Un tranquilo lugar de Pruebas

martes, 8 de diciembre de 2015

Golfo


«Transcripción dedicada a mi amigo Jordi».


Hace años, cuando era apenas un mocoso, vivía en calle Argimon.

Ahora no reconoceríais la zona, porque el antiguo parque de las palmeras fue derruido para construir un inmenso túnel, ese que conecta el barrio de Alfonso X con el barrio de Horta.

En aquel tiempo, delante de mi casa había un enorme descampado. Tan lleno de arena que cuando llovía se tornaba fango. En esas ocasiones que conseguía escapar al control de mi madre, volvía a casa recubierto del pringoso material, para desconsuelo de mi progenitora.

También recuerdo que mi madre trabajaba en un colegio, quizás lo conozcáis, es ese colegio que se asemeja a un castillo y que aún a día de hoy se puede ver al pasar por la autopista.

Y recuerdo a Golfo, mi perro, cada día acompañaba alegre a mi madre al colegio donde trabajaba limpiando. Y después regresaba él solo al hogar. Al acercarse al umbral se reclinaba con su peso sobre la puerta. En aquellos inocentes tiempos no solíamos cerrar las puertas de día. Y así, con todo su peso y su gran inteligencia, entraba él solito a casa.

Era un perro muy listo.

Incluso recuerdo un día, qué sin querer, lo dejamos encerrado en casa. Y cuando toda la familia regresamos por la noche, había abierto la nevera y sacado de ella un trozo de carne, lo más sorprendente de todo, es que también extrajo un plato donde devoró aquel suculento manjar, dejando de lado el insípido pienso para perros. Nos reímos mucho con aquella anécdota.

La señora Palmira era una archidefensora de los animales. Y aunque el nombre de esta buena mujer hoy os pueda sonar extraño, en aquellos tiempos todo el mundo conocía a una vecina que se llamara Palmira. La buena mujer acogía a toda clase de animales en su casa: perros, gatos, palomas y hasta poseía bajo sus cuidados una vieja cacatúa. Palmira estaba enamorada de «Golfo». Al encontrarnos por la calle siempre me decía, «Cuídalo mucho, es un perro muy especial».

Por aquel entonces nos mudamos a un bloque de pisos, para estar más cerca del trabajo de mi madre, por desgracia, allí, no dejaban tener perros. Éramos muchos hermanos, hacinados en una vivienda moderna pero más pequeña que la antigua casa. Cuantos sacrificios por la modernidad. Y mi madre tuvo que tomar una dura decisión, tuvimos que dejar a Golfo en casa de un amigo de mi hermano mayor. La casa del amigo quedaba muy lejos de la ciudad.

Le eché mucho de menos.

Y pasaron dos semanas.

Un día, alguien rascaba en la puerta. Debía ser algún vecino, o quizás algún «paleta», esos trabajadores de la construcción que de vez en cuando venían a casa a realizar de manera desinteresada algún arreglo. Con desgana me tocó ir a abrir la puerta, y entonces me encontré delante un perro sucio, con el pelaje lleno de barro. Era golfo. Me lamió entera la cara.

Lo abracé con una inmensa alegría, dando chillidos de emoción. Salió mi madre de la cocina, mi hermana mayor de su habitación, y uno de mis hermanos mayores del comedor. Los tres no acaban de entender a que se debían mis chillidos de emoción. Hasta que nos vieron juntos.

Y en el estrecho recibidor de aquella vivienda, de aquel ingrato bloque de pisos, me giré aún agarrado a «Golfo», y les observé, observé sus vívidos rostros, eran caras de genuina sorpresa. Pero yo, a mi tierna edad, no me percataba de su disimulado malestar, de la incómoda tristeza, sólo apretaba a Golfo contra mí. El me lamía la cara alegre, despreocupado ante el trasiego familiar.

Y lo llevaron de vuelta a casa del amigo de mi hermano.

Nunca más volví a ver a mi perro Golfo.

Siempre me acordaré de él.


«93% imaginación, 7% realidad»


«Si os ha gustado esta historia, pensad que es normal, pues nada en ella ha sido inventado, tan solo omitido. El verdadero personaje, mi amigo Jordi, me la contó una noche en la cual me invitó a su casa. Me enterneció tanto, que aproveché, mientras él acostaba a su niña, a escribirla en estas pocas líneas».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

3 comentarios :

  1. Una historia realmente preciosa, triste, pero preciosa.

    Un abrazo Ser Aquiescencia.

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  2. que potito jejejej me encatan tus escritos XD

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  3. El destino de Golfo lo sufren muchos animales, y uno ha pasado por algo similar, por eso es triste esta historia.
    Maldito 7% de realidad :'(

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