lunes, 24 de febrero de 2020

«Dedicado a mi amigo Henry Slim»

Tengo vértigo. No es algo particular ni único. Recuerdo el momento exacto de su adquisición. Tenía menos de diez años. Mis tías de Venezuela venían a casa de vacaciones. Un día, mi padre decidió invitarlas a la Sagrada Familia mientras mi madre nos esperaba fuera del recinto y alegaba que no le gustaban las vistas desde arriba. Así que mi padre, mis dos tías y yo, ascendimos por el ascensor. Recuerdo el enrejado circular de la cabina, un espacio amplio y, si mi memoria infantil no me engaña, diría que la ascensión la formábamos una treintena de personas hacinadas en aquel ataúd cilíndrico. Para cuando llegamos al límite vertical de ascensión, dispuesto por la limitación del edificio, nos apeamos. Quedaban unas tortuosas escaleras de caracol hasta el puente más alto, el que une la torre central con la más alta.
Llegamos. «Mira abajo», señaló mi padre con mis dos tías al lado y le hice caso. La perspectiva disminuida de las cosas, las diminutas personas eran pequeños puntos huidizos, los coches de juguete circulaban como controlados por una precisión mecánica por el asfalto, el desconocido terrado naranja de las casas, las copas de los pinos recreaciones en miniatura de los verdaderos árboles, vuelos de pájaros similares a amebas, un parque con un minúsculo lago. Demasiado... demasiado extraño, confuso, perturbador. Mi visión se convirtió en una imagen borrosa y cerré los ojos. Me acuclillé en el puente. Ya no pude mirar abajo. En ese momento descubrí que tenía vértigo. No hace falta narrar el penoso descenso, pegado a la escalera de caracol viendo a través de los estrechos ventanales el delirio de mi mareo.
Hace poco, mi gran amigo Henry se compró un sistema de realidad virtual y me mandó unos vídeos por guatsap. Por las indicaciones en el vídeo, el sistema se componía de un casco con lentes y unos mandos para las manos. Un cable conectaba el casco a la potente tarjeta gráfica de su ordenador y esta, a la par, enviaba la señal de los mundos renderizados a las gafas y al monitor del ordenador. Gracias a ese truco podía grabar lo que veía y, al estilo de los Gamers de Youtube, enviar la grabación a quien quisiera. En el vídeo, una demo introductoria de las posibilidades del sistema, había un espacio de baldosas infinitas —estilo Matrix— y delante de él un menú flotante con distintas opciones. Todo muy impresionante. La demo servía para introducir al usuario con los controles visuales y, sobre todo, con los táctiles. El casco se le acoplaba al cráneo y le tapaba los ojos, y en cada mano un mando.
La primera escena. Un planeta extraño con una sobrecogedora luna gigante en el firmamento y el extraterrestre de turno saludándole. Impresionante. Los detalles trazados sobre el renderizado mundo eran exquisitos. El movimiento enfrente de él una gozada, el ser de piel aceitunada y viscosa le miraba con sus grandes ojos. Parecía tan asustado como su interlocutor.
La segunda escena. Una caravana futurista y un robot pequeño, volador y de mirada amigable, le enseñaron las capacidades de los controles táctiles. Recoger objetos, lanzarlos, apuntar, disparar, apretar.
En la siguiente demo la visión se apareció abruptamente desde lo alto de un rascacielos. El escenario recordaba a una ciudad de corte steampunk. Mi amigo soltó un: Ostia. No era para menos. Se encontraba a centenares de metros del suelo. Él también tiene vértigo. A pesar de la seguridad que me ofrecía el visionado del vídeo desde mi cómodo sofá, intuí el peligro en la altura, el vértigo causado por la increíble recreación de la perspectiva, los inmensos rascacielos recortados por la tenue luz del anochecer, un puente, similar al de Brooklyn, y coches de juguete transitando por él, a la izquierda un tranvía avanzando por unos raíles suspendidos del suelo por columnas de acero y la visión del lejano asfalto, solo intuido metros más abajo. La visión me recordaba a la Sagrada Familia. Henry acabó el vídeo con: «Un día me visitas y te enseño la realidad virtual. Es la caña, amigo». Me quedé pensando en esa altura. No es para tanto. No es real.
Su experiencia me recordó a una de las primeras exhibiciones de cine de los hermanos Lumière. Un tren acercándose a la estación y, leyenda o no —seguro que personas impresionables hay en todos los tiempos y lugares—, algunos espectadores se asustaron y causaron algún revuelo. ¿Cómo no se iban a asustar si era la primera vez que experimentaban ser arrollados por un tren? Pensé en ese símil, en esa primera visualización y en esta recién nacida realidad virtual. Estamos en los inicios de la virtualidad y, al igual que nuestros coetáneos del siglo XIX, nos asustamos por la falta de experiencias previas, por ser, para nosotros, demasiado novedoso el sistema. Nuestros futuros coetáneos, del siglo XXI, pensarán que nadie de nuestra generación se asustó al ver la realidad virtual por primera vez, pero errarán, igual que nosotros lo hacemos con los espectadores decimonónicos.
Mi amigo y yo concertamos una quedada para un día de febrero. Compré el billete de tren y bajé hasta su casa. Tomamos unos vermuts, comimos y pasamos a su Sancta Santorum. En la sala me esperaban el potente ordenador de sobremesa con la tarjeta gráfica de última generación, el casco con gafas incrustadas y los dos controles táctiles. Me acopló el casco en la cabeza fijándomelo con una tuerca, me puso los mandos en las manos y activó la demo, la misma que días atrás me había pasado en vídeo.
No es lo mismo narrarlo que verlo. La realidad virtual es una experiencia vital que es imposible reproducir por ningún medio: visual, narrado o escrito. Es imposible porque ninguna descripción o vídeo consigue el honor de la experiencia en primera persona. Para entenderla solo es posible vivirla.
Mi amigo activó el sistema.
La sala de baldosas infinitas apareció ante mí. Impresionaba, pero no asustaba. Después vino el extraterrestre. Ver el paisaje de ciencia ficción con la inmensa luna y el suelo extraño bajo mis pies me emocionó. Estaba en otro mundo. Después jugué con el robot en la caravana y me acostumbré a los mandos. «Ahora te pongo los rascacielos, amigo. No te asustes». Esa advertencia me confirmaba que mi amigo era consciente de mi mal de alturas. Tenía su vídeo grabado en mi mente. Cada detalle. No me iba a impresionar. No era real.
Fundido a negro, un escaso silencio de carga y... allí estaba.
El sonido del viento a gran altura y los ruidos de una inmensa urbe me rodeaban. Suspendido en una viga de hierro, con una barandilla a mi derecha, miraba los altísimos rascacielos enfrente de mí. Se me aceleró el corazón. No era real, pero fue asomarme al vacío y cualquier vislumbre de irrealidad desapareció. Cerré los ojos. Temblé. «¿Estás bien, amigo?». Insistió Henry. Le respondí que había cerrado los ojos. «¿Lo quito?». No, aún no. Volví a abrir los ojos. El inmenso paisaje urbano, una ciudad con rascacielos de los ‘50, acero y piedra, miles de alargados ventanales incrustados en el edificio. Inspiré, no osaba apartar la mirada del refugio seguro que era el rascacielos y que me servía de guía para no mirar abajo. Empecé a sudar. Me forcé a asomar la cabeza, un ligero movimiento que el sistema detectó. Apenas incliné la cabeza a un lado del andamio, y, al igual que en la Sagrada Familia hace años, mi visión se difuminó. Intenté apoyarme en la barandilla de mi derecha, pero mi mano y la barandilla no se encontraban en el mismo plano. A mi mano del mundo real le era imposible apoyarse en un objeto que solo mis ojos veían, un objeto que no estaba en este otro lado de la realidad. La disruptiva sensación acabó de colapsarme, no caí al suelo —al suelo real en la habitación de mi amigo— porque precipitado volví a cerrar los ojos. Mi amigo se anticipó y pasó a la siguiente escena. Sentí mi corazón desbocado en lo más profundo de mis tímpanos. Lo demás no es digno de remarcar.
Ha pasado una semana y todavía recuerdo el vacío. La inmensidad. El miedo. Aún no consigo creerme que algo irreal produzca un miedo tan real. Me gustaría creer que, de repetir la experiencia, no pasaré miedo, pero me engaño. Lo irreal, bien maquillado y aderezado, es tan pavoroso como lo real. Tengo que repetir.




Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 16 de febrero de 2020


«En las tinieblas la imaginación trabaja más activamente que en plena luz»


[...] A pesar de encontrarse más reestablecida, la convalecencia lleva a cualquier enfermo a extender el período de reposo un tiempo más allá de la propia sanación, y es en ese estadio de poscuración donde el convaleciente lleva un cansancio asociado, un adormilamiento que debilita mente y cuerpo, y necesita dormir. Fue ese estado el que la llevó a la cama, no tenía frío y por eso no se tapó. Quizá, en esa duermevela, creyó que la puerta se abría poco a poco y una mano gris, desprovista de los cinco dedos habituales, depositaba sin hacer ruido un pesado volumen en una de las sillas de la entrada. Quizá solo fue el inicio de un sueño, se levantó, envuelta en su dormidera, y cogió el libro de la silla...

Capítulo IV. Imaginarius.


«Una página en blanco.
O un fondo negro.
O la más pura nada.
Son tres ejemplos y valdrían cualquier número indistinto de ellos para clarificar lo que antecede al principio creador de todo ser viviente, sintiente, empático o inteligente. Cada cuál asimila en un orden propio de colores, olores, sonidos o hasta roces en la piel u olores, el anticipo de esa catarata de palabras, ideas, conceptos, formas, geometrías, numerología, plástica o expresiones vocales lo que anteceden a la vulgata imaginativa.
Para entender ello debe aplicarse el siguiente axioma: «Logos, Somnus y Mors». Logos, el único, moldea la realidad; le antecede Somnus, la pluralidad planificadora; le sucede Mors, la nada oscura. Tres vértices repartidos sobre una banda de Moebius en los que debe transitar el ser en el intento de diseñar, construir y aceptar la realidad hasta su fin, que no es tal. Se debe caminar por el lado infinito de la banda para abandonar el mundo de la vacuidad, en el que ya no imperará el desasosiego, ni el dolor físico, mental, espiritual u onírico. [...]
La plasmación de esos principios, con todas sus connotaciones cognitivas, se plasma en el mundo con un nombre: imaginarius, un espacio dimensionalmente trascendental, definido como un objeto o lugar más grande por dentro que por fuera. Se encuentran múltiples referencias a dicho concepto en el imaginario: el hatillo mágico de cierto abuelito que extraía de él objetos más grandes que el propio fardo, una nave temporal propiedad de un señor del tiempo con forma de cabina telefónica o, y este es el objeto más notorio por su bajo coste y facilidad de difusión, un objeto creado por una especie (nonata) llamado libro; este último, muy extendido, con tamaños, ancho, alto y profundidad de lomo variables, distintos ejemplares en colores y texturas, incluso los materiales variaban; una creación que, a pesar de su aparente inocencia, entraña una peligrosidad máxima, pues condensa en su interior la palabra, una invención que agrupa la peligrosa palabra en frases, líneas, párrafos y capítulos, su vastedad sobrepasa su propia limitación física alcanzando el vasto mundo de las ideas, se expande más allá de las fronteras de fantasía e, incluso, supera las limitaciones del reino del último suspiro. Es, en esos objetos, donde queda el poder tan sumamente condensado, donde se alumbra la razón suprema del ser, en ellos se aúnan los tres conceptos prescritos anteriormente.
En esa peligrosa creación, el libro, se entremezclan los tres principios: la creación que, más temprano que tarde, finaliza con la inevitable aniquilación; pero, donde se podría pensar en la finitud, aparece el particular uróboro y la negritud despierta para, cansada una vez más de su propio vacío, volver a soñar».

(I)-MMXX-I-III 


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 3 de febrero de 2020

«Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: el primero te aísla y el segundo te ayuda a escapar»

Ella daba vueltas alrededor de la cama, miraba el suelo y en ocasiones dirigía fugaces miradas a la lejanía situada detrás de la ventana. Las marismas ya no le parecían tan bonitas, ni las montañas, ni el río, ni las rocas flotantes. Utla tardó un par de horas en aparecer, pero finalmente lo hizo y, en medio de su nerviosismo, la puerta se abrió con lentitud, una mano gris se apoyó en el marco y otra abrió el pomo de la pesada puerta. Nada más entrar el pequeño ser en la habitación se le abalanzó encima. La considerable diferencia de altura entre ambos, ella superaba los dos metros y él apenas llegaba al metro y medio, sobresaltó a Utla que retrocedió.
—¿de dónde vienes?, ¿qué hay más allí?, ¿cómo sobrevives a esa blancura? —Con el dedo índice señalaba a la puerta mientras con la otra mano trazaba círculos sobre la cabeza del interpelado.
Por toda respuesta, Utla se llevó la mano derecha a la barbilla y, con la alargada falange en forma de ce, se tocó el mentón; en un gesto rápido llevó la misma mano al esternón uniendo la punta de ambos dedos y, desde esa posición del torso, estiró la mano hacia su interlocutora mientras separaba los dedos.
«¿Cómo?». «Blanco».
—no te hagas el tonto. detrás de esa puerta no hay nada. solo blanco, la nada, no sé cómo salir de aquí, ¿qué sitio es este?
El atosigamiento al que le sometía su interlocutora lo paró golpeando las palmas de las manos en posición horizontal, un par de veces.
«Calma». «Calma».
A pesar de las palabras ella no relajó la cara de frustración, cejas arqueadas, labios enfurruñados y miraba de soslayo la puerta mientras atosigaba al pequeño ser. Utla cruzó las manos a la altura del pecho con los pulgares levantados y se golpeó varias veces el pecho.
«Espera, espera, espera».
Zafándose de ella, cosa que no le fue fácil, pues la perturbación de su invitada era mayúscula, se dirigió a la puerta. Repitió los signos de «calma, calma» y se escabulló. De nuevo volvía a encontrarse sola en aquella habitación que, más que su dormitorio, se había convertido en su celda.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


domingo, 26 de enero de 2020

«Observa todo lo blanco que hay en torno tuyo, pero recuerda todo lo negro que existe»

Se había leído dos veces el diccionario mímico y con las ilustraciones le pasaba algo parecido que con los caracteres, poseía alguna clase de analfabetismo funcional de las palabras, es decir, los glifos y las formas de los grafías le eran desconocidos, pero, al posar la mirada sobre ellos y leer en el sentido que suponía debía leerlos, el significado de los signos aparecía ante ella. Utla le había dejado un par de libros más en la mesita, las letras poseían distintas tipologías y dibujos, algunas sinuosas como las dunas de los desiertos, otras de trazos cuadrados y rectangulares, muchas otras tenían pequeños círculos, rayas verticales o virgulillas encima de ellas. No importaba cuál fuera el dibujo, la forma o el carácter dibujado, los entendía todos aun sin saber leerlos. ¿No se suponía que debía entenderse un carácter para poder leerlo? Pero, ¿si los descifraba sin entenderlos no podía considerarse que sabía leerlos? Se fijó de nuevo en las secuencias de ilustraciones de manos y gestos, un lenguaje creado para sordos y pensaba en su anfitrión, sin duda útil para alguien que carecía de oídos, pero es que además, él, Utla, era ciego, ¿cómo podía haber aprendido a interpretar las letras impresas en aquellos papeles? ¿Cómo se movía tan rápido por la habitación? ¿Y en la casa? ¿Cómo era aquella casa que la había acogido?
Suspiró aburrida y dejó el volumen sobre la mesita. Hacía días que la piel no le dolía, se acurrucaba entre las mantas y despertaba de medio lado, sin dolor, el escozor había desaparecido y los cuidados surgían su efecto. No lo había hecho hasta entonces, pero se acercó al borde de la cama, estiró un pie, no sintió daño alguno, estiró el otro, y tampoco sintió dolor. La claridad entraba por la ventana y sintió un deseo acuciante de mirar el lejano paisaje de más cerca. Descorrió de un manotazo la colcha que la aprisionaba. Estaba desnuda, su pálida piel reaccionó y el finísimo vello repartido por los antebrazos se erizó, aunque no tenía frío, la aclimatación prolongada de su arropamiento indujo a su cuerpo a reaccionar de manera refleja. Se impulsó con los muslos hasta el borde de la cama, los músculos de las piernas, largas y níveas, reaccionaron según lo esperado e hicieron el resto, de un brinco apoyó la planta de los pies en el suelo y los glúteos se separaron de la comodidad del camastro. Sus pasos, cortos, a pesar de su altura y de la posibilidad de grandes zancadas, la acercaron tímidamente hasta la ventana, se tapaba con una mano los pechos, como si esperara que hubiera alguien al otro lado del ventanal que pudiera espiarla y, a pesar de sentir rubor en las mejillas, se acercó a los cristales.

En el cielo azul flotaban vastos bloques de piedra, bastante grandes para albergar fauna, flora, o incluso poblados, la cresta de aquellas rocas flotantes se coronaba con un tapizado mar de árboles. A diferencia de la noche, no veía ningún agujero en el cielo por el que viera las estrellas, el paisaje celeste tenía la simetría de un degradado azuloso y algunas nubes blancas se alzaban a más altitud que los bloques de piedra. Al bajar la vista del cielo se encontró con lejanas montañas asentadas en la tierra y bajando por la falda de la montaña divisaba a lo lejos un río, ¿podía ser el mismo que siguió aquella noche en que apareció en aquel lugar al que aún no sabía nombrar? El perímetro de la casa se encontraba rodeado por unas marismas, los tusilagos y otras plantas de verdiamarillentos tonos se esparcían por las vetas salientes, tierras no anegadas por las aguas, y encima de ellas varios puentes de madera unían las sobrevivientes parcelas de terreno. Una barquita, a los lejos, cerca del río, reposaba amarrada a un pequeño embarcadero. ¡Su ubicación era extraña! Para llegar desde la casa hasta la barquita no existía un camino recto, pero si observaba con detenimiento las vetas, los puentes y los tusilagos, podía dibujar un mapa mental con la salida de aquel laberíntico embrollo de la naturaleza.

Su ropa estaba bien doblada encima de la silla. La primera prenda que agarró fue la braguita negra, que se llevó a la nariz, olía fresca, limpia, con un aroma a alguna clase de flor, eso la animó a subir una rodilla e introdujo una pierna por la prenda y después pasó la otra, después le tocó el turno al sujetador que se acomodó en los senos, ni muy pequeños ni muy grandes, la camisa, no muy bien planchada y con algunas arrugas olía igual de bien, sin dejar de mirar embelesada a las cercanas marismas se abotonó con la mirada perdida la camisa blanca, se introdujo los pantalones y en un último gesto se pasó los tirantes por encima de los hombros. El hastío impulsa al movimiento, a la creatividad, al cambio, y algún pensamiento de esta índole debió sacudirle por dentro porque con una sonrisa se dirigió a la única puerta de la habitación.

—ji, ji, ji.

Se reía como si su acercamiento a la puerta fuera un acto prohibido o una gamberrada. Utla no le había dicho en ningún momento que no podía salir de la habitación, ni siquiera habían hablado de la posibilidad de que se levantara tan pronto, pero el aburrimiento y, sobre todo, abandonar la maldita cuña la alejaban de la cama y le acercaban a la puerta. Tenía ganas de darse una ducha, o limpiarse en aquellas marismas de aguas tan cristalinas, o simplemente dar una vuelta por la casa, descubrir el entorno, ¿qué habría más allá del umbral de la puerta? Lo más maravilloso de conocer un nuevo mundo era el instante previo a descubrirlo pues todo es posible, la imaginación vuela, se eleva, piensa en todas las posibilidades y las combina, recoge imágenes de lugares recónditos y las fusiona, crea tapizados mosaicos, armarios empotrados, mesas, sillas, adornos en las paredes, ¿ordenada o desordenada?, ¿floreros y jarrones o un lugar aséptico?; su mano se encontraba en el pomo de la vetusta puerta donde, a pesar de su apariencia, los goznes no chirriaban y se abría silenciosa.

—ji, ji, ji.

La abrió y dejó de reír.
Ante ella se extendía una inmensidad blanca y el plano mental creado segundos antes en su imaginación se esfumó, de todas las posibilidades, y eran muchas las que había imaginado, jamás habría concebido tamaño despropósito, donde debería existir un pasillo, paredes o mobiliario hogareño, no había nada. Más allá del espacio que conformaba la pesada puerta existía una inmensa sala blanca, aunque llamar sala a aquel espacio de blancor infinito sería inexacto, una broma de mal gusto. No existían límites visuales que apoyaran la contemplación de delimitaciones físicas, no había líneas sobre las que pudiera intuir paredes, techo o suelo; el espacio enfrente era la vacuidad misma, en un sentido aséptico, uniforme y, quizá, mortal. Apoyó la mano izquierda en el marco de la puerta, y, aunque su pierna derecha retrocedió, asomó decidida la cabeza para investigar más allá del marco. Este se sustentaba sobre la nada. ¿Qué sucedería si traspasaba el umbral de la puerta, si abandonaba la seguridad de la habitación conocida, si se lanzaba a aquel vacío? ¿Flotaría o caería en la blancura por siempre jamás? La sola idea de apoyar un solo pie más allá de la seguridad del suelo de la habitación, ¿llegaría a apoyarlo?, la hizo retroceder, la mano engarfiada al marco tembló, el vacío la azotó en la cara, como el vértigo produce en las personas que lo sufren un mareo, desvanecimiento y confusión, su rostro mostró esa angustia y cerró la puerta de un portazo.

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


lunes, 20 de enero de 2020



«Que el hermano ayude al hermano»

Capítulo III. UTLA.

Leía con detenimiento el nombre del hombrecillo escrito con trazo tembloroso encima del papel blanco.
«UTLA».
¿Y ese que nombre es? Bueno, al menos el hombrecillo tenía uno, no como ella. ¿Cómo se llamaba? Por más que se devanara en fútiles recuerdos no aparecía ante ella la mágica palabra. Ya lo recordaría, si es que ello sucedía alguna vez.
Había pasado una semana y en ese tiempo las heridas se habían sanado muchísimo. El pequeño ser la cuidaba con esmero, cada mañana, recién aparecida la claridad le depositaba una bandeja con unas tostadas untadas en alguna clase de compota y una bebida humeante de color verde un poco amarga pero revivificadora. Al mediodía mezclaba arroces con verduras u otras hortalizas que desconocía, por la noche un plato caliente y espeso le animaba a reposar. Los primeros días se pasaba durmiendo la mayoría del tiempo, también por la noche, solo en el sueño encontraba el descanso para soportar aquella quietud, aunque en sus sueños, mayormente pesadillas, revivía, una y otra vez, el frío de aquellas criaturas incorpóreas, el asalto a su cuerpo, el desgarro, el dolor, los chillidos agudos, y, justo antes de levantarse sudorosa y con dolor, por los roces ocasionados por los movimientos involuntarios, rememoraba la antorcha y el corpulento ser que la portaba.
El tercer día se encontraba mucho mejor, aun así, UTLA, con sus gestos y trazos temblorosos sobre el papel le pedía más descanso. No es que no agradeciera las atenciones del pequeño ser, pero el momento de vaciar sus excreciones en la cuña resultaba humillante. Ese día, el hombrecillo apareció con un libro bajo el brazo, de extraño título, que ofreció a la convaleciente huésped: Diccionario Mímico. Este esperó delante de ella hasta que ella abrió la primera página. Los ojos de la enferma interpretaron los signos, las letras y, a pesar de encontrase en alguna clase de lengua que no entendía, comprendía la significancia de lo dibujado. Al girar un par de páginas vio un dibujo de una mano, igual a la suya, con cinco dedos: pulgar, índice, corazón, anular y meñique; seguida de una breve explicación de la aplicación práctica de cada falange, la utilidad de la palma para agarrar objetos, la contraparte de nombre dorso, y los usos conferidos a una mano en un lenguaje que parecía gestual. Al girar una nueva página rio, ilustrada en un par de escenas examinó el movimiento que le había hecho UTLA el primer día, nada más abrir los ojos y entrar por la puerta. Los dedos de la manos se juntaban y alineaban, se subían a la frente y, fugazmente, deducía por las líneas de trazo rápido dibujadas sobre el papel, el conjunto se separaba al aire dando a entender un, «Hola», en aquel lenguaje de manos y gestos. De súbito recordó una fórmula de camaradería, levantó su mano y extendió la palma delante del hombrecillo en un gesto de acercamiento para que él hiciera lo mismo. UTLA se acercó más, a pesar de la baja estatura de su cuerpo su mano era grande, ancha, y con cuidado entrechocó con su palma con la palma de ella. La convaleciente descubrió que el tacto de aquella piel grisácea era mullido, bastante reconfortante, y transmitía una ligera calidez; no recordaba la última vez que había tocado a alguien. Jugueteó con sus cinco dedos, tamborileando con ellos encima de aquella extraña palma que solo contenía, ¿dos dedos? Es decir, un pulgar bastante gordo y una falange unificada que debería haber contenido el resto de dedos. UTLA cabeceaba, ella dedujo que satisfecho, por sus movimiento le recordó a un gato, solo le faltaba ronronear y pensó que era adorable.
Al día siguiente, quizá fue el cuarto, o el quinto o incluso el sexto día de reposo, se animó a preguntarle una pregunta que la acuciaba.
—me encontré con alguien en el bosque. —Esperó alguna reacción en su interlocutor, reacción que no llegó, pues UTLA la seguía escuchando con su quietud habitual—. el que me salvó era igual a ti. ¿sois familia?
UTLA movió la cabeza con aquiescencia, puso la palma de ambas manos mirando al suelo, acercó las distales de las alargadas falanges y, en un gesto rápido, repiqueteó los lados de cada falange la una contra la otra. Gracias a la lectura del diccionario mímico sabía reconocer los gestos básicos de aquel idioma, y aquel movimiento de manos, como si fuera un medio aplauso con los laterales de las manos, sí supo identificarlo:
«Hermano».

Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


martes, 14 de enero de 2020


«Feliz Narratividad»



Un año más se reunieron durante las fiestas navideñas. La cena previa, en torno a la mesa rectangular, finalizó con manchas de vino y minúsculos restos de pan sobre el mantel. Satisfechos los estómagos y, fieles a la tradición, mantenían la expectación en la lectura del siguiente relato. La mayoría de ellos prestaba una atención muda, aunque un par cuchicheara en voz baja en un intento de desvelar la autoría de la última narración y otro se distrajera leyendo la pantalla del móvil. En todo caso, la hipnotizada mayoría escuchaba la voz del maestro de ceremonias, cálida y vibrante, que se abría paso en la sala del restaurante elevándose por encima del bullicio para hacerse oír.
Hubo varias narraciones: un cuento con jovencitas pícaras y jóvenes sátiros que convertidos, por un sortilegio, en sirenas y vampiros acabaron en un Walpurgis orgiástico; en la siguiente narración apareció un detective vestido con oscura gabardina y mirada perdida que no pudo resolver el asesinato al descubrir que era su mujer la homicida; otra historia donde se mezclaba realidad y magia relataba la portentosa habilidad de una vasija de barro, fabricada por un maestro escultor, que tornaba rico y desgraciado a quien sacara de ella una moneda; la narrativa se amenizó con una historia navideña con final feliz, abrazos y carantoñas de un hijo que tras largos años se reencontraba con su madre y que, a pesar de los lugares comunes que transitaba, emocionó el corazón de los oyentes; otra historia navideña, con boy scouts alrededor de una hoguera y un inesperado cuento de terror al que no sobrevivió ninguno; pasado el sobresalto, llegó el tiempo de una voluptuosa narración sobre la visión y la plasticidad de dos primas-hermanas, pintura y escultura, y su amor secreto; también se confabuló una extraña historia, mitad ensayo, mitad ciencia ficción, sobre un viaje de Cristín de Pizán a través del tiempo hasta llegar a la escritura del yo; siguió una pequeña obra de teatro, un último diálogo delante de las puertas de San Pedro entre Julieta y Romeo, los jóvenes abrazados unieron los labios y, sin dejar de besarse, fueron transportados al interior del cielo (algunos de los comensales bostezaban, muchas narraciones y poco vino); quedaba un último relato, un drama de tono operístico acompañado con violines, flautas, oboes y timbales, una partitura clásica que lanzaba en épica tonada, con tintes de Eneida, las palabras al aire.
El orador calló y los comensales, melancólicos por la finalización de los relatos, aplaudieron. Pues así se regocijaban, un año más, entre risas, abrazos, lecturas y pensamientos. ¿Qué pensaban? Pensaban que no les importaba la fama, ni el reconocimiento, ni mucho menos el dinero; la mayoría sabían que la fama tenía un precio mucho más alto que aceptar treinta monedas de plata, y el reconocimiento no lo valía si suponía alejarse de la senda de la excelencia y del camino literario, porque si algo les unía a todos ellos en las bonitas palabras, era ese sueño inalcanzable de la literatura y perderse entre las ramas que conformaban las palabras de un bello libro.
Eran felices, con la simple alegría, de saberse unidos por su amor a la literatura.

¡Feliz Narratividad, letraheridas y letraheridos!


Este relato forma parte del boletín Letraheridos,
del cual formo parte, y cumple dos años.
Recomendaciones de libros, más relatos, y estadísticas. 
Podéis descargarlo gratis aquí.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


martes, 7 de enero de 2020

«Dentro de algunos siglos, la historia de esto que llamamos la actividad científica del progreso, será para las generaciones venideras un motivo de gran hilaridad y de conmiseración»

—¿Hola? —dijo ella con un hilillo de voz sin apenas mover los labios.
El pequeño ser levantó la mano derecha, puso recta la alargada falange y la unió con el dedo pulgar, reposó el conjunto en la frente, justo debajo del blanco sombrero y en un fugaz movimiento separó la mano elevándola al aire.
«Hola».
Ella se quedó mirándolo de manera interrogativa ante la estudiada gestualidad, se encogió de hombros, pero el encogimiento, reproducido de manera inconsciente, le avivó el molesto escozor en las heridas de esa zona y de la espalda. El ser bajito repitió, en un nuevo intento, el gesto de mano, como queriendo dar a entender algo, una coreografía que ella seguía sin entender. Negó con la cabeza.
«Vosotros me entendéis, pero ella no. Probaré con otra cosa».
Cruzó las dos manos en equis sobre el pecho, «Espera», y salió de la habitación sin cerrar la puerta. Estaba tan cansada que ni se preocupó en descifrar el tiempo que el enanito había pasado fuera; para cuando él volvió, llevaba un bloc de folios enormes en la mano y un lápiz negro engarfiado en la palma. Una vez más se acercó al cabecero de la cama y, desde una posición que ella no tuviera que girar mucho el cuello, acercó el lápiz al folio y escribió con un trazo bastante tembloroso:
«Hola. ¿Cómo estás?».
Se podían comunicar. Que felicidad le entró aun estando tan dolorida en la cama.
—Bien. Estoy bien.
«Estupendo. ¿Cómo te llamas?».
No supo que responder ante esa pregunta, y al desviar la mirada pensativa, miró sus ropas encima de la silla y recordó su desnudez, le entró un ataque de risa inesperado y supuso que había sido aquel hombrecito quien la había desnudado, quien la había curado y quien la había metido en la cama. El rubor en las mejillas le encendió el rostro y por toda respuesta dijo:
—Ji, ji, ji. ¡Ais! —El risueño ataque se le entrecortaba por culpa del escozor producido por su piel entremezclado, y ahora aumentado, con un dolor en las heridas provocado por el cimbreo de su cuerpo ante la risa—. Ji, ji, ji. ¡Ouch! Ji, ji, ji. ¡Aisch!
La espontánea hilaridad finalizó tan rápido como había acabado. No supo qué responderle y así se quedaron un rato, ella mirando al rostro sin ojos y el ser bajito, con la cabeza inclinada, en idéntica réplica.


Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte.
Un Tranquilo Lugar de Aquiescencia


Safe Creative

Safe Creative #1606140237321

Youtube

Histórico entradas

Leer por email

Mis lecturas en GoodReads

Libros de S. Bonavida Ponce

*Information by Goodreads
Smoking Dead Smoking Dead
reviews: 5
ratings: 6 (avg rating 4.50)

Aquiescencias Aquiescencias (Tomo I)
reviews: 2
ratings: 2 (avg rating 4.00)

Antología letraherida Antología letraherida
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre Letraheridos: Boletín #1 2018 octubre
ratings: 2 (avg rating 5.00)

Antología letraherida: Volumen 2 Antología letraherida: Volumen 2
reviews: 1
ratings: 1 (avg rating 5.00)