Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 9 de marzo de 2020

Contigüüüm. Capítulo IV. Duodécimo

«Un armario, escaparate (en Venezuela y Cuba​), clóset (en Hispanoamérica​), ropero, placar o placard (en Río de la Plata​), es un mueble cerrado por medio de puertas, en cuya distribución interior puede haber estantes, colgadores para perchas y cajones, ideado para guardar cosas».

No había entendido aquella página, una página abierta al azar, una página finalizada con numerología extraña: emes, equis e íes. No sentía fuerza en las piernas y, envuelta en su dormidera, y con cierta reticencia a acercarse a la blancor, deambulaba manteniendo las distancias con la pesada puerta que ocultaba tras ella el vacío. Le daba miedo acercarse a ella, pero si el pequeño ser venía de allí, es que, forzosamente, algo debía haber al otro lado que sustentara sus pasos, ¿por qué no podía ella ver ese algo?, ¿qué significaba el libro que tenía entre sus manos?, ¿era alguna clase de pista para salir de allí? En sus prisas por leerlo no había siquiera leído el título. Era un pesado volumen y al intentar cerrarlo para ojear la portada, el dedo pulgar se le trabó en una página, en la que leyó lo siguiente en el primer párrafo.

«[...] Nunca le parecieron sus cantos tan bellos como en aquella hermosa noche; hasta el mismo ambiente se hallaba lleno de armonías que recogían el eco de sus canciones.
Cuando terminaron, se abrió de modo rápido la puerta de la casa y alguien, con paso rápido, marchó hacia ella. [...]»
El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia.


De igual modo que acontecían las palabras tan bellamente escritas, y recién leídas por ella, la puerta de la habitación se abrió, pero, a diferencia de la narración, lo hizo de forma lenta, sin ningún ruido ni melodía. Dejó el pesado volumen otra vez sobre la silla y avanzó sin miedo hasta la... ¿Blancor? Ya no existía la inmensa nada, en vez de ello, una amplia sala con un alargado ventanal mostraba el lejano paisaje del lado opuesto de la casa. No había montañas en esa zona, un verde prado era la antesala de un valle y un río, presumiblemente el mismo del otro lado, se introducía serpentenado por el valle, abriéndose paso entre trigales, árboles, caminos y hierba. Miró al techo, las mismas vigas de su estancia soportaban la parte superior. A mano derecha había un pequeño vestíbulo donde unas escaleras bajaban a otra planta y, más allá, una enorme puerta cuadrada que, intuía, no podía abrirse, al menos por el momento. Había más habitaciones al fondo, a la izquierda, o al menos así lo intuyó por una puertecilla alejada, y supo que, en el pasadizo entremedio de esas habitaciones, había una escalera, anclada en el techo que se abría dando un brinco y estirando del cordel que sujetaba la punta de la escalera, y supo también que, tras ese acto gimnástico, se escondía la buhardilla, pero le dio miedo pensar en ese lugar, oscuro, negro, tétrico y decidió tomar las escaleras hacia abajo. En la planta baja se encontró con un vestíbulo de idéntico tamaño y proporción que el del piso de arriba. A la derecha había una sala, sin puertas cerradas en la que entraba muchísima luz por dos ventanales igual de rectangulares y grandiosos que el de la estancia de arriba. Las paredes se encontraban rodeadas por una librería inmensa que llegaba desde el suelo hasta el techo. Miles de libros de distinto grosor, color, forma y relieve se repartían por los estantes. Una escalera, con rieles y ruedas móviles, permitía llegar a las estanterías superiores; unos sofás pequeños, con mesitas adosadas a los lados, se encontraban en medio de la sala; y una alfombra tapizada en forma de flor coronaba el centro desde el suelo. El olor dulzón de los libros, un sabor avainillado que surgía de la cantidad de lignina atesorada entre los volúmenes, se le clavó en la nariz. La tripa le rugió. Tenía hambre, y, no supo cómo, se encontró atravesando un comedor muy espacioso, con una mesa circular y ocho sillas, para acabar en la cocina de estantes colgados del techo, con una alargada mesita pegada a la pared y utensilios repartidos por la encimera en forma de ele: cuchillos, cucharas, cucharones, tenedores y un sinfín de aparejos más. La comida, por desgracia, no se encontraba allí, salió de la cocina, atravesó el comedor y, como si llevara toda la vida viviendo en la casa, cruzó el comedor hasta llegar a una pequeña alacena donde unos estantes contenían comida envasada, tarros de semillas, conservas, algo de pan. ¡Imposible resistirse! Rompió una punta de la barra que sobresalía de un cesto y se lo llevó a la boca. La tripa le rugió satisfecha. De nuevo, desplazándose como si no fueran sus piernas la que la llevaran de un lado para otro, dio un extraño giro al comedor y se encontró en un baño doble separado por una mampara opacada, en la primera zona había una bañera alargada, de cerámica blanca con grifos dorados y un armarito colocado en la esquina, una puertecita daba a la siguiente zona, allí estaba el lavabo, que tanto ansiaba. No más cuñas.

[...] Una vez aliviado su cuerpo, y necesitaba mucho alivio, salió al comedor, la luz del mediodía entraba por otro gran ventanal, ¡sin lugar a duda aquella era la casa de los grandes ventanales!, y la claridad se repartía como un torrente por todas las estancias. Sin pararse a contemplar el bello cuadro que formaba la conjunción iluminada por la claridad solar: mesa y ocho sillas; giró a mano derecha y se encaminó a un vestíbulo. El vestíbulo. Si atravesaba la puerta se encontraría libre, solo debía girar el picaporte. Eso era, girar el picaporte. ¿Y ese guardarropa en la entrada con un doble fondo que contenía unas escaleras que conducían a...?, ¿a dónde conducían esas escaleras? La puerta, la puerta, la puerta. Debía girar el picaporte e irse, pero entró en el guardarropa donde la primera prenda con la que se topó de bruces fue una pequeña chaqueta blanca, debía ser una de repuesto de su anfitrión. ¿Dónde había quedado el picaporte? También pendía de otra percha el mullido abrigo que le había regalado el ser vestido de negro, junto a más prendas de abrigo y algunos zapatos rojos. Apartó con las manos las ropas allí colgadas, tanteó con las yemas la esquina de madera situada al fondo, encontró el anclaje, un pequeño tirador escondido y la pared del fondo se deslizó. El paso era estrecho, bastante frío y húmedo, y de las escaleras circulares adentrándose en la tierra surgía una risa con una voz muy parecida a la suya, ¿parecida?, ¿solo parecida?, ¡era idéntica a su timbre!, misma entonación, cadencia y forma, incluso en la minúscula pronunciación, «ji, ji, ji», «ji, ji, ji». Las carcajadas emitían una felicidad difícil de esquivar, ¿era ella? Le fue imposible no seguir lo que creía su propia voz y, a pesar del frío, algo de miedo y de la humedad, bajó por la escalera de caracol.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. Hola, Buhos dias! Tardo pero llego y me voy sorprendida como siempre de la capacidad de relatar que tienes, gracias, Saludosbuhos.

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    1. Estimados, buhos:
      Espero estéis bien. Gracias por las palarbas, se hace lo que se puede, con la narrativa y con la imagianación. :-p
      Ululantes saludos.

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