miércoles, 29 de julio de 2020

«Todos los niños crecen,
menos uno
»


Es casi imposible no quedarse prendado con ese arranque de la literatura universal donde el autor, James Matthew Barrie, eclipsado por su creación, nos alumbra con un arquetipo exportable a las culturas de cualquier parte del mundo.

George Llewelyn Davies exclamó «¡Morir será una aventura formidable!», frase que se convirtió en el leitmotiv del personaje y que se eliminó de las representaciones teatrales durante los años de la Primera Guerra Mundial en la cual murieron alrededor de un millón de jóvenes soldados británicos, George entre ellos.


Esta versión del niño que no quería crecer queda anotada por Silvia Herreros de Tejada, especialista en J.M. Barrie, y resulta una revisión imprescindible para conocer en profundidad al clásico personaje de Peter Pan que trascendió a su autor, J.M. Barrie.

—Wendy, yo me escapé el día en que nací.

Me resultó muy interesante descubrir en el libro los miles de detalles que menciona la autora versada en el mundo de Barrie y de su creaciónes literarias: Peter Pan.

Ella le preguntó dónde vivía. —En la segunda a la derecha —dijo Peter—, y luego todo recto hasta el amanecer.

El prólogo, con bastante páginas te proporciona un trasfondo utilísimo para encarar mejor al personaje, lejos de la versión descafeinada de Disney, en todo su amplio espectro: alegre, frívolo, cruel, fantástico, mágico…

(Garfio)—Pan, ¿quién sois? ¿Qué sois?», a lo que éste contesta: «Soy la juventud, soy la alegría. Soy un pajarillo que acaba de romper el cascarón».
Esto era, en efecto, una tontería, pero le sirvió al infeliz de Garfio para comprobar que Peter no tenía ni la más mínima idea de quién era o qué era.

Nunca sabremos de donde proviene Peter Pan, pero no es necesario saber de donde vienen las cosas buenas.

Un clásico de la literatura que, sin lugar a dudas, vale la pena leer.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 26 de julio de 2020


«La maldición fortifica;
la bendición relaja
».


Al escuchar la historia de Nils se le formó en la mente un remolino de sensaciones, recuerdos, palabras, una fusión de recuerdos transmutados en palabras que se fusionaban para formar frases, e imágenes, muchas imágenes, que no eran suyas, y la mezcla se materializó en su mente, similar al momento en que escuchó su voz en el sótano y, se sorprendió a sí misma, diciendo:
—yo me sé una historia similar, ji, ji, ji.
Nils y Utla se giraron por la interrupción, el primero en actitud claramente sorprendida y el segundo más tranquilo:
—Cuéntanosla también —Le invitó Utla ante la mudez del muchacho.
—me da vergüenza…
—¡Quizá sea otra pista para ayudar a Nils! Adelante, por favor.
Le daba vergüenza ser el centro de atención, así que bajó la cabeza y, como pudo, enunció los versos de aquel poema-historia, tallado en una piedra y perdido tiempo ha:

«Una joven duerme mil años
entre ricos y escondidos tesoros.
El gallo aguarda encima de una pila de oro
y, orgulloso vigilante, protege un sueño.
Cuando el pueblo se encuentre en peligro
despertará a la beldad, con un canto loco
y la virgen levantará de un profundo sueño.
Luego, ella dirá:
Recordad, he guardado aquí un tesoro
lo dejo para la defensa de la ciudad
que recaiga en manos del verdadero valor».

Nada más acabar el verso sintió las mejillas acaloradas y continuó con la mirada clavada en la mesa, ¿de dónde había sacado semejantes palabras? ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensaría de ella Nils a quien había interrumpido? ¿Y Utla? ¿Qué pensaría él? ¿Y cómo sabía ella todo aquel verso de memoria? También se le pasó, en un fugaz pensamiento, que las viejas leyendas son como las supercherías, que tanto coexisten las certeras con las engañosas, las artificiosas con las ruines; que no por ser una más corta y otra más larga, habríamos de creer con más veracidad a la segunda que a la primera, ni tampoco a la inversa ni a la viceversa, pues ni anchura, ni estilo, ni brevedad, ni cortedad, podrían, sabiendo lo que se sabe acerca de la una y de la otra, afirmar nada sobre su veracidad, pues las verdades y las mentiras que tras ellas se esconden nadie las conoce.
Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.


lunes, 13 de julio de 2020

«Alguna vez
se duerme
el buen Homero
»



Habíase un lugar:

Recibía el nombre de Ätraby, una prospera villa situada en la desembocadura del majestuoso río Ätran, en el estrecho de Kattegatt, cerca del mar del Norte. En tiempos remotos un honorable señor, del que se ha perdido el nombre, construyó una fortaleza al lado de la ribera del río, de esa manera defendería su población ante ataques enemigos. La responsabilidad del baluarte fue pasada de padres a hijos, y de hijos a nietos, en digna sucesión hasta llegar a Eskil Krak, señor de villa y castillo. Impartía justicia, defendía las tierras y recogía los impuestos. El oro que recogía, pues en aquel tiempo aún no existían las monedas, se almacenaba bajo los cimientos de la propiedad en laberínticos pasadizos que solo los más allegados de Eskil conocían. Estos eran: el propio Eskil Krak; Nils, amigo y fiel caballero (sí, se llamaba como yo); Cecilia, la hermosa hermana de Eskil; y dos mayordomos de los que ni trovadores ni crónicas recogieron su nombre.
Lejos de allí, el duque Erik envidiaba las riqueza de Ätraby. En secreto, reunía tropas para conquistar la villa y asaltar los tesoros del castillo. Ajenos a las mezquindades del enemigo, los días transcurrían plácidos para Nils y Cecilia. La pareja recogía el pago de los impuestos y, con la ayuda de sus dos mayordomos, guardaban la recaudación en las galerías subterráneas situadas bajo el castillo de las que solo ellos conocían el camino. Cuando sus obligaciones se lo permitían, los dos jóvenes daban largos paseos por la linde del río, se regalaban miradas titubeantes, bonitas palabras y reían. Eskil Krak veía con buen interés aquel acercamiento y en su pensamiento edificaba planes para entrambos. 
Lejos, el envidioso duque Erik ya había reunido una poderosa hueste y marchó hacia la población de Ätraby. La gente de la villa no opuso resistencia ante el ejercito invasor, lo contrario que Eskil Krak, quién guarnecido tras las murallas aguantaba el asedio con sus fieles, una tropa reducida, pero fiel que defendería tras el interior de las murallas. Dejándose ver desde las almenas díjole a su enemigo: Nuestros tesoros jamás tendrás. El duque rio ante las palabras. Congregó a sus capitanes y, presto, planificó un ataque. Su enorme ansía por adquirir el oro allí guardado, solo se ensombrecía ante la lascivia despertada por la beldad que sabía dentro, la hermana de Eskil, Cecilia. Una primera incursión nocturna acabó con la mitad de los defensores, Nils, malherido, mantenía su posición en la muralla. Eskil Krak ordenó a Cecilia guardar las joyas familiares en los subterráneos junto a la recaudación. El duque Erik forzó un segundo ataque y, a pesar de que sus tropas aún no se habían repuesto, la segunda tentativa sí tuvo éxito. La milicia del valeroso Eskil Krak feneció por las espadas enemigas, igual que lo hiciera el valiente Nils y el propio señor del castillo. Cecilia, en los subterráneos, seguida de sus dos mayordomos, escuchó los agónicos gritos de arriba. Ya no había quién los defendiera. El castillo estaba tomado y Cecilia, al saberlo perdido, mandó a sus dos fieles mayordomos quemar las vigas que apuntalaban la galería.
La historia en este nudo del camino es confusa, se desconoce si los dos mayordomos salieron ilesos o quedaron sepultados al derrumbarse el techo de la galería que, con tanto ahínco, había socavado el incendio. El duque, para su furia, vio ascender las llamas desde el subsuelo. El fuego asolaba el fuerte y nadie podía apagar las malditas llamas. Cuando el galló cantó, al despuntar los primeros rayos anaranjados del día, solo quedaba un hilo de humo ascendiendo hacia el cielo, pero ninguno de sus hombres supo encontrar acceso alguno a los subterráneos y, sin más maldad que avivar, el duque Erik regresó sin ningún tesoro a sus dominios.
Cecilia rezaba en los subterráneos al lado del tesoro. Sin saber el tiempo que llevaba y con la visión desfallecida se le apareció un gallo negro. Este cacareó: «Doncella, un gran tesoro tienes, si morir aquí abajo no quieres, la mitad me entregas». Ella se negó en rotundo, ni una mísera pepita entregaría al innoble espíritu, este, ofendido por la terquedad de la doncella la embrujó con un hechizo de sueño. La muchacha quedó profundamente dormida. El duende se lanzó a la pila de oro, pero el cuerpo de Cecilia aferraba con su cuerpo el montón que, apelmazado y como si fuera una única pieza compacta, no cedió ni una moneda al intruso. El duende intentó despertarla de nuevo, pero fue en vano, pues hay algunos hechizos que una vez lanzados no pueden ser disipados, al menos no por su ejecutor. Y así quedó Cecilia, y hasta que ella no despierte, no habrá nadie: hombre, mujer, duende, espíritu o demonio, que pueda arrebatarle el tesoro que corresponde a los habitantes de Falkenberg.
Se cuenta que el duende se convirtió en un gallo negro y se quedó vagando ad eternum por las galerías, a la espera de algún noble corazón noble que encontrara el tesoro y despertase a la doncella.


Y eso es todo. Se me repite cada maldita noche.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

martes, 7 de julio de 2020

«El método científico no siempre brilla y, en ocasiones, brilla extraño».

Hace dos años publicamos el boletín letraheridos con recomendaciones lectoras, estadísticas del grupo de lectura y algunos relatos de nuestra autoría.
Este es una muestra de esos relatos.
S. Bonavida Ponce ;->


(o)
Hace quince años, cuando empezó toda esta mierda, nadie imaginó hasta dónde podríamos llegar. Recuerdo ese 2020 y a la mierda de Gripe China que todos llamaron estúpidamente con ese nombre tan científico, la covid-19, y que con tan barroco nombre mataba a nuestros mayores. En la familia falleció mi tía Josefa, allí en el pueblo, vivía sola hacía más de diez años y tenía más de noventa. No es que no la lloráramos en casa, pero la lejanía y un cierto desapego de las tierras familiares apaciguan cualquier disgusto. ¿Y por qué me he puesto a recordar a tía Josefa justamente ahora?
(o)


Un pitido con tres notas en orden creciente elonga mi molestia.
Dang. Dong. Ding.
«Siguiente ciudadano, por favor».
El policía sanitario viste el reglamentario traje blanco con una franja roja en diagonal. En su cara destaca la mascarilla con enormes doseles redondeados repletos de minúsculos poros, el artilugio facial se le acopla herméticamente en ojos nariz, boca y orejas; con un brusco movimiento de su porra eléctrica me extrae de mis ensoñaciones, zarandea el arma apuntando con su punta hacia la cabina de medición térmica con el número ocho estampado encima de la puerta de entrada. ¡Encima con prisas, hijos de puta!


(o)
La denominación, la covid-19, era una tremenda estupidez. La Gripe China. Que poco duraron los remilgos en la nomenclatura un año después cuando las cosas se pusieron peor. Gripe China. Qué coño, con todas las letras e implicaciones que ello conllevaba. Desde luego al gobierno chino no le sentó muy bien, pero es que el resto de países del mundo estaban hartos de tanta falsedad y desinformación, y no es que ellos fueran mucho más veraces y transparentes, pero algo más de confianza sí transmitían. O al menos, eso hemos creído siempre.
(o)


Traspaso el arco del nebulizador, los chorros de minúsculas partículas de vete-a-saber-qué-mierda se impregnan en mi ropa y en las partes de mi piel descubiertas, es decir: cejas, cabello y poco más. Cada año el producto del nebulizador cambia por alguno más nuevo, ya no muere tanta gente, eso es verdad, pero es que cada vez queda menos gente por morir. ¡Qué sé yo! La puerta de la habitación de medición térmica se abre automáticamente al detectar mi móvil. Es lo que hay. Debes instalarte una jodida aplicación. Es obligatoria instalársela si quieres salir a la calle y si no dispones de dinero para comprar un móvil el estado te proporciona un dispositivo similar a tal efecto.
El pitidito de tres notas en orden creciente se repite.
Dang. Dong. Ding.
«Desnúdese completamente de cintura para abajo. Deposite las prendas en el hueco a su derecha».
La maldita voz sigue con la narración pregrabada. Me desquicia esa voz. Si encontrara a la locutora… ¿o quizá sea locutor? Con esas andróginas voces quién sabe, pero me da igual, si encontrara a ese mal nacido lo estrangularía. Sueño con su voz cada noche. Me quito el pantalón con el cinturón incluido. Me bajo los calzoncillos y deposito ambas prendas en el hueco de mi derecha. Escucho cómo una versión más pequeña del nebulizador de la entrada empieza a lanzar las finísimas gotas de producto sobre mi ropa. ¡Chorradas!

[...]

Si deseas seguir este relato, puedes descargarte el boletín letraheridos en el siguiente enlace.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 21 de junio de 2020

«No me gustan las casas con duendes. Son cien veces peores que los difuntos»


Nils no escuchaba a Utla, narraba en voz alta una historia que hacía tiempo quería contar.
—Y el duende me quitó el hechizó, recuperé mi tamaño y volví a casa con mis padres. Durante mucho tiempo no volví a hablar con los animales. Entonces pasaron unos años y me hice mayor. Unos amigos del pueblo me hablaron de este sitio, Falkenberg, mucho trabajo, mucha pesca y bien pagado. Me vine con los amigos, pero al poco de llegar me sucedió de nuevo una cosa prodigiosa. Los peces me hablaban, ¿os lo podeís creer? En todo el año que sobrevolé Suecia, en todo ese año, os juro que ni una sola vez hablé con un pez. Os prometo que mantuve animadas conversaciones con vacas, lechuzas, nutrias, águilas, patos, gansos, vacas, caballos, osos, incluso con aquella pobre zorra que murió, pero jamás, jamás, jamás, hablé con pez alguno. ¿Por qué durante todo ese año que fui convertido en un pulgarcito no hablé ni una sola vez con los peces y ahora sí? Ni en una ocasión me dieron los animales acuáticos signo alguno de hablar como los animales terrestres. ¿Acaso las truchas que atrapaba y devoraba la nutria pedían socorro? No. Ni tampoco los salmones, si incluso comí pescado crudo en varias ocasiones. Claro que no hablaban.
»¿Por qué os cuento todo esto? Al llegar aquí aprendí rápidamente el oficio de pescador. Un oficio honrado, sano, bien pagado. ¿Qué de malo hay en ello? Hay muchos salmones en el Ätran. Un río próspero y que da de comer a las gentes de Falkenberg y de tierras adentro. Estaba bien visto por patronos, pescadores y comerciantes, y entonces, pluf, de nuevo, en una noche, se me apareció otro duende… ¡hics! —El rubor se intensificó en las mejillas de Nils y un bufido airoso le deformó los labios al pronunciar la palabra duende, su pupila dilatada se fijó en la cara de ella. ¡Cómo Utla no tiene ojos le debe ser más sencillo mirarme a mí!—. ¡Otro duende! ¿Os lo podéis creer? ¿Dos malditos duendes en una vida? ¿Se puede saber que tienen contra mí esos seres del averno? ¿No pagué ya con creces mis malas acciones? ¿Por qué me tenía que hechizar de nuevo?
Nils bajó la cabeza, apoyó la frente contra el borde de la jarra y quedó inmóvil. El tiempo pasaba y ella le dirigió una mirada preocupada a Utla.
—¿Lo has vuelto a ver?
—No —balbució el muchacho sin levantar el rostro.
—¿Y por qué te molesta hablar con los peces? En esta ocasión careces de sufrimiento, ¿acaso estás encogido en un pulgarcito cualquiera? o ¿eres esclavo a viajar en contra tu voluntad? 
Sacudido como un resorte automático levantó el rostro de la jarra, la marca del reborde se le había marcado en la piel y un semicírculo rojizo le hendía en la frente.
—¿Que por qué me molesta, enanito? ¿Serías capaz de matar a un ser que te implora vivir? Y sobre ello el nuevo duende me sermoneó, acerca de lo malo que era matando a los seres del río. ¿Malvado por pescar? Y me dijo: «te concederé un don». Ja. ¿Os lo creéis? ¡Lo llamó don! Antes de concederme su don de hablar con los peces, me narró una extensa historia que se me repetiría noche tras noche, una leyenda que mora en mis pesadillas y que no me deja dormir. No aguanto más. Me duele tanto escucharla. Que se vayan al infierno todos los duendes y el demonio que los engendró. Solo quiero vivir tranquilo.
Su exaltación aumentaba a medida que el alcohol se le disipaba.
—¿Qué historia te contó? —preguntó Utla.
Nils miró a la faz grisácea que le interpelaba:
—¿Para que queréis saberla?
—Te queremos ayudar, pero necesitamos saber más, quizá la historia sea una pista…
Nils mumuró tres veces una frase, el trío de murmullos no los repitió igual, sino que cada repetición suponía una variación de la anterior, ella escuchó: la leyenda de la dama garante, la leyenda de la doncella del río Ätran, la leyenda de la dama del castillo…¡Qué chico tan extraño! El balbuceo del muchacho la ponía nerviosa y desvió su mirada para no encontrarse con la de él; en ese deambular centró su atención en el resto de personas del lugar, algunos pescadores miraban a su mesa y reían disimuladamente entre ellos, la pareja de la mesa de al lado hacía rato se había marchado y apenas quedaban tertulianos en el local. ¿Qué hacía ella allí? Todo por seguir su propia voz, internarse en un oscuro sótano y tocar un libro. ¡No debo seguir más mi voz! La voz de Nils, más serena, la sacó de sus cavilaciones. El rubor había disminuido en el rostro del muchacho y el balbuceo había desaparecido. Quién ahora hablaba no era el achispado borrachín de hacía un momento, incluso el timbre de su voz había variado. Ella miró a Utla, pero este o no estaba inquieto o le importaba bien poco el cambio en el muchacho. Siguió sentada, atenta al monólogo que tendría que soportar.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 14 de junio de 2020

«Cuando te duela mirar atrás y tengas miedo de mirar adelante, mira a tu lado y allí estará tu mejor amigo».

Capítulo VI. Sine die: leyenda de Falkenberg

—Por el amor de… —El muchacho zarandeó la jarra y parte de la cerveza se derramó en la mesa, adentrándose por sus surcos y creando minúsculos ríos espumosos. De seguido tartamudeó—. ¿Quiénes… qué sois?
La mirada de Nils se clavó en los recién llegados, primero elevó el mentón reparando en la altura de ella, después, forzosamente recompuso su cuello y, cambiando el ángulo, bajó la cabeza e hipnotizado por lo extraño del rostro vacío se quedó mirando con fijeza a Utla como si hubiera visto al lobo Fenrir, al gigante Ymir o a la diosa de los muertos Hel.
—¡nos reconoce! —aludió ella contenta de que alguien viera su auténtica forma.
Utla se sentó delante del muchacho.
—Nils, venimos a ayudarte. Somos amigos de Okka y Martín.
Al escuchar los nombres de sus antiguos amigos, los patos silvestres, el temor en sus ojos se desvaneció y paseó una mirada calma en las figuras de sus interlocutores, ella tan alta, y en él tan pequeño, balanceó la jarra en la mano e hizo un gesto brusco señalándoles las sillas que quedaban libres. 
Ella gruñó, ¡qué falta de caballerosidad!, pero antes de sentarse se percató en que la chica del sombrero de paja blanco, sentada en la mesa de las mujeres, los miraba de soslayo. ¿Qué miraba esa con tanto detenimiento? ¿Acaso también los reconocía? No daba muestras de sorpresa. Utla la apremió a que tomara asiento estirando de su pantalón.
Al sentarse miró al muchacho. Nils no estaba igual que en sus visiones, el pelo dorado no brillaba tanto y la mirada vacía, triste y soñolienta los miraba sin afecto, era una mirada desenfocada que les traspasaba más allá de sus formas corpóreas, una mirada que se clavaba en algún lugar perdido más arriba de sus cabezas.
—¿Quieres contarnos lo que te aflige? —preguntó Utla.
En la expresión del muchacho había una mezcla de gozo y sorpresa. El rubor etílico se le marcaba en las mejillas y, aunque no balbuceaba, el timbre de voz sonó dubitativo. Mientras, ella espiaba a la chica del sombrero blanco. ¿Por qué nos sigue mirando?
—¿Cómo está Okka? —preguntó Nils.
—Falleció.
¿Por qué le respondía de forma tan brusca? En ocasiones la franqueza de Utla le molestaba, ¿por qué tenía que ser tan cortante en sus respuestas? ¿Tan molestamente escueto?
Nils agachó la cabeza y Utla añadió:
—Martín está bien. Ahora es el líder de la bandada.
—Martín… —balbució Nils con un nudo en la garganta.
—¡Nils, cuéntanos tu problema! —insistió Utla.
—Sí, claro… —A duras penas contuvo un eructo—. Maldita sea, aquí todos se ríen de mí. ¿Sabéis por qué? Porque hablo con los animales. Y no es la primera vez, no. Hace años, cuando vívia en la granja de mis padres, trataba mal a los animales, les tiraba bolas de barro, los zarandeaba, los azuzaba con varas de madera. Un día no quise ir a la iglesia con mis padres y apareció un duende en casa. ¿Sabéis que hizo? Me embrujó y me volví pequeño, un pulgarcito por arte de birlibirloque y, después de eso, me pasé un año entero con una bandada de patos silvestres volando por toooda Suecia. ¡Hics! —En esta ocasión la mano llegó tarde a los labios y el estallido gorgojeante escapó de su boca—. ¡Perdón! Claro que me merecía un castigo, pero ¿un año? Da igual, el caso es que pasó el tiempo y el duende que me hechizó no quería quitarme el hechizo, aunque yo me portara bien y la buena de Okka le solicitara muchas veces que me perdonara. ¡Pobre Okka! La llegué a querer tanto…
—Nils… —Lo detuvo Utla—. ¿Por qué vuelves a hablar con los animales?
Las prisas de Utla la incomodaban, ¿no se daba cuenta de que el muchacho quería hablar? Que manía con interrumpir a la gente; por otro lado, no le quitaba los ojos a la muchacha del sombrerito, quien tampoco apartaba los suyos de su mesa.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

domingo, 31 de mayo de 2020


«Para ser creativo hay que pisar con fuerza las incertidumbres»


No les fue difícil encontrar la taberna. La única calle empedrada de la ciudad serpenteaba siguiendo el trazado del río y, en ella, se encontraban la mayoría de establecimientos abiertos al público. El local, levantado del suelo con puntales de madera, poseía un saliente cartel negro con la palabra «Krog» impresa en letras blancas y tres peldaños de madera salvaban la distancia entre el suelo y la puerta del local. A pesar de su imposibilidad en leer las grafías supo, con ese don innato de comprender sin saber leer, que aquel debía ser el local que con tanto afán buscaba su compañero.

—Estupendo. —Se animó Utla—. Vamos adentro.

Un resorte impulsó al pequeño ser a acelerar el paso, ella se encogió de hombros y le siguió sin esfuerzo, pues una zancada suya equivalía a dos de él. Al entrar vieron algunos corrillos de personas sentadas alrededor de mesas de madera: nada más entrar seis pescadores con petos húmedos y botas altas les dirigieron una mirada hosca pero no dijeron nada, el chico no se encontraba entre ellos; al sortearlos se encontraron con un quinteto de trabajadores vestidos con monos de fábrica y botas manchadas de barro, el chico seguía sin aparecer; en una mesa con libros, cuatro mujeres sentadas, escuchaban con atención como una de ellas leía en voz alta las noticias del Falkenbergs Tidning, un periódico local, y de reojo una de las muchachas les miraba con sonrisa vergonzosa, la curiosa llevaba un pequeño sombrerito de paja blanca y desvió la mirada al fondo del local. Por fortuna, al seguir el mirar de la muchacha descubrió, al fondo del local, la apartada forma solitaria de un muchacho y, con disimulo, sacudió el hombro de Utla en la dirección, el hombrecito asintió: sortearon a un trío de caballeros vestidos con trajes caros que echaban una partida de naipes; solo les separaba del muchacho una mesa con una pareja, un hombre y una mujer, ambos tenían las manos engarzadas el uno en el otro, ella vestía una destacable pamela de plumas y él una gruesa bufanda y un sombrero negro, mantenían una íntima conversación sobre libros, ajenos al mundo; superados los contertulios, en el rincón más apartado y en el que apenas llegaba la luz del exterior, un muchacho taciturno y solitario agarraba con descuido una jarra de cerveza, mentón erguido y mirada perdida al techo, como si en los travesaños de madera encontrara placer, libertad o tranquilidad.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia

Safe Creative

Safe Creative #1606140237321

Youtube

Histórico entradas

Leer por email

Mis lecturas en GoodReads

Libros de S. Bonavida Ponce

*Information by Goodreads
Smoking Dead Smoking Dead
reviews: 5
ratings: 6 (avg rating 4.50)

Aquiescencias Aquiescencias (Tomo I)
reviews: 2
ratings: 2 (avg rating 4.00)

Antología letraherida Antología letraherida
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Antología letraherida: Volumen 2 Antología letraherida: Volumen 2
reviews: 1
ratings: 1 (avg rating 5.00)