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domingo, 11 de octubre de 2020

«Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos».

—Debe pinchar por el lado. —Linn emuló un corte transversal con la mano—. Si lo hace por arriba lo desmontará.
—que torpe soy. gracias, ji, ji, ji.
—¿No son de por aquí, verdad?
—pues no… no, ji, ji, ji, ji.
—Es usted muy… feliciana.

No supo que contestar a eso y la mirada penetrante de la joven, taza humeante en mano, que la escrutaba en silencio no la ayudaba a calmarse. Al menos, la indicación previa sobre como pinchar el tenedor en la comida le permitía, al fin, engullir el salmón y la masa sin desmadejar el pastel. El silencio la incomodaba y no sabía que decir, por eso preguntó lo primero que le vino a la mente:

—esta mañana… ¿estabas en la taberna?

Un extrañó temblor atravesó el rostro de Linn, aunque pronto recuperó su aplomo y el acostumbrado arqueo en las cejas, confiriéndole a su rostro la acostumrbada mirada felina, la misma que mostraba en la taberna.

—Sí…
—que riquísimo está esto.
—¿No había probado el pastel de salmón?
—pues, no, ji, ji, ji. está buenísimo.
—Ya veo.

Después de la respuesta su anfitriona volvió a recrearse en la mudez de la contemplación de su invitada. Comer siendo observada y sin conversar. ¡Qué situación tan incómoda!

—¿y que hacías allí? —preguntaría lo que fuese con tal de eliminar el molesto silencio.
—¿Dónde? —Linn se revolvió en la silla y carraspeó.
—en la taberna…
—Repasaba las noticias del Falkenbergs Tidning con el grupo del Lyceum femenino.
—oh, ¿leíais un periódico? qué bonito tiene que ser leer.
—¿No sabe leer?
—bueno… no. ji, ji, ji
—Oh.

Las respuestas de su anfitriona eran cada vez más escuetas, cortantes, onomatopéyicas, el pensamiento le trajo dolorosos recuerdos y el silencio volvió a campar a sus anchas. Linn la observaba extrañada y ese acto aumentó su intranquilidad. 

—¿y por qué no saludaste a nils en la taberna?
—¿Cómo dice…? —Linn se ruborizó.
—sí, en la taberna, nils estaba allí, ¿no ha dicho que son amigos?, ¿por qué no le saludaste?
—No debí fijarme que estaba allí.
—pero si estabas mirándolo todo el rato, al principio pensé que nos mirabas a nosotros, pero después me di cuenta que lo mirabas a él.

El rubor en el rostro de Linn se incrementó, las cejas adquirieron un ángulo aún más desproporcionado y la sonrisa, ya tensa, desapareció por completo.

—Perdone, pero no tengo costumbre de que me tuteen los desconocidos, ni tampoco de dar explicaciones sobre mis actos ni mucho menos justificarme ante nadie sobre lo que hago o dejo de hacer.

Ella se sonrojó muchísimo. Lo del tuteo lo había leído en algún libro de los prestados por Utla, cierta forma de cortesía en algunas culturas, recordaba otros ademanes y formas de tratamiento en distintas civilizaciones, pero… ¿y qué narices había molestado a la muchacha? Había tantísima información que asimilar que se saturaba. Se encontraba mal. Enseguida volvió al momento presente, tampoco imaginaba que había preguntado de incorrecto que hubiera podido molestar a su anfitriona, solo intentaba mantener una conversación para no comer en silencio, nada más. Realmente no se acostumbraba a las maneras de aquellos seres. Linn esperó a que acabara de comer, sin levantarse de la silla recogió con dilación el plato de su invitada, en la misma postura lo fregó con un poco de agua y, entonces sí, se levantó.

—Sígame.

No dijo nada y obedeció.

—Puede dormir en el jergón. Si tiene frío le puedo sacar otra manta.
—no, gracias. está todo bien, perdone si…
—Si necesita cualquier cosa no dude en despertarme —atajó Linn—. ¡Buenas noches!

Y dicho eso, Linn se desabrochó la falda, se quitó la chaqueta y depositó el sombrero sobre un pomo de la cama. Ella se acostó en el jergón, tal cual vestida, sin atreverse a decir nada más.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 4 de octubre de 2020


«El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela»


Atravesaron el pequeño descansillo, un doble portalón dio paso a una nueva estancia rectangular repleta de mesas pequeñitas, taburetes y una pizarra al fondo. Media docena de amplias ventanas, cerradas con destartalados postigones, auguraban una buena claridad exterior. En las mesas reposaban lápices, libros forrados por cartón y columnas de folios dispuestas en una apilación milimétrica, el orden de la improvisada columna contrastaba con una esquina alejada en el suelo, en ella se desparramaban hojas blancas con dibujos infantiles, de trazos irregulares y colores saturados; cubos rojos, verdes y azules con grafías estampadas en cada lado, símbolos imposibles de discernir para ella formaban un caótico vocabulario. Dos osos de peluche finiquitaban la docente estampa.

—Es la escuela para familias pobres —anunció Linn—. La mayoría son hijos de marineros. No es tan bonita como la otra, pero nos apañamos.

—a mí me parece preciosa.

Linn sonrió. Antes de llegar a la cocina, pasaron por una estancia que contenía una cama y un jergón. A pesar de la escasez de lujos, la ornamentación de la habitación vestía en las paredes unos coloridos cuadros de plantas y, en una esquina, un alargado reloj de cuco emulaba un talle pajaril: un nido, dos pájaros y tres huevos. Una estantería alargada contenía más libros de los que era capaz de soportar. Unos visillos blancos bordados a mano reposaban sobre una mesita y en una cómoda descansaba un espejo circular que le devolvía su imagen falsa: la de una mujer de altura más bien bajita con un gracioso estampado floral y una falda plisada. ¡Así me ve ella! ¡Así me ven todos!
En el minúsculo espacio de la cocina, Linn le ofreció un taburete con dos travesaños como respaldo y se sentó, la anfitriona también tomó asiento y reposó los codos sobre la misma pica de la cocina, una tabla alargada de madera apoyada sobre maderos en la que reposaban utensilios de cocina. Un alargado anaquel recorría la anchura de la cocina de punta a punta, encima de él algunos potes y bastante libros, en su lomo había grafías que, sin saber leer, le evocaban gustosos platos, suculentas delicias marinadas y otras degustaciones que la obligaron a salivar con discreción. Linn acercó hacia ambas una campana cubre alimentos, el material traslúcido dejaba ver en el interior una masa esponjosa y cubierta por tiras rosadas, acercó un cuchillo y al levantar la campana de cristal un fuerte olor a salmón acudió hasta su nariz. ¡Por favor, no rujáis ahora, no rujáis! La imagen mental del ruido de tripas exorcizó cualquier aquelarre estomacal. La mano de Linn, agarrando el alargado cuchillo, se acercó certera al pastel, subdividiéndolo en un trozo generoso que depositó en un plato pequeño. Se lo acercó a su invitada y le añadió al lado del plato una servilletita de tela, un tenedor y un vaso con agua.

—Si quiere vino también tengo.

—no, gracias, así está muy bien. que manjar, ji, ji.

Aunque tenía muchísima hambre, se forzó a comer con lentitud, un controlado pinchazo con el tenedor sobre la superficie esponjosa separó de manera abrupta parte de la masa principal. El salmón y el contenido se desparramaron sobre el plato de manera torpe. No tenía conocimiento sobre cómo servirse aquella comida, sumada a su inexperiencia, el hecho de vigilar a su anfitriona de soslayo no la ayudaba en la concentración de la tarea. Linn, sin levantarse de su silla, pues tan pequeña era la cocina que sentada desde su taburete podía llegar a los rincones situados a media altura, calentaba agua en una tetera enorme. Como no quería escrutar con tanto detenimiento a su anfitriona, continuó comiendo con deleite, a pesar del brusco desarme del sabrosísimo manjar.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 13 de septiembre de 2020


«El ingeniero y químico francés Philippe Lebon, patentó su invención de la aplicación de gas para el alumbrado público. Le dio el nombre de termolámparas a sus aparatos de alumbrado económico»

Después de amarrar el bote en el mismo madero de la mañana, se adentraron en la penumbra de las calles. Falkenberg vestía el velo de la semioscuridad nocturna, pues las termolámparas de gas, diseminadas a lo largo de la empedrada calle, apenas alumbraban. No había un alma a esas horas. Se alejaron de la principal vía y se adentraron por callejuelas de tierra alisada en un barrio de casas pobres construidas con madera. Era el barrio de los pescadores, se podía intuir por los remos, las cañas de pesca y las redes que colgaban en paredes o tiradas en el suelo. En el exterior de bastantes casas colgaban candiles en los porches que, con débiles llamas, facilitaban la orientación en el intrincado laberinto de oscuridad. «Dormirás en casa de una amiga». Repitió el muchacho y ella encogió los hombros, le daba igual donde dormir, tenía mucho sueño, había sido un día largo y fatigoso. Se acercaron a una edificación, un poco más alargada que las demás, situada sobre un promontorio de piedras. Nils picó en la puerta tres veces y, para su sorpresa, al abrirse la puerta reconoció en su futura, e inminente anfitriona, a la chica del sombrero de paja blanco, la chica de la taberna que no hizo más que observarles.

—Buenas noches, Linn —dijo Nils—. ¿Puedo pedirte un favor?

La joven, todavía vestida como en la taberna con su sombrero blanco y demás parafernalia, asintió; no sin escrutar antes al hombre que acompañaba a Nils, un hombre alto que vestía chaqueta marrón, bombín y un bastón, y, como no, también a ella, la mujer que completaba el trío y que a ojos de su anfitriona iba vestida con una falda plisada y una blusa blanca estampada con flores. En ella reparó un poco más la mirada. Nils continuó:

—Son unos amigos. Han venido a verme, pero ya sabes que pequeño es la habitación donde vivo. ¿Puedes alojarla a ella? Serán pocas noches…

La escrutadora mirada dio paso a una sonrisa:

—Sí, sí, claro, Nils. Por favor, pase, pase. —Le indicó a ella deshaciéndose en gestos con las manos mientras los dos hombres, cumplido su objetivo, se despidieron y dejaron solas a las dos mujeres—. Me llamo Linnéa Flodgren. Soy profesora de esta escuela popular. ¿Cómo se llama usted?
Tragó saliva, ¿qué nombre le había asignado Utla en el puente? ¿Alva? ¿Agda?, se giró, pero era tarde para solicitar ayuda, las sombras de Utla y Nils se alejaban por la calle de tierra. Linn cerró la puerta y se la quedó mirando, esperando una respuesta. ¡Asa! Eso era. ¡Asa!

—¡asa! me llamo asa.

Linn asintió un tanto impresionada por aquel ímpetu en la contestación.

—Se le ve agotada. ¿Tiene hambre? ¿El cabezahueca ese de Nils les ha dado de comer? 

En ese momento un rugido de tripas surgió de su vientre e inundó la estancia. Se llevó avergonzada una mano a la boca y otra al estómago. Linn contuvo una risa, las cejas desmarcaron el arqueo felino y una creciente sonrisa vistió de afabilidad el rostro de su anfitriona. ¡Cuando no mira ceñuda es más bonita!

—Sígame, tengo un poco de pastel de salmón que sobró del mediodía. ¡Ais, este Nils…! Nunca sabrá tratar a una dama.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 30 de agosto de 2020

«El que quiera peces que se moje el culo»

—¿Verdad que sabes hablar con los peces? —preguntó Utla y, sin esperar respuesta por parte del muchacho, continuó—. Pregúntales dónde se esconde el duende.
—Pero…
—Si encontramos al duende te liberaremos del hechizo. Adiós voces nocturnas. 

El rostro de Utla se abombó: ¿de nuevo satisfecho? Nils se encogió de hombros, aseguró los remos al bote y sacó medio cuerpo por el costado de la embarcación, mirando con el rostro pegado a menos de medio palmo sobre las cristalinas aguas. Habló, vaya que sí habló. Y los otros le contestaron.

«Hace unos días nos pescabas y ahora, ¿vienes a pedir ayuda?», eso fue lo que le respondieron los salmones rosados a sus ruegos, tampoco tuvo mejor suerte con sus parientes más cercanos, los salmones jorobados, llamados así por una joroba situada en su lomo: «Ahí te pudras». Las truchas no se dignaron ni a responderle y aleteando río arriba se alejaron de ellos. Las anguilas le dijeron: «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», y él insistió en la pregunta. «Sí, sí, sabemos donde se esconde Tryckfelsnisse», pero ninguna insistencia las sacó de aquel bucle perpetuo como única respuesta. Al menos ya conocían el nombre del duende. Tryckfelsnisse. Las lampreas, lejanas hermanas de las anguilas, les respondieron con intrincadas abluciones comunicativas: «Glups, duende, no, Tryckfels, Glups, vivir, sí, Tryckfels, Glups, quemado, no, Tryckfels, Glups, árbol, sí, Glups, agua, agua, Glups, Glups», pero de la maraña de gorgojeantes sonidos era complicado extraer una secuencia entendible.
Habían perdido todo el día en el río Ätran y ningún pez les había acercado más al duende. Nils había intercambiado la posición en la barca con ella y, agotado, se recostaba contra el timón, mirando el cielo cada vez más oscuro.

—… La otra vez…

¿Qué murmuraba Utla? Su recuperado ademán de seguridad había desaparecido y ella prestó atención a la frase que disminuía en intensidad. «[…] la otra vez sí funcionó». ¿Qué otra vez? La verdad es que estaba muy cansada, si el hombrecillo quería murmurar sandeces que lo hiciera, ella tenía más sueño que hambre como para prestar atención a una situación que la cansaba y, además, empezaba a tener un calor excesivo en la frente.

—Os agradezco la ayuda. —El tono de Nils, sin inflexión, no se correspondía con sus palabras—. Pero es inútil. Los pescados no me van a decir nada.
—¿Tienes un lugar donde podamos dormir?
El muchacho cabeceó un instante, miró al enanito y la miró a ella, bajó la cabeza al río, un gruñido se deslizó entre las aguas que le devolvían el oscuro rojizo del atardecer.
—¡Bueno, supongo que os lo debo! Estaremos un poco apretados. También tendréis hambre.


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lunes, 24 de agosto de 2020

«El nombre de drakar proviene de la transformación de un antiguo vocablo usado para citar a los dragones, ya que las embarcaciones en cuestión solía poner en sus proas, en lo alto de los caperoles, mascarones de terribles dragones, con los que causaban el pánico de sus enemigos y de sus presas»



Embarcados los tres, ella observó como Nils apoyaba la punta del remo en una piedra y, ayudándose con ambas manos, empujó el remo contra la roca, acción que, con inversa fuerza, los alejó de la orilla. La inercia los acercó al medio del canal y, acunados por las aguas, el muchacho aprovechó la corriente para bogar río abajo. El sol restallaba sobre el caudal azul y llamaradas de plata la deslumbraron, tapó los destellos interponiendo la mano delante de los ojos y, entre el diminuto resquicio entre falange y falange, vislumbró borrosa la blanca espalda de la chaqueta de Utla. El enanito seguía asido al caperol tan ufano como al principio y miraba al frente como seguro de encontrar algo. Nils, sentado delante de ella, bogaba sin ningún brío, pues la corriente ejercía suficiente fuerza para arrastrarlos hacia el mar. Las cuatro arcadas del puente Tullbron se les acercaban veloces, en concreto uno de los robustos pilares se acercaba más rápido de lo que a ella le gustaría. Su intranquilidad aumentaba. Nils se acercó a ella y la apartó hacia un lado sin brusquedad, aquello detuvo su temor, pues el chico continuaba tranquilo respecto a la proximidad del puente como el experto que conoce su oficio y no se asusta frente a lo que los neófitos desconocen, y, con una sola mano, agarró un travesaño de hierro encastrado en el timón y lo torció. El gesto maniobró el bote y la barquichuela salvó la enorme columna, pasando con seguridad bajo de una de las arcadas. ¡Ufff! Respiró más tranquila.

Superado el puente, pero no muy lejano a él, las ruinas de una antigua edificación reposaban inertes en tierra. Eran cimientos demolidos reconvertidos por el paso del tiempo en montones de viejas piedras, pero que, por la cantidad de runa y el espacio ocupado, reflejaban un prominente pasado al lado del río.

—Acerca la embarcación ahí —señaló Utla a una porción de muralla próxima a las aguas.

Con un golpe de remo Nils acercó la barca hasta donde indicaba el enanito. El costado de la embarcación chocó con suavidad contra las piedras y Nils bogaba para asegurar la posición. Utla alargó la mano hasta la hiedra verde que arracimaba sus hojas en la verticalidad de la construcción, su mano se engarfió a la frondosidad de la planta como si quisiera descorrer una cortina delante de una puerta secreta, pero al apartar la hiedra tras ella solo había más muralla. Lo miró extrañada. El hombrecito dudaba y el movimiento de la otra mano, aduciendo al descrédito del enanito, quién apoyaba infructuoso la palma de la mano sobre el muro, aumentó esa sensación.

—Vámonos de aquí, sigamos río abajo, probaremos otra cosa.

¿Probar otra cosa? Pero ¿qué persigue Utla? Fuera como fuese, el hombrecillo había recuperado el abombamiento en su cara, gesto que ella atribuía a un estado de seguridad o alegría, y encaraba el rostro hacia la desembocadura del río. Nils se encogió de hombros y un nuevo movimiento de remos alejó a la embarcación del castillo. Al dejar atrás la población, la coloración del lecho se volvió de un cristalino verdoso, la nueva pigmentación reflejaba los colores de la flora que crecía a los lados del río: tupidos álamos, alargados abedules y piramidales alisos; de entre ellos sobresalía un fresno quemado a orillas del río, partido por la mitad seguramente por la caída de un rayo. A la flora, se le sumó el baile de la fauna ribereña, bajo ellos bancos de peces aleteaban en bancadas y las escamas de los animales reflejaban los destellos solares, la diversidad de formas, tamaños y pigmentaciones confería vida al mural acuático. 


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domingo, 16 de agosto de 2020



«Ea, ea, que el que no embarca no se marea»

Nils los guio hasta el muelle riberense donde embarcaciones de distinta eslora se mezclaban en el lugar agrupadas por tamaños, las más grandes reposaban expuestas en mitad del río y las pequeñas cercanas a la orilla, incluso algunas descansaban encima de la arena. El muchacho se acercó a un joven que, sentado en tierra, hilaba una red. Intercambiaron unas palabras y el que hilaba señaló un pequeño bote amarrado a un bolardo, una de las tantas columnas de madera que amarraban con gruesos cabos distintos botes. Después de solicitar el pequeño navío a su amigo, Nils, Utla y ella, se acomodaron en el interior de la embarcación. Utla saltó sobre la proa y, situado de pie al frente de la embarcación, se asió con una mano al caperol, un pequeño saliente de madera situado en la cabecera de la nave, y, con la otra mano libre, señaló río abajo. Nils se encogió ante el bufonesco gesto del enanito y, viendo los reparos de ella por embarcarse, le ofreció la mano para ayudarla a bajar. ¡Un gesto amable, menos mal, empezaba a pensar que era un bruto!

—gracias.

Agarrada a la mano dio los primeros pasos en firme y, una vez sentada en la bancada posterior, el muchacho dio un salto igual de ágil que el de Utla y se sentó en la bancada libre de en medio. Sin más dilación, Nils encorvó la espalda y agarró los remos.

—¿A dónde nos quieres llevar, enanito?

Sin esperar respuesta, el muchacho colocó los dos remos sobre las chumaceras, unas pequeñas hendiduras semicirculares, recubiertas de cobre y talladas a los lados del bote, sobre ellas colocó los luchadores de los remos, dos anillas de caucho engarzadas alrededor de cada palo que, puestas de esa manera sobre el cobre, reducirían la fricción y le facilitarían bogar. A pesar de la inacción a bordo de la barquita, el constante oleaje del río impelía al bote de un lado a otro, el vaivén producía un movimiento mareoso, muy molesto que, a la larga, podía inducir a las náuseas. ¡A ver si acaba el viajecito este!

—Río abajo —dijo Utla.



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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 9 de agosto de 2020

«[...] antes de adentrarme en la arena y mientras me desato las bambas, encuentro un periódico en el que una mujer menuda y etérea flota en el fondo de un mar azul, aterciopelado y apremiante, con las extremidades rígidas y la espalda arqueada hacia atrás [...]»


Capítulo VII. Camino del río.

—Suficiente —anunció Utla levantándose de golpe de la silla—. Seguidme.
Con pasos cortos, pero decididos, atravesó la taberna y salió a la calle.
—¿Siempre es así? —preguntó Nils.
—a mí no me preguntes. le conozco hace poco.
En el local solo quedaban el grupo de hombres que jugaban a naipes y, en la mesa de las mujeres, restaba la chica del sombrerito que, con ojos mal disimulados, miraba en dirección a Nils. ¡No nos mira nosotros! ¡Le mira a él! La jovencita del sombrero de paja blanco seguía con atención los movimientos del muchacho, en especial cuando Nils introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón, notó que la pupila de la jovencita se agrandaba mientras Nils introducía su mano en la hendidura de tela, sacaba una moneda y la depositaba encima de la barra. Cuando cruzaron de punta a punta la taberna, Nils encabezando la comitiva, ella detrás y Utla el último, se fijó en la joven que ni siquiera reparó en los dos últimos, sino que continuó su indiscreto espionaje sobre la persona del muchacho, ajeno a tal examen. ¿Por qué razón lo miraba tanto? ¡No entiendo a estos seres! Nils se despidió del tabernero levantando la mano y este emitió un gruñido en respuesta.
En la calle, Utla esperaba tranquilo, mirando de frente a la puerta de la taberna.
—¿Más despejado? —fue la primera pregunta de Utla.
—¡Eh…! Sí.
—¿Dispones de alguna embarcación? 
—Puedo conseguir un pequeño bote, ¿para qué lo necesitamos?
—Todo a su tiempo.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 26 de julio de 2020


«La maldición fortifica;
la bendición relaja
».


Al escuchar la historia de Nils se le formó en la mente un remolino de sensaciones, recuerdos, palabras, una fusión de recuerdos transmutados en palabras que se fusionaban para formar frases, e imágenes, muchas imágenes, que no eran suyas, y la mezcla se materializó en su mente, similar al momento en que escuchó su voz en el sótano y, se sorprendió a sí misma, diciendo:
—yo me sé una historia similar, ji, ji, ji.
Nils y Utla se giraron por la interrupción, el primero en actitud claramente sorprendida y el segundo más tranquilo:
—Cuéntanosla también —Le invitó Utla ante la mudez del muchacho.
—me da vergüenza…
—¡Quizá sea otra pista para ayudar a Nils! Adelante, por favor.
Le daba vergüenza ser el centro de atención, así que bajó la cabeza y, como pudo, enunció los versos de aquel poema-historia, tallado en una piedra y perdido tiempo ha:

«Una joven duerme mil años
entre ricos y escondidos tesoros.
El gallo aguarda encima de una pila de oro
y, orgulloso vigilante, protege un sueño.
Cuando el pueblo se encuentre en peligro
despertará a la beldad, con un canto loco
y la virgen levantará de un profundo sueño.
Luego, ella dirá:
Recordad, he guardado aquí un tesoro
lo dejo para la defensa de la ciudad
que recaiga en manos del verdadero valor».

Nada más acabar el verso sintió las mejillas acaloradas y continuó con la mirada clavada en la mesa, ¿de dónde había sacado semejantes palabras? ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensaría de ella Nils a quien había interrumpido? ¿Y Utla? ¿Qué pensaría él? ¿Y cómo sabía ella todo aquel verso de memoria? También se le pasó, en un fugaz pensamiento, que las viejas leyendas son como las supercherías, que tanto coexisten las certeras con las engañosas, las artificiosas con las ruines; que no por ser una más corta y otra más larga, habríamos de creer con más veracidad a la segunda que a la primera, ni tampoco a la inversa ni a la viceversa, pues ni anchura, ni estilo, ni brevedad, ni cortedad, podrían, sabiendo lo que se sabe acerca de la una y de la otra, afirmar nada sobre su veracidad, pues las verdades y las mentiras que tras ellas se esconden nadie las conoce.
Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.


lunes, 13 de julio de 2020

«Alguna vez
se duerme
el buen Homero
»



Habíase un lugar:

Recibía el nombre de Ätraby, una prospera villa situada en la desembocadura del majestuoso río Ätran, en el estrecho de Kattegatt, cerca del mar del Norte. En tiempos remotos un honorable señor, del que se ha perdido el nombre, construyó una fortaleza al lado de la ribera del río, de esa manera defendería su población ante ataques enemigos. La responsabilidad del baluarte fue pasada de padres a hijos, y de hijos a nietos, en digna sucesión hasta llegar a Eskil Krak, señor de villa y castillo. Impartía justicia, defendía las tierras y recogía los impuestos. El oro que recogía, pues en aquel tiempo aún no existían las monedas, se almacenaba bajo los cimientos de la propiedad en laberínticos pasadizos que solo los más allegados de Eskil conocían. Estos eran: el propio Eskil Krak; Nils, amigo y fiel caballero (sí, se llamaba como yo); Cecilia, la hermosa hermana de Eskil; y dos mayordomos de los que ni trovadores ni crónicas recogieron su nombre.
Lejos de allí, el duque Erik envidiaba las riqueza de Ätraby. En secreto, reunía tropas para conquistar la villa y asaltar los tesoros del castillo. Ajenos a las mezquindades del enemigo, los días transcurrían plácidos para Nils y Cecilia. La pareja recogía el pago de los impuestos y, con la ayuda de sus dos mayordomos, guardaban la recaudación en las galerías subterráneas situadas bajo el castillo de las que solo ellos conocían el camino. Cuando sus obligaciones se lo permitían, los dos jóvenes daban largos paseos por la linde del río, se regalaban miradas titubeantes, bonitas palabras y reían. Eskil Krak veía con buen interés aquel acercamiento y en su pensamiento edificaba planes para entrambos. 
Lejos, el envidioso duque Erik ya había reunido una poderosa hueste y marchó hacia la población de Ätraby. La gente de la villa no opuso resistencia ante el ejercito invasor, lo contrario que Eskil Krak, quién guarnecido tras las murallas aguantaba el asedio con sus fieles, una tropa reducida, pero fiel que defendería tras el interior de las murallas. Dejándose ver desde las almenas díjole a su enemigo: Nuestros tesoros jamás tendrás. El duque rio ante las palabras. Congregó a sus capitanes y, presto, planificó un ataque. Su enorme ansía por adquirir el oro allí guardado, solo se ensombrecía ante la lascivia despertada por la beldad que sabía dentro, la hermana de Eskil, Cecilia. Una primera incursión nocturna acabó con la mitad de los defensores, Nils, malherido, mantenía su posición en la muralla. Eskil Krak ordenó a Cecilia guardar las joyas familiares en los subterráneos junto a la recaudación. El duque Erik forzó un segundo ataque y, a pesar de que sus tropas aún no se habían repuesto, la segunda tentativa sí tuvo éxito. La milicia del valeroso Eskil Krak feneció por las espadas enemigas, igual que lo hiciera el valiente Nils y el propio señor del castillo. Cecilia, en los subterráneos, seguida de sus dos mayordomos, escuchó los agónicos gritos de arriba. Ya no había quién los defendiera. El castillo estaba tomado y Cecilia, al saberlo perdido, mandó a sus dos fieles mayordomos quemar las vigas que apuntalaban la galería.
La historia en este nudo del camino es confusa, se desconoce si los dos mayordomos salieron ilesos o quedaron sepultados al derrumbarse el techo de la galería que, con tanto ahínco, había socavado el incendio. El duque, para su furia, vio ascender las llamas desde el subsuelo. El fuego asolaba el fuerte y nadie podía apagar las malditas llamas. Cuando el galló cantó, al despuntar los primeros rayos anaranjados del día, solo quedaba un hilo de humo ascendiendo hacia el cielo, pero ninguno de sus hombres supo encontrar acceso alguno a los subterráneos y, sin más maldad que avivar, el duque Erik regresó sin ningún tesoro a sus dominios.
Cecilia rezaba en los subterráneos al lado del tesoro. Sin saber el tiempo que llevaba y con la visión desfallecida se le apareció un gallo negro. Este cacareó: «Doncella, un gran tesoro tienes, si morir aquí abajo no quieres, la mitad me entregas». Ella se negó en rotundo, ni una mísera pepita entregaría al innoble espíritu, este, ofendido por la terquedad de la doncella la embrujó con un hechizo de sueño. La muchacha quedó profundamente dormida. El duende se lanzó a la pila de oro, pero el cuerpo de Cecilia aferraba con su cuerpo el montón que, apelmazado y como si fuera una única pieza compacta, no cedió ni una moneda al intruso. El duende intentó despertarla de nuevo, pero fue en vano, pues hay algunos hechizos que una vez lanzados no pueden ser disipados, al menos no por su ejecutor. Y así quedó Cecilia, y hasta que ella no despierte, no habrá nadie: hombre, mujer, duende, espíritu o demonio, que pueda arrebatarle el tesoro que corresponde a los habitantes de Falkenberg.
Se cuenta que el duende se convirtió en un gallo negro y se quedó vagando ad eternum por las galerías, a la espera de algún noble corazón noble que encontrara el tesoro y despertase a la doncella.


Y eso es todo. Se me repite cada maldita noche.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 21 de junio de 2020

«No me gustan las casas con duendes. Son cien veces peores que los difuntos»


Nils no escuchaba a Utla, narraba en voz alta una historia que hacía tiempo quería contar.
—Y el duende me quitó el hechizó, recuperé mi tamaño y volví a casa con mis padres. Durante mucho tiempo no volví a hablar con los animales. Entonces pasaron unos años y me hice mayor. Unos amigos del pueblo me hablaron de este sitio, Falkenberg, mucho trabajo, mucha pesca y bien pagado. Me vine con los amigos, pero al poco de llegar me sucedió de nuevo una cosa prodigiosa. Los peces me hablaban, ¿os lo podeís creer? En todo el año que sobrevolé Suecia, en todo ese año, os juro que ni una sola vez hablé con un pez. Os prometo que mantuve animadas conversaciones con vacas, lechuzas, nutrias, águilas, patos, gansos, vacas, caballos, osos, incluso con aquella pobre zorra que murió, pero jamás, jamás, jamás, hablé con pez alguno. ¿Por qué durante todo ese año que fui convertido en un pulgarcito no hablé ni una sola vez con los peces y ahora sí? Ni en una ocasión me dieron los animales acuáticos signo alguno de hablar como los animales terrestres. ¿Acaso las truchas que atrapaba y devoraba la nutria pedían socorro? No. Ni tampoco los salmones, si incluso comí pescado crudo en varias ocasiones. Claro que no hablaban.
»¿Por qué os cuento todo esto? Al llegar aquí aprendí rápidamente el oficio de pescador. Un oficio honrado, sano, bien pagado. ¿Qué de malo hay en ello? Hay muchos salmones en el Ätran. Un río próspero y que da de comer a las gentes de Falkenberg y de tierras adentro. Estaba bien visto por patronos, pescadores y comerciantes, y entonces, pluf, de nuevo, en una noche, se me apareció otro duende… ¡hics! —El rubor se intensificó en las mejillas de Nils y un bufido airoso le deformó los labios al pronunciar la palabra duende, su pupila dilatada se fijó en la cara de ella. ¡Cómo Utla no tiene ojos le debe ser más sencillo mirarme a mí!—. ¡Otro duende! ¿Os lo podéis creer? ¿Dos malditos duendes en una vida? ¿Se puede saber que tienen contra mí esos seres del averno? ¿No pagué ya con creces mis malas acciones? ¿Por qué me tenía que hechizar de nuevo?
Nils bajó la cabeza, apoyó la frente contra el borde de la jarra y quedó inmóvil. El tiempo pasaba y ella le dirigió una mirada preocupada a Utla.
—¿Lo has vuelto a ver?
—No —balbució el muchacho sin levantar el rostro.
—¿Y por qué te molesta hablar con los peces? En esta ocasión careces de sufrimiento, ¿acaso estás encogido en un pulgarcito cualquiera? o ¿eres esclavo a viajar en contra tu voluntad? 
Sacudido como un resorte automático levantó el rostro de la jarra, la marca del reborde se le había marcado en la piel y un semicírculo rojizo le hendía en la frente.
—¿Que por qué me molesta, enanito? ¿Serías capaz de matar a un ser que te implora vivir? Y sobre ello el nuevo duende me sermoneó, acerca de lo malo que era matando a los seres del río. ¿Malvado por pescar? Y me dijo: «te concederé un don». Ja. ¿Os lo creéis? ¡Lo llamó don! Antes de concederme su don de hablar con los peces, me narró una extensa historia que se me repetiría noche tras noche, una leyenda que mora en mis pesadillas y que no me deja dormir. No aguanto más. Me duele tanto escucharla. Que se vayan al infierno todos los duendes y el demonio que los engendró. Solo quiero vivir tranquilo.
Su exaltación aumentaba a medida que el alcohol se le disipaba.
—¿Qué historia te contó? —preguntó Utla.
Nils miró a la faz grisácea que le interpelaba:
—¿Para que queréis saberla?
—Te queremos ayudar, pero necesitamos saber más, quizá la historia sea una pista…
Nils mumuró tres veces una frase, el trío de murmullos no los repitió igual, sino que cada repetición suponía una variación de la anterior, ella escuchó: la leyenda de la dama garante, la leyenda de la doncella del río Ätran, la leyenda de la dama del castillo…¡Qué chico tan extraño! El balbuceo del muchacho la ponía nerviosa y desvió su mirada para no encontrarse con la de él; en ese deambular centró su atención en el resto de personas del lugar, algunos pescadores miraban a su mesa y reían disimuladamente entre ellos, la pareja de la mesa de al lado hacía rato se había marchado y apenas quedaban tertulianos en el local. ¿Qué hacía ella allí? Todo por seguir su propia voz, internarse en un oscuro sótano y tocar un libro. ¡No debo seguir más mi voz! La voz de Nils, más serena, la sacó de sus cavilaciones. El rubor había disminuido en el rostro del muchacho y el balbuceo había desaparecido. Quién ahora hablaba no era el achispado borrachín de hacía un momento, incluso el timbre de su voz había variado. Ella miró a Utla, pero este o no estaba inquieto o le importaba bien poco el cambio en el muchacho. Siguió sentada, atenta al monólogo que tendría que soportar.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 14 de junio de 2020

«Cuando te duela mirar atrás y tengas miedo de mirar adelante, mira a tu lado y allí estará tu mejor amigo».

Capítulo VI. Sine die: leyenda de Falkenberg

—Por el amor de… —El muchacho zarandeó la jarra y parte de la cerveza se derramó en la mesa, adentrándose por sus surcos y creando minúsculos ríos espumosos. De seguido tartamudeó—. ¿Quiénes… qué sois?
La mirada de Nils se clavó en los recién llegados, primero elevó el mentón reparando en la altura de ella, después, forzosamente recompuso su cuello y, cambiando el ángulo, bajó la cabeza e hipnotizado por lo extraño del rostro vacío se quedó mirando con fijeza a Utla como si hubiera visto al lobo Fenrir, al gigante Ymir o a la diosa de los muertos Hel.
—¡nos reconoce! —aludió ella contenta de que alguien viera su auténtica forma.
Utla se sentó delante del muchacho.
—Nils, venimos a ayudarte. Somos amigos de Okka y Martín.
Al escuchar los nombres de sus antiguos amigos, los patos silvestres, el temor en sus ojos se desvaneció y paseó una mirada calma en las figuras de sus interlocutores, ella tan alta, y en él tan pequeño, balanceó la jarra en la mano e hizo un gesto brusco señalándoles las sillas que quedaban libres. 
Ella gruñó, ¡qué falta de caballerosidad!, pero antes de sentarse se percató en que la chica del sombrero de paja blanco, sentada en la mesa de las mujeres, los miraba de soslayo. ¿Qué miraba esa con tanto detenimiento? ¿Acaso también los reconocía? No daba muestras de sorpresa. Utla la apremió a que tomara asiento estirando de su pantalón.
Al sentarse miró al muchacho. Nils no estaba igual que en sus visiones, el pelo dorado no brillaba tanto y la mirada vacía, triste y soñolienta los miraba sin afecto, era una mirada desenfocada que les traspasaba más allá de sus formas corpóreas, una mirada que se clavaba en algún lugar perdido más arriba de sus cabezas.
—¿Quieres contarnos lo que te aflige? —preguntó Utla.
En la expresión del muchacho había una mezcla de gozo y sorpresa. El rubor etílico se le marcaba en las mejillas y, aunque no balbuceaba, el timbre de voz sonó dubitativo. Mientras, ella espiaba a la chica del sombrero blanco. ¿Por qué nos sigue mirando?
—¿Cómo está Okka? —preguntó Nils.
—Falleció.
¿Por qué le respondía de forma tan brusca? En ocasiones la franqueza de Utla le molestaba, ¿por qué tenía que ser tan cortante en sus respuestas? ¿Tan molestamente escueto?
Nils agachó la cabeza y Utla añadió:
—Martín está bien. Ahora es el líder de la bandada.
—Martín… —balbució Nils con un nudo en la garganta.
—¡Nils, cuéntanos tu problema! —insistió Utla.
—Sí, claro… —A duras penas contuvo un eructo—. Maldita sea, aquí todos se ríen de mí. ¿Sabéis por qué? Porque hablo con los animales. Y no es la primera vez, no. Hace años, cuando vívia en la granja de mis padres, trataba mal a los animales, les tiraba bolas de barro, los zarandeaba, los azuzaba con varas de madera. Un día no quise ir a la iglesia con mis padres y apareció un duende en casa. ¿Sabéis que hizo? Me embrujó y me volví pequeño, un pulgarcito por arte de birlibirloque y, después de eso, me pasé un año entero con una bandada de patos silvestres volando por toooda Suecia. ¡Hics! —En esta ocasión la mano llegó tarde a los labios y el estallido gorgojeante escapó de su boca—. ¡Perdón! Claro que me merecía un castigo, pero ¿un año? Da igual, el caso es que pasó el tiempo y el duende que me hechizó no quería quitarme el hechizo, aunque yo me portara bien y la buena de Okka le solicitara muchas veces que me perdonara. ¡Pobre Okka! La llegué a querer tanto…
—Nils… —Lo detuvo Utla—. ¿Por qué vuelves a hablar con los animales?
Las prisas de Utla la incomodaban, ¿no se daba cuenta de que el muchacho quería hablar? Que manía con interrumpir a la gente; por otro lado, no le quitaba los ojos a la muchacha del sombrerito, quien tampoco apartaba los suyos de su mesa.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 31 de mayo de 2020


«Para ser creativo hay que pisar con fuerza las incertidumbres»


No les fue difícil encontrar la taberna. La única calle empedrada de la ciudad serpenteaba siguiendo el trazado del río y, en ella, se encontraban la mayoría de establecimientos abiertos al público. El local, levantado del suelo con puntales de madera, poseía un saliente cartel negro con la palabra «Krog» impresa en letras blancas y tres peldaños de madera salvaban la distancia entre el suelo y la puerta del local. A pesar de su imposibilidad en leer las grafías supo, con ese don innato de comprender sin saber leer, que aquel debía ser el local que con tanto afán buscaba su compañero.

—Estupendo. —Se animó Utla—. Vamos adentro.

Un resorte impulsó al pequeño ser a acelerar el paso, ella se encogió de hombros y le siguió sin esfuerzo, pues una zancada suya equivalía a dos de él. Al entrar vieron algunos corrillos de personas sentadas alrededor de mesas de madera: nada más entrar seis pescadores con petos húmedos y botas altas les dirigieron una mirada hosca pero no dijeron nada, el chico no se encontraba entre ellos; al sortearlos se encontraron con un quinteto de trabajadores vestidos con monos de fábrica y botas manchadas de barro, el chico seguía sin aparecer; en una mesa con libros, cuatro mujeres sentadas, escuchaban con atención como una de ellas leía en voz alta las noticias del Falkenbergs Tidning, un periódico local, y de reojo una de las muchachas les miraba con sonrisa vergonzosa, la curiosa llevaba un pequeño sombrerito de paja blanca y desvió la mirada al fondo del local. Por fortuna, al seguir el mirar de la muchacha descubrió, al fondo del local, la apartada forma solitaria de un muchacho y, con disimulo, sacudió el hombro de Utla en la dirección, el hombrecito asintió: sortearon a un trío de caballeros vestidos con trajes caros que echaban una partida de naipes; solo les separaba del muchacho una mesa con una pareja, un hombre y una mujer, ambos tenían las manos engarzadas el uno en el otro, ella vestía una destacable pamela de plumas y él una gruesa bufanda y un sombrero negro, mantenían una íntima conversación sobre libros, ajenos al mundo; superados los contertulios, en el rincón más apartado y en el que apenas llegaba la luz del exterior, un muchacho taciturno y solitario agarraba con descuido una jarra de cerveza, mentón erguido y mirada perdida al techo, como si en los travesaños de madera encontrara placer, libertad o tranquilidad.


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domingo, 24 de mayo de 2020


«Un libro es un espejo que pasea por una gran avenida»

Esposa, ¿recuerdas dónde viste por última vez a Nils?

Al escuchar la chanza enarcó las cejas y le respondió:

—¡que graciosito! ¿qué es todo esto? ¿por qué no se asustan al vernos? ¿acaso nos encuentran normales?

Por toda respuesta Utla levantó la mano y señaló al escaparate de la sastrería, de tanto caminar se encontraban enfrente del establecimiento. En su interior se exhibía un variado muestrario de ropajes: faldas, pamelas, mantillas, botines, vestidos con rayas, otros de estilo marinero, sombreritos de paja, algunas cintas de diversos colores y un paraguas abierto en una esquina. Un espejo de pie, alargado y abombado en la punta, encarado hacia la calle, les devolvía su reflejo: un hombre alto, con bombín, chaqueta marrón y bastón, al lado de una mujer más menuda que él, con una falda larga y una blusa blanca estampada con flores.
Alzó la mano izquierda y la mujer del reflejo reprodujo el mismo gesto, sacó la lengua y la dama del espejo copió al acto la misma acción. No podía ser.

—¿somos nosotros?
—Sí, así deben vernos aquí.

Se entretuvo gozosa observando la sinuosa forma que le hacía el vestido a lo largo de ese otro cuerpo que se suponía era ella, observando las diferencias en el vestir, observando los replicantes gestos en la otra: una mujer más bajita, que, a pesar de la diferencia de altura, sí conservaba su misma palidez en la piel; no solo en la dermis había diferencias, la otra tenía el pelo oscuro, largo y recogido en un moño; vestía una blusa, en la que ya se había fijado en un principio, que, además de las flores estampadas en un color apagado, se coronaba con volantes en los hombros; la separación entre blusa y falda se escondía tras un fajín negro ceñido a la cintura que le remarcaba las caderas, un efecto precioso que debía reconocer…

—¿Vamos a por Nils? ¿Dónde estaba?

Ufff, que fastidioso el hombrecillo, por una vez que disfrutaba.

—no sé, parecía una taberna.
—Busquémosla.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 10 de mayo de 2020


«Las ideas están exentas de impuestos»


—¿Qué les trae hasta la villa? —El más alto de los dos hombres continuó con las preguntas mientras el compañero transcribía las respuestas en una libreta rectangular de hojas rugosas y aspecto acartonado.
—Negocios.
—¿De que tipo?
—Pesca.

El escribiente también repetía las respuestas en una hoja suelta, igual de acartonada que los folios de la libreta.

—¿Situación civil?
—Casados. Ella es mi mujer.

¿Su mujer? La risa no le surgió porque se encontraba muy nerviosa. Por otro lado, las preguntas del hombre vestido de negro surgían mecánicas, no se encontraba ni alterado ni sorprendido y, ni él ni su compañero, daban muestras de sorpresa. El hombre que no hablaba, pero que sí escribía, dejó por fin su tarea,  y empapó un tampón de madera en una cajetilla con tinta roja que llevaba en la mano. Con el tampón en la mano lo estampó al vuelo en la hoja y un sello redondo con la figura de un águila rojiza de perfil rubricó el papel. Estiró la mano en una acción igual de mecánica que llevaba efectuando por cada persona en la cola, y, sin girarse, en una coreografía burocrática síncrona, su compañero agarró la hoja y se la presentó al hombre y a la mujer.

—Una corona por persona. Si quiere entrar artículos de exportación debe solicitar la correspondiente licencia en el ayuntamiento. Este papel le exime, a usted y a su esposa, de nuevos pagos aduaneros. Muéstrelo a los funcionarios cada vez que se le requiera en el puente. Vayan con Dios.

Utla se quitó el sombrero y ella pudo apreciar desde la altura que los separaba la inmensa calva, pero los interlocutores no miraban abajo, sino más arriba, como si el sombrero no se encontrará por debajo de sus miradas y el cuerpo de Utla se extendiera unos centímetros más arriba de su ser. Su compañero esposo, despreocupado, giró el sombrero e introdujo la mano derecha en su interior. Aquel gesto fue lo único que levantó una mueca de sorpresa en ambos hombres, sorpresa que desapareció cuando les entregó dos monedas con el perfil en relieve de un hombre barbudo y con letras escritas en el reborde, «Oscar II […]», letras que no pudo leer debido al rápido intercambio: moneda por papel.

El puente quedaba atrás y una calle ancha, la única adoquinada en la población, se extendía ante ellos. Deambulaban con paso calmo por la calle, sobrepasaron el granero de forma cónica situado a la izquierda del puente, este se erigía cerca de un edificio blanco de apariencia robusta. Continuaron el camino y se acercaron hasta a un par de tiendas que se alojaban en los bajos de un edificio: una sombrerería, un zapatería, un colmado, una sastrería. Al final de la calle reconoció en la construcción de techo empinado, coronada por una aguja gigante, la iglesia, la misma que había visto bajando por el caminito de las afueras. Las campanas tañeron, la reverberación del sonido grave la atravesó y las madres con niños agarrados de la mano se afanaron al escuchar el repiqueteo. Alguno de los pequeños, igual que su homónimo en el puente, se les quedó mirando embelesado, pero el rápido trasiego de las madres, estirando de sus hijos en dirección a la escuela, no les daba el tiempo a los infantes para ensimismarse ante la extraña pareja. ¿Nadie reparaba en ellos?
Utla la sacó de su observador mutismo.


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domingo, 3 de mayo de 2020

«Todos somos niños al principio (Alla är vi barn i början


Un tráfico considerable congestionaba el puente de piedra repleto de carros, caballos y hombres. Al verse envuelta entre otras personas cayó que, hasta ese momento, no había pensado en su indumentaria, ni en la mucho más extraña apariencia de Utla. Sus divagaciones se aceleraron cuando, siguiendo a Utla en su segura marcha, se pusieron a esperar tras una mujer y un niño que esperaban tras una larga cola. La retahíla de personas estaba presidida por dos hombres vestidos con chaqueta negra, camisa blanca y unos corbatines finos y alargados. El más alto de ellos alzaba la mano y, con ese gesto, detenía a todo aquel que quisiera cruzar el puente, inmediatamente lanzaba una pregunta y la mayoría de personas mostraba un papel acartonado. El más alto lo examinaba con atención y entonces permitía atravesar a quién se lo había enseñado. Aunque el proceso era rápido, mostrar el papel, revisarlo y aprobarlo, la espera la carcomía. ¿Qué pensarían de su acompañante sin rostro?, ¿y de ella? Ni siquiera había reparado en ello mientras bajaban tan alegres por el camino. La mujer enfrente de ellos avanzó cuando los que estaban delante, y los que a su vez estaban delante de los que estaban delante, avanzaron. De esa manera, uno por uno, los eslabones de la cadena humana dieron en un unísono desorden un par de pasos y la cola avanzó. La mujer tiraba con fuerza del niño cogido de su mano que, enjugascado en imaginarios juegos no paraba quieto, la mujer bufó y enseñó con desdén el papel a los dos hombres mientras con la mano sacudía al niño que la desquiciaba.

—Hijo, estate quieto, que me vas a volver loca.

El pequeño, zarandeado como un muñeco y sumado al propio movimiento de su juego, volteó involuntariamente el cuerpo ante el brusco exceso de la madre y, en ese instante, al encontrarse cara a cara con la extraña pareja extendió los ojos de manera desorbitada y abrió la boca. La estaba mirando fijamente a los ojos y, fugaz, pasó a mirar a Utla quedándose en este estado boquiabierto. Ella intuyó que el pequeño levantaría la mano y la señalaría con su dedo índice minúsculo, pero la madre se giró, los miró, a ella y Utla, sin apenas fijarse en ellos, y le endiñó un sonoro capirotazo en la coronilla a su pequeño antes de conminarle a andar.

—¡No molestes a estos señores y tira adelante! ¡Será posible que con nada te me enbobas! Venga. Venga. Que llegas tarde a la escuela.

El niño se enderezó y prosiguió el camino, arrastrado con ímpetu por su progenitora, pero de vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás, mirándola fijamente a los ojos y pasando la mirada de ella a Utla sin cerrar la boca.
Aunque la atenazaba la mirada del pequeño, una nueva amenaza se cernía sobre ellos, les tocaba el turno y, de los dos hombres, el más alto, les preguntó:

—Nombre y apellidos.

Un helor, anclado en el vientre, subió poco a poco hasta acogotarle la nuca, ¿esa sí que era buena?, ¿apellidos? Si ni siquiera sabía su nombre. Miró a Utla con una mirada preocupada, su bajito acompañante giró el cuello, encarando el rostro ausente de todo vestigio facial en su dirección y lo abombó, en ese habitual gesto suyo, como si simulara una sonrisa. Al instante encaró el rostro hacia a los hombres. Para extrañeza de ella los miraban a ambos del modo más normal, como si él no fuera un enanito sin cara y ella no fuera vestida de manera tan diferente al resto de mujeres que cruzaban por el puente. De hecho, solo el niño que se alejaba con su madre había mostrado estupor. Al mirar a su alrededor y examinar a los adultos que transitaban por allí, se fijó que ninguno de ellos dirigía miradas extrañas hacia ellos. Estaban preocupados en sus quehaceres y los situados detrás de ella, en la cola, tampoco mostraban aspavientos como sí mostró el pequeño.

—Slubtap Smvbübpson y Asa Assarson —respondió Utla.

Al oír la invención se quedó quieta y muda como una estatua. ¿Qué les pasaba a aquellos dos? ¿Es que no veían que el enanito no tenía rostro? Tragó saliva y desvió la mirada y, para evitar ningún rubor, enfocó su atención en una palabra: Asa. El nombre le gustó. Sería bonito tener un nombre como aquel.

—¿Es la primera vez que visitan Falkenberg?
—Sí.


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lunes, 20 de abril de 2020

«No, es de veras un intacto candor el que reina sobre las dos caras
fronteras»

De nuevo, sintió el halo de claridad blanca alrededor de ella.

—sí, había una luz blanca que rodeaba al libro. no olí nada, pero sí escuchaba... mi propia voz, ¿qué extraño, no?
—Mmm... ¿Color Blanco? Entonces parece poco grave. Una primera toma de contacto, quizá.
—¿qué es ese lugar?
—¿Allí abajo?
—sí.
—Yo la llamo, La Biblioteca, pero recibe muchos nombres.

Utla calló, volvió a coger una espiga y desensanchó el rostro, como si formara con aquel gesto una sonrisa.

—pues fue muy raro, también escuché risas, pero antes, si te digo la verdad...
—Sí, cuéntame, por favor, por raro que te parezca, yo lo creeré todo.
—yo... quería irme, al principio quería salir de la casa, pero todo era blanco fuera de la habitación, yo... no sabía cómo salir, pero leí una hoja al azar de aquel libro que me dejaste, no recuerdo el nombre.
—¿El Imaginarius?
—sí, ese, y me puse a pensar como quería que fuera la casa y abrí la puerta de la habitación y allí estaba todo como yo quería, mucho espacio, salones grandes, luz, comida, un baño, por fin. ji, ji, ji —Se sonrojó—. me da vergüenza hablar de ciertas cosas, ¿tú no sientes vergüenza por nada? —Utla no respondió—. bueno, que me lío yo sola, y todo esto para decir que tenía ganas de escapar. sí, sí, sé que me has tratado bien, me cuidaste, me curaste, me diste de comer, me dejaste libros para que no me aburriera, para que aprendiera, pero no me gustaba estar allí. me sentía atrapada y, después de asearme y comer un poquito, me fui a la planta baja, sabía que había una puerta que conducía afuera, pero cuando estuve delante de ella, con el picaporte a tocar de mi mano, sentí que tenía que ir al ropero, ¿sabes a que me refiero? ese ropero que está al lado de la puerta. ¿tú lo usas?
—Sí, conozco el ropero, pero desconocía que se podía bajar hasta la biblioteca por él.
—¿lo ves? —Pero, ¿no era absurda aquella expresión dirigida a alguien que no tenía ojos? Sonaba ridícula, pensó en ello y se sonrojó aún más—. perdón, quiero decir... ¿es normal que no conozcas tu casa y yo sí?
—Estás confundida, yo solo habito en ella. Nadie es su propietario y sería pretencioso querer conocer todos sus secretos; y te diré más, estimada, algo que aprendí hace tiempo: al interior de la casa solo se puede entrar si la propia casa te lo permite o si un morador te permite entrar.
—ya... —Aunque la articulación de su locución, ya, sonó como si no hubiera comprendido bien la respuesta—. una casa con, ¿personalidad?
—Se podría decir así.
—¡y eso que llamas la biblioteca! allí abajo escuché risas, y se parecían a mi voz. ¿era yo misma?, ¿y la oscuridad de allí bajo?, ¿qué son esas salas tan distintas entre ellas y que almacenan?, ¿son libros?… y el brillo, cuando toqué el libro, plufff, y aquí los dos, bueno, ji, ji, ji, o los tres, si es verdad que tu hermano también está. ¿nutla esta aquí?
—Estimada, son muchas tus preguntas y muy variadas. Deberías seleccionar solo una y a partir de ella te respondería lo mejor que supiera.

Claro, aquello era lógico, pero tenía tantas preguntas, ¿por cuál se decantaría primero? Pero la elección no llegó a término, caminando, caminando, caminando por el caminito habían llegado hasta el puente que les permitiría entrar en la población.




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domingo, 5 de abril de 2020

«La fe tiende un puente desde este mundo al otro»

Zigzaguearon por un camino bajante, tierra allanada por el continuo trasiego de otras personas, hasta la falda de la colina. La cubierta anaranjada de los tejados, una iglesia de picudo techo, unos vagones sobrepasaban el río por un puente en forma de tergo y sumado al traqueteo de la comitiva ferroviaria le acompañaba más humo negro surgido desde la locomotora que encabezaba el convoy, y, para finalizar la postal, un viejo molino de estilo holandés erigido más lejos que las casas, el puente, la iglesia, el granero y la locomotora.

Utla caminaba con tranquilidad, zarandeando las manos despreocupadas, agarrando espigas salientes a lo largo del camino, las acariciaba con la palma y, al poco, se las llevaba a la mejilla para frotárselas contra la dermis. Es difícil poner nombre a una zona facial en un ser sin rostro, por ello, decir que se las frotaba en la mejilla sería una elucubración que, pensó, sería lo más acertado. La aparente calma de su anfitrión la enervaba, ¿no me va a explicar nada? Utla seguía con sus pasos cortos y tranquilos, con vaivenes de manos que acompañaban con dulzura el recogimiento de las hebras y su posterior frote en la cara. Los apacibles movimientos del pequeño ser contrastaban con la ira que creía en el interior de ella, un creciente fuego avivado por una pequeña chispa, la chispa de un tono molesto, estúpido y apremiante, «me preocupa más Nils», ¿y yo?, ¿te preocupo yo? Ni se había molestado en informarla de absolutamente nada, así que le quedaban dos opciones: ¿estallaba o respiraba profundamente y le acosaba a preguntas? Respiró profundamente, arqueó las cejas y, con una mirada clavada en el techo del sombrero blanco de Utla, debido a la notable diferencia de alturas, le dijo:

—a ver, a ver. antes de ayudar a ese nils explícame un par de cositas. ¿qué me pasó al tocar el libro?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué he soñado o qué he visto o lo que sea que me ha pasado?, ¿qué es todo esto?

Utla dejó caer la espiga que sostenía en la mano, la forma oblonga del rostro se le contrajo, como si el deleite hubiera finalizado, y respondió:

—Claro, estimada. Alguna explicación debo darte. Todo empezó cuando tocaste tu primer libro.

—¿el objeto rectangular que brillaba?

—El mismo. Un libro. Uno de tantos. Te estaba llamando.

Recordó la mimética voz idéntica a la suya, escurriéndose desde el sótano y atrapándola en el vestíbulo, alojando los particulares fonemas en su espacio vestibular, deteniendo el tiempo, atrapándola y seduciéndola en un canto de sirena.

—¿por qué me llamaba?

—¡Quién sabe! Necesitaría ayuda, te querría enseñar algo o simplemente querría conversar, ¡quién sabe!... Son tantos los seres que se sienten atraídos por los libros y desconocen el porqué, aunque son muchos menos los que poseen tal vinculación con ellos hasta el punto de escuchar su llamada. ¿Con qué intención te atrajo? Lo desconozco. Quizá averigüemos más cosas preguntando: ¿podías pensar con claridad mientras te acercabas a él?, ¿viste o sentiste algún color u olor en particular?, ¿escuchabas sonidos o música?, ¿danzaban luces a tu alrededor?, ¿sentías tu tacto melancólico u oprimido por alguna presencia?, ¿olías a hierba recién cortada o quizá un sabor a rosas se apoderó de tu paladar, o, mejor aún, sentiste una empatía superior?

[...]


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