Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 10 de julio de 2016

A Dios le encanta jugar a los dados



—Y tanto que me gustan. Los dados son un juego fabuloso, el azar es tan maravilloso como el libre albedrío. ¿Por qué debería prohibirlo? —dice Dios ensimismado.

Un viejete de barba blanca, nariz grande y ojos saltones, mira extrañado al sumo interlocutor, las manos del anciano reposan encima de una mesa redonda. En el mueble también reposa un oscuro cubilete con dados en forma de estrellas.

—Pero señor —continua el viejete mientras Dios introduce los dados estrellados en el cubilete oscuro y lo sacude con fuerza— el universo no puede ser un lugar caótico. Necesita orden, reglas, una funcionalidad especial, y sobre todo ser predecible.

La mano de Dios mece en lo alto el cubilete, en su interior repiquetean alegres los dados. Un pequeño gato de color negro se acerca por el suelo y se enrosca cariñosamente en los pies del viejete de barba blanca, la fricción contra el pantalón de pana produce el ronroneo esperado. Los ojos del gato brillan fascinantes.

—Ahora no, gato del demonio —el viejete aparta con cariño estudiado al animal.

—No seas brusco con Schrödinger —Dios levanta un dedo reprobatorio—. Él no tiene culpa.

El viejete se mesa los cabellos, sus ojos reflejan desesperación, y su lengua pasa rápida por la boca.

—Señor, la mecánica cuántica es un invento del diablo, es la destrucción de la humanidad. ¿Cómo puede un ser estar muerto y vivo a la vez? ¿Por qué no podemos predecir un suceso? ¿Y el empirismo, señor mío? Si cualquier evento cambia sus parámetros por el hecho de ser observado, ¿barremos de un plumazo el empirismo?

—Albert, no seas así —Dios sonríe—. ¿Recuerdas a Newton?

En ese momento Dios deja de sacudir el cubilete, y el valioso contenido cae fortuitamente encima de la mesa, los dados emiten un brillo especial al caer sobre la mesa. Un seis y un uno. Siete. Dios vuelve a sonreír.

—Recuerdo a Sir Newton. ¿Qué tiene que ver con todo esto?

—Recuerdas que, según él, la gravedad era una fuerza instantánea y precisa en todo lugar del universo.

—Se equivocaba. La fuerza de la gravedad necesita de un tiempo similar al de la luz para ejercer su atracción.

—Y, sin embargo, para un humano, un efecto que se resuelve a la velocidad de la luz, ¿no se podría considerar 'instantáneo'?

—Eso es una argumentación simplista —Albert tose—, si me lo permite decir. Matemáticamente hay un abismo entre algo instantáneo y la velocidad luz.

—Pero según los cánones humanos, y simplificándolo, no se podría reconsiderar, ¿qué a nivel humano, no matemático, fuera en la práctica, casi lo mismo?

—Las matemáticas son humanas, por lo que debo responder que no, ese «casi», no es lo mismo.

Dios observa pensativo al tozudo viejete de barba blanca.

—Hagamos una cosa viejo amigo —Dios introduce en el cubilete un solo dado. Hecho esto, arrastra el oscuro objeto en dirección al viejete—, ¿Cuál es la probabilidad que en una tirada de dados salga un seis?

—Una entre seis, exactamente un 16%.

—¿Y que salga un seis siete veces seguidas?

El viejete murmura algo tal que «Una entre seis multiplicado siete veces. Una entre 279.936...».

—Sería un valor por debajo de 0,000003%, prácticamente imposible, que no es lo mismo que decir cero.

—Tranquilo, no estoy intentando enredarte en tus argumentos. Pero me gusta el azar, es simpático. Apostemos. Agarra el cubilete y tira el dado siete veces, si sale seis las siete veces, el azar queda con vida y deberás aceptarlo como parte de la cotidianidad matemática.

—Hecho.

El viejete extrae con deleite el dado del cubilete y observa detenidamente todas sus caras. Incluso parece comprobar su peso con la mano.

—Por favor, Albert, ¿no pensarás que voy a hacerte trampas?

—Si está en juego la fiabilidad de las matemáticas no me fio ni de Dios.

Al escuchar su nombre en vano, Dios lanza un sonoro bufido y se encoge de hombros.

—¿Empezamos Albert?

—Ahora mismo.

La primera tirada... un seis.
«Suerte», murmura Albert.

La segunda tirada... otro seis.
Sin respirar realiza rápidamente el tercer lanzamiento. Otro seis.
«Me cago en la materia oscura».

El cuarto lanzamiento es tirado con furia y sale otro seis.
«Imposible».

Así como el quinto y el sexto, ambos con sus respectivos seises.
«Bombanuclear».

Finalmente, tira el cubilete con rabia, al suelo, el dado cae, rueda unos segundos por el suelo, y sale... seis.

—Has hecho trampas —reclama el viejete iracundo.

—En absoluto. Ha sido el azar. ¿No has escuchado esa lectura de física cuántica que dice: «¡Siempre hay una probabilidad no nula que algo ocurra!»?

—Paparruchas. Has hecho trampas.

Dios se mesa la barba visiblemente molesto.

—Piensa lo que quieras, pero... —Dios arquea graciosamente una ceja— según tú, tampoco juego a los dados.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


6 comentarios :

  1. ¿De donde sacas estas ideas?
    Un placer leerte saludos.

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  2. Yo no jugaría nunca a los dados con Dios. Siempre puede hacer un reset si la jugada no le sale bien.
    Estupendo relato. Saludos!
    Borgo.

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  3. hola! que intrepido! muy buen relato.que cerebro!!me dejas sin palabras, abrazobuho.

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  4. Me cago en la materia oscura...
    Me hiciste reír mucho. Y esa frase final de Dios: brillante.
    No puede ser que se te ocurran estas ideas.

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