domingo, 13 de noviembre de 2016

«No existen más que dos reglas para escribir:
tener algo que decir y decirlo»
Oscar Wilde
(§ Irlanda 1854, † París 1900)

Habíase un lugar,

llamado Jitepé del camino, situado entre San Caballero y Dulcinea, un pueblo pequeño con pocas casas y menos establecimientos, un lugar que hoy día ya no sale en los mapas por que dejó de existir. En aquel entonces, dos establecimientos permitían sobrevivir a aquel pueblo malherido por la modernidad, la escuela Güera de doña Palmira y el invernadero Maty, repleto de flores y otras plantas, al cual los vecinos de localidades cercanas se acercaban debido a la gran vistosidad de los ramos y el buen arreglo de las flores.

En este último establecimiento nació un cactus muy especial, al que la floristera, una viejita llamada Rosalinda, le puso de nombre Alan. Con el paso de los años, Rosalinda observó que Alan, a diferencia de sus otros muchos hijos, se le daba bien hablar castellano y las matemáticas, así que decidió ponerle unos pantalones, una camisa blanca y enviarlo a la escuela Güera.

En la escuela había niños y niñas, una de esas escuelas modernas, donde los infantes se mezclaban sin ningún reparo. Cristóbal, el niño peleón de la escuela, nada más vio aparecer al cactus en el colegio, empezó a hostigarle, «Feo», «Verdoso», «Pinchudo», «¿Por qué no te quedas en el invernadero plantado en tu tiesto?». Aquel era el primer día de colegio de Alan, y estaba muy nervioso. Su mama la floristera le había repetido hasta la saciedad que no peleara con los otros niños, pues podía hacerles mucho daño con sus espinas.

Pero el matón de Cristóbal continuaba instigándole, y Alan ya no sabía que hacer en aquella situación. Por suerte, una niña bondadosa llamada Aras, a la cual le disgustaban las injusticias, se plantó en medio del gigantón y el cactus, y observando con rostro amenazante al matón le soltó varios improperios inteligentes que el matón tardó tiempo en comprender: «Cristóbal, si naces dos horas antes, dos horas más tonto».

El matón gruñó sin comprender bien aquella frase e iba a pegar a Aras cuando se percató que la profesora, doña Palmira, vigilaba atenta desde lejos. Cristóbal era un niño calculador, hay personas que dicen que los niños no son malvados, pero se equivocan, él lo era, y no quería que la profesora presenciara nada de lo que tenía planeado hacer.

«Ya atraparé a ese tonto pinchudo y me vengaré de Aras cuando no esté la vieja profesora», pensó Cristóbal alejándose de ellos.

Desde ese día, Alan no se separó de Aras, juntos comenzaron a labrar una tierna amistad, y cada día que pasaba la abonaban con juegos, miradas cómplices, caminatas por el camino de regreso a casa, donde se contaban secretos mientras tiraban piedras al río haciéndolas rebotar contra la líquida superficie.

Un día, Alan tuvo que quedarse en la floristería ayudando a su mamá, viendo la oportunidad Cristóbal siguió a Aras por el río, se le acercó corriendo y la empujó por la espalda, ella cayó al suelo.
Aras, enfadada y con un desgarrón en su rodilla, le espetó, «Eres malo, eres feo, y eres sucio, pero lo peor es que eres tonto», le dijo mirándolo con desprecio, mientras unas lágrimas recorrían su rostro. Cristóbal era un gigantón sin refinamiento, y las palabras de Aras siempre lo herían en lo más profundo de sur ser, en esa ocasión la fuerza de la razón quedó anegada por la sinrazón de la fuerza, sin reparar en su enorme fuerza lanzó su enorme puño contra el rostro de la niña. Su impacto sonó secó, la nariz de Aras se convirtió en un reguero de sangre e inundó los nudillos del gigantón. Un segundo más tarde, el cuerpo de Aras estaba cayendo de espaldas, y con tan mala suerte cayó, que el cráneo de la pequeña golpeó una piedra puntiaguda que estaba en el suelo. Un líquido rojizo manchó la piedra y Aras no despertó. Cristóbal se acercó y la espetó a levantarse, no se movía, asustado, comenzó a pensar rápido, viendo que la niña no se levantaba y por una vez más asustado que calculador, arrastró el cuerpo de la pequeña y la encerró en un pequeño cobertizo en la linde del río.

Y allí la dejó malherida.

Mientras, Alan, que había acabado de ayudar a su mamá, comenzó a buscar frenético a Aras por todos lados...

../..

Esa misma noche, un vecino encontró el cuerpo de Aras en el cobertizo de al lado del río. La pobre niña poseía una fuerte herida en el cráneo, y su cuerpo estaba cercano al colapso debido a la deshidratación y la falta de ayuda, rápidamente la llevaron al hospital más cercano. En el colegio de la Güera de doña Palmira todos los niños estaban preocupados por el estado de la niña, pero Alan descubrió a Cristóbal riendo a escondidas en una esquina, y en aquel momento, supo quién había dado la brutal paliza a su amiga íntima.

../..

Era de noche, Cristóbal se había quedado un poco más tarde en el colegio practicando deporte, y ese día saldría más tarde pues debía recoger el material deportivo. Su camino de vuelta a casa, le llevaban de nuevo cerca del cobertizo. Entonces, sin previo aviso, una rama le pegó en la cara, algo se le clavó en la rodilla, ¿una espina?, y otra seguidamente en la pantorrilla; un aullido de dolor escapó de su garganta, enseguida más espinas y más ramas se sumaron a aquella embestida. Un montón de arbustos rodearon su cuerpo, empujándolo en dirección al río. El matón intentó chillar, pero las ramas de aquellos arbustos le tapaban la boca y los ojos, no veía nada, no podía chillar, además, centenares de espinas se le clavaban en partes de su cuerpo que no sabía ni que existían, y el dolor, las lágrimas recorrían su rostro. El matón no había conocido nunca tanto dolor. Sus ojos hinchados por el dolor no le permitían ver bien, pero intuía la proximidad del río, y así era, su cuerpo se acercaba cada vez más a la linde del río, cada vez más cercano, cada vez más oscuro, cada vez más siniestro...

../..

A la mañana siguiente, encontraron ahogado a Cristóbal flotando en el río. La policía no supo determinar que lo había matado, presentaba heridas de espinas en extremidades, rostro, torso y otras partes de su cuerpo. La resolución de su fallecimiento: Asfixia. Asaltantes: Desconocidos.
Aras se mantuvo inestable durante semanas en el hospital luchando contra la muerte, pero finalmente su cuerpo no consiguió recuperarse de la fuerte conmoción y falleció a los tres días.
Respecto a Alan, nadie volvió a verlo por Jitepé del camino...

Muchos años más tarde, cuando el pueblo estaba casi deshabitado, los pocos aldeanos que aún vivían, pudieron observar como un enorme cactus, de grandes espinas y tallo frondoso, crecía vigoroso en la linde del río. Muchos aseguraron que aquella planta les recordaba la figura de una esbelta niña, jugando a tirar piedras al río, junto a otro niño que le agarraba tiernamente de la mano.

Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 6 de noviembre de 2016

«Michifuz es una deformación fonética de "Micifuf", el nombre del gato protagonista de "La gatomaquia", un relato en verso escrito por Lope de Vega en 1633»
UTLA

Habíase un lugar llamado inferno,

—Michifuz —gritaba encolerizado el pobre diablo—, ¿dónde está mi leche?

A aquel pobre diablo le encantaba tomarse un gran vaso de leche antes de acometer las fechorías nocturnas. Pero la tina donde reposaba el blanco líquido se encontraba vacía, en el suelo, unas huellas de gato que se alejaban, delataban la autoría del robo. Michifuz ronroneaba tranquilo en una esquina, lamiéndose la pata con su lengua aún blancuzca.

—¿Y mi atún? ¿Dónde está mi atún? —La cólera del diablo iba en aumento. En aquel momento de máxima ira, su nombre, el conocido por los hombres, fue invocado a través de un ritual pagano—. Malditos humanos, no le dejan a uno ni desayunar.

El diablo se encaminó a su habitación, se roció Infernel número 5, se puso la impresionante capa negra y se dirigió rápidamente a la sala de invocación, su nombre continuaba resonando a través de los canales infernales «Ya voy. Ya voy», pensaba enfadado. Justo cuando iba a colocarse en medio del pentagrama, y realizar el demoníaco chasquido de dedos, apareció Michifuz ronroneando entre sus pies. Esto le hizo trastabillar de espaldas, perdió el equilibrio, y comenzó a caer, mientras sus posaderas se iban acercando al suelo, chascó los dedos...

El diablo apareció caído de culo en una sala repleta de hombres encapuchados. Michifuz se escabulló sigilosamente entre sus piernas, pues a diferencia de su amo, él no estaba sujeto al pentagrama pintado en el suelo. Los hombres reunidos dejaron de cantar la canción pagana. La entrada tan peculiar del señor del mal... les había dejado, perplejos.

—¡Oh, señor Oscuro! —carraspeó el encapuchado que parecía ser el líder de aquel conglomerado de satánicos. El diablo aprovechó y se puso de pie, adquiriendo un porte más digno de su nombre—. ¡Te ofrecemos a esta mujer virgen para que nos colmes de tu arcano poder!

El diablo observó con detenimiento a una chica atada en un altar negro. Esta lo observaba enfadada y una mordaza en su boca le impedía hablar. El diablo consultó los canales demoníacos, y en seguida reconoció a aquella muchacha. Era la hija del conde Rego, Lucilda, y por lo que sabía el demonio, la chica era tan virgen como frío era el infierno. El diablo se disponía a reclamar una mercancía más pura, cuando de repente, una turba de caballeros de armadura plateada, entró apresuradamente en la sala.

—¡Deteneos bellacos! La orden de nuestro señor del júbilo eterno no permitirá tamaña tropelía.
—Rápido señor —insistió un soldado—, tienen a la virginal Lucilda, tal como nos temíamos.
—¡Oh cielos! Y han invocado a un diablo. Lucilda, mi amor, no desesperes.

El diablo observaba toda la escena perplejo. Aquella situación no poseía ningún buen augurio. Él solo quería volver a casa, pero una vez invocado solo podía salir de allí bajo una serie de circunstancias, a saber: la entrega de la virgen, una desinvocación, o qué el pentagrama se desdibujara, esas eran algunas de las opciones más halagüeñas...

Los encapuchados extrajeron las espadas de sus cintos. Los caballeros se acercaron a ellos con denuedo.
—¡Por san Jorge!
—¡Por satanás!

Aquello se convirtió en una lucha encarnizada entre hermanos de una fe contra los de otra.

—Mortal —dijo el diablo en dirección al líder de la secta demoníaca—, entrégame a la muchacha o libérame.

El líder invocador asintió, pero justo en aquel momento, una flecha le atravesó la cabezota, después de eso, su cuerpo cayó pesado al suelo.

«Me cago en Lucifer», pensó el diablo, que tan solo quería volver a casa.

La lucha estuvo desequilibrada, los caballeros mejor armados y entrenados dieron buena cuenta de los encapuchados.

—Mi señor, ¿qué hacemos con el diablo? Esta ahí en medio.
—¡Presto! Traed al exorcista.

El diablo observaba la escena con postura digna, pero la preocupación le carcomía por dentro. Aquello no pintaba nada bien. Lo más gracioso de todo es que él sabía que el exorcista y Lucilda habían sido amantes, si el caballero de armadura plateada le hubiera preguntado se lo hubiera dicho. Pero... claro, ¿cómo iba a cruzar una sola palabra con él?

A todas estas, Michifuz ya había vuelto de sus aventuras. Había recorrido los alrededores de aquel templo abandonado, retozado con una gatita del lugar y tomado prestado un pastel de atún de una granja cercana. En medio de la algarabía nadie se percató de aquella pequeña sombra peluda que se escabullía entre los pies del diablo. Con su áspera lengua de minino comenzó a lamer el pentagrama del suelo pintado en tiza. El diablo observaba esperanzado las evoluciones del minino, pero le llevaría tiempo a Michifuz limpiar todo el suelo de tiza...

—Escuchad, joven caballero —dijo el diablo para atraer la atención sobre él—. Lucilda es...
—No os pertenece, señor oscuro. Es mi amada.
—No, no es eso. Es otra cosa, ella y el exorcista...
—No sigáis con vuestra ponzoña. En cuanto llegue el santo prelado vuestra existencia habrá acabado.

El exorcista poseía poco de santo prelado, según recogían los canales demoníacos. Pero el sordo caballero nunca le creería, los tontos de buenas intenciones nunca escuchan a los seres malvados, aunque estos digan la verdad. Poco importaba, lametazo tras lametazo Michifuz había ido borrando la tiza que daba forma al pentagrama. El suelo estaba limpio. El diablo podía escapar.

Todo sucedió muy rápido. El exorcista recién entraba en la sala, el caballero lo miró con orgullo, el recién llegado, por su parte, solo poseía ojos para Lucilda, la cual observaba coqueta a un apuesto soldado que le estaba cortando sus ataduras.

—Adiós, pobres mortales. Sabed que tenéis mi rencor eterno, y a algunos de vosotros os esperaré paciente en el infierno, vuestro futuro hogar.

Y entonces chascó los dedos. Los presentes se quedaron en su vulgar plano mortal y el diablo, con el enroscado Michifuz en su pierna, volvieron al hogar infernal.

../..

Era de día en el inferno, momento para irse a acostar después de aquella desastrosa noche de duro trabajo. El diablo cansado fue a la cocina a buscar un poco de pescado, pues era vegetariano, pero su sorpresa fue mayúscula. El pescado tampoco estaba. Ya sin ganas de enfadarse se preparó un pequeño batido de azufre con nueces y se sentó en un cómodo trono de pinchos y púas. En aquel momento Michifuz saltó a su regazo, comenzó a ronronear y se quedó dormido en sus piernas.

—Y ahora, ¿cómo me voy a dormir? ¡Gato del diablo! —dijo aquel pobre ser demoníaco, mientras acariciaba el pelaje de Michifuz, quien ronroneaba feliz soñando con cataratas de peces, pasteles de atún y el dominio total de la estúpida raza humana.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 30 de octubre de 2016

«Una fábula, 
de la valiente doña Úrsula, 
el pajarraco mala escritura 
y su caída».
UTLA

Habíase un lugar,

muy lejano llamado Era, un pueblo donde había una mala escritura planeando por sus campos literaros. De tanto en cuanto, dicha ave soltaba su fatídico excremento, arruinando así las cosechas de aquellos buenos seres.

—¿Alguien ha visto a ese pajarraco? —bramó indignada doña Úrsula.

Nadie supo contestar. Nadie había visto a la ceniza ave desde hacía días. Y se aliviaban pensando que no volvería.

—¡Ay, cuando caiga entre mis manos! —Y juntando sus manos, puño sobre puño, doña Úrsula imitó el gesto de romper cuellos.

Y eso que un día, reapareció la temida ave...

Era estaba terible, padecía que un hudacan se hubiera pazado por aquelloz canpos literraros, la tiera negra, sucia, naide queria acerse cargo de la situacion; no asta que, dona ursula, baliente como pocas, apagueción con su ezcopeta. Pum, pum, pum...

Sonaron tres estruendosos disparos, y el ave cayó muerta al suelo.
Gracias a la hazaña de doña Úrsula, todos volvieron a sonreír y a plantar buenas cosechas en los campos literaros.

Esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 23 de octubre de 2016


«Cuando dejen de comprar nuestros discos, 
entonces diré adiós y 
haré otra cosa, 
tal vez, 
me vuelva stripper»
Freddy Mercury


Resulta chocante pensar en la palabra tolerancia como en un eufemismo de sordidez y, sin embargo, con toda esa carga acude hasta mis oídos de manera contundente.

—Aquí está la calle tolerancia. Es donde se permite —Mi interlocutora carraspea y se aclara la voz, algo se ha alojado en la garganta de mi guía turística, debe ser este maldito polvo que impera en el ambiente—, como decía, donde se permiten ciertas licencias con las señoras de la noche.

Me resulta extraño el tono. Parecería que estuviera hablando del purgatorio o de algún lugar peor. ¿Qué tiene de extraño este lugar? Yo me crie a dos cuadras de aquí. Es verdad que es una calle más oscura que el resto, las luces del alumbrado público no brillan igual aquí y las casas son pequeñas, no albergan más de una planta la mayoría. Destartalados carteles o pizarras improvisadas, repletas de faltas de ortografía, dan la bienvenida al extranjero. Copas 2x1. Happy Hour after 07:00 pm. Son solo algunos de los reclamos escritos en tiza en las viejas pizarras callejeras.

Por las palabras de la guía, puede interpretarse como si el hogar de las meretrices fuera un lugar sucio. A mi mente acuden imágenes a tropel de películas, donde las señoras lumias son extorsionadas por chulos sin escrúpulos o maridos drogadictos, incluso quizás por una peligrosa combinación de ambos. La guía turística se recoloca la chaqueta sobre los hombros. Parece incómoda. Hace calor, por suerte el sol comienza a declinar por detrás de las montañas.

—¿Entramos? —Acompaño la frase de un galante gesto en dirección al hueco de la puerta donde debería haber una puerta. Aunque el tono es de pregunta, la invitación no lo es. Ella arquea una ceja y lanza un pequeño bufido.

—¿Sí es lo que quiere?

No respondo a su pregunta y entro al lugar. Ella me sigue. El local está prácticamente vacío. En una tarima hay una barra de hierro vertical, abrazada a ella una stripper realiza estudiadas poses de baile. Lleva un bikini de color verde, las luces del local crean reflejos, estos se presentan como fugaces látigos luminosos, pues al incidir la luz sobre la minúscula vestimenta parecen restallar rabiosos en el aire. A los pies de la improvisada bailarina, dos habituales del lugar aplauden las contorsiones de la mujer.

La stripper se percata de nuestra presencia en el local. Detiene su baile al instante, y alzando las manos al aire, realiza un estiramiento con las manos. Su mirada felina observa con detenimiento nuestra incursión en su redil. A la par, la guía turística mira en derredor. Pasa disimuladamente un dedo por una silla, y arquea de nuevo la ceja en esa pose suya tan circunspecta ante lo que podría llamarse eventualidades anormales. La stripper baja de la tarima. Sonríe contenta en nuestra dirección, mientras sus pasos acuden alegres en nuestra búsqueda. Su melena larga, de un rubio platino espectacular cae desmelenada por la espalda. Algunas gotas de sudor, estacionadas en sus sudorosos músculos, brillan por el efecto de la luz giratoria del techo.

—Hola cariño, ¡cuánto tiempo! —De cerca, la encantadora sonrisa de la stripper nos revela una mujer cercana a los cuarenta años—. ¿Es tu novia?

—No, madre. Sólo es una guía turística.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 16 de octubre de 2016



«Pervivo para enseñaros» 
IGNATIUS. B. P.




—Ya sabes, el cajón ese donde guardo las cosas importantes.
—¡Ais! No sé, ¿quieres hablarlo aquí? ¿No te da apuro?
—¡Quita, pero si no hay nadie!

¿Y yo que soy? ¿Una aparición? Estas ancianas consiguen sacarme de mis casillas. Extraigo mi celular y me dispongo a transcribir, a modo de sibilina venganza, su conversación, aparentemente bordada con visillos de secretismo.

—Ya sabes, el cajón de las braguitas. Donde guardo las joyas y... eso otro.

¿Braguitas? ¿Eso otro? Las señoras elevan las apuestas en mi imaginación.

—Pues no sé. ¿A ti te gusta?
—Pues verás, al principio me sentía mal porque pensaba que engañaba a mi Pedro, en paz descanse, pero cada noche, abro el cajón...
—¿Sí?
—Ya sabes... y eso otro. No es importante, ya lo sabes, lo hago sin maldad. ¿Tú sabes? La angustia de la soledad, a mi edad, y que Dios y la virgen María me perdonen si creen que hago algo mal... Pero, ¿estoy engañando a mi Pedro?

Observo que la amiga se lleva la mano a la boca. Masculla algo inaudible entre dientes, la mano antepuesta delante de la boca tampoco me ayuda a escuchar las ininteligibles palabras murmuradas.

—¿Rezas cada noche?
—Sí, claro, cada noche. Un padrenuestro y un ave maría.
—Pero, rezas... ¿antes o después de eso otro?

La señora, la del cajón de las braguitas con eso otro, observa a la amiga con la cara roja. Esta baja la barbilla hasta casi su pecho. El ascensor está a punto de abrir las puertas, hemos llegado al andén, el cual está repleto de gente queriendo entrar, la señora se percata de ello y se apresura a contestar...

—Antes... de... eso otro.
—¡Oh! — Se santifica la amiga—, tienes que hacerlo después, después... sino irás al infierno.

Las puertas se abren. La gente esperando deja pasar al dúo de señoras, que salen con la cabeza agachada, mirada avergonzada al suelo, la multitud atrae al pudor como la sangre atrae a los vampiros. Maldita sea, que endemoniado Mcguffin será el ese otro, que ahora no me dejará dormir por la noche. Pero me doy cuenta en la importancia de los tiempos al rezar, pues no parecer ser lo mismo, el antes, el durante, el después... del eso otro.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 9 de octubre de 2016

«—¡Vamos a por ella! —exclamó Hansel—. Nos vamos a dar un banquete. Me comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás que dulce es».

Habíase un lugar,

llamado villa Loso, donde nacieron casi al unísono, una detrás de la otra, tres lindas niñas, y eran tan parecidas entre ellas que era difícil distinguirlas con una simple mirada.

La primera en salir del interior de su mama fue Zas, ella adquirió este curioso nombre por el sonido que produjo al ser parida, un ruido rápido como el chasquido de una lengua que golpea el paladar.

La segunda nacida fue Lli, miraba a todos lados curiosa, con sus enormes ojos bien abiertos, y reía, pero de manera extraña, como si fuera una pequeña comadreja.

La tercera y última fue llamada Tri, pues había sido la tercera en nacer, y esa palabra se utilizaba mucho como prefijo para indicar el número tres.

A pesar de los nombres, no debierais pensar que los padres de las tres niñas carecían de cariño para con sus retoñas, simplemente poseían una escasa adquisición del ridículo y no les daban importancia a los gastados ajustes protocolarios de su reino.

Zas, la primogénita, Lli la segunda nacida y Tri la última, habían sido la primera triada de niñas nacidas en villa Loso en mucho tiempo, donde la mayoría de los neonatos eran hijos únicos. Extraños hasta la fecha habían sido los casos de gemelos, pero ni los más ancianos del lugar recordaban la última vez que alguien había visto una camada de tres recién nacidos. Hizo falta molestar al alcalde, quién abrió las puertas del histórico registro de nacimientos desde tiempos inmemoriales y allí encontrar, el primer caso acaecido, hacía más de doscientos años atrás.

Se celebraron múltiples fiestas y variadas celebraciones para agasajar a los papas de tan extraordinario suceso. Vinieron personalidades de todos sitios y lugares. Obtuvieron grandes abrazos, mejores regalos y vanos consejos. Para cuando por fin los papas de las tres niñas pudieron disponer de más tiempo, recordaron que aún no habían inscrito a sus retoñas en el registro de personas sintientes de villa Loso.

El papa marchó prestamente retrasado a inscribirlas en el registro, pero después de tantas celebraciones, los nervios, acompañados de su mala memoria, hicieron mella en él, y no supo recordar el orden exacto del nacimiento de sus hijas. Empezó a cavilar, y acertó de puro milagro el orden de Lli, pero falló al recordar a las otras dos, y es por ello que les cambio el orden. Tri paso a ser la primogénita, y por arte de estupidimiento Zas, la primogénita original, pasó a ser la tercera nacida.

Sin más importancia que tan solo el estúpido orden, las tres niñas se criaron de manera agradable por sus papas. Con el paso de los años, y debido a la fama que adquirieron las tres hermanas, a los extraños casos de tríos de hermanas nacidas al unísono, se les llamó Trillizas, en honor a Zas, Lli y Tri.

«Sin conflicto no hay relato, pero hay trillizas». ^^

Esto es verdad, y no miento.
Y como me lo contaron, os lo cuento.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 2 de octubre de 2016



«Habíase un lugar,
era pequeño, minúsculo,
pero agradable a la vista, 
de él nacían bellas palabras,
y solo predicaba amor.
Se llamaba Aquiescencia»
S. Bonavida Ponce


Habíase un lugar,

—¿Por qué no escribe Érase una vez? Así comienzan los cuentos de hadas clásicos. Es que... no tiene sentido Habíase un lugar.
—A mí una vez, el pequeño ser sin rostro, me contó el porqué.
—¡Pues ya me dirás qué sentido tiene!
—Érase solo se refiere a un tiempo, a una marca temporal...
—¿Y ya está? ¿El pequeño ser de gabardina y sombrero blanco solo te dijo eso?
—No me has dejado acabar... ¿Recuerdas cuando eras pequeño? La casa de tus abuelos donde pasabas los veranos, o aquel parque de juegos donde te llevaba tu padre, o la habitación donde tu madre te leía cuentos... Todos tenemos un lugar en el pasado al que podemos volver.
—¿El pequeño ser sin facciones en el rostro te dijo eso? ¿Cómo sabía él...?
—No lo sé, pero insistió en la temporalidad de Érase, sin embargo, Habíase un lugar comprende un marco espacio-temporal, como cuando egresas de tu presente para rememorar el pasado, no solo viajas en el tiempo, vuelves a una realidad física, a una marca espacial. ¿Recuerdas la felicidad de pequeño?
—Sí, tenía siete años.
—Eso está bien, pero has obviado el dónde. ¿Dónde eras feliz?
—En casa de mis abuelos.
—Y ahora, siendo adulto, de buen seguro has intentado volver a ese lugar. Y de hecho en alguna ocasión habrás vuelto al lugar físico, pero ya no es igual. Simplemente no es lo mismo, aunque el lugar hubiera mantenido sus estructuras, los marcos en las paredes, o incluso las calles fueran idénticas a como las conservas en tu memoria. No es el mismo lugar.
—Claro, es el tiempo...
—Pero no solo es el tiempo. Tu lugar, el lugar de tus recuerdos era un sitio distinto, con todo el desplazamiento temporal y espacial que ello conlleva. No solo no puedes regresar por que el tiempo avance, el lugar de tus recuerdos solo existe dentro de ti.
—Y, ¿nunca podré volver?
—Todas las veces que quieras.
—¿Cómo?
—Solo debes cerrar los ojos.

Y esto es verdad y no miento,
y como me lo contaron,
os lo cuento.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


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