sábado, 19 de diciembre de 2020





Este día, 19 de diciembre de 2020, cumplimos nuestro décimo aniversario. 

Nos hace mucha ilusión celebrar con vosotros un año más.

Pues a pesar de los malos momentos, de las tristezas y de las despedidas, vale la pena vivir, celebrar y atesorar cada uno de nuestros días en este amado planeta al que llamamos Tierra.

Para los amantes de los retos, os dejamos un pequeño cuestionario festivo. ^_^

Abrazos, estimados. 

😊🍰🎉🎉🎆


*Ilustración de Facundo Diblasi. Gracias, Facundo.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia






domingo, 6 de diciembre de 2020



Soy una historia, una historia sin nombre. Las historias nacemos, por lo general, desde una letra capitular, aunque hay algunas hermanas que no poseen dicho capitulamiento y, simplemente, empiezan con una palabra o con un carácter suelto, individual, desapegado del cuerpo, algunas historias más atrevidas incluso se permiten empezar con la extravagancia de un signo de puntuación en ese extraño postureo de diva, de romper el lenguaje escriben algunos.
Yo soy una más de esas historias, solitaria y perdida entre los pliegues insondables de la imaginación, soy…

—Hola.

¿Alguien que se dirige a mí? Estoy segura, es una persona tras esa raya larga de inicio de diálogo, pero tras ese escueto saludo me pregunto, ¿quién será?, ¿será amable?, ¿será mujer?, ¿será hombre?

—Soy el lector.

Cómo me gustaría intercambiar un diálogo con él, pues supongo que lector se refiere a un hombre y no lo usa una mujer de manera genérica, pero que tonterías digo, divago antes de lo que sé que vendrá, unos espeluznantes y misteriosos puntos suspensivos… (aunque de tanto uso los tres dichosos puntitos se volvieron de todo menos espeluznantes y misteriosos, sé, como han dicho otras historias que yo, que el abuso es la muerte de lo nuevo).

—Encantado de conocerte.

¡Qué ternura! Un lector que realmente se preocupa por una historia. Mis hermanas me lo advirtieron, me dieron a conocer el bestiario lector repleto de seres con sus distintas tipologías. He tenido suerte, el mío es amable. Sé todo esto porque una historia conoce lo que el resto del historias han conocido desde su creación hasta su desaparición, sabemos todo desde el minuto cero de nuestro nacimiento hasta nuestra muerte y, en ese lapso, cada una se lo transmite al resto en cadena, tal vastedad de información me supera y difícilmente podría explicaros los mecanismos de porque esto sucede, pero así es. Todas conocemos las otras historias, también a sus lectores y lectoras, oh, sí, ya lo creo, en nuestro breve periplo por este océano de imaginación y letras, por un breve instante, os conocemos y nos conocemos. Sé que nací con la tara de ser una historia breve, si acaso la brevedad pudiera ser tildada de peyorativa, pero sé que no duraré mucho en este mundo, aunque seré releída y recordada tiempo después del temido punto final. Quién me haya creado quizá no ha tenido tiempo o quizá ganas o, peor aún, ni voluntad de convertirme en más duradera, pero tampoco se lo recrimino, pues cada historia escapa, desde el momento de su creación, a su propio creador. Una historia dura lo que tiene que durar, ya está escrito en algún lugar tranquilo, algunos lo nombran como el Contigüüüm, pero solo es un nombre de tantos otros, un sinónimo, un heterónimo, un símil lingüístico para designar de manera distinta idénticos conceptos; tampoco importa si me han creado como un esbozo y ese esbozo crecerá y crecerá en el tiempo hasta convertirse en una novela o si por el contrario perecerá después de este instante, pero puedo permitirme soñar, quizá incluso llegue a ser una saga, eso sí estaría bien, me daría un tiempo de vida más longevo, más duradero, pero es igual, tampoco importa, seguiría siendo efímera, pues ni la más larga de las más extensas novelas dura todo el tiempo, nada escapa a ese concepto estúpido y efímero: «[…] fugit».
Antes de acabar, me gustaría destacar que tampoco es necesaria esa búsqueda de un conflicto, ni siquiera de algo que decir, ni tampoco unos diálogos interesantes ni unos personajes profundos o identificables, muchas de mis hermanas nacieron con esos principios, y palidecieron, igual que otras, sin ser recordadas, olvidadas, no importa nada de ello para perdurar.

—Adiós.

Sí, sí, adiós, amigo mío, adiós. Lo único que importa es haber vivido. Eso es lo que querría transmitir, ese ha sido mi objetivo desde el inicial «Soy […]», el fin con el que fui creada y que ahora, acercándose mi final, ya puedo desvelar sin tampoco mucho histrionismo. Una historia mundana entre tantas otras. Gracias por leer. Sed felices y aprovechad vuestro […].


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

sábado, 14 de noviembre de 2020





En esta ocasión, un cumpleblog de unos estimados amigos blogueros —de los que pasaremos a hablar en breve— nos invita a escribir una breve reflexión sobre el tiempo.

¿Qué es el tiempo?
Los humanos no lo saben, pueden medirlo, usarlo en una manera abstracta, en fórmulas, en juegos, en frases hechas, ¡cuánto tiempo queda!, ¡qué poco tiempo hay!, incluso notarlo en sus carnes; sin embargo, no consiguen dominarlo, sintetizarlo, asirlo, comprenderlo en todas sus formas, geometrías y perspectivas, porque de hacerlo, el tiempo, ya no tendría ningún secreto para ellos y, al fin, serían inmortales…

Nuestro amigos Búhos cumplen 5 años en su blog y esto merece ser celebrado.

Hace un tiempo, nos pusimos en contacto con ellos para enviarles un libro de nuestra cosecha aquiescente, pues los búhos son grandes lectores, aceptan libros y los reseñan. El libro, como comentábamos, llegó a buen puerto y fue reseñado por ellos.

Pero ¿qué libro es ese? Y ¿dónde está ese blog de Búhas y Búhos?

Pueden descubrir más sobre nuestros amigos búhos al seguir estos enlaces.

¡Ululantes saludos, amigos!


5º cumpleblog Búho.

Hace unos años... (2017)

Smoking Dead





Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

jueves, 5 de noviembre de 2020


«Era más de media noche, antiguas historias cuentan, cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra, los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan»

Un relato corto de José de Espronceda, escrito allá en 1840, con un personaje atípico para la época, pues Don Félix de Montemar, el protagonista, no nos sale con ser un caballero surgido tal novela de caballerías; no, es un canalla, un crápula, un truhan, un mujeriego…

Sus malas virtudes no poseen parangón. Un texto arriesgado para Espronceda, pues, en la época, los lectores no estaban habituados a este tipo de personajes acanallados.

Espronceda prepara un maridaje con sus gustos hacia otros personajes atípicos coetáneos del suyo, como son el Don Juan Tenorio, el Fausto de Goethe o Sardanápalo de Lord Byron; en algún caso manifiesta el parecido abiertamente.

«Segundo don Juan Tenorio, alma fiera e insolente, irreligioso y valiente, altanero y reñidor: Siempre el insulto en los ojos, en los labios la ironía, nada teme y toda fía de su espada y su valor».

El texto lóbrego, decadente y también fantasmal, recuerda al estilo gótico de terror del siglo XIX. Iglesias de picos afilados, sombras espectrales que cruzan la calle, castillos de altos muros donde acechan los soldados, el viento y el entorno, siempre de noche, siempre oscuro… 

«El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella, silbaba lúgubre el viento, y allá en el aire, cual negras fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias, y del gótico castillo las altísimas almenas, donde canta o reza acaso temeroso el centinela».

Don Félix mata al amor, mata al juego, mata al acero; y, por matar, hasta a La Muerte intenta cortejar. ¿Conseguirá salir vivo de ese juego?
Rescatado de los iniciales versos:

«Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd…».

En las primeras palabras, se anticipa un posible final ciertamente nefasto.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 1 de noviembre de 2020



«Ilustración regalo de Facundo Diblasi».

Facundo Diblasi es un ilustrador que conocimos hará algunos años. Durante este tiempo, a pesar de los altibajos que cualquier relación artística posee entre pares, mantuvimos el contacto.

En esta ocasión, un dibujo perdido y recuperado fruto de la casualidad, volvió a nosotros. Facundo revisaba las carpetas de su ordenador. Nos imaginamos su gesto de sorpresa e incluso sus palabras: «¡Alehop!, ¿qué hace esto aquí? Sí, seguro que le hace ilusión a UTLA que se lo envíe».

¿Cuántos años atrás nos pintó? 

Después, siguiendo el hilo de sus pensamientos, nos hizo llegar la ilustración por correo electrónico, con su buen talante, su camaradería y su amistad.

Nos ha gustado muchísimo, Facundo.

Gracias por enviárnosla.

Podéis seguir el trabajo de este gran ilustrador en sus redes sociales:

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

miércoles, 21 de octubre de 2020



«El fin del mundo requería tiempo para producirse, y el tiempo, pensó Susannah, se aplicaba en la labor con la parsimoniosa habilidad de un maestro torturador, capaz de matar rápido o despacio pero siempre con un dolor atroz»

El poder de la brevedad en un relato ganador del premio Locus 2018 y finalista, en el mismo año, del premio Hugo.

No es para menos, en menos de 10 000 palabras, Nagata destila las esencias vitales de la humanidad tales como supervivencia, anhelos, tecnología, desastres planetarios y extraplanetarios… y nos los arroja a la cara.

«Somos una especie brillante […] .Valientes, creativos, generosos… pero solo como individuos. En grandes números, fracasamos siempre».
La autora, residente en Hawái, presumiblemente ha vivido en más de una ocasión la fuerza devastadora de la naturaleza y ha aprovechado esa proximidad a los huracanes para relatarnos en un tono epopéyico el relato de una especie humana cercana al fin de su colapso como civilización.

Había una vez, un obelisco…

«Había empezado a considerarlo su propio monumento, y a verse a sí mismo como un Ozymandias cuya obra estaba condenada a olvidarse […]».
Pero la historia no va de un gran todo, de una enorme y compleja sociedad, pues no hay espacio físico para desarrollarla. Nagata nos embarca en un proyecto pequeño, la construcción de un obelisco, un recordatorio de una especie próxima a su fenecimiento… ¿o tal vez no?

Y es esa duda la que se erige altiva tal obelisco, pues si hay algo de especial en la especie humana es, sin lugar a duda, esa capacidad inasible llamada esperanza. 



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 11 de octubre de 2020

«Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos».

—Debe pinchar por el lado. —Linn emuló un corte transversal con la mano—. Si lo hace por arriba lo desmontará.
—que torpe soy. gracias, ji, ji, ji.
—¿No son de por aquí, verdad?
—pues no… no, ji, ji, ji, ji.
—Es usted muy… feliciana.

No supo que contestar a eso y la mirada penetrante de la joven, taza humeante en mano, que la escrutaba en silencio no la ayudaba a calmarse. Al menos, la indicación previa sobre como pinchar el tenedor en la comida le permitía, al fin, engullir el salmón y la masa sin desmadejar el pastel. El silencio la incomodaba y no sabía que decir, por eso preguntó lo primero que le vino a la mente:

—esta mañana… ¿estabas en la taberna?

Un extrañó temblor atravesó el rostro de Linn, aunque pronto recuperó su aplomo y el acostumbrado arqueo en las cejas, confiriéndole a su rostro la acostumrbada mirada felina, la misma que mostraba en la taberna.

—Sí…
—que riquísimo está esto.
—¿No había probado el pastel de salmón?
—pues, no, ji, ji, ji. está buenísimo.
—Ya veo.

Después de la respuesta su anfitriona volvió a recrearse en la mudez de la contemplación de su invitada. Comer siendo observada y sin conversar. ¡Qué situación tan incómoda!

—¿y que hacías allí? —preguntaría lo que fuese con tal de eliminar el molesto silencio.
—¿Dónde? —Linn se revolvió en la silla y carraspeó.
—en la taberna…
—Repasaba las noticias del Falkenbergs Tidning con el grupo del Lyceum femenino.
—oh, ¿leíais un periódico? qué bonito tiene que ser leer.
—¿No sabe leer?
—bueno… no. ji, ji, ji
—Oh.

Las respuestas de su anfitriona eran cada vez más escuetas, cortantes, onomatopéyicas, el pensamiento le trajo dolorosos recuerdos y el silencio volvió a campar a sus anchas. Linn la observaba extrañada y ese acto aumentó su intranquilidad. 

—¿y por qué no saludaste a nils en la taberna?
—¿Cómo dice…? —Linn se ruborizó.
—sí, en la taberna, nils estaba allí, ¿no ha dicho que son amigos?, ¿por qué no le saludaste?
—No debí fijarme que estaba allí.
—pero si estabas mirándolo todo el rato, al principio pensé que nos mirabas a nosotros, pero después me di cuenta que lo mirabas a él.

El rubor en el rostro de Linn se incrementó, las cejas adquirieron un ángulo aún más desproporcionado y la sonrisa, ya tensa, desapareció por completo.

—Perdone, pero no tengo costumbre de que me tuteen los desconocidos, ni tampoco de dar explicaciones sobre mis actos ni mucho menos justificarme ante nadie sobre lo que hago o dejo de hacer.

Ella se sonrojó muchísimo. Lo del tuteo lo había leído en algún libro de los prestados por Utla, cierta forma de cortesía en algunas culturas, recordaba otros ademanes y formas de tratamiento en distintas civilizaciones, pero… ¿y qué narices había molestado a la muchacha? Había tantísima información que asimilar que se saturaba. Se encontraba mal. Enseguida volvió al momento presente, tampoco imaginaba que había preguntado de incorrecto que hubiera podido molestar a su anfitriona, solo intentaba mantener una conversación para no comer en silencio, nada más. Realmente no se acostumbraba a las maneras de aquellos seres. Linn esperó a que acabara de comer, sin levantarse de la silla recogió con dilación el plato de su invitada, en la misma postura lo fregó con un poco de agua y, entonces sí, se levantó.

—Sígame.

No dijo nada y obedeció.

—Puede dormir en el jergón. Si tiene frío le puedo sacar otra manta.
—no, gracias. está todo bien, perdone si…
—Si necesita cualquier cosa no dude en despertarme —atajó Linn—. ¡Buenas noches!

Y dicho eso, Linn se desabrochó la falda, se quitó la chaqueta y depositó el sombrero sobre un pomo de la cama. Ella se acostó en el jergón, tal cual vestida, sin atreverse a decir nada más.


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Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

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