Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 24 de marzo de 2019

No era baladí

«Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido»


Se fijó en ella sin parpadear, de porte noble, rostro marmóreo y piel esculpida en la blancor de las estrellas, así apareció, Lucía Palladi, en la gran sala del napolitano castillo dell’Ovo. El esplendor de la marquesa de Bedmar, que bien podría parecerse a un excelso cadáver revivido, una belleza exótica venida a la vida, «la Muerta», como más tarde la llamaría, resplandeció nada más entrar en la enorme estancia. La antecedía un séquito curioso de barones, duques, doncellas y familiares de todo tipo de linajes, entre ellos algunos malvenidos parvenus, personas con una recién adquirida cartera millonaria, nuevos fashionables carentes del fino porte que poseía Lucía.
Promovido por la ansiedad, nuestro protagonista y Lucía, según protocolo, se presentaron por mediación de terceros. Los amarmolados suelos de la estancia reflejaron las primeras sonrisas y el aire transportó las primerizas fórmulas de rigurosa cortesía, intercambiaron linajes, títulos e impresiones, frases por lo general estudiadas y aburridas. Hasta que...
—¿Sabíais, mi buen Juan, que Virgilio aseguró que bajo los cimientos de este castillo se esconde un huevo mágico? —Lucía tosió, y aunque el gesto afeó su rostro, su interlocutor jamás podría haber pensado tal cosa de ella.
Él negó con la cabeza, extasiado ante las palabras, el porte, la pálida belleza y el candor con el que narraba la leyenda.
—Así es —continuó con una sonrisa—, y sin ese huevo bajo nuestro pies, este castillo sería destruido y con él toda Nápoles.
Él asintió realmente interesado, pero sus ojos traicioneros bajaron hasta el escote de Lucía, escote escondido detrás de una hilera de fina pedrería cosida al tul del vestido, un arco invertido donde los deseos del protagonista se perdían en imaginaciones veladas, ella sonrió, le permitió su espacio.
—¿Podríamos cartearnos? —preguntó, de improviso, recuperado el aplomo.
De nuevo, una nueva sonrisa, ¿cómplice?, con un pasmo de sabia perplejidad reflejado en aquellos ojos mayores que los de él, casada en segunda nupcias, viuda, de nuevo soltera.
—Tal vez en otra ocasión... —Ella le ofreció la mano a modo de despedida.
A pesar del inicial desplante, hablaron durante el tiempo que les fue concedido en Nápoles, pues el reino de las dos Sicilias no se prestaba a la durabilidad. Los platónicos amigos dieron buena cuenta de los encuentros en castillos, paseos por la bahía, en casas de campo. Más tarde él abandonó Nápoles, mas no la impronta de la belleza de Lucía, que por respeto a su memoria transmutó el apodo, «la Muerta», por el de «La Dama Griega». Los sibilinos ecos de sociedad, escritos en parcas palabras en noticiarios dañinos, repetían el secreto a voces de la belleza cadavérica de Lucía: enferma de tuberculosis. Años más tarde se reencontraron, él acompañado de su esposa, más joven, ella de su esposo, un conde o duque, no importaba el rango. Pudieron hablar unos momentos y resurgió entre risas el manido tema del huevo mágico. A pesar de sus respectivos compañeros, de la enfermedad de ella, de nuevo, Lucía sonrió como en la sala dell’Ovo años atrás. Sin venir a cuento él recordó el día de su boda, evocó los vivos y ardientes romances con otras, y miró con profusión a los ojos de Lucía. Se despidieron con cariño. Tres años más tarde Lucía moría. Él llegó a pensar, en algún momento de su existencia, que era la mujer a la que más había querido.




Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


1 comentario :

  1. Un sólido castillo de piedra sostenido por algo tan fragil como un huevo... me recuerda a la leyenda de la Torre de Londres, sin los cuervos que la frecuentan no solo la Torre, también Inglaterra, desaparecerá bajo el mar. Nos lo contó uno de los guardianes de la Torre que tienen el curioso nombre de "Beefeathers", como la ginebra.
    Saludos!
    Borgo.

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