Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 22 de enero de 2017

Capitán de Dunstaffnage: dieciocho años después

«"Te daré mi hija en matrimonio", dijo el rey de Erin; Pero no la conseguirás, a menos que vayas y me traigas las noticias que quiero»
Leyenda céltica del Gruagach Gaire


—Papá, ¿de veras soy hijo tuyo?
Sir Thomas Treewood se gira y frunce el ceño.
—Es la misma pregunta con la que me acosas durante años.
Los labios del antiguo capitán de Dunstaffnage se contraen en un desagradable movimiento, casi como si fuera a escupir, y aunque no realiza tal gesto, su boca queda cruzada en un extraño gesto.
—Mamá no tenía los ojos azules —continúa su hijo—. Y tú tampoco los tienes.
Sir Thomas se mesa las sienes plateadas repletas de unas brillantes canas.
—Ya te lo dije. Un bisabuelo tuyo, procedente de Noruega, sí los tenía.
—¿Y este pelo blanco?
—Puffff... Verás hijo, te podría contar una historia muy larga e increíble, pero seguramente no me creerías. Pero ahora que ya has cumplido dieciocho años, quizás debas encargarte de la guardia del castillo de Dunstaffnage.
—¿Pasar tres noches en esa vieja ruina? Menuda tradición familiar más tonta.
—Te puede parecer absurda, pero la posesión nos proporciona un buen dinero... además, quizás en él puedas encontrar las respuestas que tanto ansías.


Thommy anda a paso ligero por «Jeadow Avenue». El olor a alquitrán aún permanece en el entorno y su memoria le asalta con recuerdos infantiles de la empedrada «Etive Road» a la cual se dirige. Esa vía también la asfaltaron el mes pasado con motivo del plan de reforma del ayuntamiento.
En su mochila lleva los pertrechos necesarios para pasar tres noches en el viejo castillo: fósforos, agua, latas de comida, cuchillo, velas, macuto polar, una libreta de notas y una buena botella de Whisky. Una mueca de desaliento cruza por su rostro al doblar la última casa de la avenida. A lo lejos se divisan las ruinas del castillo entre las nieblas del día escocés. Extrae la libreta y comienza a garabatear con un lápiz el perfil de la edificación...


—¿Quién anda ahí?
—Saludos, capitán de Dunstaffnage.
Una muchacha de su edad surge de entre las ruinas. Va vestida con ropajes extraños. Lleva puestos unos curiosos zapatos negros con agujeros en el empeine, una falda del mismo color le sube hasta la cintura y el conjunto finaliza con una camiseta de tirantes. La tela de la prenda es tan fina que resalta las protuberancias oscuras a la altura de los pechos.
—¿Qué haces aquí en medio de la noche?
—Soy Ell-Maid, el fantasma de Dunstaffnage. Y tengo frio.
—Ja, ja, ja —Thommy ríe escandalosamente. El trago a su botella, diez minutos antes, no le ayuda a mantener ninguna clase de compostura—. Claro, y yo soy la reina madre. En serio, ¿qué haces aquí?
La muchacha mira alrededor. Observa las paredes del viejo castillo, como quien observa un lugar antaño visitado.
—Si me deja apretarme con usted en el saco se lo puedo contar. Además, tengo mucho frío.
Thommy mira incrédulo en dirección a la figura delgada que tiene delante. Por un segundo se relame, no tanto en un acto lascivo, sino para remojarse la reseca piel de los labios faltos de aguardiente.
—Las muchachas de este pueblo sois muy raras. Anda, entra.
—Gracias, caballero.
La muchacha se introduce en el saco con lentitud. A esa distancia Thommy puede observar la blancura espectral en la piel de la chica. Esta se apretuja en el saco. Por suerte es grande y caben dos personas con holgura. Aun así, ella se arropa con desmedida confianza al lado de él. Recuesta su cabeza en el hombro de su compañero de saco y el movimiento lo acompaña acercando los pezones al codo del muchacho.
—Oye, no sé qué haces aquí, ni me importa —dice intranquilo Thommy quien resigue con interés la cara de su improvisada compañera de saco para terminar fijándose en los ojos, de un azul intenso—, pero... oye, ¿tienes los ojos del mismo color que yo?
—¿Nunca se ha preguntado por qué tiene los ojos azules y el pelo blanco?
—No —duda—. En todo caso eso son cosas mías.
—¿Nunca ha discutido con su padre acerca de su origen? ¿Ni sabe por qué ese pelo blanco le pica tantísimo en invierno?
Thommy tiembla por un momento.
—¿Cómo sabes tú todo eso? Sí esto es una broma de mi padre...
—Si haces el amor conmigo, mañana al despertar, sabrás muchas cosas de tu origen.
Thommy duda. Su codo roza unos pezones duros y suaves, como si tal cosa fuera posible. La idea seduce su mente. La borrachera ha disminuido, lo contrario que su erección, la cual va en aumento.


El sol le despierta. Mira a su lado pero no hay nadie. Se viste. Busca su cartera. Sigue intacta con todos los billetes dentro. Hace un repaso de los enseres. No falta nada. Los tres días han pasado, pero a Thommy le resulta extraño, pues en su mente es como si solo hubiera existido una noche. Recoge todos los pertrechos, se los coloca en la mochila y marcha del castillo. Se gira, y de su mochila extrae la libreta y el lápiz. Busca la última página en blanco, mientras con el rabillo del ojo observa el contorno de las ruinas. La fortificación está hoy preciosa por el bienvenido sol invernal. Entonces lo ve, un garabato que no es suyo, una extraña forma oblonga, está pintada con trazo inexperto, una palabra reside en el interior: Bellingshausen.


Y en la esquina de la misma página un símbolo extraño: Ø


Dedicado a Seigi Trejo,
gracias por tus palabras.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. ¿Ahora hay que esperar 18 años para la siguiente entrega?
    Es muy buena esta historia, tenés que unificarla.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Muy buena historia, fantasmas, castillos escoceses... voy a tomarme un trago de Loch Lomond (el whisky predilecto del capitán Hadock) y brindaré a tu salud.
    Borgo.

    ResponderEliminar