jueves, 2 de abril de 2015


Lo dicho, guapísimas y guapísimos, próximamente :

A) Minisaga en tres partes con epílogo a cargo de IGNATIUSBP.

B) «Mientras corríamos», relato enviado a "El Edén de Los Novelistas Brutos" con motivo de su certamen literario "Versus II".

jijiji besitos, guapísimas y guapísimos.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 22 de marzo de 2015


"Seres que inspiran historias."


—Hija, eres muy espacial. Y eres bunita.


Me llamo Ezra, y Mamá siempre me dice que soy muy espacial y bunita. Es mi frase favorita, sobre todo cuando se le forma ese hoyuelo tan gracioso en los labios, sonríe y acto seguido acaricia mi pelo blanco.

Mi Mamá me contó una vez que Papa abandonó este mundo hace años. No recuerdo como era, pues yo era muy pequeña cuando se fue. Aunque Mamá describe nuestro parecido similar al de dos gotas de aguas. Dice que heredé el pelo blanco de Papá, y no solo eso, también sus iris de color lila y su carácter, o al menos eso es lo que siempre comenta Mamá.

Tengo una extraña enfermedad, tan rara que los señores médicos no se ponen de acuerdo en darle nombre. Albinismo cruzado, Enfermedad de Chediak-Higashi o Gen11 mutado.

Tampoco es que importe mucho. Yo soy feliz.

Hace poco nos mudamos y acabé en otro colegio, todo eran caras desconocidas, nuevos niños y nuevos profesores.

El otro día en el colegio, un niño de mi clase, se rio de mi pelo blanco y de mis ojos color lila. Es un "buscapeleas", aunque no es maldad lo que le guía. Noté como crecía la ansiedad dentro de él, no consigue agradar a los otros niños, así que la única manera de obtener su atención es pegándoles o burlándose de ellos.

Ese día me giré con semblante serio y me dirigí en dirección hacia él. Me miraba brabucón, expectante a mis movimientos, yo sentí como volvía a crecer la ansiedad dentro de él. Entonces, una vez en frente suyo, lo abracé con cariño, de improviso y muy fuerte. No se lo esperaba, como tampoco se esperaba el besito en la mejilla.

Nos hicimos amigos.
Se lo conté a Mamá, y me dijo.

—Hija, eres muy espacial. Y eres bunita.


También hay un niño albino en clase. No como yo que tengo la enfermedad rara esa, este niño es albino de verdad, pelo blanco, iris blanco, piel extremadamente blanquecina, vamos, blanco blanquísimo. Lo que no entiendo es su cara de tristeza absoluta. Así que lo abordé...

—Apaga el sol —fue la primera frase que escuché del niño albino de verdad, y yo le respondí con severidad con otra pregunta para evitar que la ansiedad creciera dentro de él.

—¿Porqué los panes tienen forma de pene? —sonreí.

El niño albino de verdad me observó perplejo. Negó con la cabeza, sus ojos blanquitos solicitaban una respuesta a mi extraña pregunta.

—Los panes tienen forma de pene, porque si no —hice la famosa parada de misterio— ,¿de dónde saldrían los panecillos?

Sus ojitos parpadearon y por vez primera sonrío. Para no tener que apagar el sol le regalé un paraguas. ^^

Se lo conté de nuevo a Mamá, y me repitió.

—Hija, eres muy espacial. Y eres bunita.


Así pasaron unos cuantos años.

Un día, al llegar a casa del colegio, Mamá no se encontraba allí, pero encontré una nota suya escrita a mano encima de la mesa del comedor.

«Queridísima hija Ezra,
Me tengo que ir de este mundo, Papá me llama, pero no te preocupes, en el colegio estarás muy bien cuidada.
Cuando nos volvamos a ver, calculo que dentro de ciento sesenta y seis rotaciones terrestres, te llevaré a conocer el planeta Bunita, tu planeta natal, es un pequeño mundo en el interior de la nebulosa de Magallanes.
Hasta ese día continúa socializando con la people de este mundo.
Aprende y cuídalos mucho.
Hija, eres muy espacial. Y eres Bunita.
Besitos cósmicos.
Tu Mamá.»


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 8 de marzo de 2015


—Nunca más se sentirá nadie atraído por este lugar —sentenció la muchacha al observar la columna de humo negro alzándose de las profundas cavidades donde antes reposaban las raíces del endrino— Nunca olerán las drunas de la locura. Nunca jamás tu endrino se alimentará de los corazones de ningún humano desprevenido.

El duende agonizante negaba lentamente con la cabeza.

—La maldición... —gruñó el duende, en un esfuerzo desesperado por escupir sangre negruzca almacenada en su boca— , maldita maldición. Podrías haber escogido otro camino muchacha, destruyendo tu corazón envenenado de amor de otras mil maneras.

Fueron las últimas palabras del duende, pues su cuerpo comenzó a convertirse en humo y cenizas.

«Los duendes, al ser criaturas mitad mágicas mitad de la naturaleza, evaporan en humo su parte mágica y sus cenizas abonan de nuevo la tierra».

Y Tsinränzon se evaporó para siempre.

La muchacha no mostró ninguna expresión de alegría, ni de rabia. Sus ojos, con su habitual mirada glacial, observaban en la prudencial distancia las cenizas aún humeantes del antiguo hogar del duende de los corazones rotos.

Los hombres tardaban en salir. El niño comenzaba a impacientarse y la muchacha miraba alrededor en espera de algún peligro.

El humo comenzaba a extinguirse con velocidad y Los hombres seguían sin dar ninguna clase de señal.

—Niño, recoge los caballos, nos vamos —sentenció glacialmente la muchacha.

Pero el niño no pudo obedecer las órdenes de su reina. Sus pies se habían comenzado a transformar en raíces, raíces que lo anclaban al suelo con una violencia inusual, sus brazos se convertían en ramas, y sus dedos en hojas, toda su forma física mudaba a la de un pequeño endrino. La transformación del niño sucedió muy rápido.

La muchacha observó el evento sin inmutarse, con pesar se apeó del caballo, extrajo una daga de su cinto y se preparó para asestarse un golpe mortal en su propio corazón. Pero no tuvo tiempo de acometer aquella suicida acción. Su mano se detuvo antes del golpe mortal, sus ojos pequeños y bonitos ojos comenzaron a convertirse en sendos ojos saltones y grotescos. Toda su figura empezó a empequeñecer y a ovalarse, la nariz pequeña se engrandeció enormemente, las manos finas y elegantes se convirtieron en dos manos repletas de callosidades, los dientes cayeron uno a uno de su boca y tan solo dos dientes largos y resplandecientes como fanales quedaron en su boca.

../..

"Muchos siguen oliendo el dulce aroma envenenado de las drunas violáceas. Esas drunas que siguen creciendo en ese endrino de raíces atrofiadas y profundas. Continúan los humanos, embriagados por su olor, aun hoy día, visitando el manantial de la tristeza absoluta y las cristalinas aguas del lago de la desesperación. Pero tranquilos, no estaréis solos en estos dominios, porque siempre habrá un duende de los corazones rotos que guarde vuestro corazón, en caso que queráis quedaros para siempre en Bosque Oscuro."


Esto es verdad y no miento y tal como me lo contaron os lo cuento.
Colorín colorado.
UTLend. 


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 1 de marzo de 2015



El tiempo transcurrió con su tedio habitual. Habían pasado veinticuatro estaciones desde la marcha de la muchacha.

Un día aparecieron en la linde del bosque doce hombres y una mujer. Todos ellos iban montados en caballos, y la mayoría portaban armas visibles al cinto o en la grupa de sus monturas. Dos eran, sin lugar a dudas, antiguos caballeros de la orden Dijë, iban montados en caballos muy robustos, sementales oriundos de las Tierras de Dij, las armaduras oxidadas de los dos caballeros lucían el símbolo del rayo partido. Otros cuatro eran arqueros, llevaban el emblema en su peto de las alas rotas, propias de los hombres del rey. Otro parecía por su singular atuendo un antiguo mago de las antiguas tierras de Kä, a su lado un hombre de baja estatura llevaba una gran hacha colgada en su espalda, este «hombre pequeño» se rascaba con creciente nerviosismo su gran barba blanca. Faltaban tres hombres al final de la comitiva, estos vestían capuchas oscuras y no hablaban con nadie. Ni siquiera entre ellos, no mostraban ningún símbolo ni heráldica, así que difícilmente alguien podría deducir su origen. El último hombre en cerrar la comitiva, si es que se pudiera llamar así, era un joven muchacho, apenas un crío, de pelo muy corto, pecas por toda la cara, que mostraba una sonrisa bobalicona propia del miedo a lo desconocido.

Aquel grupo lo encabezaba una mujer con una azulada capa. Portaba una corona de oro en su cabeza y su estilizada figura se realzaba gracias a aquella vestimenta de tonalidad azulada. Aunque los años la habían envejecido, su rostro seguía siendo reconocible para cualquier observador de Bosque Oscuro. Era la muchacha.

—Seguidme.

Los doce hombres y la muchacha se internaron en el bosque. Sortearon el manantial de la tristeza absoluta y bordeándolo con cuidado, encontraron la senda hasta llegar a los pies del endrino. Los hombres descabalgaron de sus monturas y prepararon sus armas: espadas, arcos, dagas y lanzas.

—Duende de los corazones rotos... —pronunció la muchacha en voz alta.

El endrino tembló y el duende surgió de debajo de sus raíces. Su mano derecha, tan callosa como siempre, agarró una druna de color violáceo y se la llevó a la boca.

—Has vuelto —gruñó— .¿Qué fue de tu corazón envenenado de amor?

La muchacha miraba a Tsinränzon con una frialdad pasmosa. Hizo un gesto y el joven muchacho, casi un crío, la ayudó a descabalgar de su caballo.

—Al primer año de mi marcha me casé con un rico burgués de ciudad. Enfermó, murió y heredé su fortuna. Un año después me mudé a la corte de Nicosan. Allí me case nuevamente con un conde, era muy inteligente y fuerte, pero también murió y heredé el título de condesa. Mucho tiempo después me desposé con el Rey de Nicosan, puesto que su esposa, la reina, murió en terribles circunstancias. Hace apenas una semana el rey murió y enviudé por tercera vez. Entonces marché a buscarte.

El duende miró la extraña mirada de la muchacha. Y recordó aquella fría sensación en su interior cuando la encontró por primera vez cerca del manantial de la tristeza absoluta.

—No hacía falta matar a tanta gente muchacha —sentenció con acritud el duende— ¿Conseguiste al menos de esa manera cambiar tu corazón envenenado de amor?

—No me hables tú de muerte, ni tampoco de cambio. Durante todo este tiempo hice mucho más que eso. Conseguí el poder que necesitaba.

El duende agarró otra druna violácea de las ramas de su endrino y se la llevó a la boca.

—¿Descubriste aquello que te atormentaba?

—No te hagas el estúpido conmigo. Este maldito bosque mató a mi amado. Tú, en parte, tuviste que ver con su muerte. Me contaba sus pesadillas nocturnas, el miedo a la depresión, a la oscuridad, miedo a vivir con miedo. El aroma de los racimos de drunas envenenadas que crecen en tu endrino lo deprimían gravemente. Aquel aroma lo agotaba por las noches. Me contaba cosas acerca de este lugar sin llegar a estar en él, y yo no podía hacer nada por salvarlo. Hasta que una noche vino hasta aquí, y se arrojó al lago de la desesperación y se convirtió en una más de las muchas gotas que forman ese hoyo de aguas tristes.

—Entonces —respondió imperturbable el viejo duende— ¿Sustituyó tu corazón el veneno del amor por el veneno del odio?

La pregunta del duende quedó sin contestar. La muchacha realizó un gesto y los arqueros dispararon cuatro mortales flechas. El duende no tuvo tiempo de moverse y dos de aquellas funestas saetas lo atravesaron. El impacto lo arrojó brutalmente contra el suelo. El duende apenas se movía. Unos espasmos recorrían su cuerpo y con su agónica mirada reseguía el curso de los acontecimientos.

—Bajad por la cavidad y quemad la raíz del endrino—ordenó la muchacha— .Los corazones están más abajo. Quemadlos también.

Los hombres bajaron por la gruta. En la superficie sólo quedaron la muchacha, el niño joven y el agonizante duende que miraba toda la escena con sus enrojecidos ojos saltones. En la comisura de la boca del duende, en la pendiente que formaban sus dos largos dientes caía un hilillo de sangre violácea, y en una extraña mueca: «¿Acaso se dibujaba una triste sonrisa?».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 22 de febrero de 2015


Érase una vez,

       un duende que vivía en lo más profundo de Bosque Oscuro. Se llamaba Tsinränzon. Era un duende de baja estatura, nariz redonda, ojos saltones y en su enorme boca dos largos dientes resplandecían como sendos fanales. Llevaba siempre un sombrero de paja y vestía como un campesino de Trigo Alto. Su aspecto distaba de ser elegante a diferencia del de sus parientes de Bosque Claro. Gruñía por naturaleza aunque no era arisco con los animales que vivían en Bosque Oscuro.

Todas las mañanas surgía de entre las raíces de su endrino y tomaba una pequeña druna de color violáceo y sabor agridulce para desayunar.

Paseaba por el bosque recolectando corazones rotos. En ocasiones esta búsqueda lo llevaba a la linde del bosque, donde la vegetación se aclaraba y podía observar con detenimiento “Donde los humanos”, un lejano poblado habitado mayoritariamente por estos seres.

Bosque Oscuro era conocido entre los humanos por ser depositario de las desesperanzas de su especie. Así pues, una larga lista de humanos con carácter innoble: desterrados, desesperados, aborrecedores, suicidas, depresivos, agresivos y muchos otros, acababan sus días debajo de las oscuras ramas de Bosque Oscuro.

Tsinränzon recogía los corazones de aquellos cuerpos humanos sin vida y los depositaba en una bolsa confeccionada con piel de Moscho. Esta especie poseía la cualidad de ser muy peluda y prolífica, una vez al año mudaba toda su pelambre, con lo que no era de extrañar encontrarse por todo Bosque Oscuro cantidades ingentes de pieles de Moscho, muy útiles cabe decir todas ellas, para la fabricación de toda clase de enseres.

Un día, Tsinränzon, estaba caminando cerca del manantial de la tristeza absoluta. A los pies del manantial se formaba una pequeña charca de aguas cristalinas que desembocaba, después de un corto trecho, en el lago de la desesperación. Allí, al inicio del manantial, vio a una joven muy bonita, vestía una azulada falda larga y su cabello negro, recogido en una bella trenza, caía élegamente por su hombro. La joven lloraba desconsoladamente.

—¿Qué haces aquí muchacha? Este no es lugar para ti —carraspeó molesto Tsinränzon por la intrusión de aquella humana.

—Mi amado se ahogó en estas aguas. Pero algo en mi interior me dice que no mire en ellas.

—Haces bien en no mirar niña —gruñó Tsinränzon— si miras en dirección a su profundidad desesperarás y acabarás convertida en pequeñas gotas de agua.

La muchacha, que físicamente no era tan niña, levantó la cara del suelo.

—No puedo vivir sin mi amado, pero —tragó saliva— no quiero morir. ¿Qué debo hacer?

Tsinränzon se rascó la barba.

—Por lo pronto sígueme a mi hogar. Se acerca la noche y los Aphrapordantes salen al caer el sol. No son peligrosos para mí, pero se apoderan con facilidad del espíritu humano y lo consumen.

Tsinränzon tendió su mano callosa a la muchacha. La mirada de la joven reflejaba un claro síndrome de desolación amorosa, sin embargo Tsinränzon observó fijamente el interior de aquellas frías pupilas, y creyó ver un brillo extraño, como una determinación desconocida e impropia en aquella muchacha que no debería estar dentro de ella.

La muchacha aceptó aquella mano callosa, repleta de arrugas, y se levantó.

Pasaron la noche debajo del endrino, el hogar de Tsinraänzon. Aunque en la superficie terrestre el endrino apenas mide una decena de palmos y posee la apariencia de un arbusto de escasos metros, sus raíces son alargadas y forman cavidades gigantescas, donde duendes, gnomos, criaturas mágicas, seres oscuros o subterráneos construyen sus moradas.

La muchacha seguía cada día a Tsinränzon en su trabajo matutino. Recolectaban juntos una media de uno o dos corazones humanos al día. Un poeta de versos depresivos, una mujer embarazada y sin esposo, un rey exiliado por sus enemigos, una anciana sordomuda acusada de brujería, una pareja de adolescentes huidos en su desesperado amor, un soldado sin piernas, el antiguo embajador de Nicosan caído en desgracia, un niño huérfano de madre. No siempre los encontraban al lado del manantial de la tristeza absoluta, en ocasiones sus cuerpos sin vida descansaban en las orillas del lago de la desesperación, del pozo sin nombre o cerca de los acantilados de la depresión.

—Tsinränzon, ¿qué nos empuja a los humanos a venir a Bosque Oscuro?

—Hay muchos motivos niña —Pero no añadió nada más. Tsinränzon aún la trataba como si fuera más joven de lo que realmente era.

—Tengo dentro de mí una pena inmensa. Cada día quiero ver el fondo de esas aguas cristalinas, pero tengo miedo. ¿Cómo podría salvarme de esta sin razón?

—Podrías vivir sin corazón —argumentó Tsinränzon.

—NO —respondió con temor la muchacha— ,conozco una leyenda atroz acerca de un Rey que vivió carente de corazón, creo que se llamaba Gudú, y me estremezco cada vez que la recuerdo. Preferiría morir que vivir sin corazón.

Tsinränzon miró a un lado del camino.

—También hay otra opción.

—¿Cuál es?

—Aprender a cambiar tu envenenado corazón de amor.

La niña quedó pensativa mirando fijamente a los ojos del duende que la miraban compasivamente.

—¿Cómo puedo aprender eso? —contestó finalmente la muchacha.

—No se aprende, ni se enseña, tampoco está escrito en ningún libro, ni existe ningún Maestro de tal arte. Debes tan solo desearlo, quererlo, solo entonces destruirás tu corazón envenenado. El resto será cosa tuya.

La muchacha quedó pensativa.

Pasaron los días, las semanas, los meses, las estaciones, y tres ciclos completos de cada uno de ellos. La muchacha había crecido aún más.

Un día la muchacha sorprendió a Tsinränzon con una curiosa pregunta.

—Tsinränzon, ¿qué haces con los corazones destrozados que encontramos?

—Niña —insistía Tsinränzon con este tratamiento hacia la muchacha, a pesar de todo lo que impedía dicho tratamiento— ,sí de mí dependiera te lo diría —gruñó— .Pero una maldición me impide contarte nada acerca de ello. Y mejor sería para ti el no llegar a saberlo nunca.

Y así pasaron nuevamente tres ciclos, con sus tres estaciones, sus tres meses, sus tres semanas y sus tres días.

Y una buena noche, la muchacha, desapareció.

Tsinränzon buscó a la muchacha por todo Bosque Oscuro. Cerca del lago de la desesperación, del pozo sin nombre y de los acantilados de la depresión. Después de un par de días abandonó la infructuosa búsqueda. Saboreó una druna de su endrino, rememoró aquel tiempo con la muchacha y siguió con su quehacer diario recolectando corazones rotos.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 15 de febrero de 2015


Desde la antigua Grecia Euclides constataba su soledad. 1 es la unidad, la identidad, lo indivisible, y debido a su primigenia particularidad nacen todos los números enteros consecutivos a él.

Los demás números tienen propiedades que los agrupan, los definen, forman teoremas, conjuntos o subconjuntos. Sin embargo, el 1 siempre queda aparte, relegado a un confinamiento solitario.

En ocasiones le llaman neutro, porque 1 es el elemento neutro del producto; es decir, cualquier número 'x' multiplicado por 1 vuelve a dar 'x'.

Eso le enfada enormemente.

"¿Neutro?" Se enfurruña a sí mismo.

Incluso el grupo conocido como números primos no le aceptan en su selecto club.

La máxima cruel de este selecto club es tal que así:

Todo número es primo sí y solo sí:
— es divisible por sí mismo.
— es divisible por 1.
y es mayor de 1.

Y con esa última premisa y por alguna clase de maldición no escrita, la convención matemática aparta al 1 del resto de sus hermanos, porque hasta en la ley de los números primos, donde él encajaría tan bien, siguen confinándolo a lo soledad.

Es como si los propios matemáticos se hubieran percatado, quizás inconscientemente, que 1 no solo representa la indivisibilidad, si no la soledad del individuo. Pudiéramos pensar, que conmovidos en plasmar este concepto, los matemáticos hubieran lanzado esta secreta maldición contra nuestro querido 1.

Si las analizamos concienzudamente, en su inmensa mayoría, las inamovibles leyes matemáticas condenan al 1 a la soledad infinita. Siendo infinito un concepto "pragmático" aún por demostrar.

Pero si hay algo que enfada enormemente a 1 es que lo escriban con letras. A 1 no le gusta que le llamen por sus distintos nombres: One, Uno, Une, Um, Unu, Ú...

Prefiere una grafía numérica. 
1

La letra escrita es propia de los humanos y de sus "múltiplos" lenguajes, y aunque la grafía 1 también es invención humana y existen varias, es mucho más universal, más visual, como a 1 le gusta, con esa línea vertical a menudo acompañada de una serif en su vértice superior. ¡Sublime!

"Si tenéis que representarme hacedlo de la manera más única e inequívoca. ¡La que más me guste a mi! ¿O acaso olvidáis que fuisteis vosotros quienes me desterrasteis a esta soledad?"

Y con ese argumento 1 lanza su silenciosa queja.

1 es 1.

Y sólo 1.

Wikipedia Número Uno

Dedicado a mi querido número 1 en su infinita soledad.


Soy Feli, tengo un anuncio jijiji
¿qué cosas tan extrañas escribe UTLA, verdad? jijiji
pero es bonito no entender, lo hace mágico. ^^
besitooos guapísimas y guapísimos.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 9 de febrero de 2015


"Todo relato tiene una historia detrás de él. Este en concreto se pasó un año en el páramo desierto de mi cuenta de correo electrónico entre centenares de hermanos suyos. 
Quizás os preguntéis, ¿cómo es posible que un año después lo rescatara del olvido?
La casualidad quiso que recientemente un amigo me enviara por email la dirección de un bar donde habíamos quedado para tomar algo. Justamente ese día había recibido una cantidad muy elevada de correos y por simple comodidad introduje la palabra "Bar" en la barra de busqueda de mi asistente de correo. Cual fue mi sorpresa al ver entre el resultado un email mio sin leer. 

¡Que extraño! Los correos que me envio a mi mismo suelen ser historias que cuidadosamente guardo y grabo en el asistente de Blogger al llegar a casa.
Sin embargo, ese email cuyo destinatario era yo mismo, estaba sospechosamente sin leer desde hacía 11 meses.  ???
Abrí el correo, y cual fue mi sorpresa al descubrir a este hijo mio, que por una casualidad del destino, ¿existen acaso las casualidades?, volvió a mi. 
Espero lo disfrutéis."
SBP


Era un muy apacible domingo cualquiera. Mis deseos me habían acercado a uno de los barrios bohemios de mi ciudad. El plan era sencillo. Quería ver dos películas en la misma tarde. Dos estrenos. ¡ Que personaje tan raro soy ! ¿Quien va al cine solo? ¿Habrá otros como yo que se sientan afortunados simplemente contemplando un frío celuloide?

La primera película me apasionó. Un hombre y una mujer. Ella quiere ser actriz y el es el director de un teatro. Una película donde la bellísima interpretación seduce al magnífico guión.

Miré mi reloj, entre sesión y sesión unos casi interminables cuarenta minutos me separaban del ansiado vouyeurismo cinéfilo, algo que todo buen amante del cine lleva muy adentro. Con todo ese espacio de tiempo por delante me aventuré a entrar en un café cualquiera.

Una mesa vacía. Limpia. Recogida. Allí me senté y solicite amablemente un café al camarero. Desparramé todo mi cuaderno de notas y me puse a repasar las anotaciones de mis personajes. ¿No os lo había dicho? Estoy escribiendo una novela. En esa novela un chico se enamora de una chica con cáncer. Se que es algo tópico, pero llevo pensando en eso desde hace tiempo y necesito sacarla de dentro, como quien tiene un picor muy grande y no puede dejar de rascarse.

Enfrascado en el trabajo no veo a una silueta acercarse.

—Perdona. ¿Esta ocupada esta silla?

Levanté mis ojos de las hojas de papel cuadriculado. Una mujer rubia, pelo muy corto y liso. Su delgada cara lucía unos extraños pendientes en forma de mariposa. Me miraba paciente con cierta curiosidad en sus pupilas al dirigirlas a mi cuaderno. No era voluptuosa, pero poseía la gracia de la feminidad en sus formas. Las sombras en el cristal de sus gafas no me dejaban adivinar el color de sus ojos.

—No, esta vacía, puedes cogerla.

Le respondí despreocupadamente. Y volví a bajar la cabeza a mis escritos.

—Perdona, me refiero a si puedo sentarme aquí. Estoy esperando a una amiga y el bar esta lleno.

Soy muy tímido con las mujeres bonitas. Para ser exactos soy muy tímido en general. Pero esta chica parecía un ángel, así que esa alusión proporcionó alas a mi imaginación rompiendo la barrera de mi autoimpuesta timidez.

—Me encantaría que un ángel se sentara al lado mío —me sorprendí a mi mismo al responder con esa galantería.

La chica me miró como si le hubieran pisado el dedo gordo del pie. Pero pasado ese estupor de incredulidad inicial lanzó una pequeña sonrisa auténtica, esa primera sonrisa fascinante que te regala cualquier mujer después de una frase valiente. Retiró rápidamente la silla y se sentó mientras mascullaba un tímido gracias. Y yo volví a bajar la cabeza a mis escritos.

Estuvimos un rato sin decirnos nada. Don cobarde volvió a realizar acto de entrada en el bar purgatorio. Ella rompió el silencio.

—¿Que haces? ¿O es un secreto?

—Escribo una novela.

—¿Y de que va?

—Eso si es un secreto.

Lanzó otra sonrisa. En esta entrada triunfal al bar purgatorio quien sabe donde acabarán nuestros destinos. Su rostro lucía el encanto de una sonrisa angelical.

—¿Te gusta leer? —me preguntó con sus ojos codiciosos de una respuesta afirmativa.

¿Porque toda la gente que escribe novelas tiene que haber sido lectora previamente?

—No. De hecho detesto con enorme profundidad los libros. Si por mi fuera crearía un grupo especial de bomberos que fueran casa por casa con el único cometido de quemar todas las bibliotecas y librerías personales. Fiuuum. Emulé el sonido de un lanzallamas. Fiuuum. Todo quemado. Fiuuum. Se acabaron los libros.

Me callé y me quedé muy serio mirándola fijamente. Su cara mostraba la sorpresa propia de alguien enfrente de un demente. ¿Caeria tan pronto en mi sutil trampa? ¿o sería tan buena lectora, ella, que se jacta haciendo LA pregunta a los demás ?

De repente su faz cambio de expresión radicalmente. Comenzó tímidamente a reír.

—Eso es Farenheit 451 señor novelista. Es usted un plagiador.

Su risa tenía el encanto de la sinceridad. Una risa limpia. Se quitó las gafas de su rostro, y sus pupilas brillantes como estrellas brillaron ante mí. Ese era el resplandor de la alegría. Vemos en los demás lo que anhelamos ver en nosotros mismos.

Si, es cierto, esto es el purgatorio y yo estoy con un ángel.

Estuvimos unos minutos hablando de la venganza de Edmond dantes, del ambicioso y pobre capitán Acab, de la impotencia de Gabriel Conroy. Aunque no estuvimos de acuerdo ante Madame Bobary, para mi una ingrata para ella una amante de la vida. Y reímos. Y sin embargo descubrimos que a los dos nos encantaban los mosqueteros. Acercamos nuestras almas en un dialogo mágico de palabras e historias escritas por otros. Creando un diálogo único en mundos mágicos donde todo es posible.

—Tu amiga tarda en llegar.

Esa pregunta le cambió el rostro. Formulé la pregunta incorrecta en el momento inoportuno. Algo cambió en ese instante, como si ella hubiera vuelto al cielo de donde había salido y ya no estuviera en este bar.

—Siempre llega tarde. Es mi mejor amiga. Le puedo perdonar todo.

Miré el reloj. Ese cambio percibido parecía haber destruido la efímera confianza en mi castillo de naipes repleto de ilusiones.

No se como conseguí extraer el valor de algún lugar remoto y olvidado.

—¿Te puedo invitar a tomar un café otro día?

Su mirada era seria. Glacial. Daba la sensación de estar a punto de echarse a llorar.

—No. Lo siento. No será posible.

—No lo entiendo. Nos caemos bien, ¿porque una chica guapa, encantadora y simpática como tu no podría querer tomar un café conmigo?

Me salen las palabras en un aluvión sincero tropezándose las unas contra las otras.

—No puedo —Realiza una breve pausa— , es mejor que no conozca a nadie. Que no de esperanzas.

—No lo entiendo. ¿Qué hay de malo en conocer a gente nueva ? ¿Qué daño hay en dar esperanza?

No era una conversación airada. Era la llamada de desesperación picando a la puerta de mi desbocado corazón. Ese sentimiento cercano cuando la desgracia aparta de nosotros algo que podríamos haber obtenido por muy poco. Eso es el purgatorio, un lugar cercano al cielo.

—No es por mi. Es por ti. Tengo cáncer. Una metástasis incurable. Me quedan menos de un par de meses.

Mis ojos se paralizaron en sus labios. De todas las excusas que me han dado en mi vida, era sin lugar a dudas la más cruel. Ojala fuera mentira. Pero aquella punzada que atravesó todo mi estomago presentía la triste verdad.

Y esos ojos acuosos que me miraban detrás de esas gafas de ángel.

—Yo...

Balbucear siempre se me ha dado bien. ¿Qué cojones ha pasado con los finales felices? ¿Porqué la vida es tan cruel ? El cielo sólo estaba a un par de metros.

—¿Te molesta este caballero? —Una voz femenina anuncia su presencia detrás mío.

—No estimada amiga. Ya se iba, ¿verdad? Espero que seas muy feliz en tu vida. Gracias por regalarme estos minutos tan preciosos.

Sus ojos continuaban acuosos, mirándome enrojecidos a través de sus gafas, triste escudo para esconder su impotencia.

Su amiga de pie no sabía si empujarme o preguntarme que demonios pasaba allí.

Me quedé un breve lapso mirándola fijamente a los ojos.
No pudiendo levantarme de mi silla.
Me fue imposible.

Pues en aquel instante me quedé eternamente en el bar purgatorio por un sueño que nunca se realizó.

93% Imaginación, 7% Realidad


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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