Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 14 de febrero de 2016

Los cuentos de UTLA. Engatuzada y el señor Tortugo.



Érase una vez, hace mucho tiempo,

Vivía una gata sabia y de constante malhumor en la montaña luna. Todos la llamaban Engatuzada.

No era un animal arisco, pues siempre que algún viajero, fuera de la especie que fuera, se acercaba a su montaña, esta siempre le brindaba su hospitalidad, no obstante, el pasar de los años en soledad había agriado su carácter.

Engatuzada leía libros de psicomagia, observaba las estrellas de noche, cosía prendas en su hogar y de vez en cuando zurcía una bufanda interminable regalo de su madre, también sabía dar buenos consejos a todos los seres, bueno, a todos excepto a uno: a ella misma.

Un día llegó un señor Tortugo a la puerta de su casa. Su nombre era eSBé. Era un animal anciano, tanto casi como ella. Engatuzada le invitó a pasar, y con toda la amabilidad de la que disponía le preguntó que deseaba. El Señor Tortugo tardó mucho tiempo en entrar al interior de la vivienda, sus grandes patas se arrastraban lentamente por el suelo de madera. Tardó un día entero en entrar en la casa. Engatuzada perdía la paciencia, y le instó, no sin un cierto deje de malhumor, a darse mayor prisa.

Después de aquel interminable día, eSBé consiguió acomodarse en el interior de la vivienda. Engatuzada volvió a repetirle que deseaba.

«A vos, querida", respondió el buen señor Tortugo. Ella quedó al principio sorprendida por aquellas palabras, y detrás de su pelaje oscuro, se encendió el rojo carmesí en su piel.

Aun así, Engatuzada estaba visiblemente molesta, y solicitó al señor Tortugo que saliera de su casa. Este movió la cabeza con aquiescencia e inicio su lenta vuelta al exterior.

La noche cayó y una pequeña llovizna arrojó un poco de agua fría sobre el pobre señor Tortugo, el cual esperando en el exterior de la casa se encontraba estornudando. Engatuzada observaba toda la escena detrás de la ventana y sintió mucha pena, abrió la puerta, y en mitad de la noche le conminó a entrar.

Cómo eSBé era tan lento, tardo otro día en entrar, la lluvia, a diferencia de otras veces, continuaba imparable.

Engatuzada secó aquel gran caparazón empapado, y le realizó nuevas preguntas a aquel extraño Tortugo. «¿Qué os impulsa a quedaros aquí? ¿Por qué no marcháis a casa?», preguntó visiblemente nerviosa Engatuzada al buen señor Tortugo.

El buen señor Tortugo no contestó, en vez de ello, eSBé comenzó a estornudar salvajemente. Aquello molestó a Engatuzada, pues quedaba sin respuesta. Sin embargo, se apiadó del pobre señor Tortugo, pues este había agarrado un gran resfriado y debería cuidarlo una temporada en su hogar si deseaba sanarlo.

Muchas sopas y cuidados después, eSBé ya se encontraba mucho mejor.

«¿Por qué estáis aquí?», insistió un soleado día Engatuzada, quien comenzaba a encontrarse cómoda en compañía del señor Tortugo.

«Me lo dijo la estrella “Tanir” en el idioma de las estrellas. “Uoy tsum ees reh”», respondió con una gran sonrisa eSBé. La anciana gata miró con recelo al Tortugo, ella observaba cada noche las estrellas, pero estas nunca le habían hablado. Aquello le molestó un poco, ¿por qué las estrellas no se habían dignado a hablar con ella?

Y se pasó obstinada toda la noche en el tejado de su casa, observando sin pestañear el radiante firmamento repleto de estrellas, esperando en vano que alguna de ellas le hablara.

Ninguna lo hizo.

«Creo señor Tortugo que desvariáis», comentó enfadada al otro día Engatuzada, «Las estrellas no hablan», espetó de nuevo. Engatuzada estaba visiblemente molesta, algo normal después de haber pasado toda una noche en vela.

«Esta noche, dadme la mano, y veremos las estrellas juntos».

Y llegó la siguiente noche. Engatuzada extendió su almohadillada mano sobre la áspera pata de eSBé. Y se quedaron juntos observando las estrellas por la ventana del comedor. Así pasaron unas horas, y el único que hablaba era el silencio, que se colaba rabioso por los ojos de Engatuzada.

«No oigo nada, querido amigo», comentó apenada, «No oigo a mis queridas estrellas».

El señor Tortugo respondió: «Para oír bien, a veces hay que cerrar los ojos».

A Engatuzada no le gustaba recibir consejos, pero algo intangible dentro de ella acarició su psique y cerró los párpados.

Al principio no escuchó nada, tan solo sentía los latidos del señor Tortugo a través de las almohadillas de su mano. Después notó un calor agradable, y ...

«Por un instante estuvo allí».

En la realidad de los silencios hablados, y se conmovió muchísimo al escuchar los susurros de su estrella, tanto, que desde entonces hasta nuestros días siempre escuchó las estrellas al lado del buen señor Tortugo.



Esto es verdad y no miento, y tal como me lo contaron, os lo cuento.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

5 comentarios :

  1. Estupendo relato y es que a veces el silencio es un regalo que debemos abrir sin hacer ruido.

    Saludos

    ResponderEliminar
  2. muy buena historia tal y como dije en facebook ya he pasado para leerla jejeje

    ResponderEliminar
  3. Muy bueno el relato. El silencio, bendito sea.
    La ilustración me gusta mucho, así como Engatuzada, bonito nombre.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  4. Qué buena fábula. Se lee de un tirón, es tierna, mágica. Me encantó. Cierro los ojos en espera de algún susurro mientras espero tu próxima entrada.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  5. Precioso cuento, el sonido del silencio, se lo contaré -con permiso de UTLA- a mi sobrino Marc esta tarde.
    Saludos!
    Borgo.

    ResponderEliminar