Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 5 de agosto de 2019

Urbanidad antenada

«El inútil apremio de la hormiga atareada,
y al fin de tanto esfuerzo, de tanto afán prolijo [...]
La tristeza, el trabajo y el amor para nada» 

La salida del túnel mostraba la luz del día, ella, una más en la masa amorfa de hermanas invertebradas, no tenía nombre, las antenas seguían el olor depositado en la tierra por las hermanas-exploradoras, y, tras el rastro de feromonas, partían en pos del alimento.
Confiaba en que el oloroso cordón invisible la llevara al destino. Subió un terraplén, delante de ella una hermana seguía a otra, que seguía a otra, así en una interminable hilera, y, detrás de ella, en idéntica situación, la misma interminable sucesión de hermanas.
Pasado el terraplén, torció a la derecha, las raíces de un gigantesco pino le trajeron una evocación al vislumbrar un agujero oscuro y afianzado en torno a las raíces, rodeado de una tela viscosa, en él reposaban patas, antenas y cabezas; el lugar de una batalla, el mismo árbol donde mataron, tiempo atrás, a una araña rojiblanca, la exreina de ese dominio; lo blanco y lo rojo es enemigo de lo negro, ellas eran de ese último color, negro, seis patas peludas negras, antenas negras, dermis de igual pigmentación adornada con una cintura fina; la naturaleza no las moldeó fuertes contra los enemigos, pero afortunadamente las hizo numerosas. La batalla contra la colosal reina araña, desmedida, decenas de hermanas muertas, despedazadas por abdomen, antenas, cuellos o, las más afortunadas, alguna pata. Los miembros oscuros se resecaban al sol en el campo de batalla, y, a pesar de las numerosas perdidas, mataron a la enemiga. La colonia sobrevivía.
De vuelta con la comida, asida entre las pinzas de la boca, la depósito en el habitáculo recién excavado por las hermanas-constructoras, debajo del habitáculo de los hongos cultivado por las hermanas-granjeras. Nuevos habitáculos se abrían cada día, de regreso, pasó por la estancia de las pupas, capullos traslúcidos con las nuevas crías. Las antenas le transmitieron las condiciones óptimas del entorno, calor y humedad apropiados, una tarea de la que se encargaban las hermanas-parteras, sabía de su nombre y condición por otras, pero de esas hermanas y de la Reina solo las conocía por rumores antenados, transmitidos en los minúsculos asuetos en torno al agua depositada en alguna hoja, el único descanso diario. Gracias a los rumores conocía a las escogidas hermanas-guardianas de la entrada a la cámara real. Se escogían entre las hermanas de pinzas más grandes, armazón más resistente y antenas cortas, tras ellas la Reina, y a su espalda, los capullos resguardados del frío, lejos del alcance de los enemigos, defendido por la laberíntica red de túneles y las propias hermanas-guardianas. Así, en perfecta armonía, la colonia sobrevivía.
El tiempo del frío se adelantaría, lo notaba en sus antenas con una intuitiva percepción, un cambio asociado a los olores del fin de la época caliente. La comunidad no soportaría el tiempo frío si no recolectaban comida, más comida, cantidades ingentes de alimento y la colonia sobrevivía.
¿Qué importa la individualidad si la colectividad supervive?
Revivió con dolor, le vino a la memoria esa línea de feromonas infinita que era su vida de hermana-obrera. Las hermanas-granjeras con sus hongos, ella misma, una hermana-obrera portadora del sustento vital, las hermanas-constructoras que erigían precisos pasadizos y habitáculos, la Reina con su cohorte de impresionantes defensoras, los capullos la esperanza y la nueva vida.
¿Qué importa una misma si viven otras más?
El fugaz pensamiento, anclado en un dolor profundo, un dolor que se intensificaba, le evocaba a la familia. Y sintió una última punzada mientras el escarabajo negro le oprimía más y más el cráneo, revolvía frenética e indefensa patas y cuerpo, ella a su vez atenazaba inseparable la antena del enemigo, aunque la partiera por la mitad no la soltaría, troncaría aquella antena enemiga con su propia vida. Las otras hermanas atacaban en igual frenesí; cayó descoyuntada al suelo, percibía los últimos movimientos a su alrededor, desde las puertas del túnel de salida olió los lejanos puntos luminosos anclados en la infinita oscuridad, su fugaz leitmotiv estuvo a punto de completarse en una última evocación: «La colonia...».

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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