Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 12 de noviembre de 2017

La zona lila

«La dirección general de tráfico recomienda no aparcar nunca tus sueños»
Anónimo inspiracional
Author photography: markus53




Habíase un lugar, llamado Parchelona.

En esa pequeña población, situada a orillas del mar, los habitantes se desplazaban en los quehaceres diarios con sus estimados automóviles. La mayoría de parchelonistas se dedicaban a la caza de ostras -con perla- en las inmediaciones marítimas. Inspiraban, recogían aire -con grandes aptitudes apnéusticas- y solo a pulmón se sumergían metros abajo en el embravecido mar.
Se daba una desagradable situación geográfica que impedía a la población de Parchelona crecer a lo ancho. Pues los antiguos fundadores, en su carente falta de visión futura, instalaron la ciudad en un valle rodeado de escarpadas montañas.
Los actuales arquitectos del Apuyantamiento, muy imaginativos ellos, decidieron elevar edificios cada vez más altos para invadir la verticalidad de los cielos y ganar de esa manera espacio habitable. Sin embargo, ese hecho desembocó en una falta de espacio terrenal para los pequeños parchelonistas que no podían aparcar sus vehículos en las calles.

Primera orden del día. La zona Azul: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor de la ciudad de Parchelona- creará las zonas azules de aparcamiento. Estas costarán 7 perlas -por uso- y se podrá depositar el vehículo un máximo de dos horas.

Aquellas zonas azules no eran más que pequeños rectángulos de dicho color pintados en el suelo, donde el parchelonista podía estacionar su vehículo, previo pago en perlas en máquinas habilitadas a tal efecto; y acto seguido recoger la emisión acreditativa, en un papelito blanco, que le autorizaba a aparcar durante el tiempo limitado establecido.

Los pequeños conciudadanos, aunque indignados al principio con el cobro por aparcar en sus calles, acogieron como justa la medida. De esa manera todos rotaban en el aparcar y nadie se quedaba sin faenar. No obstante, los vecinos más cercanos a la zona costera, vieron reducidas sus capacidades de aparcamiento; y sin prisa ni desencanto acudieron a quejarse con gran vehemencia al Apuyantamiento, repleto aquel de funcionarios bien pensantes, con gran imaginación colectiva y magnánima.

Segunda orden del día. La zona Verde: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor de la ciudad bla bla bla- creará las zonas verdes cercanas a la costa para favorecer en igual medida el aparcamiento a los vecinos; con el simbólico pago de 1 perla al mes en cesión vecinal.

De nuevo, durante un tiempo, algunos se molestaron; pero los parchelonistas, gente muy culta y tranquila, observaron de nuevo como justa la medida.

Un par de años después, la ciudad empezó a expandirse más y más a lo alto; y muchos turistas vinieron de allende los mares para reposar durante poco tiempo en la población que crecía sin parar. Y estos, los turistas, comenzaron a depositar sus vehículos -que también traían consigo- en las zonas azules. Sin embargo, debido a la picaresca turistil, estos pagaban cada dos horas y dejaban el vehículo estacionado todo el día.

Los parchelonistas, que veían peligrar su trabajos de «buceadores a pulmón recoge perlas», se quejaron con ahínco al Apuyantamiento. De nuevo, los excelsos funcionarios repletos de buenas ideas crearon una nueva variación zonil.

Tercera orden del día. La zona Lila: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor bla bla bla- creará las zonas lilas cercanas a la costa. Estas zonas serán gratuitas para los faenadores a pulmón recoge perlas y en ellas se podrá estar un máximo de una hora. Los buceadores deberán probar sus respectivas aptitudes apnéusticas.

Las actitudes apnéusticas -la capacidad para para estar bajo el agua a pulmón libre- era comprobada por empleados del Apuyantamiento que recorrían las zonas costeras. Estos observaban los vehículos aparcados en las zonas lilas y esperaban a sus ocupantes. Cuando estos llegaban, les obligaban a aguantar la respiración dos minutos, tiempo pequeño para cualquier faenador recoge perlas... pero claro, la medida casi resultó de mortal uso para algunos aprovechados turistas. Muchos, viéndose en la tesitura de tener que aguantar la respiración, para evitar el multazo futuro, tornáronse lilas sus rostros cuando intentaron aguantar la respiración tanto tiempo. Un par fueron ingresados y uno casi pierde el oremus, volviéndose su rostro tan lila como las líneas pintadas en el suelo que daban nombre a esas zonas.

Los turistas pactaron con el Apuyantamiento la creación de párquines subterráneos; y al tratarse de turistas ya no hizo falta ninguna orden del día y se crearon ipso facto las estancias subsuelísticas necesarias que, a 12 perlas la hora, se habilitaron solo para los recién llegados a la localidad.

Y todos quedaron contentos: faenadores a pulmón recoge perlas, vecinos marítimos, parchelonistas en general y los bienvenidos turistas (que ya no debían superar la apnea, que para personas sin experimentación era un riesgo innecesario).


Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


3 comentarios :

  1. hola! que bueno el relato y cuantos colores, a saber si servirían realmente, gracias por compartir un mundo imaginario tan agradablemente! saludosbuhos.

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  2. esto tiene cierta parte de verdad en Madrid a pasado algo parecido jajaja

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  3. Original y delirante, como siempre. Puro talento imaginativo, UTLA.
    Saludos.

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