de su ordenador. Nos imaginamos su gesto de sorpresa e incluso sus palabras: «¡Alehop!, ¿qué hace esto aquí? Sí, seguro que le hace ilusión a UTLA que se lo envíe».

¿Cuántos años atrás nos pintó? 

Después, siguiendo el hilo de sus pensamientos, nos hizo llegar la ilustración por correo electrónico, con su buen talante, su camaradería y su amistad.

Nos ha gustado muchísimo, Facundo.

Gracias por enviárnosla.

Podéis seguir el trabajo de este gran ilustrador en sus redes sociales:

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 21 de octubre de 2020



«El fin del mundo requería tiempo para producirse, y el tiempo, pensó Susannah, se aplicaba en la labor con la parsimoniosa habilidad de un maestro torturador, capaz de matar rápido o despacio pero siempre con un dolor atroz»

El poder de la brevedad en un relato ganador del premio Locus 2018 y finalista, en el mismo año, del premio Hugo.

No es para menos, en menos de 10 000 palabras, Nagata destila las esencias vitales de la humanidad tales como supervivencia, anhelos, tecnología, desastres planetarios y extraplanetarios… y nos los arroja a la cara.

«Somos una especie brillante […] .Valientes, creativos, generosos… pero solo como individuos. En grandes números, fracasamos siempre».
La autora, residente en Hawái, presumiblemente ha vivido en más de una ocasión la fuerza devastadora de la naturaleza y ha aprovechado esa proximidad a los huracanes para relatarnos en un tono epopéyico el relato de una especie humana cercana al fin de su colapso como civilización.

Había una vez, un obelisco…

«Había empezado a considerarlo su propio monumento, y a verse a sí mismo como un Ozymandias cuya obra estaba condenada a olvidarse […]».
Pero la historia no va de un gran todo, de una enorme y compleja sociedad, pues no hay espacio físico para desarrollarla. Nagata nos embarca en un proyecto pequeño, la construcción de un obelisco, un recordatorio de una especie próxima a su fenecimiento… ¿o tal vez no?

Y es esa duda la que se erige altiva tal obelisco, pues si hay algo de especial en la especie humana es, sin lugar a duda, esa capacidad inasible llamada esperanza. 



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 11 de octubre de 2020

«Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos».

—Debe pinchar por el lado. —Linn emuló un corte transversal con la mano—. Si lo hace por arriba lo desmontará.
—que torpe soy. gracias, ji, ji, ji.
—¿No son de por aquí, verdad?
—pues no… no, ji, ji, ji, ji.
—Es usted muy… feliciana.

No supo que contestar a eso y la mirada penetrante de la joven, taza humeante en mano, que la escrutaba en silencio no la ayudaba a calmarse. Al menos, la indicación previa sobre como pinchar el tenedor en la comida le permitía, al fin, engullir el salmón y la masa sin desmadejar el pastel. El silencio la incomodaba y no sabía que decir, por eso preguntó lo primero que le vino a la mente:

—esta mañana… ¿estabas en la taberna?

Un extrañó temblor atravesó el rostro de Linn, aunque pronto recuperó su aplomo y el acostumbrado arqueo en las cejas, confiriéndole a su rostro la acostumrbada mirada felina, la misma que mostraba en la taberna.

—Sí…
—que riquísimo está esto.
—¿No había probado el pastel de salmón?
—pues, no, ji, ji, ji. está buenísimo.
—Ya veo.

Después de la respuesta su anfitriona volvió a recrearse en la mudez de la contemplación de su invitada. Comer siendo observada y sin conversar. ¡Qué situación tan incómoda!

—¿y que hacías allí? —preguntaría lo que fuese con tal de eliminar el molesto silencio.
—¿Dónde? —Linn se revolvió en la silla y carraspeó.
—en la taberna…
—Repasaba las noticias del Falkenbergs Tidning con el grupo del Lyceum femenino.
—oh, ¿leíais un periódico? qué bonito tiene que ser leer.
—¿No sabe leer?
—bueno… no. ji, ji, ji
—Oh.

Las respuestas de su anfitriona eran cada vez más escuetas, cortantes, onomatopéyicas, el pensamiento le trajo dolorosos recuerdos y el silencio volvió a campar a sus anchas. Linn la observaba extrañada y ese acto aumentó su intranquilidad. 

—¿y por qué no saludaste a nils en la taberna?
—¿Cómo dice…? —Linn se ruborizó.
—sí, en la taberna, nils estaba allí, ¿no ha dicho que son amigos?, ¿por qué no le saludaste?
—No debí fijarme que estaba allí.
—pero si estabas mirándolo todo el rato, al principio pensé que nos mirabas a nosotros, pero después me di cuenta que lo mirabas a él.

El rubor en el rostro de Linn se incrementó, las cejas adquirieron un ángulo aún más desproporcionado y la sonrisa, ya tensa, desapareció por completo.

—Perdone, pero no tengo costumbre de que me tuteen los desconocidos, ni tampoco de dar explicaciones sobre mis actos ni mucho menos justificarme ante nadie sobre lo que hago o dejo de hacer.

Ella se sonrojó muchísimo. Lo del tuteo lo había leído en algún libro de los prestados por Utla, cierta forma de cortesía en algunas culturas, recordaba otros ademanes y formas de tratamiento en distintas civilizaciones, pero… ¿y qué narices había molestado a la muchacha? Había tantísima información que asimilar que se saturaba. Se encontraba mal. Enseguida volvió al momento presente, tampoco imaginaba que había preguntado de incorrecto que hubiera podido molestar a su anfitriona, solo intentaba mantener una conversación para no comer en silencio, nada más. Realmente no se acostumbraba a las maneras de aquellos seres. Linn esperó a que acabara de comer, sin levantarse de la silla recogió con dilación el plato de su invitada, en la misma postura lo fregó con un poco de agua y, entonces sí, se levantó.

—Sígame.

No dijo nada y obedeció.

—Puede dormir en el jergón. Si tiene frío le puedo sacar otra manta.
—no, gracias. está todo bien, perdone si…
—Si necesita cualquier cosa no dude en despertarme —atajó Linn—. ¡Buenas noches!

Y dicho eso, Linn se desabrochó la falda, se quitó la chaqueta y depositó el sombrero sobre un pomo de la cama. Ella se acostó en el jergón, tal cual vestida, sin atreverse a decir nada más.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 4 de octubre de 2020


«El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela»


Atravesaron el pequeño descansillo, un doble portalón dio paso a una nueva estancia rectangular repleta de mesas pequeñitas, taburetes y una pizarra al fondo. Media docena de amplias ventanas, cerradas con destartalados postigones, auguraban una buena claridad exterior. En las mesas reposaban lápices, libros forrados por cartón y columnas de folios dispuestas en una apilación milimétrica, el orden de la improvisada columna contrastaba con una esquina alejada en el suelo, en ella se desparramaban hojas blancas con dibujos infantiles, de trazos irregulares y colores saturados; cubos rojos, verdes y azules con grafías estampadas en cada lado, símbolos imposibles de discernir para ella formaban un caótico vocabulario. Dos osos de peluche finiquitaban la docente estampa.

—Es la escuela para familias pobres —anunció Linn—. La mayoría son hijos de marineros. No es tan bonita como la otra, pero nos apañamos.

—a mí me parece preciosa.

Linn sonrió. Antes de llegar a la cocina, pasaron por una estancia que contenía una cama y un jergón. A pesar de la escasez de lujos, la ornamentación de la habitación vestía en las paredes unos coloridos cuadros de plantas y, en una esquina, un alargado reloj de cuco emulaba un talle pajaril: un nido, dos pájaros y tres huevos. Una estantería alargada contenía más libros de los que era capaz de soportar. Unos visillos blancos bordados a mano reposaban sobre una mesita y en una cómoda descansaba un espejo circular que le devolvía su imagen falsa: la de una mujer de altura más bien bajita con un gracioso estampado floral y una falda plisada. ¡Así me ve ella! ¡Así me ven todos!
En el minúsculo espacio de la cocina, Linn le ofreció un taburete con dos travesaños como respaldo y se sentó, la anfitriona también tomó asiento y reposó los codos sobre la misma pica de la cocina, una tabla alargada de madera apoyada sobre maderos en la que reposaban utensilios de cocina. Un alargado anaquel recorría la anchura de la cocina de punta a punta, encima de él algunos potes y bastante libros, en su lomo había grafías que, sin saber leer, le evocaban gustosos platos, suculentas delicias marinadas y otras degustaciones que la obligaron a salivar con discreción. Linn acercó hacia ambas una campana cubre alimentos, el material traslúcido dejaba ver en el interior una masa esponjosa y cubierta por tiras rosadas, acercó un cuchillo y al levantar la campana de cristal un fuerte olor a salmón acudió hasta su nariz. ¡Por favor, no rujáis ahora, no rujáis! La imagen mental del ruido de tripas exorcizó cualquier aquelarre estomacal. La mano de Linn, agarrando el alargado cuchillo, se acercó certera al pastel, subdividiéndolo en un trozo generoso que depositó en un plato pequeño. Se lo acercó a su invitada y le añadió al lado del plato una servilletita de tela, un tenedor y un vaso con agua.

—Si quiere vino también tengo.

—no, gracias, así está muy bien. que manjar, ji, ji.

Aunque tenía muchísima hambre, se forzó a comer con lentitud, un controlado pinchazo con el tenedor sobre la superficie esponjosa separó de manera abrupta parte de la masa principal. El salmón y el contenido se desparramaron sobre el plato de manera torpe. No tenía conocimiento sobre cómo servirse aquella comida, sumada a su inexperiencia, el hecho de vigilar a su anfitriona de soslayo no la ayudaba en la concentración de la tarea. Linn, sin levantarse de su silla, pues tan pequeña era la cocina que sentada desde su taburete podía llegar a los rincones situados a media altura, calentaba agua en una tetera enorme. Como no quería escrutar con tanto detenimiento a su anfitriona, continuó comiendo con deleite, a pesar del brusco desarme del sabrosísimo manjar.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 30 de septiembre de 2020



«Dar con el momento histórico en el que el ábaco alcanzó la Razón es igual de difícil que dar con el momento en el que el mono se transformó en hombre»


Stanislaw Lem, filósofo y escritor de ciencia ficción, bien hubiera añadido a sus cualidades ser compositor, pues escribe sus libros como melodías, de una belleza, musicalidad y profundidad que ninguna partitura habría de envidiar. Une las palabras tal notas, acordes y arpegios, en virtuosos alardes de composición que bien podrían escucharse sus obras como piezas musicales.

«[…] la Evolución es un jugador imperfectamente ordenado; porque no solo comete errores, sino que no se limita a ninguna táctica de preferencia a la hora de competir con la Naturaleza: apuesta por todos los campos posibles, de todas las formas posibles».

Ciñéndonos al libro actual, Golem XIV es una moderna epopeya escrita en prosa donde el agudo escritor nos desvela a una Inteligencia Artificial, Golem XIV, que supera a sus creadores. No es casualidad que el título, Golem, aluda al famoso ser de arcilla famoso en la mitología judía, pero es este Golem un ser distinto a ese, no nacido del barro, sino del silicio y el plástico.

«El ser humano no es capaz de formular todos los conocimientos que debe a sus experiencias personales […] nos consideraba “inteligencias aprisionadas por la corporeidad”».

Golem XIV es la decimocuarta versión de una máquina creada por el MIT con dinero del servicio de defensa de Estados Unidos. La premisa no es nueva, pero sí las ideas que pululan en torno a la vasta inteligencia de la máquina que, por mano de Lem, nos deslumbra con su sabiduría y su ecléctica visión de la humanidad. Nada se le escapa al GOLEM. Nada se le escapa a Lem.

«Vuelvo a la historia de la humanidad como historia de ilusiones efímeras».

Es Golem XIV, en mi humilde opinión, un libro complicado de leer, pues lejos de Solaris, Lem no nos presenta en este libro una novela fácil de digerir, es un ensayo filosófico sobre la propia visión de Stanislaw Lem sobre la humanidad, el conocimiento y el homocentrismo, una crítica, una advertencia y una profecía sobre el futuro y lo que obtengamos de él cuando construyamos una máquina pensante con la capacidad de cálculo del GOLEM.

«[…] la dificultad no solo reside en el hecho de que no conseguiréis subir a mi montaña, sino también en que yo, entero, no podré bajar hacia vosotros porque, al descender, pierdo por el camino lo que se suponía que tenía que entregaros».

¿De qué nos habla Lem en este libro? De la vida, de la humanidad, de la inteligencia, de la evolución, de la búsqueda, de términos inasibles y, por tanto, inalcanzables en sus cotas más elevadas, pero sobre todo nos habla de ese placer humano al sentir vanagloria ante nuestros logros, y el GOLEM nos rebaja, la vanagloria de ser una mota de polvo en el inmenso universo.

«La primera obligación de la Inteligencia es la desconfianza hacia sí misma».

No somos nada, sería el resumen que lanza la máquina pensante, un corolario del propio Lem quién necesitó crear al Golem XIV para no irritarnos en exceso con sus elucubraciones ni dañar nuestro frágil ego humano.

«Cogito ego Golem Lem».


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 23 de septiembre de 2020



«Los primeros árboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y los perales que había en el jardín de la casa en que crecí»


Memorias, ensayo y algo de estudios literarios; son algunos de los temas que nos trae la editorial Impedimenta. Su autor, John Fowles, nos regala esta delicia de libro, en él reflexiona lo que significa la naturaleza, la sociedad y, de paso, nos los explica con ejemplos de su cotidianidad a lo largo del devenir en su vida.

A Fowles y su familia les tocó vivir la Segunda Guerra Mundial; antes de que tan terrible acontecimiento ocurriera, su padre poseía en el patio trasero de su casa manzanos y perales, en ese pequeño jardín ubicado en un barrio de los suburbios de Londres su progenitor cultivaba árboles que ganaban premios por la calidad de sus frutos y del cuidado que les profesaba. John Fowles deja claro que su padre, a su manera, amaba a los árboles, pero mientras que para el padre sus afectos se traducían en atenciones mercantilistas u objeto de prestigio, para John era diferente…

«No es que no comparta el apego que mi padre sentía por sus fértiles objetos de devoción […]. Pero debo confesar que mi interés real se centra en la composición que forman los árboles en su conjunto […], ese coral verde que descubro en los bosques reside el auténtico significado de la experiencia […]. Creo que incluso podría hablar de la verdad».

Para John Fowles adentrarse en una arboleda reviste cierto misticismo, frase que entrechoca con los conocimientos científicos, pues la ciencia tiende a una excesiva pormenorización de los elementos estudiados, sin pararse a la contemplación, como el propio John Fowles deja escrito.

«Ponerles nombres a las plantas siempre implica categorizarlas y, por tanto, proceder a su recogida en un intento de poseerlas. […] sucede que esos nombres y los objetos a los que se vinculan pasan a estar obsoletos muy pronto […] Todo esto constituye el triste legado de la ciencia victoriana, tan obsesionada por la maquinaria y la taxonomía».

En el libro, El árbol, Fowles nos explica su vida de manera que profundiza en su intimidad y pensamientos, acercándonos de esa manera más aún a sus objetos de deseo; según avanza la lectura nos habla de muchas leyendas en torno a los bosques, de curiosidades acerca de los árboles y cita y comenta a otros autores de ficción como es el caso de Raymond Chandler en el que capta una similitud en la urbanidad vs la naturaleza. Raymond, según Fowles, traslada la maldad intrínseca de una naturaleza sin Dios a la arquitectura urbana creando en el proceso a un detective privado que, puesto sobre la jungla de asfalto, debe sobrevivir a la malvada ciudad como el hombre prehistórico debía sobrevivir al malvado bosque. Sin lugar a duda una excelente similitud que amplía con una explicación histórica.

«En el siglo XVII, […] el bosque era claramente el símbolo del mal. […] De esta forma, la Iglesia podía lamentarse de las ansias con que el público había aceptado las leyendas salvajes relacionadas con el adulterio, la magia, el misterio […] la maldad intrínseca de una naturaleza sin Dios».

Extenderme más en este libro sería una delicia, pero las resexpósibros nacieron con afán de ser útiles y breves, y ya conocemos el dicho: «lo bueno si breve, dos veces bueno».

Os invito a la lectura de este fascinante libro, cercano a cualquier lector que sienta cariño hacia nuestros congéneres planetarios: los árboles. Seres que comparten espacio con nosotros en el planeta Tierra y a los que no siempre tratamos tan bien como debiéramos.



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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

viernes, 18 de septiembre de 2020


«Solo existe el amor (3.0)»


Estimados:

En 2016, cambié la apariencia del blog, la conocida por todos vosotros hasta ahora, pero a finales del año pasado me rondó la idea de airear el blog, vestirlo con una nueva plantilla, y eso hice.

Me llevó bastante tiempo, primero indagué webs de plantillas para Blogger que me gustaran, durante dos semanas sopesé varias plantillas candidatas y, finalmente, escogí esta. Debo reconocer que el diseño estaba basado en un blog de recetas de cocina, pero, sin dejarme influir por el contenido, las dos columnas laterales, el carrusel central de imágenes y el formato de las entradas me atrajo desde un principio, además de que mejoraba ciertas cuestiones técnicas sobre el contenido de las entradas que no me gustaba del antiguo formato.

Después de escoger la plantilla definitiva, lidié con las vicisitudes que representa el HTML, el CSS, el JavaScript y los widget de Blogger con sus respectivas complejidades tecnológicas. Aunque no me incluiría como persona a la que le cueste la tecnología, los constantes cambios y el persistente avance informático, dejan a cualquier ser obsoleto en cuestión de años, en depende que tecnologías  incluso hasta meses.

En todo caso, para parapetar al blog de posibles errores, creé un blog paralelo de Pruebas, al que llamé «Un tranquilo lugar de aquiescencia (TEST)», y en él empecé el desarrollo para no afectar al blog de real (este).

Al principio pensé que me llevaría poco tiempo, pero he estado cerca de tres meses, opciones que no salían como yo quería, formato de fechas extraños, cambiar la imágenes del carrusel, añadir información aquiescente relevante del blog, el menú, los iconos de redes sociales, etc.

Finalmente, y por dejar constancia, así era…




Espero que el cambio os guste.
A mí me encanta.
Abrazos cordiales.

Esto es verdad,
y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento. ;->


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 13 de septiembre de 2020


«El ingeniero y químico francés Philippe Lebon, patentó su invención de la aplicación de gas para el alumbrado público. Le dio el nombre de termolámparas a sus aparatos de alumbrado económico»

Después de amarrar el bote en el mismo madero de la mañana, se adentraron en la penumbra de las calles. Falkenberg vestía el velo de la semioscuridad nocturna, pues las termolámparas de gas, diseminadas a lo largo de la empedrada calle, apenas alumbraban. No había un alma a esas horas. Se alejaron de la principal vía y se adentraron por callejuelas de tierra alisada en un barrio de casas pobres construidas con madera. Era el barrio de los pescadores, se podía intuir por los remos, las cañas de pesca y las redes que colgaban en paredes o tiradas en el suelo. En el exterior de bastantes casas colgaban candiles en los porches que, con débiles llamas, facilitaban la orientación en el intrincado laberinto de oscuridad. «Dormirás en casa de una amiga». Repitió el muchacho y ella encogió los hombros, le daba igual donde dormir, tenía mucho sueño, había sido un día largo y fatigoso. Se acercaron a una edificación, un poco más alargada que las demás, situada sobre un promontorio de piedras. Nils picó en la puerta tres veces y, para su sorpresa, al abrirse la puerta reconoció en su futura, e inminente anfitriona, a la chica del sombrero de paja blanco, la chica de la taberna que no hizo más que observarles.

—Buenas noches, Linn —dijo Nils—. ¿Puedo pedirte un favor?

La joven, todavía vestida como en la taberna con su sombrero blanco y demás parafernalia, asintió; no sin escrutar antes al hombre que acompañaba a Nils, un hombre alto que vestía chaqueta marrón, bombín y un bastón, y, como no, también a ella, la mujer que completaba el trío y que a ojos de su anfitriona iba vestida con una falda plisada y una blusa blanca estampada con flores. En ella reparó un poco más la mirada. Nils continuó:

—Son unos amigos. Han venido a verme, pero ya sabes que pequeño es la habitación donde vivo. ¿Puedes alojarla a ella? Serán pocas noches…

La escrutadora mirada dio paso a una sonrisa:

—Sí, sí, claro, Nils. Por favor, pase, pase. —Le indicó a ella deshaciéndose en gestos con las manos mientras los dos hombres, cumplido su objetivo, se despidieron y dejaron solas a las dos mujeres—. Me llamo Linnéa Flodgren. Soy profesora de esta escuela popular. ¿Cómo se llama usted?
Tragó saliva, ¿qué nombre le había asignado Utla en el puente? ¿Alva? ¿Agda?, se giró, pero era tarde para solicitar ayuda, las sombras de Utla y Nils se alejaban por la calle de tierra. Linn cerró la puerta y se la quedó mirando, esperando una respuesta. ¡Asa! Eso era. ¡Asa!

—¡asa! me llamo asa.

Linn asintió un tanto impresionada por aquel ímpetu en la contestación.

—Se le ve agotada. ¿Tiene hambre? ¿El cabezahueca ese de Nils les ha dado de comer? 

En ese momento un rugido de tripas surgió de su vientre e inundó la estancia. Se llevó avergonzada una mano a la boca y otra al estómago. Linn contuvo una risa, las cejas desmarcaron el arqueo felino y una creciente sonrisa vistió de afabilidad el rostro de su anfitriona. ¡Cuando no mira ceñuda es más bonita!

—Sígame, tengo un poco de pastel de salmón que sobró del mediodía. ¡Ais, este Nils…! Nunca sabrá tratar a una dama.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 9 de septiembre de 2020

«Seguramente habían calumniado a Joseph K., pues, sin que nada malo hubiera hecho, fue detenido una mañana».

Esta obra, El proceso, es la historia de una venganza, graciosa, personal y transcendente de Franz Kafka contra el mundo del derecho; y es por ser, él mismo, parte de ese mundo —se doctoró en derecho en la universidad de Praga en 1906— que somete con sorna y debate la justicia de los hombres al arbitrio de nosotros los lectores. 

Algunas de sus primeras sentencias son clarificadoras, tales como la siguiente:

«La falsa creencia en la seguridad del estado que se preocupa por sus ciudadanos».

De suerte que esta absurdidad, propia de un genio, Kafka, que en sus últimos días, muriéndose, entregó los manuscritos de sus obras a su íntimo amigo y consejero literario, Max Brod, y le conminó que, a su muerte, los quemara. Sería porque ¿pocos lo leían en vida? Quién sabe. En todo caso, su fiel amigo, desatendió esa última petición, y aunque la promesa de amistad fuera traicionada, ello nos ha permitido disfrutar de la escritura de Kafka, un portento no reconocido en vida, pero valorado mucho después. 

«No hay armas contra esta justicia; es obligado confesar. En la primera ocasión, confiese».

Al anterior anecdotario anterior aporto la pregunta que cualquier lector se hace y que también comentamos mucho en el grupo de lectura Letraheridos del que soy asiduo, quizá esa súplica final de Kafka no fuera, después de todo, más que una mascarada, una personificación del teatro del absurdo llamado vida, una solicitud interpretada hasta el final donde, ni el propio Kafka, confiaba en que su amigo cumpliera lo dispuesto. En todo caso, y gracias a esa lealtad en contra de él mismo, tenemos su obra en nuestros días.

«No puedo decir, tampoco, que esté usted acusado: o, más bien, ignoro si lo está. Que está usted detenido es exacto, y no sé nada más».

El Proceso es una burla al sistema judicial. De entrada, Josep K. —el protagonista— nunca llega a leer ni oír la acusación contra él; esta no se pronuncia, no cobra forma en ninguna carta, manuscrito, libelo o pliegue jurídico y ni tan siquiera uno solo de los personajes que aparecen, y aparecen muchos, menciona tan siquiera de pasada en qué consistirá su sufrimiento legal.

«
Josep K.—¿Cómo se entiende que vaya al Banco, puesto que estoy detenido?
Inspector—Usted no me ha comprendido bien. Está detenido, sí, pero eso no impide que cumpla con sus obligaciones. Nadie le prohibirá llevar su vida normal.
»

Así, el tiempo novelístico pasa de palabra en palabra en la inopia del motivo acusador; y ni siquiera al propio afectado parece importarle el porqué de su asunto con la justicia, sino más bien el cómo. No le importa —al lector sí— el origen del crimen, sino como subsanarlo, es esta contraposición, la avidez del lector vs la absolución del personaje, querer saber más vs la pragmática resolución favorable, lo que enfrenta en toda la obra la curiosidad lectora y la habilidad de Kafka por no querer decir.

«¡Hay tantas sutilezas en las que la justicia se pierde! Llega a descubrir un crimen allí donde nunca lo hubo».

Y Joseph K., simplemente nombrado K. la mayoría de veces, es un personaje guiado por una hábil mano, un personaje que recorre los vericuetos de ese circo creado por los hombres llamado Justicia y que tan bien recrea para burla y escarnio el autor.

«[…] el proceso seguía su curso y que allí arriba, en el granero, los funcionarios de la justicia quedaban pendientes de los archivos de este proceso […]».

Resulta gracioso, al menos lo resulta en los primeros capítulo, como Kafka reduce al ridículo los espacios físicos donde se erigen los templos del derecho, pues los palacios de justicia se encuentran en los lugares más mundanos y ridículos: habitaciones en edificios de cinco plantas, graneros, puertas ocultas tras camas, almacenes, etc.

«[…] la escalera de madera no aclaraba nada. K. advirtió que cerca de la subida había un cartelito y corrió a verlo. Estaba escrito con mano torpe. La inscripción decía: «Escalera de los archivos judiciales». Así pues, los archivos de la justicia se encontraban en aquel hórreo […]».

No son menos ridículos los personajes que vigilan el paso a los edificios, y así, de todas guisas e índoles, nos dibuja a atípicos guardianes: lavanderas, jueces, pintores, policías, inspectores, chiquillas (algunas jorobadas), extranjeros italianos, abates. Podrá darse cuenta el elector de la transgresión del autor al nombrar a personal no cualificado como parte del entramado jurídico, rebajando de esa manera la importancia de la justicia, la bufonada que supone para él, y para el común de los hombres, enfrentarse a la burrocracia justiciera. Pero es que, como Kafka persigue y explicita en un momento de la justicia: «todos somos parte de la justicia», es decir, y esta es una elucubración mía, todos somos parte de la bufonada.

«Es muy posible que ninguno de nosotros sea de corazón duro, inclusive estaríamos dispuestos a brindar un favor a quien lo necesitara; pero, en calidad de empleados de la justicia, aparentamos a menudo que somos de mal corazón y que no queremos ayudar a nadie».

No puedo negarlo, me he reído, sobre todo en los primeros capítulos, pero no se deje engañar el astuto lector por estas palabras; la narración se extiende, va más allá y poco a poco, hasta sus últimos capítulos, aunque sin perder ese tono caricaturesco-kafkiano, ahonda en la seria reflexión, acabando en un último capítulo triste, oscuro y esclarecedor de lo que, tal vez, quería transmitirnos Kafka.

«[…] asimismo es posible comprender algo y engañarse a un tiempo acerca de lo mismo».

Es El proceso una obra por la que merece echarse una risas y, por qué no, también unos lloros, pues quién esté libre de multas que pague la primera de ellas.


*nota*: Kafka es aquiescente.
«aprobaba con movimientos de cabeza cuanto iba diciendo el abogado, punto por punto, dirigiendo una que otra mirada a su sobrino como para dar ánimos a su aquiescencia».


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 2 de septiembre de 2020

«Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera».

 

¿Qué es una paradoja?

La Wikipedia recoge en una de sus acepciones, muy acertada ciertamente, la respuesta a la pregunta: «Una paradoja es una proposición en apariencia falsa o que infringe el sentido común, pero no conlleva una contradicción lógica».

Pues si algo ha conseguido crear el autor, Robert A. Heinlein, con este título de su propiedad es un auténtico relato corto paradójico en sí mismo.

Es un relato tan breve y tan bien pensado que explicar parte de la trama conllevaría a un destripe brutal de la misma y os salvaré de tamaño desproposito.

«Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones».

La idea es tan buena que fue llevada con bastante fidelidad al cine en 2014, en la película «Predestinación» (Predestination) protagonizada por Ethan Hawke.

No obstante, la primera vez que conocí de esta obra fue como un breve resumen en otro libro que abordaba los viajes en el tiempo desde una óptica científica. El artífice de dicha obra es el profesor J. Richard Gott, experto en matemáticas, astrofísica y divulgador científico. En su libro, Los viajes en el tiempo, explica grosso modo la historia que trama Heinlein en torno a su relato y, de paso, nos explica en que consiste la autoconsistencia temporal —no tiene desperdicio—.

«¡Soy mi propio xxxxxx!» (no spoilers)

Y si a alguien le resulta paradójico que lleve tantos párrafos escritos y que no haya explicado nada del relato de Heinlein en cuestión no debe azorarse ni achacarlo a alguna clase de descuido…

Simplemente, quedan, todos ustedes zombies, avisados de que estamos rodeados de efectos temporales perturbables, nómbrese como paradojas temporales, aforismos ocasionales o entradas de blog inconclusas.

«No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.

Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia



domingo, 30 de agosto de 2020

«El que quiera peces que se moje el culo»

—¿Verdad que sabes hablar con los peces? —preguntó Utla y, sin esperar respuesta por parte del muchacho, continuó—. Pregúntales dónde se esconde el duende.
—Pero…
—Si encontramos al duende te liberaremos del hechizo. Adiós voces nocturnas. 

El rostro de Utla se abombó: ¿de nuevo satisfecho? Nils se encogió de hombros, aseguró los remos al bote y sacó medio cuerpo por el costado de la embarcación, mirando con el rostro pegado a menos de medio palmo sobre las cristalinas aguas. Habló, vaya que sí habló. Y los otros le contestaron.

«Hace unos días nos pescabas y ahora, ¿vienes a pedir ayuda?», eso fue lo que le respondieron los salmones rosados a sus ruegos, tampoco tuvo mejor suerte con sus parientes más cercanos, los salmones jorobados, llamados así por una joroba situada en su lomo: «Ahí te pudras». Las truchas no se dignaron ni a responderle y aleteando río arriba se alejaron de ellos. Las anguilas le dijeron: «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», y él insistió en la pregunta. «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», pero ninguna insistencia las sacó de aquel bucle perpetuo como única respuesta. Al menos ya conocían el nombre del duende. Tryckfelsnisse. Las lampreas, lejanas hermanas de las anguilas, les respondieron con intrincadas abluciones comunicativas: «Glups, duende, no, Tryckfels, Glups, vivir, sí, Tryckfels, Glups, quemado, no, Tryckfels, Glups, árbol, sí, Glups, agua, agua, Glups, Glups», pero de la maraña de gorgojeantes sonidos era complicado extraer una secuencia entendible.
Habían perdido todo el día en el río Ätran y ningún pez les había acercado más al duende. Nils había intercambiado la posición en la barca con ella y, agotado, se recostaba contra el timón, mirando el cielo cada vez más oscuro.

—… La otra vez…

¿Qué murmuraba Utla? Su recuperado ademán de seguridad había desaparecido y ella prestó atención a la frase que disminuía en intensidad. «[…] la otra vez sí funcionó». ¿Qué otra vez? La verdad es que estaba muy cansada, si el hombrecillo quería murmurar sandeces que lo hiciera, ella tenía más sueño que hambre como para prestar atención a una situación que la cansaba y, además, empezaba a tener un calor excesivo en la frente.

—Os agradezco la ayuda. —El tono de Nils, sin inflexión, no se correspondía con sus palabras—. Pero es inútil. Los pescados no me van a decir nada.
—¿Tienes un lugar donde podamos dormir?
El muchacho cabeceó un instante, miró al enanito y la miró a ella, bajó la cabeza al río, un gruñido se deslizó entre las aguas que le devolvían el oscuro rojizo del atardecer.
—¡Bueno, supongo que os lo debo! Estaremos un poco apretados. También tendréis hambre.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 26 de agosto de 2020

«El paquete estaba junto a la puerta»


Richard Matheson nos deleita, una vez más con su talento, en este relato corto que inspiró algún capítulo de la zona desconocida (The Twilight Zone) e incluso fue adaptado a la gran pantalla.

La trama es simple y efectiva.

Un desconocido entrega un paquete con una llave a una pareja con la siguiente condición: si abren la caja y presionan el botón que hay dentro un desconocido morirá y ustedes recibirán 50.000 dólares.

Obviamente, en los tiempos en los que Matheson escribió el relato dicha cantidad era desorbitada para un ciudadano medio, un lector astuto lo comprenderá y elevará mentalmente esa cantidad a 500.000 dólares de hoy día o a la cifra que considere oportuna para capear lo risorio del importe.

En todo caso, la cantidad no es lo importante. Matheson, al igual que hiciera con Soy Leyenda, en esta historia plasma un conflicto con conceptos antagónicos propios de la condición humana: codicia vs empatía. ¿Qué podrá más, el amor al prójimo, aunque sea un prójimo desconocido, o la avaricia monetaria y personal?

Cuídese muy bien quién lea este relato de extraer sus propias conclusiones.

Por supuesto, y en esto creo que hay que darle un punto positivo al celuloide, la idea fue renovada y ampliada con gran maestría en la película The Box.

¿Apretarías ese botón?


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 24 de agosto de 2020

«El nombre de drakar proviene de la transformación de un antiguo vocablo usado para citar a los dragones, ya que las embarcaciones en cuestión solía poner en sus proas, en lo alto de los caperoles, mascarones de terribles dragones, con los que causaban el pánico de sus enemigos y de sus presas»



Embarcados los tres, ella observó como Nils apoyaba la punta del remo en una piedra y, ayudándose con ambas manos, empujó el remo contra la roca, acción que, con inversa fuerza, los alejó de la orilla. La inercia los acercó al medio del canal y, acunados por las aguas, el muchacho aprovechó la corriente para bogar río abajo. El sol restallaba sobre el caudal azul y llamaradas de plata la deslumbraron, tapó los destellos interponiendo la mano delante de los ojos y, entre el diminuto resquicio entre falange y falange, vislumbró borrosa la blanca espalda de la chaqueta de Utla. El enanito seguía asido al caperol tan ufano como al principio y miraba al frente como seguro de encontrar algo. Nils, sentado delante de ella, bogaba sin ningún brío, pues la corriente ejercía suficiente fuerza para arrastrarlos hacia el mar. Las cuatro arcadas del puente Tullbron se les acercaban veloces, en concreto uno de los robustos pilares se acercaba más rápido de lo que a ella le gustaría. Su intranquilidad aumentaba. Nils se acercó a ella y la apartó hacia un lado sin brusquedad, aquello detuvo su temor, pues el chico continuaba tranquilo respecto a la proximidad del puente como el experto que conoce su oficio y no se asusta frente a lo que los neófitos desconocen, y, con una sola mano, agarró un travesaño de hierro encastrado en el timón y lo torció. El gesto maniobró el bote y la barquichuela salvó la enorme columna, pasando con seguridad bajo de una de las arcadas. ¡Ufff! Respiró más tranquila.

Superado el puente, pero no muy lejano a él, las ruinas de una antigua edificación reposaban inertes en tierra. Eran cimientos demolidos reconvertidos por el paso del tiempo en montones de viejas piedras, pero que, por la cantidad de runa y el espacio ocupado, reflejaban un prominente pasado al lado del río.

—Acerca la embarcación ahí —señaló Utla a una porción de muralla próxima a las aguas.

Con un golpe de remo Nils acercó la barca hasta donde indicaba el enanito. El costado de la embarcación chocó con suavidad contra las piedras y Nils bogaba para asegurar la posición. Utla alargó la mano hasta la hiedra verde que arracimaba sus hojas en la verticalidad de la construcción, su mano se engarfió a la frondosidad de la planta como si quisiera descorrer una cortina delante de una puerta secreta, pero al apartar la hiedra tras ella solo había más muralla. Lo miró extrañada. El hombrecito dudaba y el movimiento de la otra mano, aduciendo al descrédito del enanito, quién apoyaba infructuoso la palma de la mano sobre el muro, aumentó esa sensación.

—Vámonos de aquí, sigamos río abajo, probaremos otra cosa.

¿Probar otra cosa? Pero ¿qué persigue Utla? Fuera como fuese, el hombrecillo había recuperado el abombamiento en su cara, gesto que ella atribuía a un estado de seguridad o alegría, y encaraba el rostro hacia la desembocadura del río. Nils se encogió de hombros y un nuevo movimiento de remos alejó a la embarcación del castillo. Al dejar atrás la población, la coloración del lecho se volvió de un cristalino verdoso, la nueva pigmentación reflejaba los colores de la flora que crecía a los lados del río: tupidos álamos, alargados abedules y piramidales alisos; de entre ellos sobresalía un fresno quemado a orillas del río, partido por la mitad seguramente por la caída de un rayo. A la flora, se le sumó el baile de la fauna ribereña, bajo ellos bancos de peces aleteaban en bancadas y las escamas de los animales reflejaban los destellos solares, la diversidad de formas, tamaños y pigmentaciones confería vida al mural acuático. 


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 19 de agosto de 2020



«Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de una comedia de magia continua, sin que parezcan darse cuenta de ello».

Esta crónica de Julio Verne es un relato corto, ficcional y predictivo de cómo sería el futuro, aunque el texto bien podría encasillarse dentro del género de ciencia ficción, deberé hacer hincapié en lo que muchos Vernistas aseveran ante la obra del más fecundo escritor, que Verne no escribía ciencia ficción, sino ficción científica; y aun así se erraría el tiro en este caso, pues el texto orbita sobre un humorismo cruel por el futuro regado con mucha sátira.

«[...] Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades con calles de cien metros de ancho, con casas de trescientos metros de altura, a una temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aeroómnibus».

Sin entrar más en los linderos de estos detalles literotécnicos, solo decir que la historia escrita en tono de sátira es en todo momento una burla hacia el futuro que no intenta disimular su autor para nada. Un relato extraño en los recovecos de la forma, pues o bien se burla de los adelantos tecnológicos (la tecnología propia del futuro es entendible como un fin y no como un medio, empobreciendo la moral y la intelectualidad de los hombres futuros), o bien se puede entender como una burla al prototipo del burgués norteamericano (¿no era Verne francés y ante ese pique, inconsciente o no de nacionalidades, imperara la burla ante los logros de Estados Unidos?) o bien una mezcla de ambos conceptos (en lo que sinceramente tanto monta como monta tanto).

«[...] Dos minutos después, sin que hubiese recurrido a la ayuda de ningún sirviente, la máquina lo depositaba, lavado, peinado, calzado, vestido y abotonado de arriba abajo, en el umbral de sus oficinas. La ronda cotidiana iba a comenzar».

Verne refleja la frivolidad de la sociedad norteamericana ante sus propios avances, meros utensilios de su propio ego que, poco o nada, sirven para la mejora de la sabiduría humana (tanto adelanto para hacer churros, como decía la canción); Verne, a través de su personaje principal, Francis Benett, director de un periódico, engrandece el estúpido consumo, la ligereza y el desenfreno de esa sociedad imaginada a la que él predice —entre líneas— males mayores.

«—Hay siempre un baño preparado en la mansión y ni siquiera tengo que molestarme en ir a tomarlo fuera de mi habitación. Mire, con sólo tocar este botón, la bañera va a ponerse en movimiento y la verá presentarse ella sola con el agua a la temperatura de treinta y siete grados».

Es por supuesto un relato gracioso, cómico y consigue con creces la ansiada burla en los puntos que desea ensalzar el autor: el simple utilitarismo de los bienes futuros sin apego de una sustancial moralidad al servicio de la humanidad; el servilismo del hombre hacia la tecnología, sí, es recurrente en los relatos distópicos de hace un siglo ese miedo a la máquina, y el desarraigo de la humanidad de los valores naturalistas.

«Gracias a un ingenioso sistema, una parte de esta publicidad se difunde en una forma absolutamente novedosa, debida a una patente comprada al precio de tres dólares a un pobre diablo que acabó muerto de hambre».

Sin embargo, a pesar de estos logros, el autor también cae presa de su propia burla, pues si hay un género que envejece peor que el resto de géneros es, sin lugar a duda, la ciencia ficción. Algunas burlas de Verne, muy acertadas en lo espiritual sobre el futuro, caen en lo ridículo al expresar detalles sobre móviles, medios de comunicación y transportes. Queda la burla un tanto atrofiada en la forma por esa imposible visión que se puede tener desde el pasado hacia la evolución tecnológica (solo risible en la forma).

«[...]
—Perfecto. ¿Y este asunto del asesino Chapmann? ¿Ha entrevistado a los jurados que deben presidir la audiencia?
—Sí, y están todos de acuerdo en la culpabilidad, de modo que el caso ni siquiera será expuesto ante ellos. El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado… —¿Ejecutado… eléctricamente?
—Eléctricamente, señor Benett, y sin dolor… se supone, pues aún no se ha dilucidado este detalle [...]».

Esa mirada antigua del futuro venidero se convierte en un anacronismo en el mismo momento de su alumbramiento: no habrá coches ni trenes ni autobuses voladores, los receptores de comunicación móvil no serán tan grandes como una palangana, ni usaremos nombres risorios como el fonotélefoto para nombrar al móvil/celular/teléfono (¿por qué inventar palabras cuando ya se tienen las necesarias?), pero es que la miniaturización no era cognoscible ni remotamente en el siglo de Verne, y así con un montón de objetos y conceptos más, etc.

«A fines del siglo XIX, ¿no afirmaban ya los científicos que la única diferencia entre las fuerzas físicas y químicas reside en un modo de vibración, propio de cada una de ellas, de las partículas etéricas?».

En resumen, un gran relato, una burla estupenda, mal envejecida en el aspecto técnico, pero de gran risa y estupor en la cuestión crítica que quería ensalzar Verne: la estupidez humana, vehículo que —con toda seguridad— será el único elemento insuperable por la humanidad… quién sabe.




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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 16 de agosto de 2020



«Ea, ea, que el que no embarca no se marea»

Nils los guio hasta el muelle riberense donde embarcaciones de distinta eslora se mezclaban en el lugar agrupadas por tamaños, las más grandes reposaban expuestas en mitad del río y las pequeñas cercanas a la orilla, incluso algunas descansaban encima de la arena. El muchacho se acercó a un joven que, sentado en tierra, hilaba una red. Intercambiaron unas palabras y el que hilaba señaló un pequeño bote amarrado a un bolardo, una de las tantas columnas de madera que amarraban con gruesos cabos distintos botes. Después de solicitar el pequeño navío a su amigo, Nils, Utla y ella, se acomodaron en el interior de la embarcación. Utla saltó sobre la proa y, situado de pie al frente de la embarcación, se asió con una mano al caperol, un pequeño saliente de madera situado en la cabecera de la nave, y, con la otra mano libre, señaló río abajo. Nils se encogió ante el bufonesco gesto del enanito y, viendo los reparos de ella por embarcarse, le ofreció la mano para ayudarla a bajar. ¡Un gesto amable, menos mal, empezaba a pensar que era un bruto!

—gracias.

Agarrada a la mano dio los primeros pasos en firme y, una vez sentada en la bancada posterior, el muchacho dio un salto igual de ágil que el de Utla y se sentó en la bancada libre de en medio. Sin más dilación, Nils encorvó la espalda y agarró los remos.

—¿A dónde nos quieres llevar, enanito?

Sin esperar respuesta, el muchacho colocó los dos remos sobre las chumaceras, unas pequeñas hendiduras semicirculares, recubiertas de cobre y talladas a los lados del bote, sobre ellas colocó los luchadores de los remos, dos anillas de caucho engarzadas alrededor de cada palo que, puestas de esa manera sobre el cobre, reducirían la fricción y le facilitarían bogar. A pesar de la inacción a bordo de la barquita, el constante oleaje del río impelía al bote de un lado a otro, el vaivén producía un movimiento mareoso, muy molesto que, a la larga, podía inducir a las náuseas. ¡A ver si acaba el viajecito este!

—Río abajo —dijo Utla.



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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 12 de agosto de 2020


«Tarde o temprano tenía que suceder».


Así es, en algún momento u otro —quizá no— se produzca el temido o esperado primer contacto con algún ser, material o forma de vida extraterrestre; y eso es lo que Arthur C. Clarke refleja en esta maravillosa historia ganadora en 1974 de los prestigiosos premios de ciencia ficción: Hugo, Nébula y Locus. Rama un, ¿vehículo?, ¿cometa?, ¿planeta?, enorme que visita nuestro particular vecindario cósmico.

«En verdad, la estrella que el viejo Wells describía no era fría sino incandescente, y provocaba la mayor parte de la destrucción por el calor. Eso importaba poco; aun cuando Rama fuese un cuerpo frío que sólo reflejara la luz del Sol, podía causar la destrucción por la fuerza de gravedad tan fácilmente como por medio del fuego».

Y si Wells describía a la vieja estrella como incandescente, el tono usado por Clarke para la novela es frío, distante con los personajes y sus preocupaciones, pero es que eso no importa. Es Rama, en toda su inmensidad, el protagonista indiscutible de la trama; así, las simples hormigas humanas que pululan por él, que lo estudian, que lo analizan, y que llevan a cabo más tareas de las que no quiero acordarme; son justamente hormigas humanas curiosas, provenientes de los distintos planetas colonizados del viejo sistema solar que unidas se afanan en descubrir los misterios ocultos de este cuerpo celeste que nos visita.

«Rama era silencioso como una tumba… y quizá fuera eso en realidad».

¿Y qué es Rama? El arco argumental de la novela pasa las páginas intentado dar respuesta a esa pregunta, si lo consigue o no es algo que cada cual deberá leer; lo que sí puedo adelantar es que si te gusta la ciencia ficción no te defraudará, pero ¡ojo!, es ciencia ficción dura, de la dura dura, aun más que cualquier diamante, carburo o grafeno. Datos técnicos abrumadores que impresionarán a los amantes del subgénero.

«Si Rama es un mundo muerto, o deshabitado, […] se encuentra en la posición de un arqueólogo que descubre las ruinas de una cultura desaparecida. […] Ejemplos obvios son Schliemann en Troya y Mouhot en Angkor Vat».

No pude evitar recopilar la anterior frase, ya que en mi primera novela —y única novela hasta la fecha, «Smoking Dead», me perdonaréis ser autorreferencial— también recogí esa mítica ciudad, Angkor, como parte del entramado de fondo aunque fuera solo como una referencia sutil y lejana.

«Según los libros de historia hubo una época en que la antigua organización de las naciones Unidas estaba formada por 172 miembros. Los Planetas Unidos tenían solo siete, y eso ya era causa de suficientes problemas».

Y si antes comenté que el tono de Clarke era frío desde luego destila ironía y una crítica, como solo un autor de anticipación —por llamar al género de alguna manera— en frases destiladas con cierta mala baba critica nuestros procederes actuales.

«Él no era de los que se resignaban a una aquiescencia pasiva».

(+1) Punto Aquiescente para Arthur C. Clarke
Como no, un autor que usa la superfragilística palabra Aquiescencia en su novela merece, además de los mencionados tres permios anteriores, el Punto Aquiescente (+1); galardón tan o más prestigioso que los anteriores, y si no pregúntenles a los habitantes de Rama. ¡Ellos se lo explicarán si es que pueden dar con ellos!




Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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