Erna Ura Rago no se distraía con espadas de madera ni bolas de piedra como hacían otros niños de su corta edad. Desde muy pequeño prefería el frío tacto del acero. En más de una ocasión, aprovechando la distracción de su padre, hurtaba el cuchillo de la yurta familiar y perseguía hurones de la estepa hasta darles caza. Se agazapaba, esperaba con la infinita paciencia del cazador, y cuando los veía aparecer de sus madrigueras se abalanzaba rápidamente sobre ellos y los degollaba.
A la tierna edad de ocho años ya dominaba el arte del yatagán, el mortífero sable de doble curvatura, además poseía una innata puntería con el tiro con arco.
A la edad de diez poseía una corpulencia propia de un hombre del doble de su edad. El manejo completo del yatagán, del arco y del cuchillo mongol era de sobras conocido en toda la aldea.
Y el tiempo pasó...
Las tribus del Norte eran simples rebaños de pastores. Estúpidos campesinos que debían pagar tributo a la fuerte aldea de Era. Dos exploradores marcharon como cada estación de recolecta a reclamar el tributo, a los pocos días sólo volvió el caballo de uno de aquellos guerreros, aquel caballo solitario portaba atadas en sendas bolsas las cabezas de los guerreros.
El Kan de la tribu reunió a todos los guerreros, aquel ultraje no debía soportarse, la debilidad era mal vista por la sociedad mongol. Unos guerreros muertos por un hatajo de sucios campesinos. Si aquella noticia llegaba a oídos de las otras tribus podrían tener problemas. Los guerreros marcharon y la solicitud del joven Erna de incorporarse a las filas de guerreros fue nuevamente rechazada.
“Aún eres joven para marchar a la guerra”.
Otros jóvenes, en su misma situación, también quedaron guardando a las mujeres y a los ancianos. Los guerreros marcharon de la aldea.
Aquella noche Erna salió encolerizado de su yurta. No podía dormir a causa de su rabia interior. Andaba huraño por la linde del bosque y entonces escuchó ruidos atípicos. Su enfado se desvaneció por completo. Sigilosamente se agachó para acercarse lo más silenciosamente a la fuente de aquel extraño murmullo. En medio del bosque, a poca distancia de la aldea, un grupo de hombres se encontraba estacionado. Portaban rudimentarias espadas al cinto y dos carros. Reconoció rápidamente la estructura de los carros como las típicas de los campesinos del norte.
Entonces Erna comprendió. Todo era una trampa bien urdida desde hace tiempo. Sin los guerreros en el poblado los campesinos iban a atacarlos por sorpresa.
Erna se arrastró sigilosamente de vuelta poblado, despertó a los jóvenes muchachos, tan sedientos de lucha como él mismo, y sin apenas disidencias todos acataron sus instrucciones...
Un ruido ensordecedor se acercaba desde el bosque. Los campesinos se acercaban al poblado como una turba gritona y mal adiestrada. Únicamente un necio se acerca chillando a su enemigo, aquellos cobardes chillidos, supuso Erna, serían para impedirles sentir el miedo.
Al llegar al poblado los campesinos comenzaron a incendiar las yurtas. En su afán incendiario cayeron tarde en el insólito hecho de no encontrar ninguna clase de resistencia. La aldea de guerreros mongoles parecía desierta. ¿Dónde estaban las mujeres y niños? Aquello les inquietó, destruyeron todo cuanto pudieron, y regresaron rápidamente al bosque con una mezcla de alegría y zozobra.
Una vez en el interior del boque sus temores colectivos se dispararon aún más. Un fuego amenazador se alzaba en medio de su campamento provisional. Los dos carros ardían y dos picas clavadas en tierra sostenían en lo alto las cabezas de los únicos vigilantes que habían dejado allí. Los campesinos contaban con una treintena de hombres. Erna tan solo con doce chiquillos.
Extraños silbidos empezaron a volar por el aire a su alrededor. Un hombre tras otro comenzó a caer. Flechas de muerte surgían certeras de las hojas de los árboles, aquella lluvia incesante diezmaba la cobarde comitiva de campesinos. Algunos arrancaron a correr bosque adentro. De la treintena tan sólo cuatro consiguieron escapar. Erna y un par de sus compañeros siguieron a los que huían mientras el resto diezmaba a los que aún quedaban en pie.
Finalmente les dieron alcance. Eran hombres que les doblaban en edad y fuerza. Pero no eran guerreros. Erna mató con su yatagán a dos de ellos. Con cuatro picas mandó empalar sus cráneos ensangrentados a la entrada del pueblo.
El poblado estaba a salvo. Se pintó la cara con la sangre de sus enemigos. Y esperó ayunando a la entrada del poblado.
Los guerreros volvieron un día después. Habían encontrado el poblado de campesinos vacío e intuyeron la velada amenaza.
Temiendo lo peor se encontraron con sorpresa al joven Erna a la entrada de la aldea. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Todo su cuerpo recubierto de sangre.
—Me he nombrado guerrero. Mataré a cualquiera que lo niegue.
Tan sólo el Kan del poblado podía nombrar guerreros en un asentamiento mongol. Aquel gesto podía interpretarse como un desafío a la autoridad, pero cierto es que eran aquellas circunstancias excepcionales.
El Kan desmontó lentamente de su caballo.
—Bárnabas —invocó el Kan el nombre del gigante que dio forma al mundo—. Ese será tu nuevo nombre.
Erna Ura Rago ya era un guerrero.
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Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia