domingo, 16 de junio de 2019

«En la universidad de Tristonia conoceréis lo que es estudiar de verdad»
Ignatius B.P.

Dos semanas atrás habíamos comentado, mi esposa y yo, la posibilidad de pasar unos días en algún lugar recóndito, alejados de la urbe, unas minivacaciones merecidas después de la esclavitud laboral. Busqué por Internet y encontré una masía en los Pirineos catalanes, apunté el teléfono y llamé. Me atendió una mujer mayor, iba un poco atareada y me iba diciendo que sí, como quien dice sí a un tonto, anotó mis datos —o al menos eso me dijo— y colgó. Al escuchar el vacío en la línea telefónica tuve el presentimiento que la mujer al otro lado no se había enterado de nada.
Una semana antes de la fecha prevista, volví a llamar para asegurarme que la reserva estaba correcta, en la nueva llamada me atendió otra mujer y, serenándome —me alteraba mucho la falta de profesionalidad—, di mis datos y le pregunté si la reserva era correcta. La nueva mujer lo confirmó, y añadió: «No sé preocupe», pero ese no-se-preocupe sonaba a la típica frase por la que uno sí tiene que preocuparse.

⁂

Llegó el día. Partimos en tren, el viaje de dos horas a través de la campiña catalana, en ruta al norte, con un ajustado enlace temporal de quince minutos para tomar el siguiente tren, dirección Vallfogossa, acortaba el tiempo para imprevistos, un solo retraso y perderíamos el enlace. Por suerte no tuvimos ningún percance y lo agarramos sin problemas. El cielo, aunque encapotado por nubes, permitía el paso de la claridad, la hierba, los árboles, algunas vacas, cabras y otros animales que no supimos identificar pastaban por la linde de las vías. Al llegar a Vallfogossa tomamos un autocar, el vehículo cubriría el último tramo del trayecto hasta la masía. Habían transcurrido 6 horas, 33 minutos y 59 segundos. En definitiva, un palizón. No entiendo porque se asocia el concepto descanso a la palabra vacaciones, las casi siete horas de trayecto no me parecían relajantes, en nada un agradable asueto.
Cuando llegamos descubrimos, para nuestro asombro, que la masía tan idílica, tan perfecta, solitaria y agradable en las fotografías distribuidas en la página web, www.masiesambencant.cat, se ubicaba a pie pista de una montaña nevada, plagada de esquiadores. Mi enfado iba en aumento, por sorpresa, mi mujer no se enfadó ante el hecho, se encontraba alegre, e incluso, su entusiasmo, se me contagió, atemperando mi creciente malhumor.
La masía se encontraba cerrada, pero anexa a ella había un bar, deduje que formaría parte del mismo conjunto, entramos, en el interior la misma postal de fuera, los esquiadores atestaban el lugar —¿Por qué odio a los esquiadores de palos fálicos calzados en sus piernas?— El reloj de pared marcaba las seis de la tarde, nos había llevado casi todo el día llegar hasta el maldito lugar, por suerte mi mujer sonreía, ajena a mis pensamientos. La dejé sentada con un café con leche muy caliente, miraba a través de la ventana y observaba la gigantesca montaña nevada que se extendía delante de nosotros, el valle a lo lejos, la sinuosa carretera, no exenta de peligro con tantas curvas, por las que el autocar nos había transportado hasta allí. Me acerqué a la barra y anuncié, a la mujer que estaba detrás, la reserva a mi nombre para dos. La mujer se llevó las manos a la boca y desapareció en la trastienda, más gente empezó a entrar al bar, con sus esquís, botas, bastones y demás parafernalia esquiadora. El gesto de la mujer me dejó intranquilo, me giré y vi a mi esposa tranquilamente sentada, bebiendo de su taza y mirando absorta a algún punto fijo del valle. La mujer del bar reapareció y, sin reparar en mí, como si el anterior diálogo hubiera sido un sueño, atendió a los esquiadores. En ese momento empezó a hervirme algo más que la sangre, una mala ostia creciente me bullía desde las entrañas hasta las mejillas, alcé la mano y le llamé la atención. Cuando se plantó de nuevo ante mí, le insistí que tenía una reserva para dos: "¿Qué reserva?", respondió. El pulso se me aceleró, le expliqué las llamadas, le enseñe el número de reserva y reexpliqué, ya enfadado, mi conversación telefónica con las dos mujeres. Me miró con ojos acuosos, el rostro mezclaba temblor y miedo, aunque no parecía asustada.

⁂
—La paranoia del sueño—
⁂


Seguía de pie, en la barra, y mi esposa, sentada en la mesa, apuraba los últimos sorbos del café. Sin aviso previo la barra del bar se partió en dos, una parte del habitáculo se transformó en un autocar donde algunos de los esquiadores, sentados en los taburetes de pie, y yo, nos encontramos en el interior de un autocar salido de la nada, la extraña transmutación de parte del bar en autocar no parecía sorprender a nadie más que a mí mismo. El resto de la clientela amparada al otro lado, mi mujer incluida entre ellos, continuaban ajenos al extraño desdoblamiento, bebían sus cafés ajenos al prodigio ocurrido. Aunque sorprendido, mi primera acción fue levantarme de la butaca del autocar donde me encontraba sentado y me dirigí hacia el conductor, un hombre envejecido, surcos muy pronunciados y arrugas más viejas que la propia montaña le recorrían el rostro, la barba blanquigrisienta le pendía un palmo desde la barbilla, la mirada huraña no dejaba de mirar al frente, sus manos agarradas al volante lo movían como el timón de un barco, suave y con precisión. Su voz tosca anunció la siguiente parada: Vallfogossa. El autocar serpenteaba por la curvilínea carretera situada entre escila y caribdis, abismo a un lado, rocas esquistosas al otro. La masía se alejaba de mi visión y mi mujer con ella. Entré en cólera, la indignación sobrepasó la sorpresa inicial, me posé al lado del viejo conductor y, con apremiante brusquedad, me dirigí a él: «Caballero, tenía una reserva», y me respondió, «No lo creo», su tono de duda, entre la burla y la incredulidad, me inflamó. Ni siquiera se había tomado la molestia de mirarme, aunque con la peligrosidad de la carretera no sé si hubiera sido buena idea. Aspiré con sonoridad y le resumí, de muy malas formas, mis dos llamadas, la reserva, el registro efectuado en la página web y, añadí, que si no nos aceptaban pensaba ponerles a parir con todo lujo de detalles, a ellos y a su masía de mierda. El hombre giró el rostro para mirarme, su expresión tosca no marchaba, pero las palabras, más suaves, aludieron a una muerte, la madre de su esposa había fallecido días atrás, no deberían trabajar en aquellas circunstancias, pero la temporada alta les obligaba a ello. Su repentina calma me contagió, la funesta situación me convirtió en el espejo del otro, visualicé a la mujer de la barra, perdida en su perdida y entonces evoqué a mi mujer, sola, no encontrando un lugar para dormir. Le expliqué mi situación, le dije que no me importaba dormir donde fuera, llevaba saco de dormir, cualquier esquina me iría bien, pero que al menos dieran cobijo a mi mujer en algún lugar de la casa, «Se me parte el alma solo imaginar que ella duerme con frío», el hombre continuaba con la vista clavada en mí, sosteniéndola contra nuestra propia seguridad en demasía. El morro del autocar chocó contra el guardarraíl, el parachoques voló partido en cientos de pedazos, el alargado vehículo invadió el abismo, por un momento flotó como un leviatán sobre el cielo con el inmenso valle al fondo, la masía detrás muy alejada y, pronto, la maldita gravedad surgió efecto y nos obligó a tomar la vía de la mezquina verticalidad, en la caída libre la roca esquistosa, puro cuarzo, granito, sedimentos y arcilla, nos guiaba funesta con destellos dorados, precipitándonos al vacío, y, en ese punto indefinido, acababa algo más que las vacaciones.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 10 de junio de 2019

«Desconfía del médico joven, y del barbero viejo»
Refrán


⁂

—¿Qué decís, princesa?
En montaña nevada.
—¿Qué decís, princesa?
En montaña nevada cubierta con mortaja blanca.
—¿Qué decís, princesa?
En montaña nevada cubierta con mortaja blanca,
perdido el reino, ganada la vida.

⁂

—Recordadme, querido.
En cueva cerrada.
—Recordadme, querido.
En cueva cerrada al refugio del viento.
—Recordadme, querido.
En cueva cerrada al refugio del viento,
padre no sabe, madre no entiende.

⁂

Nadie encontró al bufón y a la princesa, huyeron en una noche de luna llena, al amparo de las estrellas, protegidos con manto de amor se perdieron, en época de nieves, en la montaña infinita. El Rey buscó a su joven hija, los soldados como perros de presa rastrearon incansables, pero ni hombres, ni bestias, jamás ser alguno, halló pista sobre el bufón ni la princesa.
Pasados los años, en ocasiones, en noches frías de luna llena con nieve en las montañas, se escuchan ecos en el valle, ¿la voz de la princesa? ¿La risa del bufón? El ulular lejano se asemeja a sus voces, las viejas callan, los jóvenes no creen.

⁂

—¿Qué decís, princesa?
—Recordadme, querido.


   

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 2 de junio de 2019

«El levante las mueve, y el poniente las llueve»



Recuerdo la primera vez que vi ese árbol, debió ser hace diez años, ¿alguna vez estuvo erguido? ¿Nació así? Su deformidad, su extrañeza, le confería una preciosidad única, atrayente, casi mágica.

No se mostraba erguido como otros de su especie, las ramas altas y frondosas no apuntaban al cielo, no buscaban la ansiada libertad celeste, el ramaje terrenal rozaba el suelo en una caricia tierna a la amada tierra.

En este tiempo fui y vine, me alejé y me acerqué, estuve en muchos lugares y en uno solo, pero por más que viajara no vi nunca árbol alguno que sus ramas tocasen el suelo, no al menos en la manera que lo hacía mi viejo amigo de Torredén; ni las ramas de chopos, sauces, cedros o banianos, por citar unos pocos, emulaban su antiverticalidad. Todo él, recostado, a modo de cadalso torcido, un retrato surrealista que, a pesar de la poca estética en un árbol, robaba las miradas de cuanta persona se fijaba en su figura.

No sé si le quedaban muchos años, o pocos, su apariencia física no demostraba lo uno ni lo otro, aunque cada año mostraba con orgullo su ramaje verde, caduco, que reflorecía con cada nueva primavera.

Hace dos días —tomé la foto el 23 de abril, Sant Jordi, aunque este escrito lo hilvané dos días después— me dirigía a la Ciudad Condal, mi inevitable devenir, camino a la estación, me conducía por delante de mi amigo. El rucurucu insistente alojado en mi pensamiento, «hazle una foto», esas pequeñas cosas que dejas pasar. Saqué el móvil y se la tomé, unos hombres en un café cercano me miraron con una sonrisa extraña, ¿burla o simpatía?, o quizá es que ellos ya habían tomado esa foto hace tiempo. En la foto, no muy bien tomada, solo se apreciaba su pose, deslucido de su verdadero encanto natural, por suerte su extraña anatomía refulgía: «¿y si un día no te vuelvo a ver?», pensé.

¿Por qué me es imposible quedarme callado en la soledad de mis pensamientos? Una cháchara infernal, un devenir de arrolladora incontinencia mental, una inutilidad propia de la gente pobre con contenidos vacíos de existencia. ¿No podía quedarse acallado el nihilista que hay en mí mientras, simplemente, miraba a mi amigo? Maldita sincronicidad cósmica, ley de atracción o ¿premonición?, no importa el término barato de esta pobre filosofía new age descafeinada de principios de siglo. La gente pobre tiene pensamientos filosóficos pobres, es la amarga realidad de estos tiempos.

Una semana después el ayuntamiento podó y troceó a mi amigo, vi sus restos, pequeñas virutas y troncos apilados, descansaban en un rincón de la acera, su vacío en el lugar de su nacimiento se me antojaba un crimen del que formaba parte, una tristeza me invadió, contuve una lágrima. ¡Debo estar loco! Dejo escrito lo que no me atrevo a verbalizar, es un insulto pensar.

Adiós, querido amigo, ya no veré tus ramas retorcerse en el suelo, ni acariciaré de nuevo tu tronco, medio caído, recostado en tu eterna siesta que mi memoria evocará hasta mi último aliento, ahora ya puedes descansar en paz, árbol querido, árbol amigo.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


martes, 28 de mayo de 2019

«Y la mayoría de las galaxias grandes parecen tener un solo agujero negro supermasivo en su centro»
Creencia científica


Lo dice la estimada doctora Bonaca:

La doctora Bonaca, investigadora del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, asegura que un inmenso agujero negro (otro más) causa estragos en los confines de nuestra galaxia.



Centro
Universidad de Tristonia
Título
Desaguaderos cósmicos
Ponente
Doctor Ignatius B.P.
Astrofísico-teólogo
Filólogo Guáltrapa
Artista pixel art

Hola, soy el doctor Ignatius B.P.

permitidme que os ilumine con esta ponencia.

En el centro de todas las galaxias existe un enorme, gigantesco y monstruoso agujero negro por el que se cuela todo el espectro lumínico que llega hasta él, esa succión genera un impulso rotacional, una inmensa onda que hace girar al resto de sistemas y planetas a su alrededor.

¿Lo ven? El universo no es tan diferente del desaguadero del lavabo o de la cocina de nuestro hogar donde nos limpiamos las manos y la boca cada noche.

El agujero negro supermasivo de cada galaxia es un desaguadero instalado por Dios, arrastra en una espiral de decenas de años luz toda la porquería que encuentra a su paso y, en ese arrastre, se lleva la mugre al otro lado.

Imaginad por un segundo que sois Dios (un ente plural), y tenéis ganas de tomar un baño en vuestra bañera cósmica llamada universo y, de repente, la materia oscura se desborda, claro, como sois Dios queda mal que llaméis a un desatascador de cuba y tuberías, sois el diseñador de este magnífico cosmos en el que flotamos, así, para evitar que el vacío sobrante se caiga por los lados del universo conocido, miráis el catálogo de Ikea galáctico de dioses y otras monsergas cósmicas, elegís una galaxia-jacuzzi con agujero negro desaguadero último modelo con doble curva espiral, y, ¡alehop!, solo os falta seguir las instrucciones para montarlo, un agujero negro de proporciones macrobíblicas en medio de vuestra galaxia-jacuzzi, ni que decir que tal desaguadero, succiona la luz, el vacío, la porquería y lo que pille a su paso, con una garantía extendida de dos millones de años luz, según estipula la ley de la termodinámica de la cámara de comercio y bebercio espacial.

La conclusión de este estudio: el sistema de tuberías cósmico necesita una urgente reparación, sobran desaguaderos y nos vamos todos al retrete en un par de miles años luz.

En la próxima ponencia mostraré la perturbadora imagen de una escobilla cósmica de mano.

Pervivo para enseñaros.
IGNATIUS B.P.




Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 19 de mayo de 2019

«El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar»

Se vio dentro de un coche fúnebre. No le fue fácil digerir que había muerto.

—Morí ayer —susurró.

⁂

Su pensamiento le arrastró a los experimentos en el laboratorio, a los pequeños saltos de hasta veinticuatro horas adelante en el tiempo que podía realizar una única persona. La sinistemprun, la máquina, también permitía un pequeño salto espacial en un rango de diez kilómetros, las coordenadas se habían fijado para una materialización física en el parque central de la ciudad, repleto de árboles, ajeno a miradas extrañas, y la ubicación temporal a las 11:00 del día siguiente. Cuando apareció tomó notas, leyó algunos periódicos y analizó algunos sucesos pero cuando quiso activar su retornador, no volvió. Algo había fallado, siguió el protocolo trazado para esas ocasiones y volvió caminando al complejo, al acercarse observó un coche fúnebre con una comitiva de vehículos de la empresa, lo que más le alteró fue ver su fotografía en el interior del primer vehículo y a su mujer vestida de luto. Así descubrió que había muerto.

⁂

Por suerte, antes de iniciar cada viaje, al viajante le cambiaban las facciones para que resultara irreconocible, no existían evidencias que el futuro pudiera alterar el pasado, pero cualquier precaución era poca tratándose de algo tan delicado como el tiempo. Se acercó a un grupo de empleados a ver si se enteraba del porqué. Al poco escuchó la frase, «La máquina explotó. Ha quedado irreconocible». Así que, ¿aquello había sido? La jodida Sinistemprun había explotado, pero antes de hacerlo lo había catapultado al futuro, y todos se creían que había muerto, bueno, en el fondo así era, miró su retornador y el tiempo se le agotaba, en unas horas, cuando la energía se le agotara volvería atrás, la máquina explotaría y moriría. No había recambio alguno ni solución posible, y eso que durante unos minutos le dio vueltas desesperado a la idea de poder salvarse. No, no había solución. Solo se le había concedido un regalo de unas pocas horas de vida.
Mimetizando al resto de los allegados, se introdujo en un autobús habilitado por la empresa y, sin que sospechara nadie de él, llegaron hasta el tanatorio. Una vez allí, se separó del grupo y se quedó apoyado en una esquina, vigilando a pocos metros la sala de duelo, las personas pasaban a su alrededor ignorándolo, veía como los asistentes daban muestras de consuelo a su viuda, le apretaban la mano, pronunciaban las frases de rigor, algunos la abrazaban.
No había sido un buen hombre, eso lo sabía bien. Siempre tan distante, tan frío, ¿podía culparse? ¿Qué importaba aquello ahora? Muchas dudas se arremolinaron en su pisque y, si la visión de su propia muerte no lo transformaba, nada lo haría; rememoró la frialdad calculada, el trato con los subalternos, con su mujer, con sus hijos. ¿Había hecho falta tanta distancia? ¿Era así mejor jefe? ¿Mejor persona?
Su mujer lloraba e intentaba no mirar al ataúd, desviaba la mirada a algún otro lugar, él también desvió los ojos, posados sobre su esposa y observó su propio rostro en el interior del sarcófago de madera, ¿acaso aquel rostro desfigurado le devolvía una mirada siniestra o más bien enfurecida? ¿Él con furia al morir? ¡Qué estupidez! La muerte se afronta con frialdad, no deja de ser algo natural, los vivos mueren en alguna ocasión, punto. Lo achacó al carácter de la explosión.
Consultó el reloj, era tarde, solo quedaban algunos amigos consolándola, pero, ante todo, no debían verle. No hacía falta ser dramático, conocía los peligros de su trabajo y ya nada se podía hacer, su final era cierto, solo quería despedirse.
Miraba el reloj constantemente, faltaba poco para agotarse la energía del retornador que le mantenía en ese marco temporal, acabado el plazo volvería atrás... y se acabó. Por suerte, el tanatorio, al arreciar la tarde, se vació, su mujer, acompañada con la única compañía de su hermana, quien la consolaba, dirigió la mirada al ataúd, estuvieron así un rato largo hasta que su cuñada se excusó y marchó al lavabo, así, por fin, su mujer restaba sola en la sala.
La miró con cariño, ¿quizá la primera vez en mucho tiempo que lo hacía? ¿Por qué había sido como había sido? ¡Qué estúpido! Tantos momentos en los que le podría haber mostrado algo de cariño, ¿tanto le hubiera costado? Faltaba media hora.

—¿¡Cariño?! —se acercó a ella.

Su mujer se volvió del pequeño sofá, asombrada, pero reconociendo la voz de ultratumba de su marido.

—¿Tú?

Sobrecogida, con miedo en el rostro, tembló y echó el torso para atrás, pero él tendió su mano y, con ese gesto, apaciguó su temor, ella aceptó entonces la mano y se dejó levantar del sofá, la llevó al enorme balcón del que disponía el centro. Allí podrían hablar a solas. Disponía de menos de media hora, ¿qué podía decir en tan poco tiempo? ¿Disculparse? ¿Decirle lo mucho que la quiso en vida? Le dijo estas cosas y muchas otras que llevaba guardando durante mucho tiempo. Cuando acabó, ella, que era su mano derecha en los experimentos temporales, le preguntó:

—¿Saltarás en breve?
—Sí —revisó su retornador—, solo me quedan dos minutos.

Ella asintió muy seria, abrazada a él, respiró con fuerza, él sintió la respiración de su mujer en el cuello, le besó y la mujer se separó un poco, apenas faltaban veinte segundos.

—Amor... —dijo ella.
—¿Sí?
—No fue un accidente. Yo averié la máquina.

Atónito, fijó la mirada en la incipiente sonrisa macabra que nacía en el rostro de su mujer y su inicial estupor mutó de la sorpresa al odio. Su cara, marcada por rabiosas arrugas, era el reflejo de la furia misma, quiso lanzarse con las manos, atenazarle el cuello, ejercer mucha presión y estrangularla, pero el tiempo se había esfumado, como su propio cuerpo que desaparecía en la nada. Ella miró a esa nada, despejó la sonrisa de su rostro y volvió, con el rictus agravado por la seriedad, al interior del tanatorio, a rendir el último adiós al cuerpo de su exesposo.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 12 de mayo de 2019

«No hay que depender de las mayorías silenciosas, Evey, el silencio es frágil, un grito puede romperlo»
V

Brassos 128 B, un planeta al amparo de la estrella Próxima Centauri, contiene habitantes antropomorfos, seres bípedos muy parecidos a los humanos, excepto, en un pequeño detalle...

—Me temo que deberemos amputarle esa fea extensión.

Las palabras del doctor aturden a la mujer, unos minutos atrás, observaba con incredulidad la mutante extremidad adicional adosada al cuerpo de su hija. Ante esa visión, no sabe como sentarse en la butaca. Su marido, al lado, observa a su hija indiferente; ella, inquieta, se pone de pie, como si desde la perspectiva más elevada las preocupaciones se diluyeran.
Su esposo ni la mira, ¿la culpa a ella? Permanece sentado mientras observa, con esa anodina mirada y un rostro muy serio, a su hija que está estirada en el interior de una incubadora, una máquina que recrea el antiguo proceso de gestación Brassiense, cero orgánico, muchos tubos y muchas luces.
Ella, aún de pie, la mirada preñada de ternura, examina el minúsculo bracito que surge del cuerpo de su hija, se parece tanto al otro, al normal, pero es una aberración, el cuerpo de su hija es anormal, tan amorfo, ¿dos brazos? ¿Es culpa suya? Su marido, con la invariable mueca de preocupación se rasca la barbilla con su único brazo, al instante lo descansa sobre la pierna y, con sus seis dedos, repiquetea nervioso en la rodilla. Ella le observa desde su altura más elevada, se lleva la mano a la espalda, como cuando está nerviosa, y en esa actitud de reflexión se encuentra, cuando el médico vuelve a interceder.

—Es necesario amputar cuanto antes.

Él asiente. Ella se queda mirando la asquerosa extremidad extra. ¿Por qué a su pequeña? En esas ve como las dos manitas se mueven al unísono. Parece tan normal.

—Necesitaré sus firmas —arremete de nuevo el doctor.

El médico acerca su mano al ordenador, con un dedo enciende la pantalla, para después posarla en el teclado de 32 teclas que se reparte como una esfera plana delante de él, ergonomía adaptada para seis dedos.

—¿Tendrá secuelas de mayor? —Interviene la madre nerviosa, sin dejar de mirar la manita extra de su bebé—. ¿Es peligrosa la operación? ¿Le dejará alguna marca?

La retahíla de preguntas surge atropellada de la boca, como derrotada por tamaño esfuerzo, hunde la cabeza y se sienta en la silla, se lleva la mano a los ojos, no puede mirar al doctor directamente. Tiene miedo de lo que dirá.

—Apenas una pequeña cicatriz sin importancia, siempre y cuando realicemos la operación con carácter de urgencia.

El padre sigue sin decir nada, solo asiente, como hipnotizado. El medico calla, desvía la mirada de él y la dirige a la mujer, quien, finalmente, se quita la mano del rostro y le mira. Es consciente de que continúa en estado de shock, nunca habría imaginado que podría pasarle algo así, a ella.

—¿Saben? Es muy normal que duden, que les preocupe el futuro de su hija... —mientras el doctor habla, sigue tecleando con su única mano el teclado de 32 teclas—. Hace años trabajé en la unidad especial de mutaciones genéticas. Vi casos similares. La mayoría de padres toman la buena decisión y optan por extirpar, pero...

Un breve silencio. Ella mira el bracito extra, el apéndice contiene una manita chiquitina y, al observar a su pequeña, alojada en la incubadora, siente pena y asco a la vez.

—Un pequeño porcentaje de padres no se deciden. No sé, es como si esperasen que con ese brazo extra sus hijos fueran a ser más fuertes, más listos, algunos incluso poseen extrañas creencias religiosas, en fin, no deseo molestarles con mi opinión, pero es mi deber informarles que los padres que no dan el visto bueno... —El doctor suspira cansado.

El padre asiente, aunque es posible que no haya oído nada, al menos la mujer así lo intuye, su esposo tiene la mirada perdida, la mirada de cuando está preocupado y no atiende, o no quiere atender; ella misma viaja en una nube muy lejos de la consulta, piensa en la operación, en el bisturí, en los cortes, sangre, vísceras y huesos rotos. Tiembla y siente asco. El doctor levanta la mano del teclado y la posa en su vientre y, sus seis dedos, tamborilean en el estómago, como si esa zona fuera una extensión del teclado. La mirada del doctor les observa, un barrido, mujer, hombre, y vuelve a ella, quien le aparta la mirada.

—Al principio, algunos de los pequeños se desarrollan bien, ya saben, crecen con esa mutación extra, incluso la mayoría, en los primeros estadios, articulan todo el conjunto, mano y brazo, con precisión —Aunque la voz del doctor es serena, al menos eso le parece a la mujer, anticipa cierto nerviosismo por llegar en su monólogo, similar a la calma que precede a la tempestad—. Pero a la mayoría de edad, el brazo se les pudre o acaban perdiendo movilidad articular en la mano, a los que no les sucede nada de eso, padecen otros síndromes, los problemas circulatorios ocasionados por la compensación extra que supone acarrear más sangre son muy comunes, también los de índole respiratoria, por el mismo principio. También sufren cardiopatías, la descompensación castiga mucho al corazón. Los pocos casos que alcanzan una edad adulta y que no sufren de ninguna índole anatómica, se les detecta depresión, esquizofrenia o síndrome disociativo de la realidad. No importa lo sanos que parezca, o que incluso alguno de ellos se haya hecho famoso por dar conciertos de piano a dos manos, esos que sobreviven únicamente representan el 1%. Estudié las estadísticas, créanme cuando les digo que los restantes 99% llevan una vida insana, con muchísimos problemas. Ustedes son libres de decidir, pero escojan rápido.

La mujer agradece el final agónico del discurso, se comenzaba a encontrar mal, tenía ganas de vomitar, pestañea, pierde el enfoque al mirar el segundo bracito de su hija, y lanza una mirada de auxilio a su marido. Este se gira, y vuelve a asentir. Espera que él decida por ambos, pero ¿está ahí con ellos? ¿Se encuentra en la consulta?
La pausa se alarga, ahora sí, como un leitmotiv fúnebre, el hombre asiente de nuevo, su mujer pestañea, tiene un tic en el ojo, le sale cuando está muy nerviosa, y, entonces, por fin, su marido se dirige con aplomo al médico.

—Amputaremos.


Ella lanza un suspiro. No quiere volver a mirar a su hija, no hasta que no le hayan quitado esa malformación. ¿Por qué? ¿Por qué a ella? Piensa en lo mucho que beneficiará esa decisión a su pequeña, las burlas, las humillaciones, los problemas físicos descritos por el doctor, ¿qué hombre se querría casar con una mujer con dos brazos? La sola idea le hace temblar, no, no piensa mirar a su hijita aunque se le parta el alma, al menos no hasta que se lo quiten, su determinación es fuerte, de hecho, solo le hace falta seguir las afirmaciones de su marido, que por fin ha vuelto, ha tomado el control y eso la tranquiliza en parte, pero, y a pesar de la aparente tranquilidad que va adquiriendo de nuevo, el pulso le tiembla, le tiembla todo el brazo, todo su ser tiembla, cuando el médico le aproxima la hoja de carácter legal y ella, dócil, se apresura a lanzar un garabato, apenas una insana copia de su firma, para dar el consentimiento de la extirpación quirúrgica.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 5 de mayo de 2019


«Nacer es solamente comenzar a morir»


La melodía de tañidos, una tríada de notas agudas y penetrantes, marcaron la señal de cambio de turno. El pasillo se llenó de esféricos alumnos, bolas luminosas, que transitaron veloces camino de sus respectivas aulas al compás del melodioso tintineo. Los repiqueteos agudos, emitidos desde el campanario lugartiempo, traspasaron el interior de cada uno de los alumnos, quienes, constreñidos por la poderosa vibración en su interior, sintieron un poderoso, «rápido, tenemos que ir a clase», y por ello se afanaron aún más en acudir con sus respectivos profesores.
Encima de las puertas, carteles rectangulares de brillos dorados, señalaban el clasificatorio nombre asignado a las aulas, así, en IºS el señor Búho enseñaba ululantes cantos, en IXºE, en la clase del ser sin rostro, aprendían telepatía empática, en VIIºR la señorita Gididí mostraba costumbrista historia zombi, en la segunda planta, en VIIºG, confección de atrapasueños y artilugios; una clase clausurada en la tercera planta, al final del pasillo, con un cartel desvencijado y borroso no permitía adivinar el número, aunque si la letra, una borrosa i, donde el marco quemado y la balda atravesada con clavos, impedía la entrada a los alumnos esféricos. Ese aulario cerrado era el preferido de los rumores, pues ellos retransmitían, fueran ciertas o falsas, noticias acerca de una antigua clase de historia sobre humanidad, seres terribles que vivían en un extraño planeta verdiazul, o al menos esa era la fábula, insistentemente repetida, por los rumores.
También había otras y muy variadas clases, pero la última, la que ocupaba la séptima planta de la escuela de Almajardín mostraba la clase VªO y nadie sabía que se impartía en ella, ni los rumores, ni mucho menos las esferas, quizá sí lo supieran algunos profesores, pero ningún rumor había conseguido sonsacar tal información a ninguno de ellos, pero sí coincidían los rumores en señalar al director, el adusto señor Ermute, como único conocedor del secreto.

⁂

Henstep se levantó del camastro solo para decirle, a su compañera de cuarto, que estaba durmiendo, después, se volvió a acostar. Bitathá asintió, molesta e ignorada por su compañero, absorbió el eco de algunas palabras sueltas diseminadas por la estancia y, al escuchar la segunda repetición del terceto de notas, marchó corriendo a clase. Un tiempo después Henstep removió su aura lumínica y con la desperezada sacudida removió algunos finos haces de tinieblas de su lecho, solo en el cuarto se levantó, emitió una fugaz vibración y marchó para el jardín, allí donde quedaba el pozo con la curiosa inscripción que tanto llamaba su atención.
El pozo. Una construcción fascinante, erigido en cuarzo rosado, con un semiarco de huesos que lo envolvía en todo su diámetro, y la inscripción, tallada a mano en el mineral, rezaba: «la curiosidad echa a perder a los mejores». La inscripción le fascinaba desde hacía muchas perspectivas atrás, más aún que el propio pozo, cuando lo vio el primer día en su ingreso en Almajardín, perspectivas más tarde cuando fue asignado al cuarto de Bitathá y, desde la ventana ovoidal de la habitación, volvió a observarlo; en su segunda semana lo ubicó mientras transitaba por el pasillo exterior cercano al ala este y le llegaban multitud de frases escampadas por los rumores, al pasar de las perspectivas escuchaba cada vez más, porque oía en demasía a los rumores en pasillos, zonas de recreo, lavabos y aularios, la misma frase, «no te acerques al pozo, no te acerques al pozo», frase que, lejos de ahuyentarlo, lo atraía.

⁂

El señor Ermute vigilaba desde su despacho, ubicado en la séptima planta, colindante a la habitación cerrada, el pozo, lo observaba desde muchas perspectivas, pasadas, presentes y futuras, se conocía de memoria la tallada inscripción y, también observó, al esférico alumno, conocido como Henstep, acercarse en horario lectivo al borde del agujero. El director agarró un libro con su única mano, de título Desesperación, y bajó raudo las escaleras de caracol, una bajada de emergencia situada en la cara este del edificio. Las escalinatas conducían hasta el patio del pozo.

⁂

Henstep se encaramó al borde del pozo, curioseaba en la linde, observando el vacío del agujero, una negrura casi sin fin se extendía mucha distancia bajo su esencia. Al final de ella, un puntito redondo, azul y verde, giraba y susurraba «ven Rey mío, ven». La sombra de Ermute sorprendió a Henstep, el alumno no esperaba al director allí y menos tan de improviso, pensó en alguna excusa que transmitirle, pero este, sin decir ni una sola palabra, le estampó la portada del libro en toda su ovalidad, el golpetazo empujó a Henstep unos centímetros, los suficientes para perder agarre en el borde. Cayó al interior del pozo, el director tiró tras de sí el pesado volumen con título Desesperación, y, esfera y libro, cayeron arrastrados por alguna clase de succión, más poderosa que la fuerza de gravedad, hacia el no tan lejano globo redondo, azul y verde, al que se aproximaban más y más veloces. Un presagio acudió a Bitathá contándole lo ocurrido, aunque los rumores no le confirmaban nada de lo que le contaba aquel buen ser, con un pálpito y, sin esperar a la finalización de la clase, salió volando al pasillo, recorrió el claustro interior y llegó a tiempo de observar, espantada, los últimos haces de luz de Henstep escapándose desde el interior del pozo, mientras el director Ermute daba la espalda al pozo y abandonaba el patio, presta, Bitathá se acercó al pozo y de un brinco lumínico se lanzó a su interior, fue engullida por la misma succión, recorriendo la misma negrura que Henstep, siguiéndole allí donde él fuera.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


Safe Creative

Safe Creative #1606140237321

Youtube

Histórico entradas

Leer por email

Mis lecturas en GoodReads

Libros de S. Bonavida Ponce

*Information by Goodreads
Smoking Dead Smoking Dead
reviews: 5
ratings: 6 (avg rating 4.50)

Aquiescencias Aquiescencias (Tomo I)
reviews: 2
ratings: 2 (avg rating 4.00)

Antología letraherida Antología letraherida
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Antología letraherida: Volumen 2 Antología letraherida: Volumen 2
reviews: 1
ratings: 1 (avg rating 5.00)