Un tranquilo lugar de aquiescencia

lunes, 11 de marzo de 2019

Los grisientos

«Tal es el fin de todo el condicionamiento: hacer que cada uno ame el destino social, del que no podrá librarse».

Blanco, negro y el gris, con todos los degradados imaginables, eran los únicos colores que dominaban aquel mundo. Chaquetas blancas o negras, pantalones con rayas grises, infinidad de ellas, gafas acarbonadas, peinados alzados al aire con asquerosas espumas blancuzcas; incluso, en ese devenir, se eliminaron palabras, verde cambió a griserde y los prados pasaron a tener un color grisáceo que evocaba al antiguo color, pero sin emularlo, por supuesto, con el tiempo, la cantidad tonal de gris venció a la proporción del antiguo color, también el mar ya no era de azul sino blanzul, algo más blanco que nada, que reflejaba el variante cielo, blanco despejado o negro tormenta.

Todo el cambio no ocurrió de repente, el efecto a escala mundial llevó años, pero la verdadera base se asentó en el ~Edicto Color Final~. La ley, casi de orden mundial, se efectuó cuatrocientas cincuenta años atrás, exactamente desde este mismo día a tener en cuenta; en él se abolieron colores que perturbaban a una gran parte de la población, pues la mayoría de personas, en los lustros previos al edicto, habían adquirido una dolencia, acromatopsia blefaramialgia, una anomalía en la visión, consistente en la dolencia a visionar cualquier color que no fuera, blanco, negro o gris. Una enfermedad congénita que, por alguna clase de azar o desazón planetaria, había proliferado en los recién nacidos de los últimos diez años e, incluso, se recrudeció en los dos últimos, volviendo más sensibles las células fotoreceptivas de las retinas de todos aquellos que la padecían.
El desenlace, obvio, motivó el sabio decreto, más conocido con las siglas ~ECF~.
~ECF~ no acabó de inmediato con la supurante amalgama multicolor que, otrora, imperara en la vasta tierra: desde el norte hasta el sur, desde el este hasta el oeste, desde el epicentro a la estratosfera, y unos millares de kilómetros más, hasta llegar, incluso, a los sendos satélites, G-S1 y G-M2, que orbitaban en ruta geoestacionaria.
El cambio no fue fácil, los cambios nunca lo son, se tuvieron que reprimir —de manera violenta— ciertas manifestaciones, rebeldías de algunos aprensivos que se hacían llamar discriminantes positivos, rebeldes egoístas a favor del color y en contra de aliviar el padecimiento de sus congéneres. Aducían estúpidas consignas tales como: «el color es diversidad», «los colores son tu patria», «nacimos de un estallido de color», y similares proclamas sicodélicas nacidas al albur de un movimiento pos-jipicolorista. Movimiento detenido y erradicado gracias a la acción global conjunta de muchos líderes.
El segundo paso, gracias a los avances genéticos, un alarde de la ciencia, alteró la síntesis aditiva de color en las tonalidades cutáneas, eliminando aquellos pigmentos que no fueran de la familia del blanco, negro o gris —obviamente, en todas sus dicotómicas variantes—. Nada de amarillos, marrones, castaños, aceitunados (¿llegaron a existir?), verdilampiños u otras variantes dérmicas. No más.
La moda con el tiempo impuso el gris, quizá por ser el que más variantes ofrecía —si acaso, a aquella paleta pálida-oscura, podría llamarse variedad—, entre el populacho. Los mandatarios de alto rango se reservaron el negro para sus vestimentas, fueran oficiosas o privadas y, únicamente el blanco, lo vestían presidentes, doctores —magnas cums laudes— o eruditos, que santificaban con tan brillante color, su poder, conocimiento o simple superioridad.

¡Recordad, recordad el gran ~ECF~!
¡Loor! ¡Loor! ¡Loor!
¡Larga vida al blanco, negro, gris! 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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