Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 13 de noviembre de 2016

Aras y Alan

«No existen más que dos reglas para escribir:
tener algo que decir y decirlo»
Oscar Wilde
(§ Irlanda 1854, † París 1900)

Habíase un lugar,

llamado Jitepé del camino, situado entre San Caballero y Dulcinea, un pueblo pequeño con pocas casas y menos establecimientos, un lugar que hoy día ya no sale en los mapas por que dejó de existir. En aquel entonces, dos establecimientos permitían sobrevivir a aquel pueblo malherido por la modernidad, la escuela Güera de doña Palmira y el invernadero Maty, repleto de flores y otras plantas, al cual los vecinos de localidades cercanas se acercaban debido a la gran vistosidad de los ramos y el buen arreglo de las flores.

En este último establecimiento nació un cactus muy especial, al que la floristera, una viejita llamada Rosalinda, le puso de nombre Alan. Con el paso de los años, Rosalinda observó que Alan, a diferencia de sus otros muchos hijos, se le daba bien hablar castellano y las matemáticas, así que decidió ponerle unos pantalones, una camisa blanca y enviarlo a la escuela Güera.

En la escuela había niños y niñas, una de esas escuelas modernas, donde los infantes se mezclaban sin ningún reparo. Cristóbal, el niño peleón de la escuela, nada más vio aparecer al cactus en el colegio, empezó a hostigarle, «Feo», «Verdoso», «Pinchudo», «¿Por qué no te quedas en el invernadero plantado en tu tiesto?». Aquel era el primer día de colegio de Alan, y estaba muy nervioso. Su mama la floristera le había repetido hasta la saciedad que no peleara con los otros niños, pues podía hacerles mucho daño con sus espinas.

Pero el matón de Cristóbal continuaba instigándole, y Alan ya no sabía que hacer en aquella situación. Por suerte, una niña bondadosa llamada Aras, a la cual le disgustaban las injusticias, se plantó en medio del gigantón y el cactus, y observando con rostro amenazante al matón le soltó varios improperios inteligentes que el matón tardó tiempo en comprender: «Cristóbal, si naces dos horas antes, dos horas más tonto».

El matón gruñó sin comprender bien aquella frase e iba a pegar a Aras cuando se percató que la profesora, doña Palmira, vigilaba atenta desde lejos. Cristóbal era un niño calculador, hay personas que dicen que los niños no son malvados, pero se equivocan, él lo era, y no quería que la profesora presenciara nada de lo que tenía planeado hacer.

«Ya atraparé a ese tonto pinchudo y me vengaré de Aras cuando no esté la vieja profesora», pensó Cristóbal alejándose de ellos.

Desde ese día, Alan no se separó de Aras, juntos comenzaron a labrar una tierna amistad, y cada día que pasaba la abonaban con juegos, miradas cómplices, caminatas por el camino de regreso a casa, donde se contaban secretos mientras tiraban piedras al río haciéndolas rebotar contra la líquida superficie.

Un día, Alan tuvo que quedarse en la floristería ayudando a su mamá, viendo la oportunidad Cristóbal siguió a Aras por el río, se le acercó corriendo y la empujó por la espalda, ella cayó al suelo.
Aras, enfadada y con un desgarrón en su rodilla, le espetó, «Eres malo, eres feo, y eres sucio, pero lo peor es que eres tonto», le dijo mirándolo con desprecio, mientras unas lágrimas recorrían su rostro. Cristóbal era un gigantón sin refinamiento, y las palabras de Aras siempre lo herían en lo más profundo de sur ser, en esa ocasión la fuerza de la razón quedó anegada por la sinrazón de la fuerza, sin reparar en su enorme fuerza lanzó su enorme puño contra el rostro de la niña. Su impacto sonó secó, la nariz de Aras se convirtió en un reguero de sangre e inundó los nudillos del gigantón. Un segundo más tarde, el cuerpo de Aras estaba cayendo de espaldas, y con tan mala suerte cayó, que el cráneo de la pequeña golpeó una piedra puntiaguda que estaba en el suelo. Un líquido rojizo manchó la piedra y Aras no despertó. Cristóbal se acercó y la espetó a levantarse, no se movía, asustado, comenzó a pensar rápido, viendo que la niña no se levantaba y por una vez más asustado que calculador, arrastró el cuerpo de la pequeña y la encerró en un pequeño cobertizo en la linde del río.

Y allí la dejó malherida.

Mientras, Alan, que había acabado de ayudar a su mamá, comenzó a buscar frenético a Aras por todos lados...

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Esa misma noche, un vecino encontró el cuerpo de Aras en el cobertizo de al lado del río. La pobre niña poseía una fuerte herida en el cráneo, y su cuerpo estaba cercano al colapso debido a la deshidratación y la falta de ayuda, rápidamente la llevaron al hospital más cercano. En el colegio de la Güera de doña Palmira todos los niños estaban preocupados por el estado de la niña, pero Alan descubrió a Cristóbal riendo a escondidas en una esquina, y en aquel momento, supo quién había dado la brutal paliza a su amiga íntima.

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Era de noche, Cristóbal se había quedado un poco más tarde en el colegio practicando deporte, y ese día saldría más tarde pues debía recoger el material deportivo. Su camino de vuelta a casa, le llevaban de nuevo cerca del cobertizo. Entonces, sin previo aviso, una rama le pegó en la cara, algo se le clavó en la rodilla, ¿una espina?, y otra seguidamente en la pantorrilla; un aullido de dolor escapó de su garganta, enseguida más espinas y más ramas se sumaron a aquella embestida. Un montón de arbustos rodearon su cuerpo, empujándolo en dirección al río. El matón intentó chillar, pero las ramas de aquellos arbustos le tapaban la boca y los ojos, no veía nada, no podía chillar, además, centenares de espinas se le clavaban en partes de su cuerpo que no sabía ni que existían, y el dolor, las lágrimas recorrían su rostro. El matón no había conocido nunca tanto dolor. Sus ojos hinchados por el dolor no le permitían ver bien, pero intuía la proximidad del río, y así era, su cuerpo se acercaba cada vez más a la linde del río, cada vez más cercano, cada vez más oscuro, cada vez más siniestro...

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A la mañana siguiente, encontraron ahogado a Cristóbal flotando en el río. La policía no supo determinar que lo había matado, presentaba heridas de espinas en extremidades, rostro, torso y otras partes de su cuerpo. La resolución de su fallecimiento: Asfixia. Asaltantes: Desconocidos.
Aras se mantuvo inestable durante semanas en el hospital luchando contra la muerte, pero finalmente su cuerpo no consiguió recuperarse de la fuerte conmoción y falleció a los tres días.
Respecto a Alan, nadie volvió a verlo por Jitepé del camino...

Muchos años más tarde, cuando el pueblo estaba casi deshabitado, los pocos aldeanos que aún vivían, pudieron observar como un enorme cactus, de grandes espinas y tallo frondoso, crecía vigoroso en la linde del río. Muchos aseguraron que aquella planta les recordaba la figura de una esbelta niña, jugando a tirar piedras al río, junto a otro niño que le agarraba tiernamente de la mano.

Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. Es la leyenda sobre el cactus más hermosa y triste que alguien pueda leer en su vida. Me encantó, UTLA.
    Saludos.

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  2. me recuerda a la leyenda de una planta que la llamam cabello Español en estados unidos una historia tambien triste Buaaaaaahhh!! que triste. Pero meencantan tus esritos.

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