jueves, 19 de diciembre de 2019





«Noveno cumpleblog»




Como cada diecinueve de diciembre este tranquilo lugar celebra su cumpleblog, en esta ocasión, nueve años.

Es un gusto estar aquí con vosotros, rescatar cada semana historias del contigüüüm y esbozar, aunque solo sea un poco, a UTLA, al quisquilloso NUTLA, a la pizpireta Feli, al misterioso Ignatius e incluso, ¿por qué no?, un poco a mí.

Tanto tiempo, nueve años, repletos de aquiescencia se merecen una gran celebración, así que os deseo a todos:

¡Feliz Narratividad, Estimados!

S. Bonavida Ponce


*Gracias a Rita por la imagen en blanco y negro de UTLA, NUTLA y Feli. ^_^

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 15 de diciembre de 2019

«"Borocotó, borocotó, chas, chas".
Onomatopeya del sonido del tamboril»

Capítulo I. Cuarto.

El murmullo del río la acompañaba con esa calma que aporta la corriente, una tranquila melodía de fondo para sus pensamientos, un runrún que la llevaba una y otra vez a desovillar el recuerdo del anterior encuentro con el ser corpulento, sin rostro y con verdadera, o fingida, animadversión hacia ella, pues eso sentía ella que, a pesar de ese último detalle, la animadversión del ser, ella le negaba dicha atribución, pues en su interior se sentía próxima al desconocido; por eso daba vueltas, sin prestar demasiada atención a su alrededor, e intentaba sin éxito desmadejar las caóticas sensaciones que se acumulaban en su mente, en un intento aparentemente estéril de resolver aquella antinomia. El deambular sin rumbo fijo le inducía a las más diversas divagaciones, y aquellos paseos mentales no siempre acababan en sendas bien construidas, sino más bien en tramos maltrechos de barro y fango, caminos sin salida de los que tenía que retroceder asustada ante el desconocimiento a sus propias preguntas: «¿cómo me llamo? ¿qué hago aquí? ¿dónde estoy? ¿qué sentido tiene todo esto?». En ese estado de confusión avanzaba por la linde del río, siguiendo el camino de los tusilagos y con menos frío gracias al regalo del mullido abrigo. Al girar un recoveco apareció un cartel bajito. La señal bifurcaba el camino y a la izquierda se extendía una vereda que se adentraba en el interior de un bosque frondoso. Debido a su altura tuvo que acuclillarse para leer la indicación:

«Bosque Onomatopéyico
(cuidado con las interjecciones)»

¿Onomatopéyico? Desconocía esa palabra y la frase tachada debajo del cartel, además de dificultar la lectura, tampoco le aportaba ninguna información conocida. El río continuaba con su eterno murmullo, pero ella ya no escuchaba el runrún del seguro guía y el camino de tusilagos se desvaneció por completo cuando una orquesta de sonidos estridentes acudió hasta ella desde el bosque: «¡Chin-chín!, ¡naino, naino, na!, ¡tolón, tolón!, ¡tarará, tarará!, ¡tururú!, ¡ratatanplán!, ¡tic-tac tic-tac!». Al estrepitoso concierto en Onomatopeya Mayor le siguió un desconcierto de voces, una extraña mezcolanza de sonoras referencias animalísticas: «¡Guau, guau!, ¡miau, miau!, ¡pío, pío, pío!, ¡quiquiriquí!, ¡muuu, muu, mu!, ¡zzzzz,zzzzz,zzzz!, ¡oink, oink!, ¡cuak, cuak!, ¡grrrrr!» y una última que la alteró mucho:
«orororraaarshhhuuufffmohhhh».

No sabía el porqué de su alteración pues ninguno de aquellos sonidos representaba nada para ella. Mientras la algarabía restante se silenciaba, escuchó una última palabra proveniente del interior de aquel mar de ramas, arbustos y árboles, una palabra que sí la aturdió, un grito desesperado en búsqueda de unos oídos donde anclarse: «¡Auxilio!». La gravedad del desesperado vocablo la traspasó y sin atender a las últimas palabras que le refiriera el corpulento ser vestido de negro, «sobre todo no te desvíes», torció por el camino señalizado por el cartelito, se dirigió a toda prisa a la vereda, entró en el interior del frondoso bosque, plagado de árboles oscuros que tapaban la necesaria claridad nocturna, y preguntó:
—¿quién eres? ¿necesitas ayuda? ¿dónde estás?



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 9 de diciembre de 2019

«[...] Y comprendió que al final —cuando todo lo demás es polvo— la lealtad a los seres amados es lo único que podemos llevarnos a la tumba. La fe —la verdadera fe— consistía en confiar en ese amor».

OFICINA DE CONSENSO FAMILIAR. La tipología de la letra, mayúscula, enérgica, sin formas redondeadas y de un parco estilo, casi militar, anunciaba la entrada al edificio gubernamental erigido en medio de la ciudad. Un trasiego considerable de personas entraba y salía por los lados de la doble puerta, el lado izquierdo para entrar, el lado derecho para salir. Padres y madres disputando la custodia de sus hijos, ancianos reclamando el derecho a una muerte digna o casos de divorcio como el de Greta.
Justo, ella, encabezaba una de las múltiples colas, no muy extensa en personas, que esperaban de pie delante de unas puertas con número. Greta examinaba las formas cuadradas del cinco que pendía encima del marco de la puerta y, mientras ojeaba con distraída atención la cuadratura de la panza del número, bamboleaba de un lado a otro un pequeño ticket que sostenía en la mano. El papel contenía un largo código de donde solo se deducían las últimas letras, la inicial de su nombre y apellido.
Por suerte la burocracia había avanzado mucho en los últimos años; cualquier ciudadano entraba en el espacio virtual, solicitaba un día y una hora, y acto seguido se le proporcionaban un código numérico para asistir al edificio de consenso familiar, la lentitud burocrática era cosa del pasado; a pesar del adelanto ello no le impedía martillear ansiosa con el tacón el suelo de forma rítmica, como si fuera el pedal de una batería de un grupo de rock.
«OCF-III-5-201912081006-GG» una imagen flotante delante de su cola, unida a una locución automática de una cálida voz de mujer, anunció su referencia y, por lo tanto, su turno de visita. Avanzó hasta una puerta blanca que se abrió automática al detectar su cuerpo, dentro del cubículo se encontró el típico despacho burocrático: aséptico de adornos, impolutas paredes blancas y una única mesa de tablero traslúcido. Detrás del ínfimo escritorio un funcionario robótico, un modelo de piel sintética que recreaba a la perfección gestos, voz y movimientos humanos, la miraba parapetado detrás de la mesa y una sofisticada pantalla flotante delante del rostro.
—Siéntate, ciudadana —El funcionario le señaló la silla enfrente de la mesa y Greta tomó asiento—. Veo que has solicitado un divorcio.
—Sí.
El funcionario tecleó en la superficie de la mesa, la yema de cada dedo golpeaba la superficie de un teclado dibujado con un imperceptible haz laser que surgía a apenas escasos milímetros debajo del hule sintético, tap tap tap, el tecleo frenético y silencioso del robot le llevó hasta el dossier de Greta.
—Y este es tu cuarto divorcio.
Ella asintió.
—¿Has traído los requisitos de conformidad de las anteriores parejas?
Tragó saliva antes de acudir a su bolso y extraer dos papeles rosa que extendió sobre la mesa en dirección al funcionario, este arqueó una ceja, estiró una de las manos y acercó para sí ambos papeles. Con el mentón erguido y la cabeza levemente ladeada ojeó los datos de los rosáceos papeles administrativos.
—¿Solo dos?
—Mi primer marido está en coma en el hospital y el segundo se niega a darme una aprobación satisfactoria.
—Comprendo...
De nuevo el funcionario se lanzó a una misteriosa búsqueda, tan silenciosa como la primera sobre el hule virtual que conformaba el teclado virtual. La parte posterior de la pantalla flotante no era traslúcida, por lo que Greta no podía examinar las acciones que el funcionario llevaba a cabo. Mientras el funcionario tecleaba, ella no se movía, observaba con mirada felina el tamboril movimiento de las falanges del robot sentado enfrente de ella. La pantalla flotante lanzó un breve flash, como si el funcionario hubiera accedido a otra sección y, de nuevo, la oscuridad se adueñó de la pantalla.
—La normativa acerca del divorcio te obliga a traer, al menos, dos terceras partes de acuerdos de exparejas para continuar con el proceso. Siendo esta tu cuarta solicitud de divorcio deberías tener tres confirmaciones.
—En precusatorios me dijeron que cuando son cuatro divorcios con dos requisitos de conformidad basta.
—Sí, dos es suficiente cuando son cuatro, pero sin contar a la disoluta pareja actual. Y esta conformidad —El funcionario robótico señaló con su alargado dedo índice uno de los papeles rosados encima de la mesa— es tu contrayente actual.
Greta frunció el entrecejo. Las dos papeletas sobre la mesa contenían la firma de su tercer marido y la de su pareja actual de la que se quería separar.
—Comprende que —continuó el funcionario— tu pareja actual podría tener el mismo interés intrínseco para una rápida conformidad y, aunque su firma es obligatoria, no cuenta para el número de firmas válidas para la separación.
—Pero mi exmarido en coma no cuenta, por lo que dos firmas superan el cincuenta por ciento, según la ley goodism de...
—Por favor, por favor. —El funcionario la interrumpió sin alzar la voz, apenas un leve pestañeo traspasó su pétreo rostro—. Esa ley no aplica en este caso.
—Pero tengo a un marido en coma.
—La ley goodism solo actúa en caso de que todas las disolutas parejas anteriores hayan fallecido o estén bajo inhabilitación psíquica. Circunstancia que no te aplica. Si deseas continuar con el divorcio tienes tres meses de plazo para conseguir la aprobación de tu segundo marido. —Dicho eso, el funcionario cruzó los dedos de las manos y se la quedó mirando fijamente—. ¡Si te puedo ayudar en algo más!
—¿No puedo reclamar una exención extraordinaria? En precusatorios me informaron que había casos en los que se concedía.
—No es así, ni se aplica en este caso, como ya te he dicho. Vuelve cuando consigas el requisito de conformidad firmado por tu segundo marido. ¿Si puedo ayudarte en algo más?
Greta no abrió la boca, recogió con tranquilidad sus requisitos de conformidad, se despidió silenciosa con una ligera inclinación de la cabeza y, una vez levantada y al girar sobre sí, la puerta detectó de nuevo su cuerpo y se abrió para permitirla abandonar la estancia. 



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 1 de diciembre de 2019

«No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente»

Capítulo I. Tercero.

Cruzó los brazos por delante del pecho e intentó, con aquel abrazo a sí misma, darse calor. Un viejo truco aprendido en la infancia para sacudirse el frío nocturno que se apelmazaba en torno de su cuerpo. La prenda, una fina camisa unida por tirantes a su pantalón, no poseía el suficiente grosor para paliar la notable bajada de la temperatura. El camino bordeaba un río donde, en la linde, a ambos lados, crecía imparable el tusilago y, aunque el verdor de la creciente planta se veía oscurecido por la negritud de la noche, se intuía su viveza gracias al resplandor lunar y los destellos de la espuma en el riachuelo, luminosidad que se extendía por la improvisada plantación durante todo el vaivén sinuoso del caudal. Mientras, el murmullo de la huidiza corriente la acompañaba en aquella caminata cada vez más gélida e inexplicable.
—¡Eh, tú, blanquita!
La voz, un eco grave surgido de una garganta abisal, venía desde lo alto de un ribazo, un montículo de piedras un tanto alejado del camino. Levantó el rostro siguiendo el origen de las palabras, estas surgían desde un extraño ser vestido con gabardina negra y bastante corpulento, y cuál no sería su sorpresa al percatarse de lo más extravagante de su interlocutor: ¿no tenía cara? Se fijó mejor. Un rostro sin boca, labios, pero le había escuchado, las palabras habían acudido a ella desde él. Se quedó quieta, en medio del camino entre el ribazo y el río, sin dar un paso ni atrás ni adelante, inmóvil, hipnotizada por la carencia de algo que se supone debería estar ahí y no estaba.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —insistió el corpulento ser.
Lo miraba y, cuánto más lo hacía, una atrayente sensación de irrealidad se apoderaba de ella, ¿qué hacía allí?, ¿dónde estaba?, ¿quién era ese personaje surgido en mitad de la noche? Y lo más importante... Detuvo sus pensamientos al fijarse en un elemento de atrezo muy importante, ¿qué sostenía el ser sin rostro en la mano? Una extremidad ancha, conformada por una gran palma y un único dedo pulgar, agarraba cuál tenaza una chaqueta mullida bastante larga.
—Venga, boba, ¿acaso te gusta pasar frío? Acércate y ponte esto.
La familiaridad en su voz, el violento discurso despreocupado de sus palabras, ¿la había llamado boba?, le hicieron acercarse hasta él con cejo fruncido, mirada desconfiada y cejas arqueadas.
—¿qué es eso de boba? ¿qué te has pensado? aquí el único bobo eres tú. —Había reducido la distancia entre ambos.
Ante su llegada el ser sin rostro movió con brusquedad la mano y, con fuerza, lanzó en un ángulo muy elevado la chaqueta, la prenda describió un exagerado arco de vuelo hasta ella, por un instante fugaz pensó en dejar a la prenda continuar su vuelo, permitirle cruzar el aire en un disconforme y vengativo gesto de desprecio, no levantar siquiera la mano para agarrarla, pero el frío pudo más que la aversión de las palabras y la agarró al vuelo.
—¡Eres insufrible! A ver si mayusculeas correctamente tus frases. Hablando siempre en minúsculas, ¿te crees que así eres graciosa? Blanquita, no te hicieron más boba por falta de imaginación.
Mientras pasaba un brazo por el hueco de la manga de la chaqueta, las palabras la abofeteaban con una ignorancia desconocida, no entendía ni la mitad de lo que su enfadoso interlocutor había dicho, ni tampoco entendía el porqué de la animadversión hacia ella. Tampoco tuvo tiempo para preguntar, de un brinco el ser desapareció tras el ribazo. Sorprendida por la repentina desaparición se acabó de abotonar la chaqueta y, para cuando se acercó al murete, se puso de puntillas y espió por encima de las piedras, no vio a nadie al otro lado, un campo de espigas altas escondía la huida del personaje. Al menos, el calorcito de la prenda que la envolvía empezaba a surgir efecto, ya no tiritaba, miró al suelo y decidió continuar las pisadas en el suelo.



Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 24 de noviembre de 2019

«La encrucijada en la que el camino elegido fue el erróneo».



Capítulo I. Segundo.

Despertó estirada en medio de un cruce de caminos y con la vista desenfocada, apenas sí veía su propio cuerpo. Se llevó los dedos, finos como espigas, y trazó un círculo en la sien para rebajar el dolor, una molestia que, en conjunción con el mareo, le impedía fijar la mirada en dirección al indicador, una señal de madera con siete flechas que señalaba distintas direcciones. Parpadeó un par de veces sin dejar de masajearse y quizá fuera la acción de pestañear o el simple transcurrir del tiempo, o un efecto conjunto de ambas acciones lo que surgió el efecto sanador. La vista se le enfocó y la sensación de vorágine mental remitió, se fijó en la señal que tenía delante, un poste espigado, largo tal como ella, donde tallado en la punta de cada flecha un dialecto anunciaba la información que cabría esperar en una señal informativa plantada en medio de una encrucijada; sin embargo, no sabía leer las grafías, pero por otro lado y de algún extraño modo que desconocía, si las sabía interpretar. Ajena a su propio analfabetismo, pero hipnotizada en el inexplicable entendimiento, su enfrascamiento lector en conjunción con la creciente curiosidad la condujo a susurrar:
—Norte, Sur, Este, Oeste...
Y ahí se acabó la retahíla, no sabía descifrar el resto de glifos que contenían las otras puntas de flecha: la que señalaba hacia el cielo; tampoco la que, en sentido contrario, señalaba hacia el suelo; ni la misteriosa séptima flecha. Aunque las contaba una y otra vez, y estaba convencida de su buena suma, la número siete permanecía etérea, escurridiza a la mirada, no podría definirla como invisible, pues sabía estaba ahí, más bien era como esas imágenes espectrales que se aprecian al mirar de soslayo pero que, al mirarlas directamente, desaparecen por completo.
Al levantarse observó en rededor los cuatro caminos que partían desde el mismo punto en direcciones yuxtapuestas: norte, sur, este, oeste y quién sabía a que otros lugares si se atañía a la falta de información de las flechas restantes.
Alguna nube debió reubicarse en la bóveda celeste del invisible cielo nocturno pues un rayo de luna restañó su pelo blanco e iluminó una figura finamente labrada en el suelo. Una forma no presente en la naturaleza que descansaba al pie de la señal, un dodecaedro en cuyas caras flotaba una palabra, repetida doce veces, una por cara, y de igual índole que las grafías talladas en la señal; glifos imposibles de leer pero de cognoscible lectura: Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat, Ragahat y Ragahat.

También podía leer la cara apoyada en el suelo pues el material traslúcido del dodecaedro le permitía leer, desde cualquier ángulo, las otras muchas caras. A pesar del entendimiento de la palabra, esta, no le decía nada. Se encogió de hombros, alzó la vista al cielo, oscuro, tenebroso, y en él, un inmenso círculo perfecto, como el ojo de una titánica cerradura circular, daba paso a una miríada de estrellas lejanas. Escrutó la lejanía distante en cada uno de los caminos y soltó un bufido desesperado, como la persona que, ante una difícil elección, no quiere escoger. Una risita se le escapó al posar la vista en el suelo y descubrir, con la recién adquirida luminosidad lunar, unas pisadas en la tierra dirección Norte. Pisadas que siguió sin más demora.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 17 de noviembre de 2019

«El próximo mes este tranquilo lugar cumplirá diez años. Periodo más que extenso en el que he tenido la oportunidad de conocer a UTLA, al quisquilloso NUTLA, a la pizpireta Feli y al misterioso Ignatius. Tanto tiempo, diez años, y aún no he hablado nada acerca de ellos. Creo que ya es tiempo de subsanar ese silencio cometido contra mis amigos y me ponga a narrar su historia, fuera la que esta fuera...».

Capítulo I. Primero


En medio de la encrucijada se encontraba un ser de pequeña estatura y piel grisácea que encaraba el rostro hacia la señal con sietes flechas. No miraba, ni oteaba, ni observaba. No podía, y no podía ser de otro modo, pues la superficie facial carecía de ojos, cejas, nariz, orejas, boca o ninguno de los atributos esperados en un rostro, al menos, uno humano. Semejante aridez, desprovista de un sello particular que rellenase la parafernalia de la cara, lo alejaba de un canon similar al de ninguna otra especie. Desde su corta estatura inclinaba el cuello con detenida atención en un ángulo del rostro que, de haber tenido ojos, preguntaba al poste indicador, en concreto, al de la séptima flecha, la más altiva en aquella señal, donde su punta señalaba hacia arriba, por encima de las nubes y más allá de las rocas flotantes que surcaban el inmenso cielo azul.
«Seguidme».


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 3 de noviembre de 2019

«Si fuese posible crear un robot capaz de ser funcionario civil, creo que haríamos un gran bien, ya que las Leyes de la Robótica le impedirían dañar a un ser humano, lo incapacitarían para la tiranía, la corrupción, la estupidez, el prejuicio»

Parte VII

Día: 24 de julio de 2019
Origen: Barcelona. Cementerio de Montjuic.
Destino: Tumba de Josep María de Segarra
Locomoción: Humana


Durante la noche anterior, sentados en el sofá, confeccionábamos la lista de personalidades enterradas en Montjuic: poetas, novelistas, dramaturgos, personajes importantes relacionados con el arte. Mientras reíamos entusiasmados por los nombres que incrementaban la lista en el papel, creímos, ingenuos de nosotros, que nos daría tiempo a visitarlos a todos ellos, pero nos equivocamos.

En cada peregrinaje entre tumba y tumba se escapaba un tiempo precioso, a él teníamos que sumar la toma fotográfica y, como no, el cansancio acumulado. En pleno julio el astro rey, en su posición cenital, nos abrasaba con toda su intensidad y, al menos para mí, un ser(gio) más cercano a los yetis del himalaya que a los lagartos del desierto, arrastraba los pies con dificultad ahorrando fuerzas para completar la visita. La palabra exánime acudía a mí con cada nuevo paso. Al girar la cabeza para preocuparme por Montse, crucé la mirada con ella, vi su frente bañada en sudor; la mía debía encontrase igual, lo supuse después de pasar el dorso de la mano y expulsar de mi frente el pegajoso líquido. Íbamos tan empapados en nuestras propias gotas que ya no pertenecíamos al género de la especie humana, nos habíamos convertido en la especie Sudorantes Gotas Neandertalis. Humedecí mi garganta seca tragando saliva y, sin dejar de mirar a Montse, me llevé la mano a la boca, cerré el puño y estiré el pulgar y el meñique, emulando la figura de un botijo, ella sonrió y asintió. Desplegamos el mapa en busca de la ansiada fuente, en el cuadrante en el que nos encontrábamos había una tumba marcada, la última de aquella zona rectangular. Nos miramos con ojos cansados y, sin mediar palabra, como si fuéramos un matrimonio de muchos años, asentimos: «Esta es la última». Le guiñé el ojo y sacudí la cabeza en un gesto entre aquiescente y apremiante, ella apretó los labios enfurruñados en un intento de parar la sonrisa que nacía en ellos, un gesto muy suyo, muy nuestro, un lenguaje corporal montsístico-sergístico nacido de la complicidad entrambos, uno de los mejores movimientos que puedo ver en ella, ese gesto cómplice que, en un único instante, transmite lo mismo que una sarta exagerada de esas palabras que tanto amamos. 

La fuente de la esquina nos aplacó la sed a costa de absorber parte del sabor metalizado de su agua. Detrás de ella, y tras pocos pasos, apareció ante nosotros la tumba del poeta Josep María de Segarra. No era para nada sorprendente y me extrañé al mirarla, sobre todo porque no encontré el cartelito oficial por lado alguno. Quizá erré el camino, pero la posición triangular de calle, número y fuente coincidía y hasta el momento esa triangulación inequívoca no había fallado. En aquel rincón del cementerio se apelmazaban muchas tumbas adosadas las unas contra las otras, ¿quizá era otro Segarra eclipsando al verdadero? La falta del dichoso cartelito informativo me ofuscaba un poco, la duda sobre si el lugar era el marcado en el mapa me carcomía estúpidamente, pero ante el rugiente hambre de mi estómago, el sol y el cansancio, dimos por bueno el hallazgo. Lo sentimos señor de Segarra, es lo malo de ser el último, la atención disminuye y las prioridades cambian.

De regreso al aparcamiento, pasamos de nuevo por un montón de lugares que ya habíamos visitado, la frescura de la sorpresa inicial había desaparecido, pero reencontrarnos con los esculturas y panteones que habíamos visitado horas atrás seguía siendo igual de hermoso. En esa vuelta, calmados ante el inminente descanso y la opípara comida, apreciamos nuevas tumbas que nos llamaron la atención. Una de ellas, una auténtica casa para muertos excavada en la roca se adentraba en las profundidades de la tierra mientras que en el techo había pintado con vívidos colores un mural espectacular con ángeles, querubines y un cielo azulado. En ese regreso, la escultura de una mano gigante nos quiso dar una hostia en el sentido más eclesiástico del término. 

Llegamos donde Peu, su azul metalizado sobresalía entre la sobriedad del resto de vehículos estacionados e inmediatamente nos introdujimos en su interior. Sentados y con el cinturón ajustado, le propuse a Montse ir a comer a un restaurante japonés que hacía años visité cuando trabajaba por la zona. En mis recuerdos el restaurante tenía una barra giratoria central por donde los platos con alimentos se transportaban en un vaivén infinito. Encendí el motor, cruzamos alguna avenida y giramos por un par de calle, apenas diez minutos nos separaban de nuestra comida. 

A pesar de que el restaurante japonés se encontraba en el extrarradio de Barcelona, no por ello resultaba fácil aparcar por la zona, y el tiempo en buscar aparcamiento superó al de la movilidad, aunque por suerte este no fue muy extenso y Peu se quedó bastante cerca del restaurante. La entrada al local no había variado nada desde mi última visita, abrí la puerta y dejé que Montse entrara, después la seguí. El lugar era demasiado idéntico a mis recuerdos, quiero decir que uno se espera ciertos cambios en un lugar después de tanto tiempo. La tela de los cuadros anclados a las paredes, idénticos a la de mis recuerdos, presentaban un sospechoso color amarillento, las mesas en igual disposición aunque un poco más desvencijadas, ídem con las sillas y la sempiterna barra giratoria central que transportaba los platitos de sushi y otras delicias. La inmutabilidad del local no me dio la sensación de que el negocio hubiera prosperado. En defensa de la comida diré que estaba bastante rica, pero al llegar tan tarde (casi eras las 15:00) apenas había sushi y comimos lo que pudimos; en el fondo poco importaba, queríamos saciarnos y descansar un poco.

Restaba el viaje de vuelta y, llegados a este punto de la historia, anticiparé que la única nota desafinada de la aventura la emitió mi viejo y fiel Peu durante el regreso de vuelta al hogar. Pasado El Vendrell me acordé de Guimerà, los carteles informativos anclados en la carretera nacional indicaban la distancia a nuestra población, apenas dieciocho kilómetros nos separaban de casa. La aguja de Peu que, como ya comenté, poseía cierta tendencia alcista, se mostraba más atrevida de lo normal. La manecilla de la temperatura se situaba entre la última línea blanca y la primera línea roja. Cada vez que la miraba ascendía un poco, impelida por alguna clase de fuerza mental indeseable, en dirección a la nada tranquilizadora zona roja. Hipnotizado como estaba por el maldito indicador, en una rotonda del camino, equivoqué el desvío de vuelta a casa y me metí en la autopista, sin posibilidad de dar media vuelta. «Maldita sea». Tardaríamos treinta kilómetros en dar la vuelta. Peu, al límite de sus fuerzas, no podía más, lanzó un exabrupto mecánico y la aguja de la temperatura rebasó la zona prohibida. Al acto saltó un indicador lumínico con letras rojas en el pequeño panel frontal:

«Temp. Radiador Elevada.
Detenga el vehículo»

Las letras bien alarmantes tensionaron nuestros nervios. Mi leal Peu estaba en las últimas. El intento de llevar al coche más allá de los límites razonables de su existencia no nos había llevado a una buena situación.

Me da pena pensar en él, en mi viejo vehículo, con casi veinte años a mi lado. Muchas personas no tienen ningún apego por los objetos físicos, pero yo no pertenezco a esa clase de gente, siento gran ternura por la materia física, se componga de los materiales que se componga. Me dio pena cuando se rompió aquel bolígrafo que me regaló mi abuelo con siete años, o la bicicleta que estrené con diez años, conservo algunas cartas y objetos antiguos. Les tengo cariño, a pesar de que sé que son simples objetos y que, según nos dicen y nos repiten, no se le debe tener apego a las cosas materiales, pero por más que lo intento esa insensibilidad a lo material no se adueña de mí. Pienso en la fidelidad de Peu a lo largo de todos estos años, pienso en su vejez, veinte años de leal servicio, pero, que al igual que un anciano, clama pasar sus últimos días con viajes tranquilos. Este sufrimiento en pleno mes de julio al que le obligué al acompañarnos a Montjuic fue excesivo para su viejo corazón de metal.


Detuvimos a Peu a la sombra de un pino, entre parada y parada tuvimos que esperar media hora, pues el pobre motor de Peu se volvía a calentar a los pocos minutos, y un viaje de una hora se convirtió en una odisea de tres. Habíamos llevado al bueno de Peu al borde de la extenuación, quizá hubiera sido hora de dejarle descansar, pero viviendo en un pueblo no se puede prescindir de vehículo propio y tampoco teníamos dinero para comprar uno nuevo, así que decidimos que aquel sería el último viaje largo que haríamos con Peu que, tal anciano, debía ser tratado con más atenciones. Viajes cortos y tranquilos, y muchos días de asueto para su desgastada fisonomía metálica. Al llegar finalmente a casa, Montse y yo acordamos que para los próximos viajes largos combinaríamos trenes, autobuses y locomoción humana (piernas). Peu merecía un descanso, por su tranquilidad y nuestra seguridad. Le agradezco a Peu, con sincero cariño, sus años de lealtad.


P.D.: Aquí acaba por el momento la narración al cementerio de Montjuic en forma de esta necroresueña y esquelario tan particulares. Agradezco muchísimo a UTLA me brindara este espacio para poder narrar las aventuras de Montse y mías en pos de la cultura escondida en nuestros queridos camposantos. Agradecimientos afectuosos a mi compañera de viaje por hacer de ello una aventura inolvidable. Y gracias a vosotros por leerme hasta aquí.


Las necroresueñas y esquelarios continuarán... 📚🕀


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