Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 12 de mayo de 2019

Aberración

«No hay que depender de las mayorías silenciosas, Evey, el silencio es frágil, un grito puede romperlo»
V

Brassos 128 B, un planeta al amparo de la estrella Próxima Centauri, contiene habitantes antropomorfos, seres bípedos muy parecidos a los humanos, excepto, en un pequeño detalle...

—Me temo que deberemos amputarle esa fea extensión.

Las palabras del doctor aturden a la mujer, unos minutos atrás, observaba con incredulidad la mutante extremidad adicional adosada al cuerpo de su hija. Ante esa visión, no sabe como sentarse en la butaca. Su marido, al lado, observa a su hija indiferente; ella, inquieta, se pone de pie, como si desde la perspectiva más elevada las preocupaciones se diluyeran.
Su esposo ni la mira, ¿la culpa a ella? Permanece sentado mientras observa, con esa anodina mirada y un rostro muy serio, a su hija que está estirada en el interior de una incubadora, una máquina que recrea el antiguo proceso de gestación Brassiense, cero orgánico, muchos tubos y muchas luces.
Ella, aún de pie, la mirada preñada de ternura, examina el minúsculo bracito que surge del cuerpo de su hija, se parece tanto al otro, al normal, pero es una aberración, el cuerpo de su hija es anormal, tan amorfo, ¿dos brazos? ¿Es culpa suya? Su marido, con la invariable mueca de preocupación se rasca la barbilla con su único brazo, al instante lo descansa sobre la pierna y, con sus seis dedos, repiquetea nervioso en la rodilla. Ella le observa desde su altura más elevada, se lleva la mano a la espalda, como cuando está nerviosa, y en esa actitud de reflexión se encuentra, cuando el médico vuelve a interceder.

—Es necesario amputar cuanto antes.

Él asiente. Ella se queda mirando la asquerosa extremidad extra. ¿Por qué a su pequeña? En esas ve como las dos manitas se mueven al unísono. Parece tan normal.

—Necesitaré sus firmas —arremete de nuevo el doctor.

El médico acerca su mano al ordenador, con un dedo enciende la pantalla, para después posarla en el teclado de 32 teclas que se reparte como una esfera plana delante de él, ergonomía adaptada para seis dedos.

—¿Tendrá secuelas de mayor? —Interviene la madre nerviosa, sin dejar de mirar la manita extra de su bebé—. ¿Es peligrosa la operación? ¿Le dejará alguna marca?

La retahíla de preguntas surge atropellada de la boca, como derrotada por tamaño esfuerzo, hunde la cabeza y se sienta en la silla, se lleva la mano a los ojos, no puede mirar al doctor directamente. Tiene miedo de lo que dirá.

—Apenas una pequeña cicatriz sin importancia, siempre y cuando realicemos la operación con carácter de urgencia.

El padre sigue sin decir nada, solo asiente, como hipnotizado. El medico calla, desvía la mirada de él y la dirige a la mujer, quien, finalmente, se quita la mano del rostro y le mira. Es consciente de que continúa en estado de shock, nunca habría imaginado que podría pasarle algo así, a ella.

—¿Saben? Es muy normal que duden, que les preocupe el futuro de su hija... —mientras el doctor habla, sigue tecleando con su única mano el teclado de 32 teclas—. Hace años trabajé en la unidad especial de mutaciones genéticas. Vi casos similares. La mayoría de padres toman la buena decisión y optan por extirpar, pero...

Un breve silencio. Ella mira el bracito extra, el apéndice contiene una manita chiquitina y, al observar a su pequeña, alojada en la incubadora, siente pena y asco a la vez.

—Un pequeño porcentaje de padres no se deciden. No sé, es como si esperasen que con ese brazo extra sus hijos fueran a ser más fuertes, más listos, algunos incluso poseen extrañas creencias religiosas, en fin, no deseo molestarles con mi opinión, pero es mi deber informarles que los padres que no dan el visto bueno... —El doctor suspira cansado.

El padre asiente, aunque es posible que no haya oído nada, al menos la mujer así lo intuye, su esposo tiene la mirada perdida, la mirada de cuando está preocupado y no atiende, o no quiere atender; ella misma viaja en una nube muy lejos de la consulta, piensa en la operación, en el bisturí, en los cortes, sangre, vísceras y huesos rotos. Tiembla y siente asco. El doctor levanta la mano del teclado y la posa en su vientre y, sus seis dedos, tamborilean en el estómago, como si esa zona fuera una extensión del teclado. La mirada del doctor les observa, un barrido, mujer, hombre, y vuelve a ella, quien le aparta la mirada.

—Al principio, algunos de los pequeños se desarrollan bien, ya saben, crecen con esa mutación extra, incluso la mayoría, en los primeros estadios, articulan todo el conjunto, mano y brazo, con precisión —Aunque la voz del doctor es serena, al menos eso le parece a la mujer, anticipa cierto nerviosismo por llegar en su monólogo, similar a la calma que precede a la tempestad—. Pero a la mayoría de edad, el brazo se les pudre o acaban perdiendo movilidad articular en la mano, a los que no les sucede nada de eso, padecen otros síndromes, los problemas circulatorios ocasionados por la compensación extra que supone acarrear más sangre son muy comunes, también los de índole respiratoria, por el mismo principio. También sufren cardiopatías, la descompensación castiga mucho al corazón. Los pocos casos que alcanzan una edad adulta y que no sufren de ninguna índole anatómica, se les detecta depresión, esquizofrenia o síndrome disociativo de la realidad. No importa lo sanos que parezca, o que incluso alguno de ellos se haya hecho famoso por dar conciertos de piano a dos manos, esos que sobreviven únicamente representan el 1%. Estudié las estadísticas, créanme cuando les digo que los restantes 99% llevan una vida insana, con muchísimos problemas. Ustedes son libres de decidir, pero escojan rápido.

La mujer agradece el final agónico del discurso, se comenzaba a encontrar mal, tenía ganas de vomitar, pestañea, pierde el enfoque al mirar el segundo bracito de su hija, y lanza una mirada de auxilio a su marido. Este se gira, y vuelve a asentir. Espera que él decida por ambos, pero ¿está ahí con ellos? ¿Se encuentra en la consulta?
La pausa se alarga, ahora sí, como un leitmotiv fúnebre, el hombre asiente de nuevo, su mujer pestañea, tiene un tic en el ojo, le sale cuando está muy nerviosa, y, entonces, por fin, su marido se dirige con aplomo al médico.

—Amputaremos.


Ella lanza un suspiro. No quiere volver a mirar a su hija, no hasta que no le hayan quitado esa malformación. ¿Por qué? ¿Por qué a ella? Piensa en lo mucho que beneficiará esa decisión a su pequeña, las burlas, las humillaciones, los problemas físicos descritos por el doctor, ¿qué hombre se querría casar con una mujer con dos brazos? La sola idea le hace temblar, no, no piensa mirar a su hijita aunque se le parta el alma, al menos no hasta que se lo quiten, su determinación es fuerte, de hecho, solo le hace falta seguir las afirmaciones de su marido, que por fin ha vuelto, ha tomado el control y eso la tranquiliza en parte, pero, y a pesar de la aparente tranquilidad que va adquiriendo de nuevo, el pulso le tiembla, le tiembla todo el brazo, todo su ser tiembla, cuando el médico le aproxima la hoja de carácter legal y ella, dócil, se apresura a lanzar un garabato, apenas una insana copia de su firma, para dar el consentimiento de la extirpación quirúrgica.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


1 comentario :

  1. Polidactília, un dedo de más. Tengo aún la foto con un compañero de la mili en un bar, tenía seis dedos y decíamos que seguro que nunca se le caería la jarra de cerveza. Antes se creía que los "Seisdedos" tenían dotes curativas, y Hemingway coleccionaba en su casa de Florida gatos con un dedo de más.
    Saludos!
    Borgo.

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