viernes, 18 de septiembre de 2020


«Solo existe el amor (3.0)»


Estimados:

En 2016, cambié la apariencia del blog, la conocida por todos vosotros hasta ahora, pero a finales del año pasado me rondó la idea de airear el blog, vestirlo con una nueva plantilla, y eso hice.

Me llevó bastante tiempo, primero indagué webs de plantillas para Blogger que me gustaran, durante dos semanas sopesé varias plantillas candidatas y, finalmente, escogí esta. Debo reconocer que el diseño estaba basado en un blog de recetas de cocina, pero, sin dejarme influir por el contenido, las dos columnas laterales, el carrusel central de imágenes y el formato de las entradas me atrajo desde un principio, además de que mejoraba ciertas cuestiones técnicas sobre el contenido de las entradas que no me gustaba del antiguo formato.

Después de escoger la plantilla definitiva, lidié con las vicisitudes que representa el HTML, el CSS, el JavaScript y los widget de Blogger con sus respectivas complejidades tecnológicas. Aunque no me incluiría como persona a la que le cueste la tecnología, los constantes cambios y el persistente avance informático, dejan a cualquier ser obsoleto en cuestión de años, en depende que tecnologías  incluso hasta meses.

En todo caso, para parapetar al blog de posibles errores, creé un blog paralelo de Pruebas, al que llamé «Un tranquilo lugar de aquiescencia (TEST)», y en él empecé el desarrollo para no afectar al blog de real (este).

Al principio pensé que me llevaría poco tiempo, pero he estado cerca de tres meses, opciones que no salían como yo quería, formato de fechas extraños, cambiar la imágenes del carrusel, añadir información aquiescente relevante del blog, el menú, los iconos de redes sociales, etc.

Finalmente, y por dejar constancia, así era…




Espero que el cambio os guste.
A mí me encanta.
Abrazos cordiales.

Esto es verdad,
y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento. ;->


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 13 de septiembre de 2020


«El ingeniero y químico francés Philippe Lebon, patentó su invención de la aplicación de gas para el alumbrado público. Le dio el nombre de termolámparas a sus aparatos de alumbrado económico»

Después de amarrar el bote en el mismo madero de la mañana, se adentraron en la penumbra de las calles. Falkenberg vestía el velo de la semioscuridad nocturna, pues las termolámparas de gas, diseminadas a lo largo de la empedrada calle, apenas alumbraban. No había un alma a esas horas. Se alejaron de la principal vía y se adentraron por callejuelas de tierra alisada en un barrio de casas pobres construidas con madera. Era el barrio de los pescadores, se podía intuir por los remos, las cañas de pesca y las redes que colgaban en paredes o tiradas en el suelo. En el exterior de bastantes casas colgaban candiles en los porches que, con débiles llamas, facilitaban la orientación en el intrincado laberinto de oscuridad. «Dormirás en casa de una amiga». Repitió el muchacho y ella encogió los hombros, le daba igual donde dormir, tenía mucho sueño, había sido un día largo y fatigoso. Se acercaron a una edificación, un poco más alargada que las demás, situada sobre un promontorio de piedras. Nils picó en la puerta tres veces y, para su sorpresa, al abrirse la puerta reconoció en su futura, e inminente anfitriona, a la chica del sombrero de paja blanco, la chica de la taberna que no hizo más que observarles.

—Buenas noches, Linn —dijo Nils—. ¿Puedo pedirte un favor?

La joven, todavía vestida como en la taberna con su sombrero blanco y demás parafernalia, asintió; no sin escrutar antes al hombre que acompañaba a Nils, un hombre alto que vestía chaqueta marrón, bombín y un bastón, y, como no, también a ella, la mujer que completaba el trío y que a ojos de su anfitriona iba vestida con una falda plisada y una blusa blanca estampada con flores. En ella reparó un poco más la mirada. Nils continuó:

—Son unos amigos. Han venido a verme, pero ya sabes que pequeño es la habitación donde vivo. ¿Puedes alojarla a ella? Serán pocas noches…

La escrutadora mirada dio paso a una sonrisa:

—Sí, sí, claro, Nils. Por favor, pase, pase. —Le indicó a ella deshaciéndose en gestos con las manos mientras los dos hombres, cumplido su objetivo, se despidieron y dejaron solas a las dos mujeres—. Me llamo Linnéa Flodgren. Soy profesora de esta escuela popular. ¿Cómo se llama usted?
Tragó saliva, ¿qué nombre le había asignado Utla en el puente? ¿Alva? ¿Agda?, se giró, pero era tarde para solicitar ayuda, las sombras de Utla y Nils se alejaban por la calle de tierra. Linn cerró la puerta y se la quedó mirando, esperando una respuesta. ¡Asa! Eso era. ¡Asa!

—¡asa! me llamo asa.

Linn asintió un tanto impresionada por aquel ímpetu en la contestación.

—Se le ve agotada. ¿Tiene hambre? ¿El cabezahueca ese de Nils les ha dado de comer? 

En ese momento un rugido de tripas surgió de su vientre e inundó la estancia. Se llevó avergonzada una mano a la boca y otra al estómago. Linn contuvo una risa, las cejas desmarcaron el arqueo felino y una creciente sonrisa vistió de afabilidad el rostro de su anfitriona. ¡Cuando no mira ceñuda es más bonita!

—Sígame, tengo un poco de pastel de salmón que sobró del mediodía. ¡Ais, este Nils…! Nunca sabrá tratar a una dama.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 9 de septiembre de 2020

«Seguramente habían calumniado a Joseph K., pues, sin que nada malo hubiera hecho, fue detenido una mañana».

Esta obra, El proceso, es la historia de una venganza, graciosa, personal y transcendente de Franz Kafka contra el mundo del derecho; y es por ser, él mismo, parte de ese mundo —se doctoró en derecho en la universidad de Praga en 1906— que somete con sorna y debate la justicia de los hombres al arbitrio de nosotros los lectores. 

Algunas de sus primeras sentencias son clarificadoras, tales como la siguiente:

«La falsa creencia en la seguridad del estado que se preocupa por sus ciudadanos».

De suerte que esta absurdidad, propia de un genio, Kafka, que en sus últimos días, muriéndose, entregó los manuscritos de sus obras a su íntimo amigo y consejero literario, Max Brod, y le conminó que, a su muerte, los quemara. Sería porque ¿pocos lo leían en vida? Quién sabe. En todo caso, su fiel amigo, desatendió esa última petición, y aunque la promesa de amistad fuera traicionada, ello nos ha permitido disfrutar de la escritura de Kafka, un portento no reconocido en vida, pero valorado mucho después. 

«No hay armas contra esta justicia; es obligado confesar. En la primera ocasión, confiese».

Al anterior anecdotario anterior aporto la pregunta que cualquier lector se hace y que también comentamos mucho en el grupo de lectura Letraheridos del que soy asiduo, quizá esa súplica final de Kafka no fuera, después de todo, más que una mascarada, una personificación del teatro del absurdo llamado vida, una solicitud interpretada hasta el final donde, ni el propio Kafka, confiaba en que su amigo cumpliera lo dispuesto. En todo caso, y gracias a esa lealtad en contra de él mismo, tenemos su obra en nuestros días.

«No puedo decir, tampoco, que esté usted acusado: o, más bien, ignoro si lo está. Que está usted detenido es exacto, y no sé nada más».

El Proceso es una burla al sistema judicial. De entrada, Josep K. —el protagonista— nunca llega a leer ni oír la acusación contra él; esta no se pronuncia, no cobra forma en ninguna carta, manuscrito, libelo o pliegue jurídico y ni tan siquiera uno solo de los personajes que aparecen, y aparecen muchos, menciona tan siquiera de pasada en qué consistirá su sufrimiento legal.

«
Josep K.—¿Cómo se entiende que vaya al Banco, puesto que estoy detenido?
Inspector—Usted no me ha comprendido bien. Está detenido, sí, pero eso no impide que cumpla con sus obligaciones. Nadie le prohibirá llevar su vida normal.
»

Así, el tiempo novelístico pasa de palabra en palabra en la inopia del motivo acusador; y ni siquiera al propio afectado parece importarle el porqué de su asunto con la justicia, sino más bien el cómo. No le importa —al lector sí— el origen del crimen, sino como subsanarlo, es esta contraposición, la avidez del lector vs la absolución del personaje, querer saber más vs la pragmática resolución favorable, lo que enfrenta en toda la obra la curiosidad lectora y la habilidad de Kafka por no querer decir.

«¡Hay tantas sutilezas en las que la justicia se pierde! Llega a descubrir un crimen allí donde nunca lo hubo».

Y Joseph K., simplemente nombrado K. la mayoría de veces, es un personaje guiado por una hábil mano, un personaje que recorre los vericuetos de ese circo creado por los hombres llamado Justicia y que tan bien recrea para burla y escarnio el autor.

«[…] el proceso seguía su curso y que allí arriba, en el granero, los funcionarios de la justicia quedaban pendientes de los archivos de este proceso […]».

Resulta gracioso, al menos lo resulta en los primeros capítulo, como Kafka reduce al ridículo los espacios físicos donde se erigen los templos del derecho, pues los palacios de justicia se encuentran en los lugares más mundanos y ridículos: habitaciones en edificios de cinco plantas, graneros, puertas ocultas tras camas, almacenes, etc.

«[…] la escalera de madera no aclaraba nada. K. advirtió que cerca de la subida había un cartelito y corrió a verlo. Estaba escrito con mano torpe. La inscripción decía: «Escalera de los archivos judiciales». Así pues, los archivos de la justicia se encontraban en aquel hórreo […]».

No son menos ridículos los personajes que vigilan el paso a los edificios, y así, de todas guisas e índoles, nos dibuja a atípicos guardianes: lavanderas, jueces, pintores, policías, inspectores, chiquillas (algunas jorobadas), extranjeros italianos, abates. Podrá darse cuenta el elector de la transgresión del autor al nombrar a personal no cualificado como parte del entramado jurídico, rebajando de esa manera la importancia de la justicia, la bufonada que supone para él, y para el común de los hombres, enfrentarse a la burrocracia justiciera. Pero es que, como Kafka persigue y explicita en un momento de la justicia: «todos somos parte de la justicia», es decir, y esta es una elucubración mía, todos somos parte de la bufonada.

«Es muy posible que ninguno de nosotros sea de corazón duro, inclusive estaríamos dispuestos a brindar un favor a quien lo necesitara; pero, en calidad de empleados de la justicia, aparentamos a menudo que somos de mal corazón y que no queremos ayudar a nadie».

No puedo negarlo, me he reído, sobre todo en los primeros capítulos, pero no se deje engañar el astuto lector por estas palabras; la narración se extiende, va más allá y poco a poco, hasta sus últimos capítulos, aunque sin perder ese tono caricaturesco-kafkiano, ahonda en la seria reflexión, acabando en un último capítulo triste, oscuro y esclarecedor de lo que, tal vez, quería transmitirnos Kafka.

«[…] asimismo es posible comprender algo y engañarse a un tiempo acerca de lo mismo».

Es El proceso una obra por la que merece echarse una risas y, por qué no, también unos lloros, pues quién esté libre de multas que pague la primera de ellas.


*nota*: Kafka es aquiescente.
«aprobaba con movimientos de cabeza cuanto iba diciendo el abogado, punto por punto, dirigiendo una que otra mirada a su sobrino como para dar ánimos a su aquiescencia».


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 2 de septiembre de 2020

«Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera».

 

¿Qué es una paradoja?

La Wikipedia recoge en una de sus acepciones, muy acertada ciertamente, la respuesta a la pregunta: «Una paradoja es una proposición en apariencia falsa o que infringe el sentido común, pero no conlleva una contradicción lógica».

Pues si algo ha conseguido crear el autor, Robert A. Heinlein, con este título de su propiedad es un auténtico relato corto paradójico en sí mismo.

Es un relato tan breve y tan bien pensado que explicar parte de la trama conllevaría a un destripe brutal de la misma y os salvaré de tamaño desproposito.

«Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones».

La idea es tan buena que fue llevada con bastante fidelidad al cine en 2014, en la película «Predestinación» (Predestination) protagonizada por Ethan Hawke.

No obstante, la primera vez que conocí de esta obra fue como un breve resumen en otro libro que abordaba los viajes en el tiempo desde una óptica científica. El artífice de dicha obra es el profesor J. Richard Gott, experto en matemáticas, astrofísica y divulgador científico. En su libro, Los viajes en el tiempo, explica grosso modo la historia que trama Heinlein en torno a su relato y, de paso, nos explica en que consiste la autoconsistencia temporal —no tiene desperdicio—.

«¡Soy mi propio xxxxxx!» (no spoilers)

Y si a alguien le resulta paradójico que lleve tantos párrafos escritos y que no haya explicado nada del relato de Heinlein en cuestión no debe azorarse ni achacarlo a alguna clase de descuido…

Simplemente, quedan, todos ustedes zombies, avisados de que estamos rodeados de efectos temporales perturbables, nómbrese como paradojas temporales, aforismos ocasionales o entradas de blog inconclusas.

«No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana».


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia



domingo, 30 de agosto de 2020

«El que quiera peces que se moje el culo»

—¿Verdad que sabes hablar con los peces? —preguntó Utla y, sin esperar respuesta por parte del muchacho, continuó—. Pregúntales dónde se esconde el duende.
—Pero…
—Si encontramos al duende te liberaremos del hechizo. Adiós voces nocturnas. 

El rostro de Utla se abombó: ¿de nuevo satisfecho? Nils se encogió de hombros, aseguró los remos al bote y sacó medio cuerpo por el costado de la embarcación, mirando con el rostro pegado a menos de medio palmo sobre las cristalinas aguas. Habló, vaya que sí habló. Y los otros le contestaron.

«Hace unos días nos pescabas y ahora, ¿vienes a pedir ayuda?», eso fue lo que le respondieron los salmones rosados a sus ruegos, tampoco tuvo mejor suerte con sus parientes más cercanos, los salmones jorobados, llamados así por una joroba situada en su lomo: «Ahí te pudras». Las truchas no se dignaron ni a responderle y aleteando río arriba se alejaron de ellos. Las anguilas le dijeron: «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», y él insistió en la pregunta. «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», pero ninguna insistencia las sacó de aquel bucle perpetuo como única respuesta. Al menos ya conocían el nombre del duende. Tryckfelsnisse. Las lampreas, lejanas hermanas de las anguilas, les respondieron con intrincadas abluciones comunicativas: «Glups, duende, no, Tryckfels, Glups, vivir, sí, Tryckfels, Glups, quemado, no, Tryckfels, Glups, árbol, sí, Glups, agua, agua, Glups, Glups», pero de la maraña de gorgojeantes sonidos era complicado extraer una secuencia entendible.
Habían perdido todo el día en el río Ätran y ningún pez les había acercado más al duende. Nils había intercambiado la posición en la barca con ella y, agotado, se recostaba contra el timón, mirando el cielo cada vez más oscuro.

—… La otra vez…

¿Qué murmuraba Utla? Su recuperado ademán de seguridad había desaparecido y ella prestó atención a la frase que disminuía en intensidad. «[…] la otra vez sí funcionó». ¿Qué otra vez? La verdad es que estaba muy cansada, si el hombrecillo quería murmurar sandeces que lo hiciera, ella tenía más sueño que hambre como para prestar atención a una situación que la cansaba y, además, empezaba a tener un calor excesivo en la frente.

—Os agradezco la ayuda. —El tono de Nils, sin inflexión, no se correspondía con sus palabras—. Pero es inútil. Los pescados no me van a decir nada.
—¿Tienes un lugar donde podamos dormir?
El muchacho cabeceó un instante, miró al enanito y la miró a ella, bajó la cabeza al río, un gruñido se deslizó entre las aguas que le devolvían el oscuro rojizo del atardecer.
—¡Bueno, supongo que os lo debo! Estaremos un poco apretados. También tendréis hambre.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 26 de agosto de 2020

«El paquete estaba junto a la puerta»


Richard Matheson nos deleita, una vez más con su talento, en este relato corto que inspiró algún capítulo de la zona desconocida (The Twilight Zone) e incluso fue adaptado a la gran pantalla.

La trama es simple y efectiva.

Un desconocido entrega un paquete con una llave a una pareja con la siguiente condición: si abren la caja y presionan el botón que hay dentro un desconocido morirá y ustedes recibirán 50.000 dólares.

Obviamente, en los tiempos en los que Matheson escribió el relato dicha cantidad era desorbitada para un ciudadano medio, un lector astuto lo comprenderá y elevará mentalmente esa cantidad a 500.000 dólares de hoy día o a la cifra que considere oportuna para capear lo risorio del importe.

En todo caso, la cantidad no es lo importante. Matheson, al igual que hiciera con Soy Leyenda, en esta historia plasma un conflicto con conceptos antagónicos propios de la condición humana: codicia vs empatía. ¿Qué podrá más, el amor al prójimo, aunque sea un prójimo desconocido, o la avaricia monetaria y personal?

Cuídese muy bien quién lea este relato de extraer sus propias conclusiones.

Por supuesto, y en esto creo que hay que darle un punto positivo al celuloide, la idea fue renovada y ampliada con gran maestría en la película The Box.

¿Apretarías ese botón?


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 24 de agosto de 2020

«El nombre de drakar proviene de la transformación de un antiguo vocablo usado para citar a los dragones, ya que las embarcaciones en cuestión solía poner en sus proas, en lo alto de los caperoles, mascarones de terribles dragones, con los que causaban el pánico de sus enemigos y de sus presas»



Embarcados los tres, ella observó como Nils apoyaba la punta del remo en una piedra y, ayudándose con ambas manos, empujó el remo contra la roca, acción que, con inversa fuerza, los alejó de la orilla. La inercia los acercó al medio del canal y, acunados por las aguas, el muchacho aprovechó la corriente para bogar río abajo. El sol restallaba sobre el caudal azul y llamaradas de plata la deslumbraron, tapó los destellos interponiendo la mano delante de los ojos y, entre el diminuto resquicio entre falange y falange, vislumbró borrosa la blanca espalda de la chaqueta de Utla. El enanito seguía asido al caperol tan ufano como al principio y miraba al frente como seguro de encontrar algo. Nils, sentado delante de ella, bogaba sin ningún brío, pues la corriente ejercía suficiente fuerza para arrastrarlos hacia el mar. Las cuatro arcadas del puente Tullbron se les acercaban veloces, en concreto uno de los robustos pilares se acercaba más rápido de lo que a ella le gustaría. Su intranquilidad aumentaba. Nils se acercó a ella y la apartó hacia un lado sin brusquedad, aquello detuvo su temor, pues el chico continuaba tranquilo respecto a la proximidad del puente como el experto que conoce su oficio y no se asusta frente a lo que los neófitos desconocen, y, con una sola mano, agarró un travesaño de hierro encastrado en el timón y lo torció. El gesto maniobró el bote y la barquichuela salvó la enorme columna, pasando con seguridad bajo de una de las arcadas. ¡Ufff! Respiró más tranquila.

Superado el puente, pero no muy lejano a él, las ruinas de una antigua edificación reposaban inertes en tierra. Eran cimientos demolidos reconvertidos por el paso del tiempo en montones de viejas piedras, pero que, por la cantidad de runa y el espacio ocupado, reflejaban un prominente pasado al lado del río.

—Acerca la embarcación ahí —señaló Utla a una porción de muralla próxima a las aguas.

Con un golpe de remo Nils acercó la barca hasta donde indicaba el enanito. El costado de la embarcación chocó con suavidad contra las piedras y Nils bogaba para asegurar la posición. Utla alargó la mano hasta la hiedra verde que arracimaba sus hojas en la verticalidad de la construcción, su mano se engarfió a la frondosidad de la planta como si quisiera descorrer una cortina delante de una puerta secreta, pero al apartar la hiedra tras ella solo había más muralla. Lo miró extrañada. El hombrecito dudaba y el movimiento de la otra mano, aduciendo al descrédito del enanito, quién apoyaba infructuoso la palma de la mano sobre el muro, aumentó esa sensación.

—Vámonos de aquí, sigamos río abajo, probaremos otra cosa.

¿Probar otra cosa? Pero ¿qué persigue Utla? Fuera como fuese, el hombrecillo había recuperado el abombamiento en su cara, gesto que ella atribuía a un estado de seguridad o alegría, y encaraba el rostro hacia la desembocadura del río. Nils se encogió de hombros y un nuevo movimiento de remos alejó a la embarcación del castillo. Al dejar atrás la población, la coloración del lecho se volvió de un cristalino verdoso, la nueva pigmentación reflejaba los colores de la flora que crecía a los lados del río: tupidos álamos, alargados abedules y piramidales alisos; de entre ellos sobresalía un fresno quemado a orillas del río, partido por la mitad seguramente por la caída de un rayo. A la flora, se le sumó el baile de la fauna ribereña, bajo ellos bancos de peces aleteaban en bancadas y las escamas de los animales reflejaban los destellos solares, la diversidad de formas, tamaños y pigmentaciones confería vida al mural acuático. 


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 19 de agosto de 2020



«Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de una comedia de magia continua, sin que parezcan darse cuenta de ello».

Esta crónica de Julio Verne es un relato corto, ficcional y predictivo de cómo sería el futuro, aunque el texto bien podría encasillarse dentro del género de ciencia ficción, deberé hacer hincapié en lo que muchos Vernistas aseveran ante la obra del más fecundo escritor, que Verne no escribía ciencia ficción, sino ficción científica; y aun así se erraría el tiro en este caso, pues el texto orbita sobre un humorismo cruel por el futuro regado con mucha sátira.

«[...] Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades con calles de cien metros de ancho, con casas de trescientos metros de altura, a una temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aeroómnibus».

Sin entrar más en los linderos de estos detalles literotécnicos, solo decir que la historia escrita en tono de sátira es en todo momento una burla hacia el futuro que no intenta disimular su autor para nada. Un relato extraño en los recovecos de la forma, pues o bien se burla de los adelantos tecnológicos (la tecnología propia del futuro es entendible como un fin y no como un medio, empobreciendo la moral y la intelectualidad de los hombres futuros), o bien se puede entender como una burla al prototipo del burgués norteamericano (¿no era Verne francés y ante ese pique, inconsciente o no de nacionalidades, imperara la burla ante los logros de Estados Unidos?) o bien una mezcla de ambos conceptos (en lo que sinceramente tanto monta como monta tanto).

«[...] Dos minutos después, sin que hubiese recurrido a la ayuda de ningún sirviente, la máquina lo depositaba, lavado, peinado, calzado, vestido y abotonado de arriba abajo, en el umbral de sus oficinas. La ronda cotidiana iba a comenzar».

Verne refleja la frivolidad de la sociedad norteamericana ante sus propios avances, meros utensilios de su propio ego que, poco o nada, sirven para la mejora de la sabiduría humana (tanto adelanto para hacer churros, como decía la canción); Verne, a través de su personaje principal, Francis Benett, director de un periódico, engrandece el estúpido consumo, la ligereza y el desenfreno de esa sociedad imaginada a la que él predice —entre líneas— males mayores.

«—Hay siempre un baño preparado en la mansión y ni siquiera tengo que molestarme en ir a tomarlo fuera de mi habitación. Mire, con sólo tocar este botón, la bañera va a ponerse en movimiento y la verá presentarse ella sola con el agua a la temperatura de treinta y siete grados».

Es por supuesto un relato gracioso, cómico y consigue con creces la ansiada burla en los puntos que desea ensalzar el autor: el simple utilitarismo de los bienes futuros sin apego de una sustancial moralidad al servicio de la humanidad; el servilismo del hombre hacia la tecnología, sí, es recurrente en los relatos distópicos de hace un siglo ese miedo a la máquina, y el desarraigo de la humanidad de los valores naturalistas.

«Gracias a un ingenioso sistema, una parte de esta publicidad se difunde en una forma absolutamente novedosa, debida a una patente comprada al precio de tres dólares a un pobre diablo que acabó muerto de hambre».

Sin embargo, a pesar de estos logros, el autor también cae presa de su propia burla, pues si hay un género que envejece peor que el resto de géneros es, sin lugar a duda, la ciencia ficción. Algunas burlas de Verne, muy acertadas en lo espiritual sobre el futuro, caen en lo ridículo al expresar detalles sobre móviles, medios de comunicación y transportes. Queda la burla un tanto atrofiada en la forma por esa imposible visión que se puede tener desde el pasado hacia la evolución tecnológica (solo risible en la forma).

«[...]
—Perfecto. ¿Y este asunto del asesino Chapmann? ¿Ha entrevistado a los jurados que deben presidir la audiencia?
—Sí, y están todos de acuerdo en la culpabilidad, de modo que el caso ni siquiera será expuesto ante ellos. El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado… —¿Ejecutado… eléctricamente?
—Eléctricamente, señor Benett, y sin dolor… se supone, pues aún no se ha dilucidado este detalle [...]».

Esa mirada antigua del futuro venidero se convierte en un anacronismo en el mismo momento de su alumbramiento: no habrá coches ni trenes ni autobuses voladores, los receptores de comunicación móvil no serán tan grandes como una palangana, ni usaremos nombres risorios como el fonotélefoto para nombrar al móvil/celular/teléfono (¿por qué inventar palabras cuando ya se tienen las necesarias?), pero es que la miniaturización no era cognoscible ni remotamente en el siglo de Verne, y así con un montón de objetos y conceptos más, etc.

«A fines del siglo XIX, ¿no afirmaban ya los científicos que la única diferencia entre las fuerzas físicas y químicas reside en un modo de vibración, propio de cada una de ellas, de las partículas etéricas?».

En resumen, un gran relato, una burla estupenda, mal envejecida en el aspecto técnico, pero de gran risa y estupor en la cuestión crítica que quería ensalzar Verne: la estupidez humana, vehículo que —con toda seguridad— será el único elemento insuperable por la humanidad… quién sabe.




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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 16 de agosto de 2020



«Ea, ea, que el que no embarca no se marea»

Nils los guio hasta el muelle riberense donde embarcaciones de distinta eslora se mezclaban en el lugar agrupadas por tamaños, las más grandes reposaban expuestas en mitad del río y las pequeñas cercanas a la orilla, incluso algunas descansaban encima de la arena. El muchacho se acercó a un joven que, sentado en tierra, hilaba una red. Intercambiaron unas palabras y el que hilaba señaló un pequeño bote amarrado a un bolardo, una de las tantas columnas de madera que amarraban con gruesos cabos distintos botes. Después de solicitar el pequeño navío a su amigo, Nils, Utla y ella, se acomodaron en el interior de la embarcación. Utla saltó sobre la proa y, situado de pie al frente de la embarcación, se asió con una mano al caperol, un pequeño saliente de madera situado en la cabecera de la nave, y, con la otra mano libre, señaló río abajo. Nils se encogió ante el bufonesco gesto del enanito y, viendo los reparos de ella por embarcarse, le ofreció la mano para ayudarla a bajar. ¡Un gesto amable, menos mal, empezaba a pensar que era un bruto!

—gracias.

Agarrada a la mano dio los primeros pasos en firme y, una vez sentada en la bancada posterior, el muchacho dio un salto igual de ágil que el de Utla y se sentó en la bancada libre de en medio. Sin más dilación, Nils encorvó la espalda y agarró los remos.

—¿A dónde nos quieres llevar, enanito?

Sin esperar respuesta, el muchacho colocó los dos remos sobre las chumaceras, unas pequeñas hendiduras semicirculares, recubiertas de cobre y talladas a los lados del bote, sobre ellas colocó los luchadores de los remos, dos anillas de caucho engarzadas alrededor de cada palo que, puestas de esa manera sobre el cobre, reducirían la fricción y le facilitarían bogar. A pesar de la inacción a bordo de la barquita, el constante oleaje del río impelía al bote de un lado a otro, el vaivén producía un movimiento mareoso, muy molesto que, a la larga, podía inducir a las náuseas. ¡A ver si acaba el viajecito este!

—Río abajo —dijo Utla.



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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 12 de agosto de 2020


«Tarde o temprano tenía que suceder».


Así es, en algún momento u otro —quizá no— se produzca el temido o esperado primer contacto con algún ser, material o forma de vida extraterrestre; y eso es lo que Arthur C. Clarke refleja en esta maravillosa historia ganadora en 1974 de los prestigiosos premios de ciencia ficción: Hugo, Nébula y Locus. Rama un, ¿vehículo?, ¿cometa?, ¿planeta?, enorme que visita nuestro particular vecindario cósmico.

«En verdad, la estrella que el viejo Wells describía no era fría sino incandescente, y provocaba la mayor parte de la destrucción por el calor. Eso importaba poco; aun cuando Rama fuese un cuerpo frío que sólo reflejara la luz del Sol, podía causar la destrucción por la fuerza de gravedad tan fácilmente como por medio del fuego».

Y si Wells describía a la vieja estrella como incandescente, el tono usado por Clarke para la novela es frío, distante con los personajes y sus preocupaciones, pero es que eso no importa. Es Rama, en toda su inmensidad, el protagonista indiscutible de la trama; así, las simples hormigas humanas que pululan por él, que lo estudian, que lo analizan, y que llevan a cabo más tareas de las que no quiero acordarme; son justamente hormigas humanas curiosas, provenientes de los distintos planetas colonizados del viejo sistema solar que unidas se afanan en descubrir los misterios ocultos de este cuerpo celeste que nos visita.

«Rama era silencioso como una tumba… y quizá fuera eso en realidad».

¿Y qué es Rama? El arco argumental de la novela pasa las páginas intentado dar respuesta a esa pregunta, si lo consigue o no es algo que cada cual deberá leer; lo que sí puedo adelantar es que si te gusta la ciencia ficción no te defraudará, pero ¡ojo!, es ciencia ficción dura, de la dura dura, aun más que cualquier diamante, carburo o grafeno. Datos técnicos abrumadores que impresionarán a los amantes del subgénero.

«Si Rama es un mundo muerto, o deshabitado, […] se encuentra en la posición de un arqueólogo que descubre las ruinas de una cultura desaparecida. […] Ejemplos obvios son Schliemann en Troya y Mouhot en Angkor Vat».

No pude evitar recopilar la anterior frase, ya que en mi primera novela —y única novela hasta la fecha, «Smoking Dead», me perdonaréis ser autorreferencial— también recogí esa mítica ciudad, Angkor, como parte del entramado de fondo aunque fuera solo como una referencia sutil y lejana.

«Según los libros de historia hubo una época en que la antigua organización de las naciones Unidas estaba formada por 172 miembros. Los Planetas Unidos tenían solo siete, y eso ya era causa de suficientes problemas».

Y si antes comenté que el tono de Clarke era frío desde luego destila ironía y una crítica, como solo un autor de anticipación —por llamar al género de alguna manera— en frases destiladas con cierta mala baba critica nuestros procederes actuales.

«Él no era de los que se resignaban a una aquiescencia pasiva».

(+1) Punto Aquiescente para Arthur C. Clarke
Como no, un autor que usa la superfragilística palabra Aquiescencia en su novela merece, además de los mencionados tres permios anteriores, el Punto Aquiescente (+1); galardón tan o más prestigioso que los anteriores, y si no pregúntenles a los habitantes de Rama. ¡Ellos se lo explicarán si es que pueden dar con ellos!




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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 9 de agosto de 2020

«[...] antes de adentrarme en la arena y mientras me desato las bambas, encuentro un periódico en el que una mujer menuda y etérea flota en el fondo de un mar azul, aterciopelado y apremiante, con las extremidades rígidas y la espalda arqueada hacia atrás [...]»


Capítulo VII. Camino del río.

—Suficiente —anunció Utla levantándose de golpe de la silla—. Seguidme.
Con pasos cortos, pero decididos, atravesó la taberna y salió a la calle.
—¿Siempre es así? —preguntó Nils.
—a mí no me preguntes. le conozco hace poco.
En el local solo quedaban el grupo de hombres que jugaban a naipes y, en la mesa de las mujeres, restaba la chica del sombrerito que, con ojos mal disimulados, miraba en dirección a Nils. ¡No nos mira nosotros! ¡Le mira a él! La jovencita del sombrero de paja blanco seguía con atención los movimientos del muchacho, en especial cuando Nils introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón, notó que la pupila de la jovencita se agrandaba mientras Nils introducía su mano en la hendidura de tela, sacaba una moneda y la depositaba encima de la barra. Cuando cruzaron de punta a punta la taberna, Nils encabezando la comitiva, ella detrás y Utla el último, se fijó en la joven que ni siquiera reparó en los dos últimos, sino que continuó su indiscreto espionaje sobre la persona del muchacho, ajeno a tal examen. ¿Por qué razón lo miraba tanto? ¡No entiendo a estos seres! Nils se despidió del tabernero levantando la mano y este emitió un gruñido en respuesta.
En la calle, Utla esperaba tranquilo, mirando de frente a la puerta de la taberna.
—¿Más despejado? —fue la primera pregunta de Utla.
—¡Eh…! Sí.
—¿Dispones de alguna embarcación? 
—Puedo conseguir un pequeño bote, ¿para qué lo necesitamos?
—Todo a su tiempo.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 5 de agosto de 2020



«Todo esto sucedió,
más o menos».


La fotografía de la superficie lunar, añadida como cabecera de este resexpósibro, no es casual, Kurt Vonnegut estuvo en Dresde durante la Segunda Guerra mundial allá por 1945. Esta ciudad alemana, Dresde, fue bombardeada la noche del 13 de febrero en un ataque sin precedentes que duró varios días y en el que murieron más de 40.000 personas, dando paso a una ciudad asolada.

«Concédeme, señor serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para distinguir las unas de las otras».

Un soldado norteamericano, un muchacho de diecisiete años sin apenas habilidades militares, se encontraba capturado por los alemanes; consiguió sobrevivir de milagro a la carnicería de aquella noche. Era el jovencito era Kurt Vonnegut y sintió que debía escribir una historia catártica que le liberara de las pesadillas de aquellos días.

Cuando el joven Kurt anduvo por el paisaje desolado, caliente todavía el suelo, le recordó a la superficie lunar, un terreno donde se hundía al caminar por entre los escombros.

«Sobre la puerta del edificio había un número inmenso. Era el número cinco. Antes de que los americanos entraran, el único guarda que hablaba inglés les recomendó que se acordaran de su nueva dirección para el caso de que se perdieran en la gran ciudad. La dirección era: “Schlachthof-fünf”. Schlachthof significa matadero. Fün, el viejo y querido número cinco».

No deja de ser significativo, si se quiere leer un macabro juego de palabras, que «Fün» en alemán signifique Cinco, pero que en inglés «Fun» signifique Diversión. Matadero Cinco se convierte por una pareidolia lingüística en Matadero Diversión; desde luego, si no es algo intencional, el subconsciente de Vonnegut resulta ser de una genialidad aterradora.

El libro presenta un arco argumental no lineal en el que los sucesos, viajes temporales y extraterrestres incluidos, resultan difíciles de ubicar en un principio: el personaje salta al día de su boda, al día de su muerte, cuando era pequeño antes de la guerra, cuando ejercía como óptico, etc. A medida que el lector avanza en su lectura la dificultad lectora se desvanece, puesto que el brillante Vonnegut desvela más y más información, jugando de manera magistral con la dosificación de información en una ascensión propia de las novelas de anticipación: primero te informo, esto sucederá; en un segundo peldaño añade más capas de información; para finalmente y según avanza la trama desvelar en profundidad los detalles de las distintas situaciones pantemporales que con anterioridad había informado (al estilo de «Trampa 22» de Josep Heller).

«Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es todo el tiempo».

El libro se enmarca en el género de Ciencia Ficción, pero claramente es un libro antibelicista con una poderosa carga moral. El retrato del niño en portada alude al hecho de que muchos jovencitos fueran enrolados sin apenas preparación militar, no es de extrañar el subtítulo que puso Vonnegut a su obra, La cruzada de los inocentes, doblemente alusiva a otro hecho histórico que no desvelaré aquí.

De nuevo, un libro que supuso un tremendo impacto en su época y que sigue causando auténtica fascinación hoy en día. 

Muy recomendable este relato temporalmente tralfamadoriano.

«Así es».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 29 de julio de 2020

«Todos los niños crecen,
menos uno
»


Es casi imposible no quedarse prendado con ese arranque de la literatura universal donde el autor, James Matthew Barrie, eclipsado por su creación, nos alumbra con un arquetipo exportable a las culturas de cualquier parte del mundo.

George Llewelyn Davies exclamó «¡Morir será una aventura formidable!», frase que se convirtió en el leitmotiv del personaje y que se eliminó de las representaciones teatrales durante los años de la Primera Guerra Mundial en la cual murieron alrededor de un millón de jóvenes soldados británicos, George entre ellos.


Esta versión del niño que no quería crecer queda anotada por Silvia Herreros de Tejada, especialista en J.M. Barrie, y resulta una revisión imprescindible para conocer en profundidad al clásico personaje de Peter Pan que trascendió a su autor, J.M. Barrie.

—Wendy, yo me escapé el día en que nací.

Me resultó muy interesante descubrir en el libro los miles de detalles que menciona la autora versada en el mundo de Barrie y de su creaciónes literarias: Peter Pan.

Ella le preguntó dónde vivía. —En la segunda a la derecha —dijo Peter—, y luego todo recto hasta el amanecer.

El prólogo, con bastante páginas te proporciona un trasfondo utilísimo para encarar mejor al personaje, lejos de la versión descafeinada de Disney, en todo su amplio espectro: alegre, frívolo, cruel, fantástico, mágico…

(Garfio)—Pan, ¿quién sois? ¿Qué sois?», a lo que éste contesta: «Soy la juventud, soy la alegría. Soy un pajarillo que acaba de romper el cascarón».
Esto era, en efecto, una tontería, pero le sirvió al infeliz de Garfio para comprobar que Peter no tenía ni la más mínima idea de quién era o qué era.

Nunca sabremos de donde proviene Peter Pan, pero no es necesario saber de donde vienen las cosas buenas.

Un clásico de la literatura que, sin lugar a dudas, vale la pena leer.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 26 de julio de 2020


«La maldición fortifica;
la bendición relaja
».


Al escuchar la historia de Nils se le formó en la mente un remolino de sensaciones, recuerdos, palabras, una fusión de recuerdos transmutados en palabras que se fusionaban para formar frases, e imágenes, muchas imágenes, que no eran suyas, y la mezcla se materializó en su mente, similar al momento en que escuchó su voz en el sótano y, se sorprendió a sí misma, diciendo:
—yo me sé una historia similar, ji, ji, ji.
Nils y Utla se giraron por la interrupción, el primero en actitud claramente sorprendida y el segundo más tranquilo:
—Cuéntanosla también —Le invitó Utla ante la mudez del muchacho.
—me da vergüenza…
—¡Quizá sea otra pista para ayudar a Nils! Adelante, por favor.
Le daba vergüenza ser el centro de atención, así que bajó la cabeza y, como pudo, enunció los versos de aquel poema-historia, tallado en una piedra y perdido tiempo ha:

«Una joven duerme mil años
entre ricos y escondidos tesoros.
El gallo aguarda encima de una pila de oro
y, orgulloso vigilante, protege un sueño.
Cuando el pueblo se encuentre en peligro
despertará a la beldad, con un canto loco
y la virgen levantará de un profundo sueño.
Luego, ella dirá:
Recordad, he guardado aquí un tesoro
lo dejo para la defensa de la ciudad
que recaiga en manos del verdadero valor».

Nada más acabar el verso sintió las mejillas acaloradas y continuó con la mirada clavada en la mesa, ¿de dónde había sacado semejantes palabras? ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensaría de ella Nils a quien había interrumpido? ¿Y Utla? ¿Qué pensaría él? ¿Y cómo sabía ella todo aquel verso de memoria? También se le pasó, en un fugaz pensamiento, que las viejas leyendas son como las supercherías, que tanto coexisten las certeras con las engañosas, las artificiosas con las ruines; que no por ser una más corta y otra más larga, habríamos de creer con más veracidad a la segunda que a la primera, ni tampoco a la inversa ni a la viceversa, pues ni anchura, ni estilo, ni brevedad, ni cortedad, podrían, sabiendo lo que se sabe acerca de la una y de la otra, afirmar nada sobre su veracidad, pues las verdades y las mentiras que tras ellas se esconden nadie las conoce.
Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.


lunes, 13 de julio de 2020

«Alguna vez
se duerme
el buen Homero
»



Habíase un lugar:

Recibía el nombre de Ätraby, una prospera villa situada en la desembocadura del majestuoso río Ätran, en el estrecho de Kattegatt, cerca del mar del Norte. En tiempos remotos un honorable señor, del que se ha perdido el nombre, construyó una fortaleza al lado de la ribera del río, de esa manera defendería su población ante ataques enemigos. La responsabilidad del baluarte fue pasada de padres a hijos, y de hijos a nietos, en digna sucesión hasta llegar a Eskil Krak, señor de villa y castillo. Impartía justicia, defendía las tierras y recogía los impuestos. El oro que recogía, pues en aquel tiempo aún no existían las monedas, se almacenaba bajo los cimientos de la propiedad en laberínticos pasadizos que solo los más allegados de Eskil conocían. Estos eran: el propio Eskil Krak; Nils, amigo y fiel caballero (sí, se llamaba como yo); Cecilia, la hermosa hermana de Eskil; y dos mayordomos de los que ni trovadores ni crónicas recogieron su nombre.
Lejos de allí, el duque Erik envidiaba las riqueza de Ätraby. En secreto, reunía tropas para conquistar la villa y asaltar los tesoros del castillo. Ajenos a las mezquindades del enemigo, los días transcurrían plácidos para Nils y Cecilia. La pareja recogía el pago de los impuestos y, con la ayuda de sus dos mayordomos, guardaban la recaudación en las galerías subterráneas situadas bajo el castillo de las que solo ellos conocían el camino. Cuando sus obligaciones se lo permitían, los dos jóvenes daban largos paseos por la linde del río, se regalaban miradas titubeantes, bonitas palabras y reían. Eskil Krak veía con buen interés aquel acercamiento y en su pensamiento edificaba planes para entrambos. 
Lejos, el envidioso duque Erik ya había reunido una poderosa hueste y marchó hacia la población de Ätraby. La gente de la villa no opuso resistencia ante el ejercito invasor, lo contrario que Eskil Krak, quién guarnecido tras las murallas aguantaba el asedio con sus fieles, una tropa reducida, pero fiel que defendería tras el interior de las murallas. Dejándose ver desde las almenas díjole a su enemigo: Nuestros tesoros jamás tendrás. El duque rio ante las palabras. Congregó a sus capitanes y, presto, planificó un ataque. Su enorme ansía por adquirir el oro allí guardado, solo se ensombrecía ante la lascivia despertada por la beldad que sabía dentro, la hermana de Eskil, Cecilia. Una primera incursión nocturna acabó con la mitad de los defensores, Nils, malherido, mantenía su posición en la muralla. Eskil Krak ordenó a Cecilia guardar las joyas familiares en los subterráneos junto a la recaudación. El duque Erik forzó un segundo ataque y, a pesar de que sus tropas aún no se habían repuesto, la segunda tentativa sí tuvo éxito. La milicia del valeroso Eskil Krak feneció por las espadas enemigas, igual que lo hiciera el valiente Nils y el propio señor del castillo. Cecilia, en los subterráneos, seguida de sus dos mayordomos, escuchó los agónicos gritos de arriba. Ya no había quién los defendiera. El castillo estaba tomado y Cecilia, al saberlo perdido, mandó a sus dos fieles mayordomos quemar las vigas que apuntalaban la galería.
La historia en este nudo del camino es confusa, se desconoce si los dos mayordomos salieron ilesos o quedaron sepultados al derrumbarse el techo de la galería que, con tanto ahínco, había socavado el incendio. El duque, para su furia, vio ascender las llamas desde el subsuelo. El fuego asolaba el fuerte y nadie podía apagar las malditas llamas. Cuando el galló cantó, al despuntar los primeros rayos anaranjados del día, solo quedaba un hilo de humo ascendiendo hacia el cielo, pero ninguno de sus hombres supo encontrar acceso alguno a los subterráneos y, sin más maldad que avivar, el duque Erik regresó sin ningún tesoro a sus dominios.
Cecilia rezaba en los subterráneos al lado del tesoro. Sin saber el tiempo que llevaba y con la visión desfallecida se le apareció un gallo negro. Este cacareó: «Doncella, un gran tesoro tienes, si morir aquí abajo no quieres, la mitad me entregas». Ella se negó en rotundo, ni una mísera pepita entregaría al innoble espíritu, este, ofendido por la terquedad de la doncella la embrujó con un hechizo de sueño. La muchacha quedó profundamente dormida. El duende se lanzó a la pila de oro, pero el cuerpo de Cecilia aferraba con su cuerpo el montón que, apelmazado y como si fuera una única pieza compacta, no cedió ni una moneda al intruso. El duende intentó despertarla de nuevo, pero fue en vano, pues hay algunos hechizos que una vez lanzados no pueden ser disipados, al menos no por su ejecutor. Y así quedó Cecilia, y hasta que ella no despierte, no habrá nadie: hombre, mujer, duende, espíritu o demonio, que pueda arrebatarle el tesoro que corresponde a los habitantes de Falkenberg.
Se cuenta que el duende se convirtió en un gallo negro y se quedó vagando ad eternum por las galerías, a la espera de algún noble corazón noble que encontrara el tesoro y despertase a la doncella.


Y eso es todo. Se me repite cada maldita noche.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

martes, 7 de julio de 2020

«El método científico no siempre brilla y, en ocasiones, brilla extraño».

Hace dos años publicamos el boletín letraheridos con recomendaciones lectoras, estadísticas del grupo de lectura y algunos relatos de nuestra autoría.
Este es una muestra de esos relatos.
S. Bonavida Ponce ;->


(o)
Hace quince años, cuando empezó toda esta mierda, nadie imaginó hasta dónde podríamos llegar. Recuerdo ese 2020 y a la mierda de Gripe China que todos llamaron estúpidamente con ese nombre tan científico, la covid-19, y que con tan barroco nombre mataba a nuestros mayores. En la familia falleció mi tía Josefa, allí en el pueblo, vivía sola hacía más de diez años y tenía más de noventa. No es que no la lloráramos en casa, pero la lejanía y un cierto desapego de las tierras familiares apaciguan cualquier disgusto. ¿Y por qué me he puesto a recordar a tía Josefa justamente ahora?
(o)


Un pitido con tres notas en orden creciente elonga mi molestia.
Dang. Dong. Ding.
«Siguiente ciudadano, por favor».
El policía sanitario viste el reglamentario traje blanco con una franja roja en diagonal. En su cara destaca la mascarilla con enormes doseles redondeados repletos de minúsculos poros, el artilugio facial se le acopla herméticamente en ojos nariz, boca y orejas; con un brusco movimiento de su porra eléctrica me extrae de mis ensoñaciones, zarandea el arma apuntando con su punta hacia la cabina de medición térmica con el número ocho estampado encima de la puerta de entrada. ¡Encima con prisas, hijos de puta!


(o)
La denominación, la covid-19, era una tremenda estupidez. La Gripe China. Que poco duraron los remilgos en la nomenclatura un año después cuando las cosas se pusieron peor. Gripe China. Qué coño, con todas las letras e implicaciones que ello conllevaba. Desde luego al gobierno chino no le sentó muy bien, pero es que el resto de países del mundo estaban hartos de tanta falsedad y desinformación, y no es que ellos fueran mucho más veraces y transparentes, pero algo más de confianza sí transmitían. O al menos, eso hemos creído siempre.
(o)


Traspaso el arco del nebulizador, los chorros de minúsculas partículas de vete-a-saber-qué-mierda se impregnan en mi ropa y en las partes de mi piel descubiertas, es decir: cejas, cabello y poco más. Cada año el producto del nebulizador cambia por alguno más nuevo, ya no muere tanta gente, eso es verdad, pero es que cada vez queda menos gente por morir. ¡Qué sé yo! La puerta de la habitación de medición térmica se abre automáticamente al detectar mi móvil. Es lo que hay. Debes instalarte una jodida aplicación. Es obligatoria instalársela si quieres salir a la calle y si no dispones de dinero para comprar un móvil el estado te proporciona un dispositivo similar a tal efecto.
El pitidito de tres notas en orden creciente se repite.
Dang. Dong. Ding.
«Desnúdese completamente de cintura para abajo. Deposite las prendas en el hueco a su derecha».
La maldita voz sigue con la narración pregrabada. Me desquicia esa voz. Si encontrara a la locutora… ¿o quizá sea locutor? Con esas andróginas voces quién sabe, pero me da igual, si encontrara a ese mal nacido lo estrangularía. Sueño con su voz cada noche. Me quito el pantalón con el cinturón incluido. Me bajo los calzoncillos y deposito ambas prendas en el hueco de mi derecha. Escucho cómo una versión más pequeña del nebulizador de la entrada empieza a lanzar las finísimas gotas de producto sobre mi ropa. ¡Chorradas!

[...]

Si deseas seguir este relato, puedes descargarte el boletín letraheridos en el siguiente enlace.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 21 de junio de 2020

«No me gustan las casas con duendes. Son cien veces peores que los difuntos»


Nils no escuchaba a Utla, narraba en voz alta una historia que hacía tiempo quería contar.
—Y el duende me quitó el hechizó, recuperé mi tamaño y volví a casa con mis padres. Durante mucho tiempo no volví a hablar con los animales. Entonces pasaron unos años y me hice mayor. Unos amigos del pueblo me hablaron de este sitio, Falkenberg, mucho trabajo, mucha pesca y bien pagado. Me vine con los amigos, pero al poco de llegar me sucedió de nuevo una cosa prodigiosa. Los peces me hablaban, ¿os lo podeís creer? En todo el año que sobrevolé Suecia, en todo ese año, os juro que ni una sola vez hablé con un pez. Os prometo que mantuve animadas conversaciones con vacas, lechuzas, nutrias, águilas, patos, gansos, vacas, caballos, osos, incluso con aquella pobre zorra que murió, pero jamás, jamás, jamás, hablé con pez alguno. ¿Por qué durante todo ese año que fui convertido en un pulgarcito no hablé ni una sola vez con los peces y ahora sí? Ni en una ocasión me dieron los animales acuáticos signo alguno de hablar como los animales terrestres. ¿Acaso las truchas que atrapaba y devoraba la nutria pedían socorro? No. Ni tampoco los salmones, si incluso comí pescado crudo en varias ocasiones. Claro que no hablaban.
»¿Por qué os cuento todo esto? Al llegar aquí aprendí rápidamente el oficio de pescador. Un oficio honrado, sano, bien pagado. ¿Qué de malo hay en ello? Hay muchos salmones en el Ätran. Un río próspero y que da de comer a las gentes de Falkenberg y de tierras adentro. Estaba bien visto por patronos, pescadores y comerciantes, y entonces, pluf, de nuevo, en una noche, se me apareció otro duende… ¡hics! —El rubor se intensificó en las mejillas de Nils y un bufido airoso le deformó los labios al pronunciar la palabra duende, su pupila dilatada se fijó en la cara de ella. ¡Cómo Utla no tiene ojos le debe ser más sencillo mirarme a mí!—. ¡Otro duende! ¿Os lo podéis creer? ¿Dos malditos duendes en una vida? ¿Se puede saber que tienen contra mí esos seres del averno? ¿No pagué ya con creces mis malas acciones? ¿Por qué me tenía que hechizar de nuevo?
Nils bajó la cabeza, apoyó la frente contra el borde de la jarra y quedó inmóvil. El tiempo pasaba y ella le dirigió una mirada preocupada a Utla.
—¿Lo has vuelto a ver?
—No —balbució el muchacho sin levantar el rostro.
—¿Y por qué te molesta hablar con los peces? En esta ocasión careces de sufrimiento, ¿acaso estás encogido en un pulgarcito cualquiera? o ¿eres esclavo a viajar en contra tu voluntad? 
Sacudido como un resorte automático levantó el rostro de la jarra, la marca del reborde se le había marcado en la piel y un semicírculo rojizo le hendía en la frente.
—¿Que por qué me molesta, enanito? ¿Serías capaz de matar a un ser que te implora vivir? Y sobre ello el nuevo duende me sermoneó, acerca de lo malo que era matando a los seres del río. ¿Malvado por pescar? Y me dijo: «te concederé un don». Ja. ¿Os lo creéis? ¡Lo llamó don! Antes de concederme su don de hablar con los peces, me narró una extensa historia que se me repetiría noche tras noche, una leyenda que mora en mis pesadillas y que no me deja dormir. No aguanto más. Me duele tanto escucharla. Que se vayan al infierno todos los duendes y el demonio que los engendró. Solo quiero vivir tranquilo.
Su exaltación aumentaba a medida que el alcohol se le disipaba.
—¿Qué historia te contó? —preguntó Utla.
Nils miró a la faz grisácea que le interpelaba:
—¿Para que queréis saberla?
—Te queremos ayudar, pero necesitamos saber más, quizá la historia sea una pista…
Nils mumuró tres veces una frase, el trío de murmullos no los repitió igual, sino que cada repetición suponía una variación de la anterior, ella escuchó: la leyenda de la dama garante, la leyenda de la doncella del río Ätran, la leyenda de la dama del castillo…¡Qué chico tan extraño! El balbuceo del muchacho la ponía nerviosa y desvió su mirada para no encontrarse con la de él; en ese deambular centró su atención en el resto de personas del lugar, algunos pescadores miraban a su mesa y reían disimuladamente entre ellos, la pareja de la mesa de al lado hacía rato se había marchado y apenas quedaban tertulianos en el local. ¿Qué hacía ella allí? Todo por seguir su propia voz, internarse en un oscuro sótano y tocar un libro. ¡No debo seguir más mi voz! La voz de Nils, más serena, la sacó de sus cavilaciones. El rubor había disminuido en el rostro del muchacho y el balbuceo había desaparecido. Quién ahora hablaba no era el achispado borrachín de hacía un momento, incluso el timbre de su voz había variado. Ella miró a Utla, pero este o no estaba inquieto o le importaba bien poco el cambio en el muchacho. Siguió sentada, atenta al monólogo que tendría que soportar.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 14 de junio de 2020

«Cuando te duela mirar atrás y tengas miedo de mirar adelante, mira a tu lado y allí estará tu mejor amigo».

Capítulo VI. Sine die: leyenda de Falkenberg

—Por el amor de… —El muchacho zarandeó la jarra y parte de la cerveza se derramó en la mesa, adentrándose por sus surcos y creando minúsculos ríos espumosos. De seguido tartamudeó—. ¿Quiénes… qué sois?
La mirada de Nils se clavó en los recién llegados, primero elevó el mentón reparando en la altura de ella, después, forzosamente recompuso su cuello y, cambiando el ángulo, bajó la cabeza e hipnotizado por lo extraño del rostro vacío se quedó mirando con fijeza a Utla como si hubiera visto al lobo Fenrir, al gigante Ymir o a la diosa de los muertos Hel.
—¡nos reconoce! —aludió ella contenta de que alguien viera su auténtica forma.
Utla se sentó delante del muchacho.
—Nils, venimos a ayudarte. Somos amigos de Okka y Martín.
Al escuchar los nombres de sus antiguos amigos, los patos silvestres, el temor en sus ojos se desvaneció y paseó una mirada calma en las figuras de sus interlocutores, ella tan alta, y en él tan pequeño, balanceó la jarra en la mano e hizo un gesto brusco señalándoles las sillas que quedaban libres. 
Ella gruñó, ¡qué falta de caballerosidad!, pero antes de sentarse se percató en que la chica del sombrero de paja blanco, sentada en la mesa de las mujeres, los miraba de soslayo. ¿Qué miraba esa con tanto detenimiento? ¿Acaso también los reconocía? No daba muestras de sorpresa. Utla la apremió a que tomara asiento estirando de su pantalón.
Al sentarse miró al muchacho. Nils no estaba igual que en sus visiones, el pelo dorado no brillaba tanto y la mirada vacía, triste y soñolienta los miraba sin afecto, era una mirada desenfocada que les traspasaba más allá de sus formas corpóreas, una mirada que se clavaba en algún lugar perdido más arriba de sus cabezas.
—¿Quieres contarnos lo que te aflige? —preguntó Utla.
En la expresión del muchacho había una mezcla de gozo y sorpresa. El rubor etílico se le marcaba en las mejillas y, aunque no balbuceaba, el timbre de voz sonó dubitativo. Mientras, ella espiaba a la chica del sombrero blanco. ¿Por qué nos sigue mirando?
—¿Cómo está Okka? —preguntó Nils.
—Falleció.
¿Por qué le respondía de forma tan brusca? En ocasiones la franqueza de Utla le molestaba, ¿por qué tenía que ser tan cortante en sus respuestas? ¿Tan molestamente escueto?
Nils agachó la cabeza y Utla añadió:
—Martín está bien. Ahora es el líder de la bandada.
—Martín… —balbució Nils con un nudo en la garganta.
—¡Nils, cuéntanos tu problema! —insistió Utla.
—Sí, claro… —A duras penas contuvo un eructo—. Maldita sea, aquí todos se ríen de mí. ¿Sabéis por qué? Porque hablo con los animales. Y no es la primera vez, no. Hace años, cuando vívia en la granja de mis padres, trataba mal a los animales, les tiraba bolas de barro, los zarandeaba, los azuzaba con varas de madera. Un día no quise ir a la iglesia con mis padres y apareció un duende en casa. ¿Sabéis que hizo? Me embrujó y me volví pequeño, un pulgarcito por arte de birlibirloque y, después de eso, me pasé un año entero con una bandada de patos silvestres volando por toooda Suecia. ¡Hics! —En esta ocasión la mano llegó tarde a los labios y el estallido gorgojeante escapó de su boca—. ¡Perdón! Claro que me merecía un castigo, pero ¿un año? Da igual, el caso es que pasó el tiempo y el duende que me hechizó no quería quitarme el hechizo, aunque yo me portara bien y la buena de Okka le solicitara muchas veces que me perdonara. ¡Pobre Okka! La llegué a querer tanto…
—Nils… —Lo detuvo Utla—. ¿Por qué vuelves a hablar con los animales?
Las prisas de Utla la incomodaban, ¿no se daba cuenta de que el muchacho quería hablar? Que manía con interrumpir a la gente; por otro lado, no le quitaba los ojos a la muchacha del sombrerito, quien tampoco apartaba los suyos de su mesa.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 31 de mayo de 2020


«Para ser creativo hay que pisar con fuerza las incertidumbres»


No les fue difícil encontrar la taberna. La única calle empedrada de la ciudad serpenteaba siguiendo el trazado del río y, en ella, se encontraban la mayoría de establecimientos abiertos al público. El local, levantado del suelo con puntales de madera, poseía un saliente cartel negro con la palabra «Krog» impresa en letras blancas y tres peldaños de madera salvaban la distancia entre el suelo y la puerta del local. A pesar de su imposibilidad en leer las grafías supo, con ese don innato de comprender sin saber leer, que aquel debía ser el local que con tanto afán buscaba su compañero.

—Estupendo. —Se animó Utla—. Vamos adentro.

Un resorte impulsó al pequeño ser a acelerar el paso, ella se encogió de hombros y le siguió sin esfuerzo, pues una zancada suya equivalía a dos de él. Al entrar vieron algunos corrillos de personas sentadas alrededor de mesas de madera: nada más entrar seis pescadores con petos húmedos y botas altas les dirigieron una mirada hosca pero no dijeron nada, el chico no se encontraba entre ellos; al sortearlos se encontraron con un quinteto de trabajadores vestidos con monos de fábrica y botas manchadas de barro, el chico seguía sin aparecer; en una mesa con libros, cuatro mujeres sentadas, escuchaban con atención como una de ellas leía en voz alta las noticias del Falkenbergs Tidning, un periódico local, y de reojo una de las muchachas les miraba con sonrisa vergonzosa, la curiosa llevaba un pequeño sombrerito de paja blanca y desvió la mirada al fondo del local. Por fortuna, al seguir el mirar de la muchacha descubrió, al fondo del local, la apartada forma solitaria de un muchacho y, con disimulo, sacudió el hombro de Utla en la dirección, el hombrecito asintió: sortearon a un trío de caballeros vestidos con trajes caros que echaban una partida de naipes; solo les separaba del muchacho una mesa con una pareja, un hombre y una mujer, ambos tenían las manos engarzadas el uno en el otro, ella vestía una destacable pamela de plumas y él una gruesa bufanda y un sombrero negro, mantenían una íntima conversación sobre libros, ajenos al mundo; superados los contertulios, en el rincón más apartado y en el que apenas llegaba la luz del exterior, un muchacho taciturno y solitario agarraba con descuido una jarra de cerveza, mentón erguido y mirada perdida al techo, como si en los travesaños de madera encontrara placer, libertad o tranquilidad.


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