Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 14 de mayo de 2017

Josefina, Napoleón y el Rucurucu

«El secreto de las grandes fortunas
es un crimen olvidado
efectuado con limpieza. 
La ley no castiga a los ladrones 
sino cuando roban mal». 


La inmensa historia tejida alrededor de Napoleón Bonaparte no tuvo en cuenta enfatizar las cartas que este escribía a su querida Josefina los días posteriores a grandes batallas. En esas misivas, previas al hogareño retorno, Napoleón solicitaba a su amada esposa no se duchara en vistas al inminente encuentro.

Ante esta situación tan anómala y conocida por el público de la época -pero olvidada por nuestros contemporáneos- comenzó a «olerse» la leyenda acerca de los efluvios amorosos entre Josefina y Napoleón. La mayoría del populacho aceptó, que la irresistible olor corporal de Josefina, desataba las pasiones más brutales del Emperador Bonaparte.

Sin embargo, el mismo populacho desconocía los pormenores de la verdadera historia detrás de estas misivas.


En 1916, en ese extraño periodo entre guerras, el prominente historiador Alex Goldajada encontró un curioso objeto personal en la colección de Josefina. Una esponja de baño escondida con sutilidad entre los pliegues de uno de los vestidos y al lado de la misma una carta.

Ambos objetos, carta y esponja, desaparecieron del museo Banlántico mientras Goldajada aún se encontraba estudiándolos.

Más tarde, el historiador presentaría ante la comisión de Historia y Ciencia de la universidad de Paris el trabajo recopilado acerca de dichos objetos. Sin embargo, al carecer de las desaparecidas pruebas, su descubrimiento no tuvo la transcendencia necesaria y cayó en el olvido.

Después de la segunda guerra mundial, el propio trabajo realizado por Goldajada también desapareció. Y no fue encontrado por mi hasta fecha reciente.

Transcribo en estas breves líneas, un precario resumen de mi tesis doctoral basada en las notas del maestro Goldajada:

«
Napoleón fue un niño obsesivo.

En aquella época no se llegaba a Emperador de todas las francias sin tener un poco de obsesión, aunque en Bonaparte esta aptitud estaba crecida en exceso.

Cuando aún era un prepúber, un día volvió a casa sucio de pies a cabeza después de revolcarse por el barro en sus interminables luchas por conquistar el árbol de la colina. Su institutriz, al ver aquello, mandó hervir el agua para un baño. Realizada esta tarea por los mozos, la severa mujer mando desnudarse al joven Napoleón, para acto seguido extraer una esponja de su bolsillo. Presta, la mujer comenzó a frotar con fuerza el Rucurucu de Napoleón. Este, lejos de incomodarse, empezó a degustar aquel baño en una especie de éxtasis.

[..
Anotación: La siguiente parte de la historia no queda clara, pues faltan algunas páginas del texto original de Goldajada. Me atrevo a elucubrar que aquella esponja, frotada con fuerza en el Rucurucu, extasiaba en extremo tanto al limpiador como al limpiado.
..]

La institutriz falleció y el adolescente Napoleón comenzó a llevar a todos lados aquella heredada esponja. Para esconder tan preciado objeto de miradas ajenas, comenzó su distendida costumbre de guardarse la esponja bajo la casaca, bien agarrada con su mano derecha. De aquí nació este particular gesto suyo.

Años más tarde, y ya convertido en esposo de Josefina, inició a su consorte en el tratamiento que años atrás le dispensara su institutriz. Frotando con mucha firmeza el Rucurucu de Josefina con la esponja.

Al morir Napoleón la esponja pasó a manos de Josefina, y después al museo Banlántico. Años después se produjo el robo y se perdió el rastro de esta para siempre.
»


—Es curiosa esta tesis doctoral.
—Lupin, cariño, ¿vienes a la bañera?
—Sí, Fujiko —Lupin dejó la tesis doctoral del Doctor Ignatius encima de la mesa y se dirigió presto al baño.
—Hoy toca limpieza profunda, ¿prefieres que te frote el Rucurucu con la esponja de Napoleón o el trasero con la manopla de esparto de Cleopatra?
—Hoy prefiero la esponja que tengo el Rucurucu acartonado.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

2 comentarios :

  1. Ja, ja, ja, malditos fetichistas, todos.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Estimado Raúl,
      Eso es, Raúl!! ja, ja, ja Has captado la esencia del relato.
      Fetichismo robatorio. ^^
      Un abrazo bruto escritor.

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