Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 22 de noviembre de 2015

Inmovilidad


Estoy estirado en la cama de un hospital. Hace dos días sufrí un severo accidente. 230 kilómetros por hora. Choque frontal. No sé por qué estoy aún vivo.

De resultas del choque estoy completamente inmóvil. El tacto de mi piel sigue funcionando, también escucho y oigo con normalidad. Incluso pienso con normalidad, pero no puedo mover ni un musculo externo, de suerte que la tráquea sigue funcionando, si no me hubiera ahogado con mi propia saliva.

Como tampoco puedo abrir la boca, mucho menos masticar, las enfermeras me han entubado. Y una sonda recoge mi mierda, literalmente, y la extrae a una bolsa de plástico.

Al no poder bajar los parpados, los ojos se me resecan mucho, los primeros días las enfermeras pasaban por mi habitación cada dos horas y me depositaban dos gotas de colirio en cada ojo, pero no era suficiente y los ojos me dolían. Ellas lo sabían. «Que ojos más rojos», decía una de ellas. Después idearon un curioso mecanismo de goteo similar al de mi suero, y cada quince minutos dos gotas comenzaron a caer sanadoras en mis pupilas. La sensación de refresco era agradable y aunque durante unos segundos no veía nada, ahogadas mis pupilas en colirio, lo prefería a la anterior sequedad.

Ahora, los doctores intentan interaccionar conmigo pero sin éxito. Ningún musculo responde, ¿cómo puedo comunicarme con nadie si soy incapaz de realizar el movimiento más simple? Aunque solo fuera un parpado, una ceja o el dedo gordo del pie, algo que me permitiera comunicarme ni que fuera en morse. Las horas pasan interminablemente solitarias. La preocupación inicial deja paso al aburrimiento. Por las noches las enfermeras me cierran los parpados y así puedo dormir tranquilamente, el espanto se sucede por la mañana, cuando me despierto y no veo nada, todo es oscuridad. No es hasta que el turno de mañana viene a levantarme los parpados que no vuelvo a recuperar la visión. Pero en ese instante de negrura que se hace eterno, muchas veces pienso que estoy muerto. ¿Es así la muerte? ¿Un páramo oscuro donde no sucede nada?

Me realizan pruebas electrocardiográficas, y después de ellas, me ponen nodos en el pecho. Un monitor, una vieja pantalla de fondo negro y líneas verdes, me regula los latidos. Inmerso en esa quietud descubro que poseo un corazón más sosegado de lo que pensaba...excepto en algunas ocasiones.

Por ejemplo, en esas mañanas, cuando se acerca Rosalinda, una enfermera en prácticas y me lava mis partes íntimas con una esponja, entonces el acusador monitor de cardio me delata, y los pitidos se disparan.

«¿Se ha levantado juguetón esta mañana?», me comenta divertida. Yo no puedo responder, pero ella continúa riendo sin malicia.

Por la noche, Rigoberta, una enfermera de edad avanzada me arropa con cariño con una mantita. Mi corazón repunta un poquito cuando en ocasiones me pregunta: «¿Quiere que le quite la manta?», pero en ocasiones tengo frio, mi corazón se acelera ante la posibilidad de no tener la preciada manta. El monitor de cardio se dispara nuevamente con leves pitidos. La enfermera observa atenta.

«Tranquilo, no se preocupe, le dejo la manta puesta», responde Rigoberta. Mi corazón vuelve a su normalidad. Ella vuelve a comprobar las constantes y marcha tranquila, ahora todo va bien.

Y algo tan denostado como un viejo corazón me permite comunicarme con mis semejantes. Después de tantos años de trato injusto, agradezco de corazón a mi corazón, gracias, gracias corazón mío, ahora todo va bien, ya puedo comunicarme.

Ya no hay...más...inmovilidad.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

3 comentarios :

  1. Que susto me has dado creia que te habia pasado algo aunque todavia estoy un poco confuso es tan realista el relato. Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Como dijo alguien -mecachis, ahora no recuerdo quién- "Hablar con el corazón es como soñar despierto". En cualquier caso, un relato muy bueno, me ha encantado.
    Saludos, UTLA!
    Borgo.

    ResponderEliminar
  3. Un notable escrito, con mucha sensibilidad y con un mensaje esperanzador. Me gustó mucho.
    Impecable cada descripción de aquellas cosas que aquejan al paciente.
    Saludos.

    ResponderEliminar