Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 15 de marzo de 2020

Contigüüüm. Capítulo IV. Decimotercero

«[...] alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; [...]»


1

Siguiendo las risas avanzaba en medio de la negritud, por suerte, en la pared, talladas en hendiduras semicirculares, reposaban candiles. Cogió uno y continuó con sus pasos.



Una estancia delante de ella contenía cinco hileras de librerías dispuestas en paralelo, sin contar las dos laterales que forraban las paredes, y dentro de ellas miles de libros.



Caminó, caminó y caminó, las estancias se unían unas con otras por mediación de un pequeño túnel, y cada una formaba una forma geométrica distinta a la anterior.



Alzó la cabeza, las risas surgían de un volumen que brillaba con una inmensa luz blanca.

2

Subido a una gran escalera, Utla se encontraba delante de una inmensa librería repleta de volúmenes, entre sus manos reposaba un pesado volumen al cuál le quitaba el polvo con un plumero.


Cruzó las manos delante del pecho, «Espera, espera», y, con mimo, depositó el pesado en el hueco de dónde había salido.




A oscuras, avanzaba con pasos cortos, giró en una esquina, sorteó una hilera de cinco estanterías paralelas con dos adicionales pegadas a las paredes.

«Lo sabéis, me acerco a ella».


De la siguiente sala, de un libro, emanaba una brillante luz grisácea.
3

El ser vestido de negro examinaba un pesado libro entre sus manos.
—¡Maldita, boba! ¿Cuánto tardará? —Estaba sentado en una silla desvencijada, en medio de una habitación destartalada.



El libro empezó a emitir un haz de luz, al principio triangular, después cuadrado, rectangular, hexagonal, así variando en forma y colores.
—¡Bien, bobita, estás cerca!


Encima de la mesa, el pesado libro tembló y una página empezó a emitir luz. Una extraña luminosidad, casi imposible de describir su fulgor.



Se recolocó el sombrero y, con cuidado, abrió el volumen por la página que emitía un intensa luz negra.




«Tú no encuentras los libros,
son ellos los que te encuentran a ti». 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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