Un tranquilo lugar de Pruebas

domingo, 7 de mayo de 2017

Petricor

«Cuando llueve
comparto mi paraguas,
si no tengo paraguas,
comparto la lluvia»


—Abuela, ¿qué hacemos en el porche tan quietas?
—Esperamos al petricor.
—¿Al que?

Pero por toda respuesta, mi abuela levantó el dedo índice y se lo llevó a los labios.

—¡Shhhh! Atenta.

Mi abuela era una mujer por norma dicharachera. Aquel autoimpuesto silencio era raro en ella. Yo todavía conservaba las lágrimas en mis mejillas. La ruptura con Cristian me había hecho daño. A mis dieciséis años sabía que mi vida estaba acabada. Que nunca volvería a amar como amé a Cristian. Y aunque mamá era buena persona, no me entendía. Por eso fui a verla a ella.

—¿Sabes que decía el abuelo?

Observé su gran sonrisa, y al mismo tiempo detrás de ella, me percaté de la masa de nubarrones que se estaba formando en el cielo. Y me acordé de nuevo de Cristian. Aquella tarde llovería mucho. Más lágrimas.

—No, ¿que decía?
—Qué cuando uno está triste solo tiene que esperar al petricor. Aspirar profundamente y pedir un deseo.

Mi abuelo había muerto hacía dos años. Le echaba mucho de menos, pero mi abuela... Es cierto que lloró un poquito los primeros días, pero enseguida se le pasó la pena. Recuperó la alegría con mucha rapidez. No sé si debería estar enfadada por ella o contenta. ¿No echaba de menos al abuelo?

—¿Se puede pedir cualquier cosa?
—Sí. Cualquier cosa que sea de buen corazón.

Asentí.

—¿Y tú que le pides? —Rio.
—Eso es un secreto que solo el abuelo conocía. ¿Y tú? ¿Qué le pedirás tú?

Iba a responderle que aún no sabía que era el petricor, pero en ese momento tronó y al instante comenzaron a caer goterones del cielo.

—Aspira cielo, ¿lo hueles? Ya está aquí. Pide el deseo.

Mi abuela parecía estar en otro sitio. Me recordó aquella Navidad en la que me insistió tanto que le pidiera un regalo a Papá Noel que hasta consiguió asustarme. Sus ojos transmitían una intensidad de emociones que no había visto en papá o en mamá.

—Huele. Huele. El petricor te lo concederá ...

Solo por hacerle caso inspire profundamente. El olor a tierra mojada impregnó el interior de mi nariz. Y seguí aspirando profundamente, pero mi abuela aspiraba más fuerte que yo. Juntas parecíamos un par de peces que se ahogaban. El olor, ese fabuloso olor a tierra mojada, continuaba llenándome por dentro. Lo notaba bajándome por la tráquea y llegando hasta el interior de los pulmones. Y en ese momento un pensamiento se alejó de mi mente. Ya no sentía más pena. La figura de Cristian se desvanecía en dirección a la oscuridad. Mi abuela no me contó aquella tarde lo que era el petricor, pero... No importaba, simplemente no importaba porque...

No hace falta saber el significado de las cosas buenas.


«93% imaginación.
7% realidad.
Pero es ese 7% 
lo que realmente importa»



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


4 comentarios :

  1. Tierno y emotivo relato. Y cuanta razón tiene la reflexión final.
    Saludos.

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    1. Estimado Raúl,
      Espero que se empape del "Petricor" la próxima vez que lo visite.
      Gracias por tus amables palabras.
      Un abrazo bruto escritor.

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  2. Soy hermana, tía y tía abuela, pero nadie parece notarlo. Caen las lágrimas y cuesta respirar. Es de tierna emoción.

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    1. Estimada Tierra,
      Recuerdo a mi abuelo. Quizá, en mi etapa de juventud no le agradecí lo suficiente que siempre estuviera ahí. Pero sus enseñanzas, su cariño y su dedicación me acompañaran toda la vida.
      No dudes que tus acciones serán importantes para tus seres queridos.
      Abrazos, estimada Tierra.

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