domingo, 8 de mayo de 2016


—Doctor, tengo un grave problema.

—Cuénteme usted.

—Soy invisible para las mujeres.

Una pequeña pausa se instala en la blanca habitación. En una de las paredes hay colgada una foto de un viejo circo, dentro de ella hay varios personajes del mundo circense. Están posando para la fotografía. Una mujer vestida de payaso, de mirada triste, a su lado, sentada en el suelo, la típica mujer barbuda, detrás un engominado mago y finalmente un domador de leones. Debajo del cuadro las palabras Popoff están impresas en una placa dorada. El cuadro pende en una de las paredes, justo enfrente, una pequeña, aunque luminosa ventana, permite la entrada de claridad diurna. El Doctor, con una holgada bata blanca y larga barba a juego, mira tras sus lentes redondas al paciente.

—Prosiga, por favor.

—El otro día estaba en el andén de la estación, tropecé con una chica que estaba tecleando en su teléfono móvil, le pedí perdón y al girarse, no me vio. Continuó andando asustada preguntándose con qué se había topado. Pero hay más, estaba en el parque, practicando deporte, caí al suelo delante de dos señoras sentadas en un banco de madera. Les pedí ayuda. Una de ellas dijo, «un momento Antonia, ¿no oyes nada?», «Pero si estas más sorda que pepe leches» respondió la otra y continuó diciendo, «Quita, quita, que cosas tienes Pepa, si aquí no hay nadie». En fin, me tuve que levantar solo. Y así con todas las mujeres. ¿Qué decir de las del trabajo?, la chica de recursos humanos no me ve. Nunca. La saludo en la entrada, bien alto, después de meses desistí, ahora me comunico con ella por email. ¿Qué hago Doctor?

El doctor se mesa tranquilamente la barba. Se acerca a su escritorio y extrae una tarjeta de visita.

—Tenga. Vaya a este lugar. Y dentro de dos semanas vuelva aquí.

../.. Y así, pasaron dos semanas ../..

—Doctor, Doctor, tengo una mala y una buena noticia.

—Prosiga por favor.

—Fui a la dirección de la tarjeta. Un bar musical muy retro. Entré a él un tanto cohibido. En el interior observé unas mujeres espectaculares, y de repente, una mujer rubia, guapísima, de tacones imponentes y cintura de avispa, me dijo nada más verme, «hola guapo, ¿que hace un chico como tú en un lugar como este» Yo, le digo la verdad, me quedé pasmado, Doctor.

—Excelente. Ya está curado.

—Pero Doctor, esa era la buena noticia, la mala, la mala, es que la chica rubia, es un hombre.

—¿Qué queja tiene? ¿Acaso es usted de esas personas que juzga los libros por su cubierta?

—Pero Doctor, la chica rubia, es decir, Manolo, está muy bien, es simpático, es muy cariñoso, pero... usted no me ha curado. Sigo siendo invisible para las mujeres.

El Doctor se acaricia, con el dedo pulgar e índice, su larga barba blanca. Con detenimiento, observa fijamente a los ojos de su paciente, y con una diminuta sonrisa triunfal en la boca, continua su argumentación.

—Eso no es cierto. Yo antes era la mujer barbuda del circo Popoff. Hace dos semanas, cuando vino a mi consultorio, ya habló con una mujer, y se curó.

—Entonces, Doctor, ¿por qué me entregó la tarjeta?

—Es... un regalo de la casa.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

1 comentario:

  1. Estaba esperando un final delirante y sorprendente, y no me defraudaste. No lo vi venir. Muy bueno.
    Saludos.

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