lunes, 24 de noviembre de 2014


Era la estación calurosa. El Janato de la horda de oro se encontraba a los pies de la montaña nevada, algunos exploradores del Janato fueron descubiertos. Sus cabezas decoraron la entrada del desfiladero de los huesos rotos.

El primer ataque llegó una noche. El Janato intentó aprovechar la sorpresa de la oscuridad. La misma táctica que había empleado Bárnabas años atrás. La noche se tornó un arma de doble filo contra la embestida de los guerreros del Janato. Los preparados guerreros del Kan de Erna estaban preparados. Los yagatanes cortaron miembros. En el desfiladero de los huesos rotos muchos gritos se escucharon aquella noche. Las tropas del Janato se retiraron.

Viendo que la noche no era ninguna aliada cambiaron de estrategia. Un gran contingente se encaminó al desfiladero nada más despuntar el sol en el horizonte. Estos guerreros portaban nuevas protecciones adquiridas en rincones remotos del mundo. Esplendidas armaduras doradas recubrían los cuerpos de aquel contingente. Pero la protección los volvía lentos y torpes. En un desfiladero, donde la mejor garantía de vida era poder ser ágil, aquellos hombres marchaban sin saberlo a una muerte segura. Se produjo una nueva retirada. El Janato tardó unos días en atacar. Mientras, para aleccionar a los generales, se dio la orden de separar las cabezas de sus cuerpos de un par de ellos. El miedo acrecienta la creatividad.

La Horda poseía recursos inagotables. A los pocos días lo intentaron con aquellas bestias inmundas extraídas de la india. Animales gigantescos e inmundos, con dos poderoso colmillos gigantes, decían que estos monstruos provenían del país de los faquires. Bárnabas mandó lanzar flechas de fuego, la sola visión del fuego en el estrecho desfiladero asustó a las bestias, que huyeron despavoridas en una estampida bestial.

Pero Liör y Bárnabas no sonreían. Sabían que tan sólo era cuestión de tiempo.

Finalmente, la horda contrató los servicios de un brujo venido de Cipango. Aquel maleficente ser conocía la manera de lanzar pequeñas piedras que al contacto con el suelo explotaban. Las piedras eran lanzadas desde el otro lado del desfiladero, los exploradores de Bárnabas alertaron de los carromatos y las catapultas, pero nada podían hacer.

Las explosiones se sucedieron sobre el campamento de Bárnabas. El olor a azufre inundaba la zona. Los más afortunados morían al instante debido a alguna explosión certera. Otros menos afortunados eran aplastados parcialmente por algunas de las rocas normales que caían mezcladas entre las explosivas.

Después de un millar de piedras, el Janato lanzó una ofensiva de hombres rápidos a pie. Apenas quedaban guerreros para combatir en el bando de Bárnabas. Todos caían ante el avance imparable del Janato de la horda de oro. Los generales enemigos sin embargo echaron en falta un pequeño detalle, ¿Dónde estaban los niños, las mujeres y los ancianos? Allí sólo encontraron guerreros. Este misterio no agradaría a los poderosos Kanes del Janato.

Bárnabas acunaba entre sus brazos la quemada cabeza de Liör. Este había recibido una fuerte explosión. Ya no se levantaría más.
Los pocos guerreros supervivientes de la horda del Gran Bárnabas se encontraban al borde del acantilado. Bárnabas tenía la pierna derecha malherida. Una astilla del tamaño de una mano se le había clavado en la pantorrilla y apenas podía caminar.

Picas largas ensartaban desde la lejana cobardía a los pocos supervivientes que defendían con ferocidad su vida.

Los vencedores reían mientras seguían picando y hundiendo sus afiladas armas entre los pocos supervivientes.

Bárnabas se acordó de la vieja perra que mató su antiguo Kan. Y sobre todo se acordó de sus cachorros.

—Estúpidos —atronó la voz de Erna Ura Rago—. Mi camada hace tiempo huyó. Jamás los encontrareis. Juro por el espíritu de mi cuerpo que volverán para destrozaros.

Los enemigos se detuvieron ante aquella voz al borde del precipicio.

—Maldita Horda dorada. —Los guerreros de la horda dejaron de reír—. Vuestra semilla nunca dominará el mundo mientras la mía siga viva.

La risa cada vez más burlona e histriónica de Bárnabas aumentaba, su efecto se amplificaba gravemente por el eco de las montañas y el túnel del desfiladero. La mayoría del ejército del Janato oyó aquella desmesurada risa. Reía sin parar, como si la batalla hubiera sido ganada por el bando equivocado, y de repente calló.

—Nos veremos en el Kasyrgan perros.

Dicho esto retrocedió dos pasos elevando su yagatán hacia el cielo. Al girarse miró de frente al vacío.

El abismo lo engulló en silencio y su cuerpo nunca fue encontrado por el Janato de la horda de oro.



~ ~ ~ FIN ~ ~ ~

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 17 de noviembre de 2014


La alegría en la vida no suele durar mucho tiempo, puesto que el tiempo transcurre mejor en la felicidad y lentamente en la desgracia.

La fama del pequeño imperio del gran Bárnabas se había extendido demasiado. Un día se presentó una pequeña comitiva del Janato de la horda de oro en el campamento del gran Bárnabas. La comitiva fue dignamente acogida. La fama del Janato era inmensa. Era un grupo unificado y numeroso de grandes hordas del este asiático. Los seguidores del Janato se autoproclamaban los herederos del mundo.

El emisario portaba un pergamino donde los grandes Kanes del Janato  imponían la voluntad y planes de la anexión de la horda de Erna Ura Rago al Janato de la horda de oro. Erna Ura Rago podría conservar su título pero debería rendir pleitesía al Janato, ceder el primogénito de su unión para asegurar la paz y proporcionar una onza de trigo por cada diez recogidas anualmente. A Bárnabas todas las condiciones le apestaban.

Curiosamente el detalle que más lo enfureció fue el título con el que le nombraban desde el Janato en todas sus misivas.

Erna Ura Rago. Su antiguo nombre. No habían utilizado su nombre de guerra por el que era más conocido. Bárnabas estalló en una secreta ira.

No comentó nada al emisario. Recogió el pergamino dando por finalizada la conversación e inmediatamente se dirigió a su yurta personal con Siyye y Liör.

En la intimidad de su yurta Bárnabas mostró los pergaminos a su amada Siyye y a su fiel Liör. A Erna siempre le había costado leer, pero gracias a las enseñanzas de Siyye había aprendido a un ritmo constante en los últimos tiempos. La escritura, sin embargo, era algo que se escapaba al entendimiento del gran líder y jamás puso empeño en esa labor.

Siyye se escandalizó al leer. "Exigimos una décima parte del trigo recaudado. Cada semestre nuestros emisarios recogerán la mitad de la décima parte. El primogénito será entregado en un plazo de no menos de un año.” El tono final de la emisiva no mejoraba el estado de Bárnabas al escuchar todos los detalles que se le habían escapado por alto en su reunión con el emisario. La misiva finalizaba con “Obediencia o muerte.”

La cólera de Bárnabas ardía en su interior. Tanto Siyye como Liör lo conocían bien y eran igual de orgullosos.

El día despertó y Bárnabas hizo llamar a la comitiva. El emisario confiado en su éxito entró en la yurta. La cólera de Bárnabas se desató. Un cuchillo se clavó en el estómago del desprevenido emisario. Mientras caía de rodillas al suelo, Bárnabas le abrió la boca con su cuchillo mongol, dentro de la boca ensangrentada introdujo por la fuerza el pergamino donde la horda, insistentemente, le llamaba Erna Ura Rago y le instaban obediencia. “Comeros vuestra obediencia”. Un puñetazo final introdujo de manera brutal el pergamino en la laringe del emisario que se ahogó lentamente.

Colérico abandono su tienda yatagán en mano.

Los cuerpos sin vida del resto de la comitiva yacían hacinados en el suelo a la entrada de su yurta. Y todas las cabezas de aquellos desgraciados emisarios fueron clavadas en picas a leguas de distancia.

Liör y Siyye estuvieron de acuerdo con la actitud de su Kan Bárnabas. Mejor morir libres que vivir esclavos. Era una vieja enseñanza de la estepa.

Se acercaban tiempos difíciles.

Pasaron cuatro estaciones.

De repente un día llegaron las noticias de una enorme horda que avanzaba en su dirección. Los exploradores contaban una proporción ingente de enemigos. El color dorado de los estandartes aseguraba que el Janato de la horda de oro no había olvidado la muerte de sus emisarios, ni tampoco sus pretensiones sobre los territorios de Bárnabas, la batalla era inminente.

Bárnabas y su mano derecha Liör idearon un plan defensivo. Fueron retrocediendo con el grueso de su ejército hasta las montañas nevadas. Esto les proporcionaría una tregua y cansaría a sus enemigos ya que deberían hacer caminar más a su ejército. También escogieron el lugar donde se defenderían, el desfiladero de los huesos rotos, un paso muy estrecho de las montañas nevadas donde podrían detener mejor a sus oponentes. Por desgracia, una vez pasado ese paso la única salida era un precipicio de mucha altura. Si el enemigo conseguía pasar... no habría escapatoria.

La retirada de la horda de Bárnabas se realizó con estudiada calma.

Y el tiempo pasó nuevamente.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 10 de noviembre de 2014



Un día Bárnabas conquistó un poblado fortificado muy grande. El señor de aquel lugar poseía un harén, pero fue una concubina de mirada dulce y cuerpo escultural la que hechizó a Bárnabas con su mirada, su sonrisa, su pelo largo y aquella mirada de ojos avellanados.

Siyye se llamaba la muchacha. Esa misma noche Bárnabas no reprimió su instinto salvaje y la tomó. Lejos de resistirse, la muchacha se mostró sumamente cariñosa, e intimaron con un afán desenfrenado toda la noche.

La muchacha, como descubriría días más tarde el propio Bárnabas, poseía además capacidades muy interesantes y útiles. Tenía la facultad de entender la palabra escrita y hablada de multitud de lenguas y dialectos. Si esto no era poco, Siyye poseía además un talento natural para con los números, algo tan complicado como la contabilidad de recursos en una gran horda requería de alguien disciplinado en el extraño arte de la numerología. Por desgracia para el Kan Bárnabas entre sus seguidores este arte no estaba tan adquirido como la destreza a las armas.

El impulso de deseo de Bárnabas fue en aumento hacia Siyye. Finalmente proclamó sus esponsales con aquella particular mujer que en un instante fugaz pasó de esclava a señora de una horda.

A los pocos meses Siyye portaba la semilla de Bárnabas en su vientre. Y tiempo después nació el primer macho. Un varón era una señal de buen augurio según predijeron los Chamanes, puesto que la debilidad femenina reencarnada en una primogénita hembra hubiera sido una mala señal enviada por los espíritus.

Así pues el líder estaba favorecido por las energías místicas.

Los planes de Bárnabas marchaban como deseaba.

Un descendiente que sería entrenado en la dureza de la tradición mongola.

Una mujer fértil que lo dotaría de hijos e hijas que engrandecerían su horda.

Aunque Bárnabas nunca se había permitido ser feliz en la vida, en aquellos momentos se permitió el gran lujo de poder aparentarlo, pero...

... una sombra siniestramente dorada planeaba sobre su pequeño imperio.

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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

lunes, 3 de noviembre de 2014



Si recordáis, Bárnabas se había alzado con el poder como sólo un mongol auténtico sabía hacerlo en aquellos tiempos, por la destreza en la lucha.

Y hablando de luchas, la embestida contra el poblado sitiado cesó inmediatamente. Al mediodía, la horda ya comandada por Bárnabas, retiraba tranquilamente el sitio al poblado fortificado. Y a medida que la horda se alejaba, un clamor de alegría desde el otro lado del cercado, podía escucharse.

Esa misma noche una treintena de guerreros comandados por el nuevo Kan asaltaron en silencio la empalizada y acuchillaron a los centinelas apostados.

Erna recordó el intento estúpido, años atrás, de aquel grupo de débiles campesinos que intentaron en vano atacar su aldea. Siempre lo recordará pues fue aquella la noche en que se convirtió en guerrero. Cualquier buén estratega siempre aprende de una experiencia vital.

Bárnabas aprovechó la clandestinidad que ofrece el amparo nocturno. La mayoría del poblado estaba borracho celebrando la retirada de los enemigos. Cuan equivocados estaban en su pronta manifestación de alegría. La horda irrumpió como un río de aguas desbordadas y en un silencio mortal todo ser vivo de aquel poblado dejo de existir.
Nadie sobrevivió, ningún hombre, ni sus mujeres, ancianos masacrados, junto con niños y animales. Todos sucumbieron. No era Bárnabas un líder cruel por naturaleza, pero la bondad no era buena presentación en los tiempos de las hordas mongoles, por eso debía aniquilarlos a todos. Lo contrario hubiera creado un precedente indeseable.

Recordó la lección del anterior Kan, la muerte de una perra y de sus cachorros.
Las lecciones de vida no deben olvidarse.

* - * - * - * - * - * - * - * - * - *

Después de este episodio pasaron un par de años...

En uno de esos extraños momentos felices que suceden en la vida, Bárnabas encontró al que sería el general de sus ejércitos y único amigo.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Se encontraba toda la horda celebrando el Naadam. En esta festividad se reúnen los mejores guerreros de cada poblado para disputar los juegos guerreros de la estepa. Eran tres las disciplinas más valoradas por los mongoles: fuerza, una lucha cuerpo a cuerpo sin armas; destreza, la pericia del arco, la cuerda y la flecha; y finalmente, acero, una lucha a primera sangre con yataganes.

Aquel día, un joven guerrero ganó las tres disciplinas, suceos que no ocurría desde hacía años. Su nombre era Liör y provenía de una tribu meridional que hablaba una apartada y antigua lengua mongola.

Bárnabas premió al ganador con dos caballos, un yagatán de fuerte acero y una bolsa de oro.
Aquel joven le recordaba a el mismo.

Estuvieron bebiendo hasta bien entrada la madrugada en compañía de otros guerreros. Su amistad se trabó casi al instante.

Bárnabas, con su nueva mano derecha Liör, aumentó enseguida el poder de aquella horda e incrementó en pocos años el radio de su poder. Poseía un gran cumulo de guerreros a sus órdenes y su maquinaria de guerra era conocida en muchos rincones de la estepa.

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lunes, 27 de octubre de 2014


Pasó el tiempo y el poblado de Erna se unió a otra horda.

La historia de esta anexión era simple. En aquellos tiempos de cortos linajes y frecuentes batallas, el Kan de la aldea de Erna se encontró desafiado por el líder de un poblado mongol rival... y murió.

El nuevo Kan fue pragmático, incorporó las nuevas adquisiciones sin ninguna clase de vejaciones a su horda, a excepción de toda la familia del antiguo Kan a la cual mató sin dilación.

Erna fue el único en atreverse a preguntar: "Has matado al guerrero, ¿Por qué matas a su familia?"

El nuevo Kan se le acercó lentamente y con una mirada de sangrienta seguridad dirigió su yagatán en dirección a una perra que amamantaba a sus cachorros. El nuevo Kan levantó su arma al aire y de un solo tajo mató a la perra. Uno de los cachorros aulló asustado y se abalanzó con más rabia que peligro contra el caudillo mongol. Un instante después este cachorro también caía fulminado por el tajo mortífero del yatagán del nuevo Kan. Los demás cachorros siguieron la misma suerte. El Kan envainó su espada al cinto y sin decir nada giró sobre sus piernas.

Pasaron dos años. La nueva horda era completamente trashumante. No paraba ni tomaba asiento en ningún lugar. Se alimentaban de la caza y de los  saqueos y tributos que indistintamente se cobraban de las tribus campesinas.

Este constante movimiento brindaba a la horda una mayor maniobrabilidad y disminuía la posibilidad de ataques. Además, así cubrían más terreno y poseían mejor control sobre las aldeas tributarias.

Un día llegaron a una aldea mejor armada de lo habitual. Poseía un alto cercado de estacas afiladas y un pequeño foso. Aquel lugar se encontraba en los límites de la marca septentrional y no constaba en ninguno de los mapas de la horda.

Los lugareños se negaron a abrir la puerta. De este modo negaban su pleitesía a sus nuevos señores. Ese gesto marcó el inicio de una cruenta batalla. Cuando la horda llegaba a un poblado mataba a un par de hombres por mera tradición, después los guerreros que quisieran saciar su apetito sexual podían hacerlo con las mujeres de los vencidos, y por último escogían a los niños más fuertes como futuros guerreros.

Pero en este caso sería distinto. Debían morir todos.

La incursión duró una semana. El poblado resistía ferozmente. El ánimo de Bárnabas era sombrío. Su Kan era un buen luchador pero un pésimo estratega. Aquello soliviantaba sobremanera los ánimos del ya no tan joven Bárnabas. Su frustración crecía ante las estúpidas órdenes de su superior.

Al sexto día de asedio, Bárnabas recibió una orden directa de su líder que desobedeció, la maniobra era estúpida y lo exponía a morir con seguridad bajo los yataganes enemigos. Con furia, el Kan ultrajado le lanzó un tajo por sorpresa en la espalda, ataque que pudo esquivar.

Un destello fugaz. Dos yataganes chocando en el aire. Una lucha dentro de otra lucha. Cuchillos escondidos que buscaban la carne. Y un estertor...

El Kan había muerto. Bárnabas se había convertido en el nuevo Kan.

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lunes, 20 de octubre de 2014



Erna Ura Rago no se distraía con espadas de madera ni bolas de piedra como hacían otros niños de su corta edad. Desde muy pequeño prefería el frío tacto del acero. En más de una ocasión, aprovechando la distracción de su padre, hurtaba el cuchillo de la yurta familiar y perseguía hurones de la estepa hasta darles caza. Se agazapaba, esperaba con la infinita paciencia del cazador, y cuando los veía aparecer de sus madrigueras se abalanzaba rápidamente sobre ellos y los degollaba.

A la tierna edad de ocho años ya dominaba el arte del yatagán, el mortífero sable de doble curvatura, además poseía una innata puntería con el tiro con arco.

A la edad de diez poseía una corpulencia propia de un hombre del doble de su edad. El manejo completo del yatagán, del arco y del cuchillo mongol era de sobras conocido en toda la aldea.

Y el tiempo pasó...

Las tribus del Norte eran simples rebaños de pastores. Estúpidos campesinos que debían pagar tributo a la fuerte aldea de Era. Dos exploradores marcharon como cada estación de recolecta a reclamar el tributo, a los pocos días sólo volvió el caballo de uno de aquellos guerreros, aquel caballo solitario portaba atadas en sendas bolsas las cabezas de los guerreros.

El Kan de la tribu reunió a todos los guerreros, aquel ultraje no debía soportarse, la debilidad era mal vista por la sociedad mongol. Unos guerreros muertos por un hatajo de sucios campesinos. Si aquella noticia llegaba a oídos de las otras tribus podrían tener problemas. Los guerreros marcharon y la solicitud del joven Erna de incorporarse a las filas de guerreros fue nuevamente rechazada.

“Aún eres joven para marchar a la guerra”.

Otros jóvenes, en su misma situación, también quedaron guardando a las mujeres y a los ancianos. Los guerreros marcharon de la aldea.

Aquella noche Erna salió encolerizado de su yurta. No podía dormir a causa de su rabia interior. Andaba huraño por la linde del bosque y entonces escuchó ruidos atípicos. Su enfado se desvaneció por completo. Sigilosamente se agachó para acercarse lo más silenciosamente a la fuente de aquel extraño murmullo. En medio del bosque, a poca distancia de la aldea, un grupo de hombres se encontraba estacionado. Portaban rudimentarias espadas al cinto y dos carros. Reconoció rápidamente la estructura de los carros como las típicas de los campesinos del norte.

Entonces Erna comprendió. Todo era una trampa bien urdida desde hace tiempo. Sin los guerreros en el poblado los campesinos iban a atacarlos por sorpresa.

Erna se arrastró sigilosamente de vuelta poblado, despertó a los jóvenes muchachos, tan sedientos de lucha como él mismo, y sin apenas disidencias todos acataron sus instrucciones...

Un ruido ensordecedor se acercaba desde el bosque. Los campesinos se acercaban al poblado como una turba gritona y mal adiestrada. Únicamente un necio se acerca chillando a su enemigo, aquellos cobardes chillidos, supuso Erna, serían para impedirles sentir el miedo.

Al llegar al poblado los campesinos comenzaron a incendiar las yurtas. En su afán incendiario cayeron tarde en el insólito hecho de no encontrar ninguna clase de resistencia. La aldea de guerreros mongoles parecía desierta. ¿Dónde estaban las mujeres y niños? Aquello les inquietó, destruyeron todo cuanto pudieron, y regresaron rápidamente al bosque con una mezcla de alegría y zozobra.

Una vez en el interior del boque sus temores colectivos se dispararon aún más. Un fuego amenazador se alzaba en medio de su campamento provisional. Los dos carros ardían y dos picas clavadas en tierra sostenían en lo alto las cabezas de los únicos vigilantes que habían dejado allí. Los campesinos contaban con una treintena de hombres. Erna tan solo con doce chiquillos.

Extraños silbidos empezaron a volar por el aire a su alrededor. Un hombre tras otro comenzó a caer. Flechas de muerte surgían certeras de las hojas de los árboles, aquella lluvia incesante diezmaba la cobarde comitiva de campesinos. Algunos arrancaron a correr bosque adentro. De la treintena tan sólo cuatro consiguieron escapar. Erna y un par de sus compañeros siguieron a los que huían mientras el resto diezmaba a los que aún quedaban en pie.

Finalmente les dieron alcance. Eran hombres que les doblaban en edad y fuerza. Pero no eran guerreros. Erna mató con su yatagán a dos de ellos. Con cuatro picas mandó empalar sus cráneos ensangrentados a la entrada del pueblo.

El poblado estaba a salvo. Se pintó la cara con la sangre de sus enemigos. Y esperó ayunando a la entrada del poblado.

Los guerreros volvieron un día después. Habían encontrado el poblado de campesinos vacío e intuyeron la velada amenaza.

Temiendo lo peor se encontraron con sorpresa al joven Erna a la entrada de la aldea. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Todo su cuerpo recubierto de sangre.

—Me he nombrado guerrero. Mataré a cualquiera que lo niegue.

Tan sólo el Kan del poblado podía nombrar guerreros en un asentamiento mongol. Aquel gesto podía interpretarse como un desafío a la autoridad, pero cierto es que eran aquellas circunstancias excepcionales.
El Kan desmontó lentamente de su caballo.

—Bárnabas —invocó el Kan el nombre del gigante que dio forma al mundo—. Ese será tu nuevo nombre.

Erna Ura Rago ya era un guerrero.

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lunes, 13 de octubre de 2014


En una pequeña aldea del Asia occidental cercana a la que sería algún día “Sarai Batu”, la futura capital del Janato de la Horda de Oro, nació Erna Ura Rago.

El nombre de Erna Ura Rago y el de su tribu fueron aniquilados casi por completo de los anales de la historia por su mayor enemigo, el Janato de la horda de Oro.

Quizás no os suenen de nada esos nombres, ni el del Janato, ni el de Erna Ura Rago, pero muchos de vosotros adquiriréis algo de lucidez si os nombro al líder de la Horda de Oro, uno de los líderes más carismáticos de todos los tiempo, me refiero al temido “Gengis Kan”.

Pero esta narración no tiene nada que ver con el famoso líder Mongol. Esta historia se remonta treinta años atrás en el tiempo, a la época de Yesükhei-Baghatur, padre de Gengis, cuando el imperio Mongol tan sólo era un niño empezando a gatear.

Pero no quisiera adelantar acontecimientos estimados míos.

Os narraré como fue la vida de Erna Ura Rago.

La madre de Erna murió en el parto. Fue aquella una noche extraña, los lobos aullaban nerviosos al otro lado del río y una luna más grande de lo habitual mostraba un color rojo tan intenso que ni los más ancianos de la tribu conseguían recordar. El “Chamán” desconfiaba de la interpretación de ese presagio. El rojo es el color en el lenguaje de los espíritus asociado a los grandes cambios. ¿Pero era un presagio benigno o un presagio maligno para la aldea? El “Chamán” debía descubrirlo. El anciano brujo se acercó al cuerpo aún caliente de la madre muerta de Erna, introdujo su mano en la bolsa de las adivinaciones y extrajo tres piedras negras con inscripciones y un hueso blanco. Acto seguido lanzó todo el conjunto de elementos sobre el vientre hinchado de aquel cuerpo sin vida. Cuando cayeron, el viejo leyó atentamente todos los signos, estudiándolos desde todas las perspectivas posibles. Finalmente todo aquello proporcionó al “Chamán” toda la información necesaria.

Erna, el recién nacido, no lloraba si no que contemplaba toda la escena con su carita acalorada por el esfuerzo. Una mujer lo sostenía en brazos. Era hermana de la mujer muerta y temía la decisión del “Chamán”. La mujer no entendía los signos, y aunque era mongola y de templanza fuerte, no conseguía dejar de temblar por dentro por la vida del vástago de su hermana.

El “Chamán” sonrió con regocijo. Recogió del vientre las piedras y el hueso y las devolvió a su bolsa de tripa de cabra. Sus manos aquiescentes se aproximaron a la frente de Erna Ura Rago. La mujer que lo sostenía bajó la mirada al suelo, el “Chamán” dibujó en la frente del neonato una línea vertical roja. Era la señal del horizonte. Podría seguir viviendo.

Los viejos ancianos de la tribu pronosticaron que sería un gran guerrero.

Un augurio que parecía predestinado a cumplirse.

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