Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 10 de septiembre de 2018

El «espejoo» de John Wallis

«Con el tiempo, sabrán lo que es perder. Sentir desesperadamente que están obrando bien. Y, aun así, fallar. Pueden temerle. Huir. Pero el destino es inevitable»

La disciplina científica, conocida como aritmética, se encarga del estudio de los números y de las operaciones que se hacen con ella.

1695. Inglaterra. Hogar de John Wallis:

Con los ojos aún medio cerrados, John deambulaba por el pasillo que unía su dormitorio con el lavabo. Hasta el mejor criptógrafo del parlamento británico necesita, recién levantado, echar la meada matutina.
Horas antes, su criada había recogido un regalo para él. Se trataba de un nuevo espejo circular, de esos tan de moda en las casas burguesas, que, molesta, no sabía dónde colocarlo. Contrariada por el hecho de no poder devolver el regalo, se le ocurrió anclarlo, en el lugar más remoto de la casa: el lavabo. En la pequeña estancia ya se encontraba otro espejo, casi idéntico, un doppelgänger del que sostenía ella entre las manos, se dirigió a la pared contraria, en la cuál había un gancho y lo dejó anclado delante del otro. Como la mujer iba muy ajetreada, no observó la maravillosa sucesión de imágenes que reproducían ambos espejos circulares puestos enfrente uno del otro.
Cuando el señor Wallis acudió al lavabo, no del todo despierto, alzó el cuello y vio, su propia espalda, reflejada en una vorágine inacabable de reflejos. Su primera reacción fue echarse para atrás, movimiento que emularon al unísono sus múltiples copias en el interior de los cristales. 
Recuperado de la impresión inicial, acercó el rostro al espejo circular que tenía delante, sin dejar de mirar de soslayo, los reflejos del que tenía a la espalda.
—¡OOH! ¿No se acaban nunca los reflejos?

...En la mente de John Wallis...

La mente de un criptógrafo, matemático y filólogo no es un lugar tranquilo. La electricidad transmitida por las neuronas marcha a una velocidad tan vertiginosa que cualquier cerebro normal acabaría reproduciendo el molesto fenómeno conocido como jaqueca.
—Nunca se acaban. No es finito.
La mente de John Wallis entró en un soliloquio sin fin, un bucle del que no parecía poder salir; mientras, algunas figuras y formas matemáticas, pululaban por los resquicios de las lejanas sinapsis.
¡Eureka! Espetó el genio ante su propia brillantez. Pero, ¿fue antes la idea, la palabra o la grafía? John no lo sabría jamás, pues su paralelismo cerebral, le permitía pensar en varios temas a la vez.
—Prefijo latino que indica lo contrario de... «in». Inacabado no es acabado. Inusual no es usual. ¿Lo contrario de finito? ¿Infinito?
A la par, una larga e interminable demostración matemática, como una larga hilera de vagones, viajaba paralela al término.
Y, en esa carrera, entre filología y aritmética, se sumó un nuevo actor, una nueva y reluciente grafía matemática.
El símbolo del infinito
Un ocho tumbado

John Wallis, gracias al reflejo de dos espejos, conseguía erradicar el oscurantismo científico que, durante 1600 años, había imperado por culpa de las palabras de Aristóteles sobre el infinito. (Cita).
«El número no puede ser infinito, ya que éste, así como todo lo que tiene número, puede contarse, y, si puede contarse, no es infinito». (Aristóteles, Cuaderno Phys III, nº5).


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. hola y gracias por tan magnifico relato, lo hemos disfrutado mucho!! saludosbuhos siempre compartiendo.

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  2. Después vendría Cantor, que acabaría loco por culpa de los múltiples infinitos...

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