Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 13 de octubre de 2019

Necroresueñas y Esquelarios. Parte IV: Cementerio de Montjuic

«¿Es posible que a pesar de las invenciones y progresos, a pesar de la cultura, la religión y el conocimiento del universo, se haya permanecido en la superficie de la vida?»
Rainer Maria Riker


Parte IV

Día: 24 de julio de 2019
Origen: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Destino: Tumba de Joan Vinyoli
Locomoción: Humana

La tumba de Vinyoli resultó más difícil de encontrar que la de su predecesor, se escondía tras una variada argamasa floral. Las flores mortuorias mezclaban ramos de rosas plásticas con sus homónimas orgánicas, descoloridas las primeras y marchitas las otras, ambas igual de ennegrecidas con la acumulación de polvo y polución, maltratadas por la lluvia y el viento, y, sobre todo, por el inclemente paso del tiempo que, sin mantenimiento por parte de nadie, había empobrecido el exterior de la lápida del poeta. Detrás de ese vetusto elenco floral se escondía el poeta catalán Joan Vinyoli. En la inmediatez de nuestra primera visión no leímos las letras esculpidas en la piedra, tapada por la anterior selva floral comentada, sino que fue el letrero informativo, bajo la tumba, el único y claro guía de lo visitado. Al fijarnos con más atención descubrimos una discordancia entre lápida y panel informativo: Viñoly en la lápida y Vinyoli en el cartelito informativo. La insana costumbre de traducir nombres y apellidos había llegado hasta el cementerio. Mi propio apellido, Bonavida, lo he visto cambiado infinidad de veces, tal que, Buenavida, Bunavida, Vonavida e incluso, y no sé si pensar si a modo de sorna por la afable transliteralidad británica, como Goodlife [¿?].
En todo caso, además del transformable apellido del poeta, se ocultaba una críptica frase que, entre tanto ramaje marchito y ennegrecido, a medias se descifraba:

«Propiedad [xxx]nera de Dª María Ramis de Viñoly.».*
*Las flores nos impedían la lectura de las letras ocultas tras las [xxx]
y, en aquel momento, no se nos ocurrió apartarlas
.

De nuevo un mar de dudas me asaltó, Doña María Ramis de Viñoly, ¿con eñe?, ¿castellanizaron su apellido catalán o catalanizaron su apellido castellano? Al parecer, no solo mis amigos británicos se reían con esa clase de desmanes traductivos.
Dejando de lado el risible misterio de la traducción, no cabía duda de que Doña María era familiar de Joan, pero ¿quién sería? ¿Su esposa? La tumba, minúscula, igual que la de mi abuela enterrada en este mismo cementerio, no posee la grandeza de otras y lo único que marca su notable diferencia respecto al de otros compatriotas sepultados es el cartelito informativo anclado a pie de lápida. Nota mental, «ya lo buscaré en casa», y eso es lo que hice.

[Futuro: Wikipedia y una taza de té]

El diccionario libre de internet me arroja una página web con la información de la cónyuge de Joan Vinyoli, Teresa Sastre, una mujer muy guapa, como atestigua una foto de ambos estirados en la arena, según reza el subtítulo, en la localidad de Begur. Si Teresa era la cónyuge de Joan Vinyoli, queda descartado que fuera la misteriosa mujer inscrita en la tumba: Doña María Ramis. Quizá, ¿Doña María fue la madre de Joan? Continúo la investigación y mantengo una frenética búsqueda durante quince minutos, pero no consigo encontrar nada del árbol genealógico del poeta. En estos tiempos, de insanas prisas promovidas por la fácil accesibilidad a la información, buscar algo durante más de un cuarto de hora se considera un dispendio de tiempo. Soy un buen hijo de mi época y me adhiero al canon de esas prisas, la falta de respuestas inmediatas me molesta y las súplicas a San Google, traducidas en términos de búsqueda (conjunto de palabras) tecleados en la caja rectangular de San Google, no conmueven al santo. ¿Será mentira que toda información esté en internet? ¿O será que este pecador informático se lo está rezando/tecleando mal?
Al poco, en una página web encuentro más información. El padre de Joan Vinyoli murió cuando él tenía cinco años y la familia quedó desprotegida económicamente. En la misma web se menciona a la madre y a la hermana. A una de las dos la nombran Carmen, pero la redacción del artículo es ambigua y no sé si el nombre hace referencia a la progenitora o a la hermana. Estoy un poco cansado y hago caso a la vocecilla que me susurra ir a dormir, la elección me ayuda a finiquitar por ese día la búsqueda, pero una pregunta se me ancla en mi ser(gio): ¿Me estaré volviendo un periodista de la prensa rosa?, o mejor aún, ¿un necroperiodista de la prensa negra del necrocorazón? En todo caso, da igual, es tarde y hay que descansar. No me lo tenga en cuenta señor Vinyoli, pero hoy ya no me importa, sus misterios quedarán en mi cajón de sastre para otro día.

P.D.: Tres días después, con el ánimo recobrado, releyendo y reescribiendo esta necroresueña, me emperro en encontrar quien es la misteriosa Doña María Ramis. Encuentro una fotografía del joven poeta acompañado con su hermana y su madre, pero sigue sin mencionarse el nombre de la viuda cabeza de familia. Lo que sí descubro en esta nueva web y sin ninguna clase de ambigüedad, es que Carmen alude al nombre de la hermana. Leo parte de la biografía de la hermana que, por extensión no reescribiré aquí, pero me emociono al leer la cercanía de ella al arte, estudió piano y danza. También me emociona la fraternal complicidad que destilaban los dos hermanos. Aprovecho para citar parte de un verso que le regaló Joan a su hermana, con quien, aparte del lazo fraternal, la unía ese amor especial por el arte y la cultura:


«Tot és metamorfosi [...] potser. [...]

Brindem ara, germana [...] sense plorar ni riure. [...]

Per molts anys».

(«Todo es metamorfosis [...] puede ser [...]

Brindemos ahora, hermana [...] sin llorar ni reír [...]

Por muchos años»).


Ha pasado una hora desde mi infructuosa búsqueda, no es que sesenta minutos sean mucho tiempo, pero la insana rapidez de nuestro tiempo me ahoga; a pesar de ello, soy un cabezón y persisto. Me cuesta admitir que, en algún recoveco oculto de internet, no se encuentre la información que, por simple voluntad, deseo encontrar. Me molesta admitir la derrota —de hecho, si me sincero conmigo mismo, no la admito—, y por eso continúo delante del ordenador. Pasados veinte minutos más, y cuando estoy a punto de darme por vencido —es mentira, hubiera vuelto y vuelto y vuelto a esa búsqueda con denuedo—, encuentro al fin el premio. El santo grial Vinyoli aparece ante mí reconvertido en una página en formato PDF donde, con un excelente trazo y dibujado a mano, se detalla al completo el árbol familiar Vinyoli. Descubro con asombro que tuvo otra hermana, María, que murió a los dos años. El nombre de su padre, médico, idéntico al suyo y, por fin, la madre, con nombre y apellidos, aparece ante mí: Emília Pladevall Maseras, pero ¡no es la persona que está enterrada con él! Sigue sin ser la propietaria de la tumba, no hay preocupación alguna, el árbol genealógico contiene toda la información, solo tengo que seguir de forma ascendente la línea paterna y, ahora sí, aparece Doña María Ramis Farrè y el misterio queda resuelto. Es la abuela paterna de Joan. La cabezonería obtiene sus frutos y mi curiosidad queda más que satisfecha, para que luego digan que los latinajos no sirven: «Cabezono, ergo sum».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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