martes, 7 de enero de 2020

«Dentro de algunos siglos, la historia de esto que llamamos la actividad científica del progreso, será para las generaciones venideras un motivo de gran hilaridad y de conmiseración»

—¿Hola? —dijo ella con un hilillo de voz sin apenas mover los labios.
El pequeño ser levantó la mano derecha, puso recta la alargada falange y la unió con el dedo pulgar, reposó el conjunto en la frente, justo debajo del blanco sombrero y en un fugaz movimiento separó la mano elevándola al aire.
«Hola».
Ella se quedó mirándolo de manera interrogativa ante la estudiada gestualidad, se encogió de hombros, pero el encogimiento, reproducido de manera inconsciente, le avivó el molesto escozor en las heridas de esa zona y de la espalda. El ser bajito repitió, en un nuevo intento, el gesto de mano, como queriendo dar a entender algo, una coreografía que ella seguía sin entender. Negó con la cabeza.
«Vosotros me entendéis, pero ella no. Probaré con otra cosa».
Cruzó las dos manos en equis sobre el pecho, «Espera», y salió de la habitación sin cerrar la puerta. Estaba tan cansada que ni se preocupó en descifrar el tiempo que el enanito había pasado fuera; para cuando él volvió, llevaba un bloc de folios enormes en la mano y un lápiz negro engarfiado en la palma. Una vez más se acercó al cabecero de la cama y, desde una posición que ella no tuviera que girar mucho el cuello, acercó el lápiz al folio y escribió con un trazo bastante tembloroso:
«Hola. ¿Cómo estás?».
Se podían comunicar. Que felicidad le entró aun estando tan dolorida en la cama.
—Bien. Estoy bien.
«Estupendo. ¿Cómo te llamas?».
No supo que responder ante esa pregunta, y al desviar la mirada pensativa, miró sus ropas encima de la silla y recordó su desnudez, le entró un ataque de risa inesperado y supuso que había sido aquel hombrecito quien la había desnudado, quien la había curado y quien la había metido en la cama. El rubor en las mejillas le encendió el rostro y por toda respuesta dijo:
—Ji, ji, ji. ¡Ais! —El risueño ataque se le entrecortaba por culpa del escozor producido por su piel entremezclado, y ahora aumentado, con un dolor en las heridas provocado por el cimbreo de su cuerpo ante la risa—. Ji, ji, ji. ¡Ouch! Ji, ji, ji. ¡Aisch!
La espontánea hilaridad finalizó tan rápido como había acabado. No supo qué responderle y así se quedaron un rato, ella mirando al rostro sin ojos y el ser bajito, con la cabeza inclinada, en idéntica réplica.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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