Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 13 de agosto de 2017

Lectura a la 01:23

«Cuando publiqué mi portada de la célebre novela Soy leyenda, unos fans del libro se pusieron en contacto conmigo y acordamos celebrar una cena. Zumo de tomate, lonchas de cordero y alubias; era la cena del protagonista Robert Neville».


            Ayer regresaba tarde a mi casa. Quedé con unos amigos en el centro y fuimos a divertirnos con una sesión nocturna de cine, que por cierto, era sesión doble: Comando, de tito chuachineger, y Golpe en la pequeña china, de Kurt Rusell. Solté carcajadas histriónicas cuando vi aparecer al musculoso actor y lance muchas más al ver las fantásticas acrobacias de los actores chinos. Por un momento me hicieron recordar aquellos maravillosos dieciocho años que aparecían tan lejanos en mis recuerdos. Al salir del cine nos despedimos con afectuosos abrazos y con la promesa de volver a repetir tan grata experiencia.
            Aún con la sonrisa en mi rostro, me dirigí a la parada de autobuses nocturnos más cercana. Por suerte, la ciudad donde vivo ha provisto a los ciudadanos de un buen entramado de servicios públicos para poder llegar de una punta a otra de la ciudad con independencia de la hora que sea. Es un alivio, ya que a esas horas el boleto de un taxi es caro y por desgracia las empresas alternativas no prosperan.
            Sentado en la parada del N4 -imagino que la N es por Nocturno- comencé a lanzar bostezos. No sé estar sin hacer nada. La luna, allí arriba en el firmamento, se reía de mi espera y no quise darle la alegría de ver nuevos bostezos en mi boca. Así que extraje de mi mochila mi viejito Kindle y me puse a leer. Estoy muy contento con este libro electrónico, me lo regalaron unas navidades, hará unos cuatros años, y desde entonces viaja siempre a mi lado.
            La llegada del autobús nocturno me sorprendió. Leía con tal enfrascamiento lector que su repentina aparición me impactó. «¡¿Ya está aquí?!». Rápido puse mi Kindle debajo de la axila, subí el peldaño que me separaba del transporte, extraje la cartera, musité un buenas noches y pagué el precio del billete al conductor, quien estaba flirteando con una chica.
            Observé los rostros de los ocupantes del vehículo. La mayoría de jóvenes, más de la mitad en estado de embriaguez, charlaban de manera animada. «¡Qué recuerdos!» En esta etapa de mi vida, si mi cuerpo ingiere más de dos botellas, me puedo considerar feliz por seguir andando. ¡Qué perspectiva tan feliz produce el alcohol cuando uno es joven! Avancé unos pasos y me estacioné en medio del autobús. Quedé de cara a la gran mayoría de ocupantes que, sentados de frente de mí, comenzaron a observarme. Yo alcé el Kindle de mi axila y seguí la lectura allí donde la había dejado...
            El protagonista avanzaba en completo silencio en medio de la noche, los vampiros a su alrededor susurraban extraños lamentos ininteligibles, era el último hombre sobre la Tierra, y aquellos monstruos todavía no sabían que vendería cara su vida...
            Entonces, escuché un murmullo y, de soslayo, levanté uno de mis ojos. Un par de jóvenes me observaban como a un animal de feria. Alcancé a escuchar lo que dijo uno en tono bajo: «¿Qué es eso que lleva entre las manos?». «No sé», le respondió el compañero. «Quizá sea una aradio». «¿Pero qué dices? Si no lleva auriculares». Seguí leyendo, pero me gusta de pasar inadvertido. No me gusta de ser el foco de atención. La lectura de Soy Leyenda, de Richard Matheson, se me estaba complicando con tanta expectación a mi alrededor.
            Mi superoído bloguero captó una nueva pregunta. «¿Qué es, cariño? Me da miedo». La lejana pregunta sonaba a timbre de voz femenino. Por el rabillo del ojo me cercioré que así era, una chica, agarrada al brazo de su novio, le susurraba aquella frase al oído. El negó con la cabeza, incluso por un fugaz instante, me pareció dispuesto a interponerse entre su amada y yo en caso de tener que salvarla.
            Alcé la cabeza y disimulé que estaba estirando el cuello. En aquel acto de curiosidad, aproveché para fijarme en la improvisada audiencia de mi alrededor. Me di cuenta que aquellas voces no eran las únicas que tenían ojos depositados en mi persona. La mitad del pasaje observaba en mi dirección, algunos con acertado disimulo, otros sin pudor debido a la embriaguez alcohólica. La estupefacción, el horror y el asombro era un cocktail extraño en aquellos rostros. Por un momento pensé en gritar: «¡Solo es un libro!», pero nunca he sido dado a heroicidades. Así que después de aquella perturbadora mirada colectiva, volví a bajar la cabeza hacía mi Kindle como si no pasara nada y continué leyendo...
            Mi parada. Al fin. Me había sido imposible concentrarme con todo aquel aluvión de murmullos, caras asustadas y tensión ambiental.
            Al dar dos pasos en dirección a la puerta de salida, casi tropecé con un hombre que no era mucho más joven que yo, solo debía llevarme seis u ocho años de diferencia. Miró en dirección a mi Kindle con cierto pavor, como si el contacto con aquel instrumento le fuera a desgarrar el alma. «Perdona», le dije con educación, «Puedes apartar, me bajo en esta parada». Él asintió. Apenas balbució una palabra. El novio de la chica, sentado dos metros atrás, antepuso el brazo delante de su amada. «Me da miedo ese hombre». «Shhh, quizá te oiga». «¡Uff, ya se baja!», susurró uno de los jóvenes.
            Una vez en la calle me giré, todavía sostenía mi amado libro electrónico entre las manos. Desde el autobús la amalgama de rostros me observaba en una mezcla de alivio, miedo y salvación. El autobús comenzaba a alejarse, pero incluso en aquel último momento de separación, hubo ojos que me sostuvieron valientes la mirada, aunque solo fuera durante unos segundos.
            Miré la hora en mi reloj de muñeca. La 01:23. La hora cábala. Comprendí en aquel instante que, por algún azar cósmico, había desaparecido de mi mundo. Y en ese nuevo lugar me había convertido en el último lector sobre la tierra. Ahora comprendía mejor que nunca al protagonista de la novela del maestro Matheson, ahora comprendía su libro, ahora comprendía... Soy Leyenda.
         

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


4 comentarios :

  1. Respuestas
    1. Estimado Hijari Javier,
      Dicen, en algunas leyendas, que es el objeto más peligroso de este mundo; por eso en algunos estados los quemaban.
      Abrazos estimado Hikari.

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  2. Hola, amigo!!! Gracias por acordarte de mí. Uf, el último lector de la Tierra rodeado de seres mutantes e iletrados... Esa historia me ha hecho pensar en Lovecraft y aquel autobús que hacía el trayecto Arkam-Innsmouth en la terrorífica "La sombra sobre Innsmouth". Allí si que debe ser terrible perder el último autobús y quedar en manos de esos seres híbridos medio humanos y medio peces.
    En fin, UTLA, ya eres leyenda.
    Saludos!
    Borgo.

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    1. Hola Mr. Borgo.
      Mutantes no sé, iletrados tampoco... pero de alcoholizados llevaban una pinta muy larga sus rostros. jajaja ¡Excuso a esos amados mutantes, presos de la etílica, que no se fijaran en que era un ebook! ^^
      ¡Oh1 El autobús Arkam-Innsmouth, que gran relato, apenas lo recuerdo, pero recuerdo la angustia...
      jajaja ¿Leyenda? Creo que deberé esperar mucho.
      Un abrazo muy grande Miquel.

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