domingo, 29 de septiembre de 2019

«El lugar lógico para encontrar una voz de otros tiempos es un cementerio de otros tiempos»

PARTE II


Día: 24 de julio de 2019
Origen: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Destino: Tumba Lluïsa Denís y Santiago Rusiñol
Locomoción: Humana

Escribir una biografía sobre todos y cada uno de los muertos sobrellevaría más trabajo y tiempo del que me he autoimpuesto para estas necroresueñas y esquelarios. Aun así, creo haberme extendido bastante en mis investigaciones sobre los fallecidos.
Al bajar del coche vi un detalle desagradable que oculté a Montse: un preservativo usado tirado en el suelo. Aplaudo la magistral invención anticonceptiva, lo que no aplaudo es el incivismo y la asquerosidad de algunos conciudadanos de dejar sus fluidos por cualquier lado. Al verlo en el suelo, a las puertas de entrada, me asqueó aquel pedazo de caucho. Ella iba encantada observando las verjas de entrada, los cipreses, las tumbas y no se fijó, como hice yo, en el suelo. Al principio no tenía ni ganas de mencionar ese detalle aquí, pero se produjo tal asociación de ideas en mi mente que no he podido dejar de transcribirlas. El preservativo era un nonato que se había quedado a las puertas del cementerio, quizá esos espermatozoides no merecieran morar en el camposanto de los sí nacidos y después fallecidos. El entorno decrépito y decadente que rodeaba al cementerio sería su descanso hasta que las aguas o los servicios de limpieza lo enviaran a algún otro lugar. El cementerio solo es para los que han vivido.
Después de tamaña divergencia mental acallé mi pensamiento y olvidándome de él traspasé las verjas de la entrada del carrer de Santa Eulàlia. Agarrados de la mano dimos nuestros primeros pasos en el interior del recinto. Enormes esculturas, panteones con vidrieras, cruces y cipreses, con alguna vegetación extra, nos daban la bienvenida. Hasta en la muerte la diferencia de clases es patente. Los mausoleos, esas casas para los muertos, se levantaban por doquier. Me gustan las tumbas, las calles, las lápidas y las esculturas, pero sobre los panteones tengo opiniones divididas. Mi dilema gira en torno a dos planos: el estético y el económico. ¿Hace falta gastar un dineral en la construcción de una casa para muertos? Quizá sea la envidia lo que eleva mi indignación contra los panteones, que otros se permitan el dispendio en muerte del que yo no puedo ni en vida, aunque, claro, tampoco podría ni gastarme el dinero que cuesta una de esas estatuas que tanto me gustan fotografiar y a ellas no les pongo pegas. A lo mejor es que los panteones me recuerdan mucho a las casas de los vivos y esa inevitable línea de pensamiento deriva en la peor trampa ecónomica del siglo XX y XXI: las hipotecas. Trampas para la tan ansiada independencia y que algunos adinerados pervirtieron la máxima recogida en la constitución «todo ciudadano tiene derecho a una vivienda digna» por otro estupido aforismo «vivir por encima de nuestras posibilidades», como si querer emanciparse y construir un hogar debiera estar solo al alcance de familias adineradas.
«Cementerio de Montjuic. Ciudad de vacaciones. Magníficas necrocasas con vistas al mar». En fin, mejor paro, pues si me dejo arrollar por mis divergencias mentales no acabaría esta necroresueña ni en mil años. Quizá sea la ostentación de la riqueza lo que me molesta y, a pesar de ello, me obligo a disfrutar de los panteones. ¡Que ambigüedad tan extraña la mía! ¿Es posible amar y odiar una cosa por igual?
Afortunadamente, me sacó de mi ensimismamiento un guarda del cementerio. Apareció de repente, montado en una pequeña motocicleta. El señor vestía un uniforme pardo, tirando a siena, y se nos acercó hacia los dos con una sonrisa muy afable en el rostro. Muy amable y sin bajar de la moto nos preguntó si buscábamos alguna tumba en particular. Montse y yo nos lanzamos una mirada cómplice. La noche anterior habíamos leído en un blog acerca de la legalidad de fotografiar tumbas en el interior del recinto y no nos quedaba claro si se permitía o no. El señor guardés, como leyendo nuestros pensamientos, nos tranquilizó. Se podía fotografiar y, de hecho, había varias rutas con tumbas de interés artístico e histórico. El hombre sacó un mapa en color que doblaba en tamaño al que llevaba en mis manos. Nuestra fotocopia en blanco y negro palidecía ante la nueva ruta  de letras coloridas, bien  vivas y visibles. El hombre, con su sempiterna sonrisa, nos aclaró que había varias rutas a seguir y que solo teníamos que escoger la que más quisiéramos. Pensé que no éramos los primeros a los que ayudaba y me asaltó una pregunta: ¿qué debía pensar de nosotros? ¿Qué pensaría de las personas que deciden fotografíar tumbas? Por su rostro deduje que no le parecía algo extraño, ni tampoco sorprendente, debía estar acostumbrado a ello y, sino, ¿por qué habría escogido un trabajo como aquel? Nos despedimos con afecto y sobre todo con sincero agradecimiento por el excelente mapa que nos había regalado. Con el útil obsequio en nuestro poder continuamos nuestro viaje.
La primera tumba que me asombró esculpía a la perfección un cadáver envuelto en una larga y magnífica túnica. La única parte del cuerpo descubierto, el rostro, ofrecía un aspecto hiperreal en cuencas, ojos y nariz, culminado el conjunto facial con una dentadura perfecta. La excelente talla, de tan absorbente realidad, daba la sensación de que se fuera a levantar de un momento a otro, que extraería la guadaña y acabaría con nosotros allí mismo. Los maestros escultores son asombrosos con la realidad que imprimen en sus obras. Al menos, en esa en concreto, el resultado alcanzaba la maestría.
Al lado, el panteón de Lluïsa Denís y Santiago Rusiñol. La construcción se compone de un alargado obelisco con un ángel a sus pies. La angelical escultura poseía alguna clase de humedad u hongo adherido en la piedra, la fea humedad del material rocoso se extendía, como si estuviera colocada de manera impostada, de pies a cabeza. El depósito de suciedad, como si estuviera repartida con un fin concreto, creaba un extraño efecto con colores de humedad y negrura, para que recordáramos que hasta en lo celestial puede haber oscuridad.
Ajenos al paso del tiempo y a esa mancha de humedad, Lluïsa y Santiago descansan para siempre. La pareja de dramaturgos barceloneses, pintores, compositores y periodistas, reposan en su último lecho. Esposa y marido, dos personas que encontraron en el ser amado a un igual, unidos ambos por una pasión artística común. Lluïsa y Santiago fueron esa clase de seres, unidos en vida por el arte y unidos, también, en la muerte. 

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 23 de septiembre de 2019

«Si extraña fue la creación de este atípico diario de viaje, de manera aún más extraordinaria y grata, encontré a una maravillosa compañera que me acompañaría en estas aventuras. Las palabras "Necroresueñas" y "Esquelarios" son creadas por Montse González de Diego, la palabra "Esquecrólogo" es una palaquiéntada de mi cuño». 


Esquecrólogo
Parte I

Día: 24 de julio de 2019
Origen: Hogar
Destino: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Locomoción: Peugeot 206 (+18 años)

El protagonismo inicial se centró en mi viejo compañero de aventuras, mi fiel y estropeado Peugeot 206, un automóvil que a partir de ahora (A.K.A) nombraré con el nombre clave de Peu. Mi leal coche, después de dieciocho años de servicio, tres reparaciones y dos talleres, tenía problemas de motor y los distintos mecánicos seguían sin encontrar el problema de calentamiento. Lo más curioso es que Peu pasaba ufano las risorias pruebas de ITV, a pesar de su evidente malfuncionamiento. Lo encendía, me subía a él, y pasada una hora de conducción, la aguja de la temperatura se elevaba en progresión constante hasta rozar el último peldaño blanco antes de la zona roja de calentamiento y, entonces, superada la zona roja, tocaba parar.

En previsión de evitar calentarlo en exceso pararíamos cada 50 minutos. La primera parada la efectuamos en el pueblo del Ordal, al que tardamos en llegar unos 45 minutos desde casa. La aguja de Peu se aventuraba tras la última línea blanca y se acercaba peligrosa al límite rojizo, pero justo apareció la ansiada señal del Ordal, pueblecito al que mi brillante Montse lo apodó como «El Gordal». El sobrenombre tan gracioso, de cuño y timbre Montsístico, no era para menos, en el bar-cafetería Casablanca del pueblo solicité un bocadillo pa de pagès, tamaño XL, equivalente a un palmo de mi mano extendida al completo, untado con tomate y aceite, y, por supuesto, sabroso queso manchego acompañado de un café con hielo; mi queridísima Montse se pidió su eterno café con leche muy caliente (a pesar de ser Julio) y un cruasán que, al no disponer el bar de tal gustoso bocado, cambió por un par de pastas rellenas de cabello de ángel, de suerte que no le arrancaron un par de pelillos a ella para elaborar tan rico plato.

Llevaba impreso el mapa del cementerio. La noche anterior lo descargué en PDF y por la mañana acudimos, antes de partir, a la copistería Infotécnica. Imprimimos dos copias y marchamos del pueblo.

Me ilusionaba fotografiar las preciosas tumbas del cementerio, pero una mayor y genuina alegría crecía en mí gracias a encontrar una pareja afín en este particular gusto mío, una mujer inteligente, audaz y bellísima, con la que compartiría nuestra filia particular. La noche anterior habíamos seleccionado una lista con las personalidades enterradas en Montjuic, pero ¿cuál sería la ruta óptima para recorrer el camposanto? Extendí el mapa en la mesa del Casablanca y, al mismo tiempo, se me ocurrió, sería una elegante manera de esperar a que se enfriara el motor de Peu. Esa nueva acción se introdujo de repente en el improvisado plan. Montse no preguntó, supuse que achacaría la espera extra a Peu, aunque, la verdad, yo tenía ganas de localizar las tumbas sobre el papel. Después de dibujar muchos círculos en el mapa, pagamos la cuenta y de nuevo, dentro de la sauna llamada Peu, partimos camino del cementerio (el aire acondicionado no funcionaba, ni funcionaría ya jamás). Mi acción más repetitiva se convirtió en un ritual de conducción durante la jornada, observar con fijeza la aguja de la temperatura. El palitroque de plástico transparente estaba quieto en el ecuador del medidor, la espera había surgido su efecto, eso daba algo de tranquilidad.

Llegamos a la desquiciante población de Vallirana, obligada parada por sus múltiples semáforos, último obstáculo antes de coger la ronda litoral en dirección a la montaña de Montjuic. Dice la leyenda, que a la entrada de este pueblo existe un túnel que se remonta hasta tiempos de los romanos, aunque algunas personas argumentan que no es tan antiguo, que el ministerio de Fomento lo empezó en 2004, pese a sus razonamientos yo creo que fueron los romanos. El inacabado enlace pretendía desviar el tráfico del carreterum romanum nacional 340 sin pasar por el pueblo, con lo que el trasiego de vehículos, ganado y humanos, ganaría en fluidez de una manera pasmosa. Ello evitaría muchas molestias a los vecinos Valliranenses y a los conductores de carros en el carreterum romanum nacional 340, puesto que ni unos ni otros tendrían que soportarse más. Los inacabables atascos desaparecerían con la congestión y ruidos asociados; vamos, un constipado circulatorio de orden vehicular, lástima que Fomento no se decidiera a finiquitarlo con un frenadol, ¿pero no había dicho que eran los romanos los culpables? Sí, eso es. Maldigo a los romanos por su falta de previsión: «algún día las obras del maldito túnel acabarán y Vallirana se convertirá en una agradable elección y no en una indeseable obligación. Aunque quizá para ese entonces ya no tenga a Peu».

Pasada la localidad tomamos el desvío de la ronda litoral, el puerto de mercancías de Barcelona, con sus enormes grúas y contenedores de metal, apareció a la derecha pasada una ligera subida de la asfaltada autopista. La majestuosa montaña de Montjuic se alzaba a nuestra izquierda, entre muros, cruces y una arboleda de cipreses y pinos colocados en líneas regulares. El puerto al pie de la necrópolis. Amantes separados por la malvada ronda de circunvalación de varios carriles.

A pesar de encontrarse en una montaña y cerca del mar, desde el exterior el cementerio de Montjuic se me antoja un lugar antiestético, como si la muerte no representara por si sola un concepto de fealdad superior. En cambio, el interior se adhiere a otra corriente, con sus majestuosas esculturas, las callejas con nombre y las tumbas bellamente esculpidas. Ante esa representación imaginaria mis dudas estéticas se disiparon, aunque mantenía alguna otra duda en mis chácharas mentales.

El mar, La Muerte, el cementerio, La Muerte, no entiendo porque desde niño asocio al mar con la parca, hace millones de años los primeros microorganismos salieron de ese caldo marítimo y, tras ellos, nosotros. Debería ser lo contrario lo que me inspirara tamaña inmensidad de agua, pero no, le atribuyo el concepto contrario a la vida y, por el contrario, observo más vida en mis queridas necrópolis.

La aguja de temperatura subía y bajaba, escuchaba el ruido del ventilador poniéndose en marcha, actuando contra el calor maquinal que no cesaba en su empeño de calentarnos el viaje, la aguja se tambaleaba indecisa sobre si acercarse al infierno rojo o retroceder a la seguridad blanca; la oscilación nos daba un tiempo precioso para recorrer los últimos metros antes de adentrarnos en nuestra meta.

Desvíe a Peu a la derecha, bajamos una pendiente, giramos en una rotonda y traspasamos un túnel que atravesaba por debajo la ronda litoral. El parking del cementerio repleto de coches nos obligó a tomar un desvío y nos dirigimos a una calle que conocía desde pequeño. La yaya Esperanza Correas, mi abuela paterna, reposa en una tumba de Montjuic. La voz de Montse retumbó alegre en el interior de nuestro vehículo: «Ya estamos aquí».

Sí, ya estamos aquí, guapísima, y sonreí con dulzura.



También podéis leer la necroresueña de
Montse González de Diego aquí.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 16 de septiembre de 2019

«Parecía, por lo menos, que no le habían enseñado a mentir. Pero tampoco le habían enseñado a distinguir la verdad de la mentira»

A los setenta años, Emilio, recibió un particular artilugio como dotación de la herencia de su recién fallecido tío-abuelo Canuto. Una máquina del tiempo. Observó la máquina y leyó las instrucciones, ¿para qué querría aquel cacharro? Emilio, un viejo solterón, quien nunca se había casado ni había tenido una relación más allá de dos meses, de carácter sobrio y, sin ser huraño, alejado de las personas en un desdén propio de misántropos observaba la máquina. ¡Este cacharro debe gastar mucha luz! ¿Para qué lo quiero? Cuanto más intentaba convencerse de la inutilidad de aquella máquina, más pensaba en ella, y cuanto más pensaba nuevas ideas y cábalas mentales acudían a él. ¿Cuántos errores cometió en el pasado? ¿Qué podría haber cambiado en su vida de haber tenido un consejo, el suyo propio, para no caer en las trampas de la existencia?

El manual de instrucciones, que leía ávidamente en diagonal, advertía de las múltiples carencias de la máquina:

[...] 14. la máquina no está destinada a personas con capacidad física reducida [...] 18. los niños deben utilizarla siempre con la supervisión de un adulto [...] 22. Las superficies metálicas pueden calentarse con el flujo temporal por lo que evite tocarlas [...] 26. Los saltos temporales pueden programarse únicamente en decenios [...] A máxima carga el salto tendrá una exposición de 7 minutos, transcurrido ese lapso la máquina retornará a su época, asegúrese de encontrarse en el interior cuando [...] 42. El salto máximo temporal es de 10 decenios (100 años) cuantificados los años bisiestos [...] 55. Los usos y alteraciones personales son responsabilidad exclusiva del usuario [...]

Pues vaya asco, un cacharro que solo saltaba de diez en diez hasta un tope de cien años atrás, y encima tan solo 7 minutos. Menudo timo de máquina del tiempo. Miró el cuadro que tenía en la pared de su comedor, la consagración de Napoleón de Jacques-Louis David, una reproducción bastante fidedigna copiada del original de principios del siglo XIX. Con lo que le hubiera gustado visitar la Francia Napoleónica; así, abandonado su sueño de ver al emperador, se centró de nuevo en su persona. La primera tentación fue visitarse a los ochenta o noventa años, pero la idea de no encontrarse en el futuro le dio miedo. Mejor probaría con él de jovencito. Se sentó en la silla de cuero del artilugio, una butaca colocada en medio de los hierros que protegían al piloto. Delante del asiento un mando básico con tres indicadores: una rueda giratoria rodeada de números desde el -10 hasta el 10, un botón rojo y una llave de encendido. Ajustó la rueda, en un primer impulso, a menos -6 decenios, pero visitarse y dialogar con él a la edad de diez años no funcionaría. Emilio el niño no entendería nada de lo que dijera, por lo que movió la rueda giratoria al número contiguo, menos -5 decenios, y pulsó el botón rojo.

La vida se desperdicia en la juventud. Se vio con veinte años, en la salida del Valkyrias Dark, una discoteca que frecuentaba mucho, de baile en baile sin preocuparse mucho de la carrera de económicas, la que dejó a medias y que podría haberle granjeado una vida mejor, y no aquel trabajo de mierda en un almacén. Se le acercó por la espalda, mientras el Emilio de veinte años daba tumbos con una cerveza en la mano. ¿Un viejo de setenta años intentando dar lecciones a un joven borracho con una cerveza en la mano? Los siete minutos más desperdiciados de sus dos vidas, el Emilio joven ni escuchaba lo que desgañitaba el Emilio viejo, este último miró la pulsera, faltaban quince segundos para volver, se dio por perdido, y volvió a la butaca de cuero de la máquina.

De nuevo en casa, se cabreó con él por ser tan sumamente estúpido. Ajustó de nuevo la rueda y la situó a menos -4 decenios; ahora sí se escucharía, los treinta es esa edad en la que ya no se es joven ni se viejo, las oportunidades personales flotan delante de uno y se ha aprendido lo suficiente para saber escuchar. Iba tan seguro de sí mismo que no tuvo en cuenta las circunstancias personales que rodeaban su existencia. A los treinta estaba en un centro de desintoxicación para alcohólicos, por más que el viejo Emilio hablara, la mirada perdida de su yo treintañero le atravesaba hasta el vacío, ¿qué pasaba por su mente a aquella edad? Las mentiras que se había contado a si mismo, «no era para tanto», «solo fueron unos días», se desvanecían ante la evidencia. Un nuevo Emilio sin salida.
Reajustó por tercera vez los dichosos numeritos de la rueda giratoria a -3 decenios. A los cuarenta, reformado por completo, sin vicios ni remembranzas etílicas, con un trabajo de mierda, pero un trabajo. Tuvo la suerte de encontrarse en el Manolo, el bar al que había acudido durante tantos años antes de ser jubilado. El Emilio cuarentón no se sorprendió al verle, le invitó a un café que él aceptó. Disponía de siete minutos escasos, le habló de lo importante de estudiar, que se reinventara, que aún estaba a tiempo, que sí los cuarenta eran los nuevos treinta, que diera alguna oportunidad a algunas de las muchas mujeres que le iban detrás, hablaba tan atropelladamente de los errores de aquella etapa que no supo si el otro le había entendido del todo. Su yo cuarentón le escuchaba con respeto, dando leves cabezadas afirmativas en cada frase, en cada argumento. Para cuando el Emilio viejo, mirándose con nerviosismo el reloj de muñeca, acabó, el otro se levantó y pagó las consumiciones en la barra. Se estrecharon las manos, le dio las gracias y se disculpó, pues tenía que entrar a trabajar. ¿Había escuchado algo de lo que se había dicho? Anduvo con un nudo en el estómago hasta la máquina y volvió.

La misma casa, el napoleón anclado en la pared, claro, pues eso había sido, a los cuarenta retomó los estudios, pero no los de económicas, se reinventó estudiando Bellas Artes, unos estudios muy bellos, algo así lo transformaron por dentro, pero unos estudios carentes de aplicación práctica. Se había malinterpretado y se había reinventado para nada. Ahora se acordaba.

Se sentó en la máquina, iba a ajustar la rueda numérica a -2 decenios, pero se quedó con la mano alzada en al aire, ¿y para qué? Si nunca había escuchado a nadie, ni a él mismo. No se escuchó a los veinte, no se escuchó a los treinta, no se escuchó a los cuarenta, ¿por qué tendría que ser diferente a los cincuenta? Y hablar con aquel, con el cincuentón en que se había convertido, amargado por desperdiciar a un par de buenas mujeres, por no mejorar económicamente, un Emilio esculpido por el tiempo, de ideas fijas y menos amable que el resto. Aquel viaje sería un error, una enorme estupidez. Si al menos se hubiera escuchado con cuarenta. Se bajó de la máquina, se fue al garaje, trajo un martillo, un destornillador, una sierra y unos alicates. Le llevó una hora desmembrar el engendró mecánico.

Si no hubiera leído en diagonal el manual de instrucciones y se hubiera tomado el tiempo necesario de analizar cada uno de los puntos del libro, se habría ahorrado unos viajecitos innecesarios:

[...] [66]. El salto temporal es de acceso restringido a mutabilidad histórica. Se asegura la impermeabilidad del pasado, no pudiendo alterar, ni por acción ni por inacción, hechos acontecidos. Ninguna excepción...  [...].

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 9 de septiembre de 2019

«El quebrantahuesos (Gypaetus barbatus) es una mezcla de dos palabras griegas: "gyps", que significa buitre, y "aetós", que significa águila. Y es que el aspecto del quebrantahuesos es, efectivamente, una mezcla de ambas rapaces»


Menos de cincuenta lugareños, oriundos de Abrazatortas del valle de la Alcludia, posan sus miradas en el féretro de Atanasio. El humilde sarcófago elaborado con la barata madera de chopo descansa en la tierra. Paco, Manuel, Antonio, Jacinto y los dos hermanos Gómez, situados alrededor de la caja, esperan alguna señal por parte del cura para introducir el ataúd en el hueco de la pared del camposanto donde ya reposan otros paisanos del difunto. Atuanya, el páter, da un visible cabezazo y los seis hombres levantan a pulso la pesada carga. Empujón tras empujón y con un notable esfuerzo la introducen, con los pies por delante como manda la tradición, en el agujero.

—Si Atanasio estuviera vivio —Ese murmullo de Ricoleta lo acompasa, la susodicha, con una inoportuna risita.
—Calla, desgalichá. —La acomete Josefa—. Que te van a oír.
—Por un cura neigro —ríe por lo bajini—. Es que no pueo.

Si el cura las oye, su rostro no da muestra de ellos, el páter mira al féretro, levanta la mano al cielo, pero una aparición brusca a su espalda le impide recitar el responso. Baúleco, el amigo de Atanasio le aparta de en medio, balanceándose con el garrote y con la otra mano ocupada por un fardo, se sitúa delante del hueco y del roído saco de tela extrae un viejo clarinete, apoya el bastón en la pared de tumbas, estira las manos hacia el interior del agujero e introduce medio cuerpo, en sus manos el reluciente objeto da el último adiós a la luz y con un reluciente destello se despide. Se escucha un clonck metálico y Baúleco, vomitado tal Jonás, vuelve al mundo de los vivos sin el instrumento musical. Agarra su garrote y, tambaleándose de un lado para otro, se acerca al cura y le hace un gesto displicente de ojos.

—Ahora sí, no se podía ir sin su instrumento. ¿En que piensa, páter? Ya se lo hablé. ¡Ea! Ya pué empezar con el responso, pero ve lento, ¿eh, Páter? Atanasio no era hombre de prisas, clarito y buena letra, sin prisas, sin prisas, pero tampoco sin demoras, ¡Ea! ¡Ea! ¡Venga, hombre! ¿A qué esperas pues? Empiece, hombre, empiece, que Toño va a taparla antes de que tú comiences los rezos.

Ricoleta se lleva la mano a la boca y recibe un codazo de Josefa que observa con total seriedad la escena. Atuanya disipa el desabrido monólogo de Baúleco con un esforzado gesto de amabilidad. El cura levanta de nuevo la mano, vigila en derredor la aparición de alguna nueva sorpresa, la docena de viejas, entre ellas Ricoleta y Josefa, callan y le observan con un respeto aprendido al hábito y no al hombre que lo habita; los alocados monaguillos tan pronto ríen como muestran la más seria de las poses, pasan del irrespetuoso trino de un jilguero a la estoica pose del quebrantahuesos que, por cierto, una de esas necrófagas aves sobrevuela por encima la comitiva fúnebre con las alas enteramente extendidas; los hombres cansados del esfuerzo se secan el sudor de las frentes con pañuelos y levantan la vista al cielo para ver la enormidad del ave que les sobrevuela, algunos se santiguan y se miran nerviosos los unos a los otros, pero no dicen nada. La presencia del ave, allá arriba, les une en alguna clase de recuerdo, quizá, por ello, no quitan la mirada del cielo, a pesar de que el silencio se rompe por los estruendosos chapoteos del mortero contra el agua, y a Antonio, que espera al levantamiento y colocación de lápida por parte de Paco y Manuel: «Atanasio Rodríguez de Blas 1929 - 2014. Aquí descansa en paz un buen hombre que...». Una conocida frase mortuoria ultima la despedida marmolaria. El mortero impacta en una esquina, chaf, pluf, se agacha Antonio en su segunda acometida con la triangular espátula en mano rellena de la pastosa masa, acompañada de la eterna melodía del paleta chaf, pluf, y la tonadilla continúa hasta sellar la placa de mármol en la tumba. Los monaguillos se tiran del sayo, se ríen pícaros, señalan al féretro, al cura, a las viejas, a los hombres sudados, al quebrantahuesos que se aleja en el horizonte; Baúleco reprende a los jovenzuelos con una ostensible mirada cargada de reproche y los muchachos recomponen la pose que, al igual que las viejas, es una impostura aprendida. «Oh, María, Madre de misericordia», empieza por fin el rezo el páter.


—Pues no empiezia el Páter, delante del bujero del Atanasio, con ¡Oh, María! —Las manos de Ricoleta se alzan al techo en un conglomerado de aspavientos de la más diversa índole que acompaña con estruendosas risas—. ¡Señor mío, Jesucristo! Así se empiezia, ¡Señor mío, Jesucristo! Si se la abreimos enseñado de veces a rezar nuestro responso, y ni por esas se lo sabe.
—¿Pues no tendrá que aprender? Que apenas lleva dos meses. —Lo defiende Josefa.
—Tú es que eiries muy güena, pero es que el padre Atoguaña...
—Atuanya —Le corrige Josefa.
—Como se le nombre, siempre está ojeroso y triste, debe de ser que el hombre ese tiene la sesera en otra parte, no paira la atención, no la paira. A ese hasta que no se le vaicien los demoinios no le entra en la testa nai de .
—Sí que anda lánguido, pobrecito, eso es verdad.
—¡Ba! Mu güena tú, todo se lo perdona la tristeiza. ¡Señor mío, Jesucristo! Así, así. Debe de ser que por los áfricas de allábajo no se conocen de esos rezos y les cuestan. Esos neigros.
—Riiicoootaaa, esa boca.
—¿Pues qué?
—El color de la piel. No está bien nombrarla.
—Ya empeizamos con el raicismo. Ni quel color de la piel tuveira ná que ver. Que hay mucha incultedad por allábajo.
—Riiiiicoooootaaaaa.


—¿En qué piensas, Páter? —De rodillas, delante de una cruz de madera con el Cristo redentor clavado en ella, Atuanya abre los ojos con lentitud—. ¡Ea! ¡Ea! Espabila, páter, que ese no espera a nadie, y si no solo hay que mirar cómo se llevó de rápido al bueno de Atanasio, ni unas zurras nos pudimos tomar en el bar del Paco, ya tiene mala ostia el señorito, con perdón, con perdón, pero es que ni una zurra, ni una zurra.

El cura suspira, unas velas iluminan el interior de la iglesia, creando sombras. El cielo encapotado impide la entrada de la habitual claridad.

—¿Qué desea, Baúleco?
—Esa sí que es buena. ¿Que qué desea? ¿Por quién me has tomado? ¿Qué soy algún notable, ilustre, abogado o político? De tú, Páter, de tú entre camaradas paisanos, leñe. ¿Pues qué voy a desear? Pues que va a ser, venga, venga, acompáñeme al bar del paco, Páter, de prisa, de prisa, me habrá de convidar a una zurra, o dos, a la salud de Atanasio. ¡Ea! ¡Ea! —El cura niega con la cabeza en un gesto lento que enerva la mirada del viejo—. ¿No será usted uno de esos de allá arriba que no sueltan los duros ni aunque los maten? Pero si no pué ser, que usted viene de abajo. Venga, páter, suelte unas perras gordas y a beber por el difunto. ¡Qué la vida son dos días!
—Con gusto le... Te invitaría, pero tengo que preparar la misa de mañana.
—¡Qué misa ni que señorito muerto! Con perdón, con perdón, pero es que las zurras son sagradas, páter, sagradas. Esto no es de ley, un parroquiano como yo, que lleva treinta años, que digo treinta, más, más, no quite, no quite usted, que ya me quito yo, más de treinta años visitando este lugar y que el páter no me invite a unas zurras. —El hombre, garrote en mano, alza su punta hacia las vidrieras de la iglesia como si impartiera una clase magistral, también señala con él la cruz, dibuja la señal en el aire, después las velas tambalean su llama ante un pase rápido de bastón, se regocija el anciano picando en el suelo con cierta fuerza, cloc, cloc, cloc, y al fin, tambaleándose hacia el umbral de la puerta, señala desde debajo del pórtico al cura, que lo mira con una mezcla de triste incredulidad—. ¡Pues tú te lo pierdes, páter! Pero no vas a ser de esta parroquia hasta que no pruebes unas zurras o te bautice el altísimo.

Y con una cháchara inagotable que ni el demonio soportaría, Baúleco atraviesa el umbral de la iglesia dejando al cura con las manos apoyadas la una en la otra y la mirada fija en el suelo.


Las uñas blanquecinas resaltan en los dedos negros de Atuanya. El cura, que en la soledad de su cuarto deja de serlo para convertirse en un simple hombre, pasa con las falanges las cuentas del rosario y recita en cada paso final un padrenuestro. Los ojos cerrados no necesitan de la única vela que apenas ilumina la austera habitación, pero después de «[...] así en la tierra como en el cielo [...]», abre los ojos, en la mesita de noche una fotografía de medio cuerpo con una mujer anciana, de piel negra igual que la suya, vestida con un antiguo vestido tribal en el que predominan los rojos, los verdes y algunas plumas muy largas de aves exóticas, le mira. Acerca la mano, agarra con cuidado el marco y lo atrae hacia sus labios, besa la fotografía a la altura de la frente, siente el contacto del frío vidrio que lo separa de la imagen de la mujer y una lágrima se le desliza por la mejilla. Deposita de nuevo el marco en la mesita, cierra los ojos y vuelve a las cuentas, a los quince misterios y a los padrenuestros, «[...] hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo [...]».


—Pero ¿se puede saber?

El grito, que no llega hasta el cielo por las imposibilidades físicas, rebota en un eco repetitivo por las paredes de la iglesia. La mirada de Atuanya sorprende a los dos monaguillos en pleno acto delictivo. Tomás apoya las palmas de la mano en la base del oscilante cepillo anclado a la pared, una pesada caja de madera ribeteada con esquinas de hierro, y José, destornillador en mano, se esmera en el último tornillo que une la cuadrada caja con la pared. A la frase del padre ambos levantan la cabeza sorprendidos en un momento crucial para su labor, pues al desatender su pesada carga, el último tornillo cede y la pesada caja cae al suelo, una esquina se revienta, añicos astillados se mezclan con las monedas, algunas ruedan intentando escapar del templo como los filisteos. Tomás lanza el destornillador y corre hacia un ventanuco abierto a un metro en la entrada a la iglesia, de un salto felino se agarra en la linde del marco y, tal tigre acostumbrado a saltar madrigueras ajenas, huye por el ansiado hueco; José lo emula, pero es más fuertecito, le lleva unos segundos trepar y queda atorado en el marco. El cura se saca la zapatilla y le arrea someras zancadas en el trasero con más ruido que daño.

—Nooooo, Páter, por favor. Lo siento.

Al niño le gusta el drama y ameniza con gritos lastimeros su culpa, los berridos atraen a los parroquianos, que es domingo y aún no ha sucedido nada digno de renombre y disfrute en los últimos meses. Una nueva tanda de zapatillazos, sin saña pero con esmero, recorre la noble parte de las posaderas de José.

—Páter, Páter, Páter... —Lágrimas de cocodrilo y ojos enrojecidos—. No lo haré más, Páter. Lo juro por Dios.

Al oír la última frase, Atuanya enarca las cejas y, a pesar de la negritud del rostro, se aprecia un rubicundo malestar alojado en las mejillas. Abre la puerta de la iglesia con estrépito, descorre la cerradura y abre la pesada puerta, parece una fuerza imparable de la naturaleza. Afuera los vecinos miran el medio cuerpo del niño atorado en el ventanuco, escuchan sus lloros y la imploración de la piedad de Dios y del cura.

—No jures en falso, malandrín.

La voz de Atuanya, por lo normal dócil, serena, tranquila y cuantos más adjetivos benévolos se le puedan atribuir a ese santo varón, atrona como un rayo rasgando el cielo. Alza las manos recriminando al pilluelo la fechoría.

—Ya le caliente un poco maís al jilguero ese —dice Ricoleta con una sonrisa malévola—, a ver si el neigro se hace uno de nosoitrios.
—Ricota, no seas basta.
—Pero si es la veirdad. Ha de vaiciar los demoinios el neigro y ya verás.
Josefa niega con la cabeza, pero acompaña la mano a la boca para evitar que su amiga le vea una incipiente sonrisa. Paco, el dueño del bar sale del establecimiento con el delantal blanco manchado de vino, le siguen algunos contertulios atrasados y unos vendedores que pasaban por el pueblo. La suma de extranjeros y vecinos reunidos supera la cincuentena de personas. La muchedumbre rodea la entrada de la iglesia. Unas viejas se santiguan. Baúleco llega justo a tiempo, atándose el cinturón al pantalón, tambaleándose nervioso ante el evento. Con ojos ansiosos dirige miradas de un lado a otro, del muchachote atorado al cura, de la mirada crispada del cura al rostro lloroso del atrapado, se pasa la lengua excitado por la comisura de los labios.
—¿Qué os enseñan en esta tierra? —El cura escupe las palabras con un rostro desencajado por algún sufrimiento interno y acumulado—. Desde que estoy aquí, desde que estoy aquí.
No se decide, no acaba la frase, que deja a medias. Los vendedores se estrechan las manos, alguna clase de apuesta han trazado. Paco y los hombres miran al cielo, un quebrantahuesos sobrevuela la plazoleta delante de la iglesia. Manuel, Antonio, Jacinto y los dos hermanos Gómez, los habituales del bar, miran al ave y después se miran como días atrás en el camposanto. El pequeño de los Gómez se santigua y se protege con ambas manos la coronilla, el hermano mayor, ante el gesto de su hermano, le da un codazo y le recrimina con una exagerada negación de cabeza, la mirada en el rostro podría partir en dos al hermano menor, quien retira las manos avergonzado, pero el resto de hombres no dejan de mirar al cielo.
—Je, je, je. Ya güelo al treparriscos —Los ojos de Ricoleta se lo pasan en grande, mirando al cura, al niño, a los extranjeros, a los hombres asustados, algo normal pues las fuerzas en los bares se exhalan con rapidez por la boca, y por último mira a su amiga Josefa, que, en el fondo sabe, disfruta tanto como ella.

El quebrantahuesos emite un graznido brutal, un gutural sonido de bestia celeste que maltrata los caracolillos en los oídos de la audiencia. El Páter, el último en percatarse de la presencia de la bestia alada, levanta atónito la vista al cielo y en ese momento, patachaf, una inmensa cagada se estampa contra su frente, la mancha pringosa, de un blanco grasiento, se esparce por la calva negra de Atuanya y rueda imparable por sienes y mejillas. El espectáculo deja al mozalbete sin llorar, el gentío inspira y, en esos segundos de asimilación, una risotada popular estalla en la plazoleta de la iglesia, la vibración traspasa las puertas de la iglesia, la onda de alienada empatía atraviesa al pobre cura que se arrodilla, mirando el suelo, alguna lágrima se le escapa. Ricoleta se acerca con paso firme y Baúleco detrás de ella, tambaleante pero igual de decidido. Las risas se acallan de la misma manera que empezaron.

Veinga, veinga, que no paisa . ¿A quién no se le ha cagao alguna vez el treparriscos ese de los demoinios?

Paco y dos hombres más ayudan al muchachote a descolgarse del ventanuco, no sin esfuerzo, pues está más crecido de lo que debiera. La muchedumbre observa el espectáculo sin despejar la zona. Josefa entra en casa con alas en los pies, al momento saca dos paños y una botella de agua mineral. Baúleco sujeta al cura por debajo de la axila, este observa, con los ojos enrojecidos, al viejo.
—Páter, ¡Ea!, como dice la Ricoleta, que aquí se nos ha cagado a todos la maldita bestia. No se apure, pué esto es de todos sabido y algo normal. Quita importancia al manchurrón camarada cura. —Mientras el anciano suelta la perorata acompañada de giros de barrote al aire, Josefa le pasa al cura el primer paño humedecido por la calva, le frota con insistencia, elimina los primeros restos de inmundicia y vuelve a su empeño—. El Paco hace tres años, salía de su bar camino de la iglesia y, ¿qué crees que paso? —El dueño del bar baja la cabeza avergonzado—. Pero que no se quite nadie ningún mérito de cagada alguna en su cabeza o cuerpo; incluso la Tomasa, en paz descanse, dicen algunos que fue la única que se libró de ello, pero sé de buenas tintas por una amiga íntima suya, para más señas la moños, que en paz descanse también, me dijo a mí en secreto que también el altísimo la había bendecido una mañana recién levantada, pero que, pasando el suceso detrás de su casa y sin testimonios, pues que nadie se enteró —Un murmullo general levanta los aquiescentes ánimos de la audiencia. Josefa prosigue su limpiadora tarea y Ricoleta le propinas amistosas palmadas en la espalda al Páter.
—Si es que este hombre no cailla ni debajo el agua.
Josefa le pasa el segundo paño al cura, que recupera el aplomo y mira a los presentes un tanto avergonzado por su debilidad anterior.
—¡Ea! ¡Ea! Nada de caras largas y esas cosas, camaradas paisanos. Hoy, por ser día especial, propongo en mi persona y en mi bolsillo una invitación a nuestro Páter, Atuanya, que ha tenido el inmenso honor de ser bautizado por el altísimo, y así, formar parte de nuestra comunidad, la vecindad del blanco lamparón. —Los lugareños ríen ante alguna broma que solo ellos conocen y que el cura empieza a entender—. ¿Qué dices, Páter, me aceptas unas zurras? Convido yo, aunque lo normal sería que el Páter hubiera convidado la primera, pero no te lo tengo en cuenta. ¿Qué me dices? ¡Ea, pues!

Ricoleta mira al Páter, por una vez no sonríe y muestra una seriedad que le desconfigura el rostro, Josefa recoge los paños y los guarda en una bolsa de plástico y observa al cura sin querer presionarle mucho, una deferencia que no recogen el resto de contertulios que miran ávidos de la respuesta; Paco el del bar sonríe, algunas viejas se alejan, no por nada, es que no gustan de acercarse a los bares pero se asientan en los bancos, bajo la sombra de los árboles, alrededor de la plazoleta y enfrente del bar, el resto de vecinos miran con detenimiento al cura y prestan especial cuidado a las siguientes palabras del cura.

—Sea pues. Este es mi pueblo amado, en quien me complazco.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 2 de septiembre de 2019

«Las cosas están ligadas por lazos invisibles:
no se puede arrancar una flor sin molestar una estrella
»

Tres, tres puntas brillaban en su estrella de cuatro.

La primera punta brillaba en demasía porque apuntaba a su norte, al amor en todas sus variantes, al lucero del alba, al febril deseo por la vida.

La segunda punta apuntaba brillante a este, ni aquel shamash, ni ese apache, apuntaba a este objeto, un objeto valioso, un pequeño diamante enraizado en las profundidades cavernarias de su ser, la más valiosa quintaesencia perdida en la última galería de una sima de profundidad insondable.

La tercera punta lanzaba destellos sombríos al oeste, al rincón más alejado de la luz, sombras turbadas alejadas de empatía bañaban con lágrimas su desesperanza y mediocridad. Las siniestras luminiscencias abundaban en el apartado lugar.

La cuarta punta no brillaba y, los porqués de su deslucimiento —la cuestión—, era un misterio hasta para él.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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