Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 23 de septiembre de 2019

Necroresueñas y Esquelarios. Parte I: Cementerio de Montjuic

«Si extraña fue la creación de este atípico diario de viaje, de manera aún más extraordinaria y grata, encontré a una maravillosa compañera que me acompañaría en estas aventuras. Las palabras "Necroresueñas" y "Esquelarios" son creadas por Montse González de Diego, la palabra "Esquecrólogo" es una palaquiéntada de mi cuño». 


Esquecrólogo
Parte I

Día: 24 de julio de 2019
Origen: Hogar
Destino: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Locomoción: Peugeot 206 (+18 años)

El protagonismo inicial se centró en mi viejo compañero de aventuras, mi fiel y estropeado Peugeot 206, un automóvil que a partir de ahora (A.K.A) nombraré con el nombre clave de Peu. Mi leal coche, después de dieciocho años de servicio, tres reparaciones y dos talleres, tenía problemas de motor y los distintos mecánicos seguían sin encontrar el problema de calentamiento. Lo más curioso es que Peu pasaba ufano las risorias pruebas de ITV, a pesar de su evidente malfuncionamiento. Lo encendía, me subía a él, y pasada una hora de conducción, la aguja de la temperatura se elevaba en progresión constante hasta rozar el último peldaño blanco antes de la zona roja de calentamiento y, entonces, superada la zona roja, tocaba parar.

En previsión de evitar calentarlo en exceso pararíamos cada 50 minutos. La primera parada la efectuamos en el pueblo del Ordal, al que tardamos en llegar unos 45 minutos desde casa. La aguja de Peu se aventuraba tras la última línea blanca y se acercaba peligrosa al límite rojizo, pero justo apareció la ansiada señal del Ordal, pueblecito al que mi brillante Montse lo apodó como «El Gordal». El sobrenombre tan gracioso, de cuño y timbre Montsístico, no era para menos, en el bar-cafetería Casablanca del pueblo solicité un bocadillo pa de pagès, tamaño XL, equivalente a un palmo de mi mano extendida al completo, untado con tomate y aceite, y, por supuesto, sabroso queso manchego acompañado de un café con hielo; mi queridísima Montse se pidió su eterno café con leche muy caliente (a pesar de ser Julio) y un cruasán que, al no disponer el bar de tal gustoso bocado, cambió por un par de pastas rellenas de cabello de ángel, de suerte que no le arrancaron un par de pelillos a ella para elaborar tan rico plato.

Llevaba impreso el mapa del cementerio. La noche anterior lo descargué en PDF y por la mañana acudimos, antes de partir, a la copistería Infotécnica. Imprimimos dos copias y marchamos del pueblo.

Me ilusionaba fotografiar las preciosas tumbas del cementerio, pero una mayor y genuina alegría crecía en mí gracias a encontrar una pareja afín en este particular gusto mío, una mujer inteligente, audaz y bellísima, con la que compartiría nuestra filia particular. La noche anterior habíamos seleccionado una lista con las personalidades enterradas en Montjuic, pero ¿cuál sería la ruta óptima para recorrer el camposanto? Extendí el mapa en la mesa del Casablanca y, al mismo tiempo, se me ocurrió, sería una elegante manera de esperar a que se enfriara el motor de Peu. Esa nueva acción se introdujo de repente en el improvisado plan. Montse no preguntó, supuse que achacaría la espera extra a Peu, aunque, la verdad, yo tenía ganas de localizar las tumbas sobre el papel. Después de dibujar muchos círculos en el mapa, pagamos la cuenta y de nuevo, dentro de la sauna llamada Peu, partimos camino del cementerio (el aire acondicionado no funcionaba, ni funcionaría ya jamás). Mi acción más repetitiva se convirtió en un ritual de conducción durante la jornada, observar con fijeza la aguja de la temperatura. El palitroque de plástico transparente estaba quieto en el ecuador del medidor, la espera había surgido su efecto, eso daba algo de tranquilidad.

Llegamos a la desquiciante población de Vallirana, obligada parada por sus múltiples semáforos, último obstáculo antes de coger la ronda litoral en dirección a la montaña de Montjuic. Dice la leyenda, que a la entrada de este pueblo existe un túnel que se remonta hasta tiempos de los romanos, aunque algunas personas argumentan que no es tan antiguo, que el ministerio de Fomento lo empezó en 2004, pese a sus razonamientos yo creo que fueron los romanos. El inacabado enlace pretendía desviar el tráfico del carreterum romanum nacional 340 sin pasar por el pueblo, con lo que el trasiego de vehículos, ganado y humanos, ganaría en fluidez de una manera pasmosa. Ello evitaría muchas molestias a los vecinos Valliranenses y a los conductores de carros en el carreterum romanum nacional 340, puesto que ni unos ni otros tendrían que soportarse más. Los inacabables atascos desaparecerían con la congestión y ruidos asociados; vamos, un constipado circulatorio de orden vehicular, lástima que Fomento no se decidiera a finiquitarlo con un frenadol, ¿pero no había dicho que eran los romanos los culpables? Sí, eso es. Maldigo a los romanos por su falta de previsión: «algún día las obras del maldito túnel acabarán y Vallirana se convertirá en una agradable elección y no en una indeseable obligación. Aunque quizá para ese entonces ya no tenga a Peu».

Pasada la localidad tomamos el desvío de la ronda litoral, el puerto de mercancías de Barcelona, con sus enormes grúas y contenedores de metal, apareció a la derecha pasada una ligera subida de la asfaltada autopista. La majestuosa montaña de Montjuic se alzaba a nuestra izquierda, entre muros, cruces y una arboleda de cipreses y pinos colocados en líneas regulares. El puerto al pie de la necrópolis. Amantes separados por la malvada ronda de circunvalación de varios carriles.

A pesar de encontrarse en una montaña y cerca del mar, desde el exterior el cementerio de Montjuic se me antoja un lugar antiestético, como si la muerte no representara por si sola un concepto de fealdad superior. En cambio, el interior se adhiere a otra corriente, con sus majestuosas esculturas, las callejas con nombre y las tumbas bellamente esculpidas. Ante esa representación imaginaria mis dudas estéticas se disiparon, aunque mantenía alguna otra duda en mis chácharas mentales.

El mar, La Muerte, el cementerio, La Muerte, no entiendo porque desde niño asocio al mar con la parca, hace millones de años los primeros microorganismos salieron de ese caldo marítimo y, tras ellos, nosotros. Debería ser lo contrario lo que me inspirara tamaña inmensidad de agua, pero no, le atribuyo el concepto contrario a la vida y, por el contrario, observo más vida en mis queridas necrópolis.

La aguja de temperatura subía y bajaba, escuchaba el ruido del ventilador poniéndose en marcha, actuando contra el calor maquinal que no cesaba en su empeño de calentarnos el viaje, la aguja se tambaleaba indecisa sobre si acercarse al infierno rojo o retroceder a la seguridad blanca; la oscilación nos daba un tiempo precioso para recorrer los últimos metros antes de adentrarnos en nuestra meta.

Desvíe a Peu a la derecha, bajamos una pendiente, giramos en una rotonda y traspasamos un túnel que atravesaba por debajo la ronda litoral. El parking del cementerio repleto de coches nos obligó a tomar un desvío y nos dirigimos a una calle que conocía desde pequeño. La yaya Esperanza Correas, mi abuela paterna, reposa en una tumba de Montjuic. La voz de Montse retumbó alegre en el interior de nuestro vehículo: «Ya estamos aquí».

Sí, ya estamos aquí, guapísima, y sonreí con dulzura.



También podéis leer la necroresueña de
Montse González de Diego aquí.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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