Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 6 de agosto de 2017

Discordar

«¿Nos podríamos enamorar siempre de la misma persona o solo sucede en un momento determinado?»


        —Ana, te tengo muy presente. —La voz de Marcos tiembla.
        —Yo también te tengo presente. Eres buena persona.
        —No, quiero decir... Te quiero.
        Es la cafetería Deuxamores. Pequeña. Tranquila. El camarero desaparece, en un disimulado atareamiento, en la trastienda. Ana detiene, a medio camino de los labios, el trago a su taza de té.
        —Pero... —duda—, ¿cuándo...?
        —Me enamoré de ti aquí mismo, cuando me regalaste la novela de Jane Austen, me rozaste con tu dedo meñique, me entregaste ese libro tan romántico, sonreí como un estúpido... ¡Fue mágico!
        —Yo... —Repiquetea nerviosa el dedo contra la taza—. Solo era gratitud. Te portaste bien conmigo. No sé... No estoy en el mismo lugar que tú. Es complicado. Disculpa. Tengo que marcharme.
        —Doctor, llevo meses sin dormir. Soy patético. Cuantos más mensajes le envío es peor. Quiero curarme.
        —¿Acudió a la psicóloga?
        —Sí, pero no sirve de nada. ¡Quiero la pastilla!
        —La discordar se receta cuando las otras alternativas han fracasado, con más tiempo y el tratamiento...
        —¡No sirven! La psicología no ayuda, es palabrería barata. Y los fármacos me atontan. No quiero más. O me administra la discordar o... no sé que haré, no sé que haré...
        —¡Cálmese, por favor! Si es lo que desea, así lo haremos. Programaremos una ingesta para la semana que viene.
        —Gracias, Doctor. He oído, ¡qué desaparecerán todos mis pensamientos acerca de ella! ¿La olvidaré para siempre?
        —Sí, y será irreversible. Hará falta seguir una serie de trámites. Venga en ayunas. Traiga a todos los amigos y familiares que hayan tenido contacto con ella. Tendremos una charla con todos ellos. Borre su número de teléfono, emails o cualquier elemento de contacto. Además, tendrá que rellenar un formulario de consentimiento y de exención de responsabilidades.
        —Lo que haga falta. Me quiero curar.


«Ella sabe que tiene posibilidades de enamorar al chico, ya que ya pasó una vez, pero ¿volvería a suceder?»


        —¿Y te dijo eso en Deuxamores? ¡Qué romántico!
        Carlota, recién llegada de Londres, observa a su amiga con una gran sonrisa en el rostro.
        —Sí.
        —¿Y que hiciste?
        —Me fui corriendo.
        La expresión de Carlota muda de la alegría al estupor.
        —¿Qué? ¿Tú estás tonta? Pero si Marcos es el hombre ideal, guapo, inteligente, seguro, y tenéis gustos similares.
        —Aún no he superado lo de Juan.
        —Pero, ¿a ti qué te sucede? De eso hace dos años. Olvida al maldito Juan. Marcos es diferente, tiene otro brillo. Si lo dejas escapar es que eres más tonta de lo que pensaba.
        —Estoy... colapsada. No seas tan dura...
        —A mí no me llores. Tú sabrás lo que haces con tu vida, pero no hay segundas oportunidades.
        Una llamada entrante, en el móvil de Marcos, produce una vibración en la mesa... Tuuut Tuuut.
        —¿Diga?
        —Hola. Soy Ana. ¡Quería decirte qué...!
        —Perdone, no conozco a ninguna Ana, se equivoca. Tenga un buen día.
        —Ya me enteré de todo —Carlota se acerca—. Ayer me encontré con su prima, la de económicas, por suerte no sabe que tú y yo somos amigas. Marcos ha tomado la Discordar.
        —¿Qué? Con razón no se acuerda de mí.
        —Le debías importar mucho.
        —¡Qué tonta soy! Es culpa mía.
        Carlota remueve el azúcar en el fondo de su taza de café. Mira a los ojos de su amiga, mientras lanza una mueca de disgusto.
        —Lo debo recuperar.
        —Dicen que es irreversible.
        «A ver, Ana, céntrate. ¿Qué es lo que te dijo aquel día? Se enamoró de ti cuando estabais en la cafetería Deuxamores. Era un día festivo y la cafetería estaba vacía. Aquel día le regalé “Orgullo y prejuicio”. Era un día soleado. Estábamos de buen humor. No había nadie. ¿Dijo algo más? ¿Qué hice yo? Me estoy volviendo loca. Mañana iré a la cafetería».


        «La palabra "recordar" viene del latín "recordari", formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien presente en la memoria. Significa "volver a pasar por el corazón"»


        —¿Me puedo sentar aquí? —Marcos levanta el rostro del periódico que sujeta con ambas manos. Una chica le sonríe. La cafetería está a rebosar.
        —Claro.
        —Es diferente. Está muy distinto. Es él, pero no es él. Estoy intentado recrear las situaciones, los momentos, incluso algunas conversaciones. Pero no me trata igual.
        —Es normal, Ana, todo ha cambiado. Aun así, si sigue quedando contigo es indicativo de algo, aunque quizá... solo te vea como una amiga. O quizá, el efecto de la pastilla haga que no te pueda amar. ¡Qué sé yo!
        —No me digas eso.
        —En fin, ya llevas dos meses con todo esto. No te obsesiones. Quizá deberías olvidarlo de alguna manera...
        —No, yo no creo en la Discordar.
        —No hablo de usar la mierda esa, pero hay más hombres.
        —Lo quiero —Ana mira nerviosa en dirección al techo—. ¿Por qué no esperó? Podría haber esperado. No habían pasado ni tres meses. ¿Tanto le costaba esperar?
        —Para algunas personas tres meses puede ser un tiempo eterno. Además, ¡fue culpa tuya!
        —Vaya, muchas gracias.
        —En fin, no discutamos. ¿Estás segura qué quieres seguir adelante?
        —Más que nunca. Recuperaré a Marcos.
        El día es soleado. La festividad de San Zoles ha desprovisto a Deuxamores de su concurrida clientela. Ana y Marcos están sentados en la terraza uno enfrente del otro.
        —Me has ayudado mucho estás últimas semanas —Ana ríe.
        —¡Qué va! Ha sido algo normal, me gusta ayudar a las personas.
        —Ya, pero quiero agradecerte. —Extrae un libro de su bolso—. Sé que te gusta leer.
        La mano deposita un ejemplar de Orgullo y prejuicio encima de la mesa. Marcos lo observa desde el otro extremo
        —¿Jane Austen?
        —Sí, es de mis autoras preferidas. ¿Lo has leído?
        —No, seguro que no, pero me resulta curioso. Al verlo, ahora, me ha parecido recordar que si lo había leído. ¡Qué tontería!
        Ana desliza el volumen por encima de la mesa, el acercamiento produce un suave sonido fruto de la fricción de la portada contra la superficie. Deja, con premeditada disposición, una mano encima del libro.
        —Es para ti. Cógelo, no muerde.
        Marcos acerca las manos al regalo. En ese momento, ella retira la suya, pero levanta un díscolo meñique. Es un gesto forzado. Él no tiene tiempo de apartar la mano y el pequeño apéndice le roza. Marcos ríe...

...



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. Vaya esa no me la esperaba es raro pro me gusta

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    1. Estimado Seigi,
      La imaginación que nos induce a pensar todos estos relatos en ocasiones no sabemos de donde los extrae, ¿acaso me habré tomado una pizca de discordar que no consigo recordar? ^^ jeje
      Un abrazo muy grande Seigi, encantado de leerte en ste pequeño lugar.

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