Un tranquilo lugar de aquiescencia

domingo, 29 de abril de 2018

JCP: Don leísmo (7)

«Llegamos al último del juego, al séptimo, en el que desemboca este Juego Con Palabras. Nos aventuramos en la difícil tarea de honrar o deshonrar, cada cual lo entienda como prefiera, las figuras de los leísmos y loísmos».


Don Leísmo lee que te lee cada día, a cada hora, a cada momento; ya sea una novela, la página de un diario, tal vez un ebook o incluso las letras de una valla publicitaria.
Ahí está, él siempre, dispuesto a leer. Pero sus pesares comienzan el día que empieza a fundir los pronombres con los artículos: le con la, le con lo, y el tumulto de los, las y les.
Se arremolinan de improviso delante de sus anteojos; aglutinadas de esa manera copiosa, borrosa y caótica que impide su afán lector.


Consulta Doctor Bustos, anuncia un aséptico cartel blanco en letras negras.

—¡Ay! Doctor, leo sin parar, pero le leo todo mal.
—¿A mí me lee mal?
—No, a la lectura. ¿Le ve? Incluso comienzo a hablarlo mal.
—No se aflija, podemos hallar curar si tiene paciencia.
—No he sido de tener eso.
—Lo vamos a intentar. Paciencia, madre de todas las ciencias —alude al refranero el buen doctor Bustos.
—Sí, claro.

Don Leísmo salé desesperanzado de la consulta. Las palabras continúan conformando una extraña amalgama delante de él. El doctor Bustos sigue desde la ventana los pasos de don Leísmo, quien se aleja cabizbajo por la calle. Agarra el teléfono y marca un número...
—!Aló!
—¿Señorita doña Loísmo? Tengo una cura para su aflicción si realiza todo lo que diré a continuación. Pero antes, anote la siguiente dirección...


Mientras, nuestro protagonista, en su piso, solo, desaseado, inquieto, mirando aburrido las blancas paredes, cruzado de manos dispuesto a no leer; la levedad le corroe, lo engulle el ansía, la aburrición le aprisiona, y muchos más adjetivos carroñeros lo rondan amenazantes.

Imagina con efluvios de tristeza: «¿Cómo conseguiré finalizar mis lecturas pendientes por culpa de este desvarío?».

Al señor Joyce no le... ¿lo? importuno, ya leeré Ulises.
Moby Dick, amarrada a un estante, ahí la dejo.
La insoportable levedad del ser, mi alma, estancada se queda.
Suerte que dejé el tabaco, Smoking Dead, para otro rato más tardío, también apartada queda.
Con todo el respeto a su Alquimista, don Coelho, le debo guardar luto, aunque sea momentáneo.
¿Bob Dylan? ¿Desde cuándo se coló este en mi librería? Cuanto daño lo hace a mi espíritu, pues confundo las letras con las lyrics.
No le olvido, Olvidado rey Gudú, no la olvido señora Matute...

Ding, dong...

Las dos notas del timbroso heraldo resuenan impetuosas en la casa.

«¿Quién viene, en estas horas sombrías, a molestarme?».

Nuestro quejumbroso protagonista acude a la puerta con desgana, gira el pomo y abre. ¡Oh! Sorpresa mayúscula. Delante suyo una bella figura de mujer, con escote pronunciado, tremendas gafapasta y paso decidido.

—Soy doña Loísmo, me envía el doctor Bustos. Vamos a arreglarlos.
—Perdone, ¿a quiénes arreglaremos? —pregunta inocente don Leísmo.
—¿Arreglarlos? A nosotros. Yo también sufro de un mal similar al suyo...
Pero  no finaliza la frase, atenta a las directrices del doctor, se lanza encima del desprevenido don Leísmo con un sinfín de abrazos, arrumacos y con esa tibieza de las letras entrando y saliendo de sus poros.

Y, ya...

Don Leísmo recupera su salud y gana una fogosa compañera. Doña Loísmo, bella bibliotecaria, obtiene un compañero huraño, aunque fiel e igual amante de las letras como ella; y, mientras, en su consulta, el buen doctor Bustos ríe aquiescente, pues para encontrar la cura, tan simple como unir a un leísta con un loísta.

Les decimos a todos, lo agradecemos de corazón, hayan leído el patidifuso caso de don Leísmo, doña Loísmo y su atribulada afección.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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