Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 20 de octubre de 2019

Necroresueñas y Esquelarios. Parte V: Cementerio de Montjuic


«El amor es un indiano que va y vuelve, que va rico y vuelve pobre».

Parte V

Día: 24 de julio de 2019
Origen: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Destino: Tumba de José F. Fonrodona
Locomoción: Humana

Según indica la oficialidad, José F. Fonrodona, fue la primera persona enterrada en el cementerio de Montjuic. Sobre este hecho, Montse y yo, especulamos bastante la noche anterior. La curiosidad de ambos nos separó, ella se atrincheró en su mesita de escritora, lacada en blanco, último modelo IKEA, delante de su portátil; yo me planté delante de mi obsoleto ordenador de sobremesa con un escritorio igual de antediluviano a juego y del que se desconoce su año de fabricación, pues las pruebas de los historiadores con carbono catorce arrojan resultados dispares. Separados, pero unidos por el mismo afán, nos zambullimos en el virtual mundo de información que representa El Internet a recabar información sobre aquel punto: el primer hombre enterrado en Montjuic. Saciada la búsqueda, con la prontitud que exige el Dios Internet de nuestros tiempos, nos juntamos al poco en la sala de guerra, también denominado por lo común, el comedor y sentados cómodamente en el sofá, intercambiamos los apuntes. Releímos acerca del emplazamiento de la montaña, antaño conocida como cementerio nuevo o cementerio del sudoeste. Acogió siglos atrás otros espacios de eterno reposo: un cementerio exclusivo para judíos, pueblos de la edad media, romanos e íberos. Un patrimonio mestizo en raza y tiempo, por lo que la atribución de primer enterrado se me antoja un poco extraña, aunque tampoco quiero quitarle ese mérito al señor Fonrodona y si es eso lo que pone en su tumba dejemos a las palabras esculpidas en el mármol hablar por sí solas.

Antes de abordar la búsqueda de esta tumba, me apeteció fotografiar a Montse en un panteón contiguo y así se lo pregunté. Se alegró y, con semblante halagado por la pregunta, accedió a ello. Con elegancia se sentó en los escalones del panteón, la faldita corta dejaba entrever las piernas y la camiseta negra, ajustada, marcaba sus preciosas formas, para la fotografía se subió coqueta las gafas de sol y me miró fijamente, con esa mirada que solo ella sabe dirigirme. La casita de muertos detrás de ella, bastante grande, de entre unos 6 y 10 metros de alto, parecía un pórtico a otro mundo. En la cúspide se leía los apellidos de los moradores, Familia Julio Barbey. Un arco atravesaba de parte a parte la rectangular edificación y en medio pendía una antigua luminaria forjada en hierro. A los lados dos columnas, creo que de capiteles góticos, aunque escribo de memoria (le preguntaré a Montse) e incrustado en el muro, entre las dos columnas, los años de nacimiento, fallecimiento y nombres de los enterrados.

Acabada la tanda de fotografías, buscamos al señor Fonrodona. Él nos esperaba tranquilo en el interior de su tumba, a salvo del tórrido día. Solo a nosotros dos se nos ocurría montar un viaje fotográfico al cementerio en pleno mes de julio, estamos un poco locos, aunque sé que ese término, locos, no le acaba de convencer a Montse; yo pienso que sí, que el término nos viste con exactitud tal túnica romana, creo que, como dijo en una entrevista Ana María Matute, «los escritores estamos más para allí que para aquí». En todo caso, a pesar de no encontrarnos en la misma onda etimológica, soy afortunado de haber encontrado a una persona tan necroentusiasta como yo.

Montse y yo nos acercamos, a leer las letras en el mármol blanco, bastante limpio si lo comparamos con otras tumbas. Me fijé en el único ornamento adicional, una rosa de plástico que campaba muy lozana en medio del epitafio. El mármol blanco detrás de la flor más bien parecía una puerta que una tumba y contenía bastantes palabras. Ambos, ávidos lectores, leímos lo siguiente:

«Aquí descansan los restos mortales
de
D. José F. Fonrodona y Vila
Vecino de Matanzas (Ysla de Cuba)
Falleció el 16 de marzo de 1883,
y su cadáver fue el primero que recibió
sepultura en este cementerio
en 19 marzo de 1883».

«¿Ysla?» y nos miramos un tanto extrañados ante el posible fallo ortográfico. ¿O quizá era un término obsoleto en el lejano 1880?

Extasiado en el vocablo no me di cuenta de como, Montse alias Pigeon Kid, la pistolera más rápida al oeste del Pecos, extraía su libretita negra del bolso y anotaba algo rápidamente en ella, aunque mis reflejos fueron lentos en aquella ocasión, también anoté la duda en mi móvil y aproveché para tomar dos fotografías, una con la cámara y otra con el propio móvil, esta última la guardaría como dato adjunto en el apunte de aquella tumba que tenía abierto en el aplicativo Evernote.
(*momento publicitario*: Evernote, dicho sea de paso, excelente herramienta para escribir y organizar notas sin la que no podría pasar).


[Futuro: Será necesario una indagación posterior]

«Para los avezados lectores, eternos quisquillosos ante las faltas ortográficas, indicaré que la primera letra que conforma la palabra Ysla de Cuba, escrita con esa extraña i griega, no posee fallo alguno. En mapas del siglo XVIII y XIX, la por todos conocida isla de cuba, se encontraba así escrita: Ysla. Aclarado el pequeño misterio de la errática letra nos queda buscar más datos acerca del primer hombre enterrado en el cementerio. Don José F. Fonrodona y Vila, un indiano* lanzado a la aventura de las américas fue vecino de la población de Matanzas (Cuba). En esta ocasión El Internet se muestra clemente y me proporciona la información al primer clic. Por suerte, a diferencia del anterior poeta, descargo en un comodísimo PDF, escrito por su bisnieto, Rafael Soler i Fonrodona, una prolija biografía de 23 páginas dónde se explica la vida de Jaume Fonrodona, hermano de José Fonrodona. Aunque el estudio biográfico se centra en la vida del otro hermano, los engarces familiares entre ambos arrojan mucha información sobre la vida del primer enterrado en Montjuic.

*Me gustaría aclarar, llegado aquí, el término indiano. La palabra se refiere a la denominación del emigrante español en América que, por lo general, retornaba rico a España después de su aventura económica tras cruzar y regresar de las indias occidentales. El término se fijó como un tópico en el siglo de Oro de las letras españolas y se utilizaba en tono de admiración o de manera peyorativa según el interlocutor que se refiriese a tales individuos. La dualidad del término se circunscribía a dos hechos distintos, por uno vemos al héroe en su acto valiente de abandonar familia y cruzar el peligroso océano Atlántico para buscar fortuna a miles de kilómetros de su tierra, aunque en el anverso se esconde el villano, el indiano de hilo negro, que para enriquecerse traficaba con esclavos, una transacción legal en la época pero repudiada moralmente.

Al leer la biografía escrita por el bisnieto, un dato interesante se recoge en ella, el estudio aporta que el primer censado con un apellido similar es el hijo de un tal Antoni Fontrodona en 1541 en la zona de Mataró. He querido rescatar este detalle porque si nos fijamos en la tumba del primer hombre enterrado en Montjuic, Don José F. Fonrodona y Vila, no existe el carácter te: Fonrodona vs Fontrodona. Un claro ejemplo de como los apellidos mutan con el paso del tiempo debido a fallos en las transcripciones registrales, modificaciones intencionadas con algún fin legal o nobiliario, etc. En todo caso es interesante observar como el linaje de una familia, igual que el de una isla, varía su identidad por el simple hecho de variar una letra.

Sobre José F. Fonrodona y Vila no queda mucho más que decir. Después de haber leído tanto sobre la zona y las distintas necrópolis, para muchos será discutible que sea el primer enterrado y ese pensamiento se mantendrá según la susceptibilidad y desconfianza de cada uno y, a pesar de las reticencias, o no, que cada uno pueda tener, el dato histórico es que, el señor José F. Fonrodona, guarda con celo el honor de ser el primer enterrado según la oficialidad del momento actual.

P.D.: Es curioso que el número visible en la parte superior de la tumba del primer hombre enterrado sea el 14. ¿Quiénes son los decimoterceros anteriores?» Y la cuestión arroja una nueva nota mental.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


2 comentarios :

  1. Sigue siendo fantastico... Saludosbuhos.

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  2. Que historia de investigacion más currada. Me ha gustado, de verás. Felicidades para los dos. Montse y Sergio. Por descubrir este cadáver en el cementerio de Montjuïc.

    Un abrazo y seguir así amigos.

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