Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 17 de julio de 2016

Historias de ascensor. Rap a tres bandas


«Amor libre 
Sigo siendo libre
nada es complicado a tu lado
tu me haces libre».
Nach Scratch



Como cada lunes me encuentro delante de mi cubículo, dígase ascensor, que me transportará al andén subterráneo del metro. Hoy, las variaciones cósmicas me han hecho coincidir con un chico joven, viste al estilo rapero, pelo muy corto, gorra del revés, y lleva una cadena dorada al cuello. Está gritando mientras habla con su celular, el volumen del aparato es tan alto, que puedo escuchar la voz de su interlocutor al otro lado.

—Jon, amigo, vas a tener problemas —le comenta desde el otro lado.

Ante semejante cebo, mis sentidos blogueros se despiertan al acto, extraigo rápidamente mi móvil del bolsillo, y comienzo a tomar notas. Justo en ese momento llega al ascensor más personas, un grupo de tres chicas, las cuales quedan situadas detrás de nosotros.

Como ya os he comentado más de una vez, es ciertamente extraño este ascensor, posee dos puertas. Por una se entra y por la puerta de enfrente se sale a la andana. Lo normal en los ascensores es salir por la misma puerta por la que se entra. Con esta extraña configuración ascensorista, es normal entender porque el chico joven rapero continúa hablando con su celular sin darse la vuelta, completamente despreocupado a la audiencia a su espalda.

Dejo pasar al grupo de tres chicas detrás de mí, ellas agradecen con la cabeza y entran en completo silencio. No es un acto caballeroso, es puro interés, ya que al pasar el último me adueño de mi adorada esquina, lugar estratégico para transcribir en mi móvil las conversaciones de esta más que interesante historia de ascensor.

—Dont guorry brother, jajaja, como canta Nach, «Amor libre, sigo siendo libre» —ríe canallescamente el chico joven del ascensor—. Irma esta rebuena brother, pero no tiene money.

Tomo nota.

—Después María, esa está tremenda. Que cuerpazo, pero...es «avellana», jajaja.

Aunque intento ser un mero antropólogo de ascensor, y por ello intento no juzgar a los especímenes de los relatos, no puedo evitar pensar: «Mequetrefe».

—Y Katryna, esa está «forrada» en money, pero su cuerpo, buuuf —el bufido no parece bondadoso—, sí, ya la has visto brother, ya me entiendes.

—Amigo, esto de jugar a 3 bandas... tendrás problemas.

—Quita, quita. Soy muy caballeroso, ni se enteran, jajaja, y te juro quedan muy agradecidas, jajaja —su risa estruendosa rebota por las paredes.

La velocidad del ascensor comienza a disminuir y la figura difusa del andén comienza a aparecer a través del cristal de la puerta de salida del ascensor. Justo en ese momento una de las chicas, con un sigilo sorprendente, golpea con su mano en la espalda del chico rapero. Este se da la vuelta, aún con una sonrisa bobalicona en la boca.

—¿Sí? —y en ese momento su sonrisa se desdibuja—. ¿Irma? ¿Qué haces aquí? Pero...

La chica no le permite acabar la frase. Un inmenso sopapo de la mano abierta de la chica golpea sonoramente contra la mejilla izquierda del desprevenido rapero.

Otra de las chicas que conforma esta tríada, avanza también en dirección al chico.

—¿María? ¿Cariño? ¿Tú también aquí? Puedo explicar...

El nuevo tortazo, con idéntica mano abierta, golpea de nuevo la ya enrojecida mejilla izquierda, y empuja al muchacho contra la segunda esquina.

«¿Adivináis quién es la tercera chica de la tríada? Eso es, Katryna».

Está no es una chica normal. Posee una larga melena rubia, es alta y su brazo podría hacer dos veces el mío. Me recuerda a aquellas antiguas guerreras: las Valquirias. Por un segundo me la imagino a lomos de un caballo blanco, con espada y armadura. Katryna se acerca lentamente al maltratado muchacho, avanza como un tanque en dirección a una tropa de soldados sin trinchera. La verdad es que me apiado del pobre raperillo.

Los ojos del joven rapero son versos del más puro terror.

—¡Katy! ¡Katy! Cariño, espera, somos personas civilizadas...

La mano abierta es como un parasol de playa, enorme, gigantesca, como lo es el estruendoso golpetazo en la única mejilla salvada hasta el momento. El chico literalmente vuela en dirección a la tercera esquina. Su celular cae al suelo, la voz de su amigo resuena desde el suelo.

—¿Jon? ¿Jon? ¿Estás bien amigo?

Las puertas del ascensor llevan unos segundos abiertas. Ni me había percatado, en ese momento la tríada de muchachas, Irma, María y Katryna, salen del ascensor arropadas en el mismo silencio con el que entraron.

Sin querer entrometerme en la recién adquirida soltería del joven chico rapero, le sorteo, y me dirijo al trabajo. En ese momento, su situación, me recuerda a una vieja canción rapera de mi juventud: «Ei, brother! Cuánta razón, jugar a bandas, insana cuestión. Valora el amor, aún quedan hombres, hombres con honor, que traen amor».

¡Chin-pun!



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


1 comentario :

  1. No te voy a mentir: me vi venir toda la situación.
    Ese ascensor es de locos.

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