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domingo, 25 de febrero de 2024



Una palabra, 100000 años. Magma fundido, la primera gota de lluvia, la primera bomba de fusión.
16 palabras. Reinventar marcos narrativos en mentes finitas, ¿cómo puede lo minúsculo albergar la inmensidad? 
32 palabras. Pensamiento racional, tecnificación, Inteligencias Artificiales, ¿nos acercan exponencialmente a la hecatombe? 
64 palabras. Racionalizar el mal no es entenderlo, al antropoceno no se le debe combatir, se le debe entender, o sentir, o empatizar; derrotar a un violento con violencia es inútil, es lo mismo.
128 palabras. Hubo una vez una niña que enseñó a un anciano que si salvas la vida de una solo tortuga, eso es importante para esa tortuga. Un planeta. Una tortuga. 
256 palabras. Vacío. Tiempo y espacio. Más allá no podemos predecir... la ciencia ficción no llega a tanto, solo es humana. 
512 palabras. Entrar en la rueda del Shamsara, desentender binarismos, triadas, cuartetos, cinquetos, integrar la numerología con la palabrería del sentimiento y fundirse en ese inasible sentimiento universal que solo se puede captar desde la intuición. 
Casi 1000 palabras después y faltaron 24 hasta las doce, para la medianoche, para entender lo más importante... que es... la eclosión de nuevas narrativas sentimentales múltiples y únicas en esta paradoja unidisciplinar llamada vida.

Firmado por: un animal salvaje, una persona humana, un pleonasmo racional, un agente biológico, un agente geológico, un ser universal, nadie y todo, una desilusión y una alegría, y la única palabra que debería importar...

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia



domingo, 25 de febrero de 2018

«La ilustración, de Ignatius B.P., es una adaptación libre en estilo Pixel Art de la obra pictórica titulada: 'La última libertad Góstalla'»


Habíase un lugar, en el reino de La Góstalla...

Ubicado en la región sur de Sintildaria, un reino pequeño, conocido por todos como La Góstalla. Allí vivía un gallardo caballero, de la causa de las letras perdidas, llamado Jose Sinacento De León. Vestía una robusta armadura Qué de brillos plateados, blandía una pluma por lanza y se batía con denuedo contra los malvados caballeros de la orden de la Santa ERA, que invadían con constancia pedante su reino. Estos malvados aniquilaban campos enteros de palabros, locuciones Góstallas y arruinaban la vida a cuanta persona se cruzaban por su camino.

Jose cuidaba con esmero la pequeña población de Sólos; unas singulares bestias, mitad palabra, mitad águila, monstruosas bestias de tilde puntiaguda, plumaje oscuro y enormes alas, que vivían en el cerro de Graphia. Pese a la apariencia feroz que poseían, el caballero había conseguido entablar amistad y se acercaba sin temor a ellas.

Un día, los malvados caballero de ERA, acudieron en legión y masacraron a los pobres Sólos; rompiendo huevos y lanzando a las crías al abismo de Graphia. Los gritos desgarradores de los Sólos que consiguieron escapar retumbó por el valle de los alaridos durante días.

Cuando la noticia llegó a oídos de Jose Sinacento de León mandó disponer su silla de monta sobre su gran , una langosta alada de cobriza armadura natural. A la cabeza de su centenar de leales Gostallenses, todos ellos armados con armaduras Qué, emprendieron marcha hasta el gran castillo de ERA, en la gran montaña de Orto.

Al llegar a la gran montaña, un ejército de caballeros de ERA le esperaban armados con armaduras blancas como la cal. Los Sólos sobrevolaban el campo, sin intervenir, eran bestias que a pesar de su fiereza eran precavidas en cuanto al uso de la violencia.

Jose cercenó cuellos, cortó brazos, hundió su espada en centenares de torsos que aullaban del mortal dolor. Casi podía abrazar la victoria, pero... ¡Qué aciaga es la providencia! Cuando la batalla parecía ganada, declinada en favor de las fuerzas Góstallas, aparecieron al fondo del valle las tropas de Tocompa; enemigos de Jose sin acento de León, que gracias a ilegítimas argucias habían pactado con los caballeros de ERA un pacto común para acabar con él.

Las dos fuerzas descomunales rodearon a las fuerzas Góstallas. Desbordado por dos frentes rodearon al ejército de Jose, su estimado cayó ensartado por muchas lanzas que atravesaron su cuerpo; el caballero continuó la lucha, sin montura, rodeado por algunos fieles que aún guerreaban sin cuartel contra el enemigo.

Apenas quedaban Gostallenses en pie; en el cielo todavía volaban los Sólos, quienes compadecidos por la suerte del guerrero, iniciaron un vuelo raso para al fin aterrizar próximos a Jose; le sujetaron con picos y garras, rescatando a los pocos supervivientes de esta índole y... huyeron.

La victoria de los caballeros de ERA, unidos a los Tocompa, arrasó las pocas fuerzas defensivas que quedaban en el valle; dos días después las fuerzas invasoras tomaron el control de todo el reino de la Góstalla.

Las nuevas leyes excedían el termino draconiano con creces; el abuso del vencedor sin escrúpulos ni honra. Entre los muchos edictos obligaron a todos los habitantes, y a los nacidos de ese entonces en adelante, a tildar el nombre José en aquellos que quisieran utilizar el nombre del antiguo caballero.

De él... No se supo más; aunque, cuentan algunas leyendas, que este no murió a causa de las heridas, que aún continúa reuniendo tropas en secreto,  albergando la esperanza de acabar con los malvados ERA, aniquilar a los Tocompa y retomar, para las gentes de la Góstalla, el antiguo reino.

¡Quién sabe, solo los necios aguardan a la esperanza, pero... es tan bonito soñar!

Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 12 de noviembre de 2017

«La dirección general de tráfico recomienda no aparcar nunca tus sueños»
Anónimo inspiracional
Author photography: markus53




Habíase un lugar, llamado Parchelona.

En esa pequeña población, situada a orillas del mar, los habitantes se desplazaban en los quehaceres diarios con sus estimados automóviles. La mayoría de parchelonistas se dedicaban a la caza de ostras -con perla- en las inmediaciones marítimas. Inspiraban, recogían aire -con grandes aptitudes apnéusticas- y solo a pulmón se sumergían metros abajo en el embravecido mar.
Se daba una desagradable situación geográfica que impedía a la población de Parchelona crecer a lo ancho. Pues los antiguos fundadores, en su carente falta de visión futura, instalaron la ciudad en un valle rodeado de escarpadas montañas.
Los actuales arquitectos del Apuyantamiento, muy imaginativos ellos, decidieron elevar edificios cada vez más altos para invadir la verticalidad de los cielos y ganar de esa manera espacio habitable. Sin embargo, ese hecho desembocó en una falta de espacio terrenal para los pequeños parchelonistas que no podían aparcar sus vehículos en las calles.

Primera orden del día. La zona Azul: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor de la ciudad de Parchelona- creará las zonas azules de aparcamiento. Estas costarán 7 perlas -por uso- y se podrá depositar el vehículo un máximo de dos horas.

Aquellas zonas azules no eran más que pequeños rectángulos de dicho color pintados en el suelo, donde el parchelonista podía estacionar su vehículo, previo pago en perlas en máquinas habilitadas a tal efecto; y acto seguido recoger la emisión acreditativa, en un papelito blanco, que le autorizaba a aparcar durante el tiempo limitado establecido.

Los pequeños conciudadanos, aunque indignados al principio con el cobro por aparcar en sus calles, acogieron como justa la medida. De esa manera todos rotaban en el aparcar y nadie se quedaba sin faenar. No obstante, los vecinos más cercanos a la zona costera, vieron reducidas sus capacidades de aparcamiento; y sin prisa ni desencanto acudieron a quejarse con gran vehemencia al Apuyantamiento, repleto aquel de funcionarios bien pensantes, con gran imaginación colectiva y magnánima.

Segunda orden del día. La zona Verde: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor de la ciudad bla bla bla- creará las zonas verdes cercanas a la costa para favorecer en igual medida el aparcamiento a los vecinos; con el simbólico pago de 1 perla al mes en cesión vecinal.

De nuevo, durante un tiempo, algunos se molestaron; pero los parchelonistas, gente muy culta y tranquila, observaron de nuevo como justa la medida.

Un par de años después, la ciudad empezó a expandirse más y más a lo alto; y muchos turistas vinieron de allende los mares para reposar durante poco tiempo en la población que crecía sin parar. Y estos, los turistas, comenzaron a depositar sus vehículos -que también traían consigo- en las zonas azules. Sin embargo, debido a la picaresca turistil, estos pagaban cada dos horas y dejaban el vehículo estacionado todo el día.

Los parchelonistas, que veían peligrar su trabajos de «buceadores a pulmón recoge perlas», se quejaron con ahínco al Apuyantamiento. De nuevo, los excelsos funcionarios repletos de buenas ideas crearon una nueva variación zonil.

Tercera orden del día. La zona Lila: Por orden del excelso Apuyantamiento -órgano gestor bla bla bla- creará las zonas lilas cercanas a la costa. Estas zonas serán gratuitas para los faenadores a pulmón recoge perlas y en ellas se podrá estar un máximo de una hora. Los buceadores deberán probar sus respectivas aptitudes apnéusticas.

Las actitudes apnéusticas -la capacidad para para estar bajo el agua a pulmón libre- era comprobada por empleados del Apuyantamiento que recorrían las zonas costeras. Estos observaban los vehículos aparcados en las zonas lilas y esperaban a sus ocupantes. Cuando estos llegaban, les obligaban a aguantar la respiración dos minutos, tiempo pequeño para cualquier faenador recoge perlas... pero claro, la medida casi resultó de mortal uso para algunos aprovechados turistas. Muchos, viéndose en la tesitura de tener que aguantar la respiración, para evitar el multazo futuro, tornáronse lilas sus rostros cuando intentaron aguantar la respiración tanto tiempo. Un par fueron ingresados y uno casi pierde el oremus, volviéndose su rostro tan lila como las líneas pintadas en el suelo que daban nombre a esas zonas.

Los turistas pactaron con el Apuyantamiento la creación de párquines subterráneos; y al tratarse de turistas ya no hizo falta ninguna orden del día y se crearon ipso facto las estancias subsuelísticas necesarias que, a 12 perlas la hora, se habilitaron solo para los recién llegados a la localidad.

Y todos quedaron contentos: faenadores a pulmón recoge perlas, vecinos marítimos, parchelonistas en general y los bienvenidos turistas (que ya no debían superar la apnea, que para personas sin experimentación era un riesgo innecesario).


Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 22 de octubre de 2017

«¿Dónde estaría el mérito si los héroes nunca tuvieran miedo?»
Tartarín de Tarascón
(Alphonse Daudet)

Habíase un lugar llamado Saltarascón.

No había en esa población un muchacho que saltara más que Saltarín, brincaba de buena mañana, al despertar de la cama, desayunando, mientras iba de camino al colegio, y en vez de caminar como el resto de alumnos, saltaminaba; en la propia aula, sentado, no podía evitar realizar una magistral pirueta cuando la profesora no miraba. De vuelta a casa, nuevos saltos, mientras comía, veía el televisor, se esforzaba con los deberes, rezaba al Dios Salto que está allá arriba en los saltos cielos, e incluso durmiendo, sus eternos brincos lo acompañaban siempre.
—Saltarín —advirtió la profesora un día harta de tanto golpeteo a sus espaldas—. ¡Para de saltar!
—Yo salto.
Y dicho esto, se volvió a casa saltando tan alegre. Cuando llegó allí sus papas se enfadaron mucho por que se había saltado las clases
—¡Saltarín! —dijeron al unísono los papas—. De saltar deberás de parar.
—Yo salto.
Dicha la frase saltó desde el balcón con una gran voltereta, digna de la mejor acrobacia circense, y aterrizó en el suelo. Marchó con una gran sonrisa en el rostro saltando por prados, caminos y bosques.
«¡Auuuuh! ¡Auuuuh!» Sollozaba una pequeña zorra en el suelo, observando a su cría caída en un enorme pozo. «¿Nadie rescatará a mi hijito caído en ese pozo?
—Yo salto.
Tan rápido como dijo esto Saltarín se arrojó al agujero, que poseía más de diez metros de profundidad, agarró al pequeño zorrito entre sus manos y se eyectó hacia la superficie.
La loba lamió a su pequeño y acto seguido atacó con furia a Saltarín, que lleno de sorpresa, esquivó el intento de mordedura con un ágil salto hacia atrás.
—No te fíes, pequeño saltador, de nadie en el camino.
Dichas las palabras, la zorra pareció calmarse un poco, con sus dientes agarró del pescuezo a su pequeño y desapareció entre los arbustos de aquel entramañado bosque.
Saltarín creció, ya era un adulto, que continuaba saltando alegremente por doquier. Salvó a muchos seres en su camino, a una anciana con la casa en llamas, a un niño que cayó a un abismo pero pudo salvar la vida, gente involucrada en un accidente automovilístico que con sus botes consiguió sacar de sus vehículos antes de que explotaran. Más no se detenía en ningún lugar, pues recordaba con amargura las palabras de la zorra.
Saltarín creció cada día un poco más, sus saltos también aumentaban con cada nuevo estirón que su cuerpo daba. Un día saltó tan alto que rozó el sol con sus manos; y con ese leve gesto, sufrió terror, pues de haber empujado un poco más con la mano el astro rey, podría haberlo desviado de su trayectoria cósmica y haber apagado la única luz que recibía su mundo.
Recapacitó, y no quiso saltar tan alto, a menos que alguna circunstancia temporal lo requiriera.
Un día la viento, pues en aquel mundo, a diferencia del nuestro, el transparente elemento era femenino se le acercó en sus habituales paseos por las nubes.
—¿Quieres casarte conmigo, Saltarín? —susurró la viento.
—Yo salto.
Pareció que aquella respuesta, un tanto ambigua por parte de Saltarín -aunque realmente no era de tal ambigüedad y Saltarín conocía muy bien la intencionalidad detrás de ella aunque el resto de nosotros no podamos llegar a intuirla- molestó con gravedad a la dama, quién conjuró huracanes, tormentas, lluvias torrenciales y rayos contra Saltarín.
Desde aquel día, decidió que tampoco saltaría tan arriba, que con saltar por encima de las copas de los árboles sería suficiente diversión, también esperaba no atraer más desgracias, ni a seres tan extraños, ni elevados.
«Salta, Saaalta... saaalta sin parar; salta, saaalta... feliz por aquí... Salta, saaalta... en un salto sin fin». Un ser encapuchado cantaba una rimosa canción de verso blanco, vestía un hábito, que al igual que los versos eran de inmaculado blanco, y escondía el rostro detrás de aquella vestimenta.
Saltarín había envejecido mucho en los últimos tiempos, y aunque sus saltos seguían siendo fabulosos como antaño, ya no poseían la mágica ilusión de cuando crío, quizá fuera por falta de empatía hacia los otros seres, que parecían envidiosos con sus piruetas o quizá fuera solo cosa de él, pues nunca acabó de integrarse del todo entre ellos.
Fuera como fuese, el ser de blanca vestimenta, que además portaba una guadaña y una hoz en las manos, se le acercó a Saltarín con una gran sonrisa en el rostro.
—¡Capo, qué bárbaro, Saltarín! Agarrá mi mano, ayudame a saltá.
—Yo salto.
Y Saltarín se alejó tan alto como pudo de aquel ser que le tendía las manos repletas de armas afiladas, pues en aquel momento intuyó que nada bueno depararía de ayudarle en nada. El ser blanco mostró una sonrisa aún más amplia y comenzó a perseguir a Saltarín por todos los lugares, y él, salta que te saltaras, cada vez saltaba más alto para evitar el contacto con aquel empedernido ser de blanca vestimentas y manos repletas de armas blancas, hasta que...
Un día salto tan alto, tan alto, tan alto, tan altísimamente alto... que escapó del control de la gravedad de su planeta, y flotó en el espacio, siendo engullido por él y viajando en la noche sin fin por todo el universo hasta el próximo salto cuántico.
—Yo salto.

Y Saltarín salteado este cuento ya se ha saltado.

Esto es verdad, y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 6 de noviembre de 2016

«Michifuz es una deformación fonética de "Micifuf", el nombre del gato protagonista de "La gatomaquia", un relato en verso escrito por Lope de Vega en 1633»
UTLA

Habíase un lugar llamado inferno,

—Michifuz —gritaba encolerizado el pobre diablo—, ¿dónde está mi leche?

A aquel pobre diablo le encantaba tomarse un gran vaso de leche antes de acometer las fechorías nocturnas. Pero la tina donde reposaba el blanco líquido se encontraba vacía, en el suelo, unas huellas de gato que se alejaban, delataban la autoría del robo. Michifuz ronroneaba tranquilo en una esquina, lamiéndose la pata con su lengua aún blancuzca.

—¿Y mi atún? ¿Dónde está mi atún? —La cólera del diablo iba en aumento. En aquel momento de máxima ira, su nombre, el conocido por los hombres, fue invocado a través de un ritual pagano—. Malditos humanos, no le dejan a uno ni desayunar.

El diablo se encaminó a su habitación, se roció Infernel número 5, se puso la impresionante capa negra y se dirigió rápidamente a la sala de invocación, su nombre continuaba resonando a través de los canales infernales «Ya voy. Ya voy», pensaba enfadado. Justo cuando iba a colocarse en medio del pentagrama, y realizar el demoníaco chasquido de dedos, apareció Michifuz ronroneando entre sus pies. Esto le hizo trastabillar de espaldas, perdió el equilibrio, y comenzó a caer, mientras sus posaderas se iban acercando al suelo, chascó los dedos...

El diablo apareció caído de culo en una sala repleta de hombres encapuchados. Michifuz se escabulló sigilosamente entre sus piernas, pues a diferencia de su amo, él no estaba sujeto al pentagrama pintado en el suelo. Los hombres reunidos dejaron de cantar la canción pagana. La entrada tan peculiar del señor del mal... les había dejado, perplejos.

—¡Oh, señor Oscuro! —carraspeó el encapuchado que parecía ser el líder de aquel conglomerado de satánicos. El diablo aprovechó y se puso de pie, adquiriendo un porte más digno de su nombre—. ¡Te ofrecemos a esta mujer virgen para que nos colmes de tu arcano poder!

El diablo observó con detenimiento a una chica atada en un altar negro. Esta lo observaba enfadada y una mordaza en su boca le impedía hablar. El diablo consultó los canales demoníacos, y en seguida reconoció a aquella muchacha. Era la hija del conde Rego, Lucilda, y por lo que sabía el demonio, la chica era tan virgen como frío era el infierno. El diablo se disponía a reclamar una mercancía más pura, cuando de repente, una turba de caballeros de armadura plateada, entró apresuradamente en la sala.

—¡Deteneos bellacos! La orden de nuestro señor del júbilo eterno no permitirá tamaña tropelía.
—Rápido señor —insistió un soldado—, tienen a la virginal Lucilda, tal como nos temíamos.
—¡Oh cielos! Y han invocado a un diablo. Lucilda, mi amor, no desesperes.

El diablo observaba toda la escena perplejo. Aquella situación no poseía ningún buen augurio. Él solo quería volver a casa, pero una vez invocado solo podía salir de allí bajo una serie de circunstancias, a saber: la entrega de la virgen, una desinvocación, o qué el pentagrama se desdibujara, esas eran algunas de las opciones más halagüeñas...

Los encapuchados extrajeron las espadas de sus cintos. Los caballeros se acercaron a ellos con denuedo.
—¡Por san Jorge!
—¡Por satanás!

Aquello se convirtió en una lucha encarnizada entre hermanos de una fe contra los de otra.

—Mortal —dijo el diablo en dirección al líder de la secta demoníaca—, entrégame a la muchacha o libérame.

El líder invocador asintió, pero justo en aquel momento, una flecha le atravesó la cabezota, después de eso, su cuerpo cayó pesado al suelo.

«Me cago en Lucifer», pensó el diablo, que tan solo quería volver a casa.

La lucha estuvo desequilibrada, los caballeros mejor armados y entrenados dieron buena cuenta de los encapuchados.

—Mi señor, ¿qué hacemos con el diablo? Esta ahí en medio.
—¡Presto! Traed al exorcista.

El diablo observaba la escena con postura digna, pero la preocupación le carcomía por dentro. Aquello no pintaba nada bien. Lo más gracioso de todo es que él sabía que el exorcista y Lucilda habían sido amantes, si el caballero de armadura plateada le hubiera preguntado se lo hubiera dicho. Pero... claro, ¿cómo iba a cruzar una sola palabra con él?

A todas estas, Michifuz ya había vuelto de sus aventuras. Había recorrido los alrededores de aquel templo abandonado, retozado con una gatita del lugar y tomado prestado un pastel de atún de una granja cercana. En medio de la algarabía nadie se percató de aquella pequeña sombra peluda que se escabullía entre los pies del diablo. Con su áspera lengua de minino comenzó a lamer el pentagrama del suelo pintado en tiza. El diablo observaba esperanzado las evoluciones del minino, pero le llevaría tiempo a Michifuz limpiar todo el suelo de tiza...

—Escuchad, joven caballero —dijo el diablo para atraer la atención sobre él—. Lucilda es...
—No os pertenece, señor oscuro. Es mi amada.
—No, no es eso. Es otra cosa, ella y el exorcista...
—No sigáis con vuestra ponzoña. En cuanto llegue el santo prelado vuestra existencia habrá acabado.

El exorcista poseía poco de santo prelado, según recogían los canales demoníacos. Pero el sordo caballero nunca le creería, los tontos de buenas intenciones nunca escuchan a los seres malvados, aunque estos digan la verdad. Poco importaba, lametazo tras lametazo Michifuz había ido borrando la tiza que daba forma al pentagrama. El suelo estaba limpio. El diablo podía escapar.

Todo sucedió muy rápido. El exorcista recién entraba en la sala, el caballero lo miró con orgullo, el recién llegado, por su parte, solo poseía ojos para Lucilda, la cual observaba coqueta a un apuesto soldado que le estaba cortando sus ataduras.

—Adiós, pobres mortales. Sabed que tenéis mi rencor eterno, y a algunos de vosotros os esperaré paciente en el infierno, vuestro futuro hogar.

Y entonces chascó los dedos. Los presentes se quedaron en su vulgar plano mortal y el diablo, con el enroscado Michifuz en su pierna, volvieron al hogar infernal.

../..

Era de día en el inferno, momento para irse a acostar después de aquella desastrosa noche de duro trabajo. El diablo cansado fue a la cocina a buscar un poco de pescado, pues era vegetariano, pero su sorpresa fue mayúscula. El pescado tampoco estaba. Ya sin ganas de enfadarse se preparó un pequeño batido de azufre con nueces y se sentó en un cómodo trono de pinchos y púas. En aquel momento Michifuz saltó a su regazo, comenzó a ronronear y se quedó dormido en sus piernas.

—Y ahora, ¿cómo me voy a dormir? ¡Gato del diablo! —dijo aquel pobre ser demoníaco, mientras acariciaba el pelaje de Michifuz, quien ronroneaba feliz soñando con cataratas de peces, pasteles de atún y el dominio total de la estúpida raza humana.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 30 de octubre de 2016

«Una fábula, 
de la valiente doña Úrsula, 
el pajarraco mala escritura 
y su caída».
UTLA

Habíase un lugar,

muy lejano llamado Era, un pueblo donde había una mala escritura planeando por sus campos literaros. De tanto en cuanto, dicha ave soltaba su fatídico excremento, arruinando así las cosechas de aquellos buenos seres.

—¿Alguien ha visto a ese pajarraco? —bramó indignada doña Úrsula.

Nadie supo contestar. Nadie había visto a la ceniza ave desde hacía días. Y se aliviaban pensando que no volvería.

—¡Ay, cuando caiga entre mis manos! —Y juntando sus manos, puño sobre puño, doña Úrsula imitó el gesto de romper cuellos.

Y eso que un día, reapareció la temida ave...

Era estaba terible, padecía que un hudacan se hubiera pazado por aquelloz canpos literraros, la tiera negra, sucia, naide queria acerse cargo de la situacion; no asta que, dona ursula, baliente como pocas, apagueción con su ezcopeta. Pum, pum, pum...

Sonaron tres estruendosos disparos, y el ave cayó muerta al suelo.
Gracias a la hazaña de doña Úrsula, todos volvieron a sonreír y a plantar buenas cosechas en los campos literaros.

Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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