Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 2 de septiembre de 2018

Mis vacaciones más afortunadas




Entrada 1.
Las mejores vacaciones que disfruté sucedieron el mismo año que acontecieron tres graves hechos en mi vida: me despidieron del trabajo, mi mujer me abandonó y mi padre murió.

Entrada 2.
Las personas se afanan en decir que es la infancia y la adolescencia donde guardamos los mejores recuerdos: paseos en bicicleta, caminatas por la playa, cariño incondicional de los abuelos, amores imposibles de verano...
Ese no fue mi caso, mi padre, desde bien pequeño, anotaba en una libreta todos los gastos que yo le suponía. Escuela, manutención, ropa...
Cuando tuve dieciséis años me llamó a la mesa, acudí y me expuso la cuantía que le debía. Estuve trabajando para él hasta la edad de veintiocho.
Cuando cumplí la edad de treinta y tres, un tórrido día de verano, mi progenitor fallecía de un ataque al corazón.

Entrada 3.
La que se supone debería haber sido la madre de mis hijos me abandonó por un puertorriqueño que había conocido en una sala de baile.
En agosto de aquel mismo año que cumplía treinta y tres, y, quizá, debido al influjo de la calor, que altera algunas mentes susceptibles a las altas temperaturas, mi mujer decidió fugarse con su amante. Yo poseía un extracto bancario con el pago de un hotel a nombre de mi mujer, así, con lo que supuse una prueba, acudí hasta la policía para denunciarla por abandono familiar.
Los agentes me llamaron una semana después, habían encontrado a mi esposa, con un hombre, en el fondo de un acantilado cercano a la playa. Se dirigían en coche desde el hotel hasta la carretera y los frenos les fallaron. Se despeñaron y murieron. Me alegré mucho.

Entrada 4.
Ya han pasado diez años desde mi afortunado verano. 
En los viejos garajes se almacenan tantos trastos viejos, juguetes rotos de pasados alternativos que pudieron ser y, que en la mayoría de ocasiones, no fueron.
No es mi caso, la mayoría de mis juguetes sirvieron para algo, no obstante, a pesar de su anterior utilidad, debo deshacerme de ellos.
Encontré la vieja botella de Etiglencol, que parecía querer ocultarse entre cajas y viejas mantas. El Etiglencol es una sustancia para deportistas, aumenta el ritmo cardiaco, aunque mal  administrada puede causar muerte por infarto de miocardio y es difícilmente detectable en análisis forenses.
En la esquina contraria, más alejada de la botella, encontré el extracto bancario del pago del hotel donde se alojó mi exmujer con su amante, al lado unas pinzas pequeñas, de esas que utilizan los mecánicos para reparar el cableado de conducción, dirección y frenada.

También encontré una antigua nómina y la carta de despido. Debo aclarar que la muerte del jefe de recursos humanos, quien opuso tanta resistencia a firmarme el finiquito, al caer por una escalera y partirse el cuello, fue una azarosa situación. Lo sustituyeron por una persona más joven y sin reticencias a firmarme los emolumentos que me  correspondían. Este último hecho sí puedo achacárselo por completo a la diosa fortuna, que aquel año me brindó, con este regalo, el verano más afortunado de mi vida.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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